Las palabras vivas
“Más allá de cualquier zona prohibida, hay un espejo para nuestra triste transparencia”- (Alejandra Pizarnik, poeta argentina).
No soy una persona muy ilustrada en lo que se refiere a la historia o las disciplinas lingüísticas, pero considero que hay experiencia ganada en el silencio prolongado, transformado. En el ejercicio profesional donde las narraciones reparan. O simplemente, en el antiguo respeto y gratitud que siento por las palabras.
En ellas, siempre pude encontrar aliento y hogares. Libros, cuadernos, escritos por cientos, fueron tutores de resiliencia en tiempos difíciles. Pero también fueron pilares que me permitieron agenciar una vida distinta; desviar el destino hacia buen curso. Cómo no voy a sentir la lealtad que siento.
Las palabras nacen, respiran, construyen universos, son presencia y ausencia (aun cuando no hablen, siempre atestiguan), suturan heridas o las abren: no da igual cómo las usemos. Desde niña me di cuenta que palabras aparentemente inocuas o neutras como “pierna” o “brazo”, no resuenan del mismo modo en la persona que puede valerse de todas sus extremidades, que para quien no puede usarlas o ha visto su cuerpo separado de ellas. “Hijo o hija” puede evocar ilusiones inconmensurables para quienes reciben la noticia de un embarazo, angustiar a quienes no pueden concebir a pesar de años gastados en tratamientos de fertilidad, o herir -físicamente hacer doler- a quienes han enfrentado la muerte de un hijo. “Abuso sexual infantil” no tiene el mismo eco, tampoco, en los cuerpos de víctimas, abusadores, observadores, o profesionales que están en el tema.
Hay ocasiones en que, con ánimo compasivo, atenuaremos el tono de las palabras elegidas (de tantas disponibles en nuestra lengua madre), y otras, en que seremos más solemnes o severos porque necesitamos apostar a la comprensión de una realidad urgente. Habrá también ese momento fiero en que elegiremos proteger a alguien, sin mentir, invocando nuestro derecho al silencio, así ello nos cueste la vida o la prisión. Tantos escenarios que nada tienen que ver con la trasgresión de las realidades, o de las verdades. No lesionan la cordura ni el sano juicio; no adhieren a esa perversión que es el eufemismo. Yo, al menos, voy perdiendo la paciencia. Es demasiado tiempo de sentir que se malversan los nombres y significados de las cosas; demasiado altos los costos.
Entre el desconcierto y la sensación de fractura psíquica, conozco a muchas personas que perdieron años de años tratando de establecer equivalencias entre lo que vivían y observaban, y las palabras que dieran cuenta de su experiencia por lo que era en realidad, y no por lo que otros definían. Nada bueno he visto nacer de estas disonancias. Ni me resulta creíble, a estas alturas, que la coartada del eufemismo obedezca a alguna confusión semántica o a un exceso de pudor, temor, o de delicadeza, o sólo hipocresía. Llamar las cosas de otra forma, expropiándolas de su nombre y asignándoles sentidos “cercanos” pero no justos ni proporcionales a su esencia, atenta contra la integridad de las personas (moral, social, psicológica, y hasta física). No cuida.
Hablo de vulneración, y de violencia, también, aunque no sea evidente. Porque apostar las palabras a la ambigüedad, a la negación de una raíz, evidencia o existencia de una realidad, es disparar al corazón de la vida. Antes de la palabra, nada… para los niños, su identidad y nombre, sus días, sus vínculos, cobran sustancia y sentido conforme ganan residencia y movimiento en su lenguaje.
Nos relatamos con palabras y sí, traemos imágenes dentro, también, pero el esfuerzo sigue siendo, traducirlas en palabras, para poder vincularnos con otros, contar lo vivido. El derecho de autor y testigo sobre el relato de la propia vida es inalienable. Es, asimismo, material irreemplazable, piedra, ladrillo y madera, hilo, aguja, gasa, metapío, de la terapia en trauma, donde la sanación de las personas pasa por resignificar su biografía. Pero dotar de sentido, o encontrar lecturas extra-ordinarias en la adversidad o la tragedia, no es a costa de negar las realidades vividas.
Una cosa es ser capaz de haber visto -y agradecido- una puesta de sol desde las rendijas de una barraca, haber hecho amigos de por vida o haber parido un hijo en un campo de concentración, o recordar que aun en las circunstancias de tormento más extremas, hubo capacidad de reír o de emocionarse por bellezas microscópicas robadas al horror. Y otra, muy distinta, es glorificar el espanto o blanquearlo al punto de negar que haya ocurrido alguna vez.
Nos gastamos años, vidas, y millones de recursos anuales en el mundo, intentando prevenir, sanar y/o cuidar a personas que cruzaron la frontera entre la sanidad y la insanidad. No entiendo por qué arriesgamos, entonces, la cordura que a pesar de tanto dolor y con muchos defectos y demoras, por cierto, este país ha conservado.
Si sabemos lo que ocurrió (existen los archivos de la Vicaría, el informe Rettig, y hasta un Museo de la Memoria); si hemos sido capaces de penetrar -sin taladros, con pura noble insistencia de personas valiosas-, tumbas, desiertos, y océanos, intentando recuperar nombres de víctimas y restituir historias familiares y de la patria; si el paso de los años hasta hizo posible que personas vinculadas -por acción u omisión- a un período donde ocurrieron miles de crímenes de lesa humanidad, hoy sean parte activa del gobierno democrático (democracia que ellos mismos consideraron sacrificable antaño), por qué entonces retroceder ahora.
Puedo intentar pararme en la cornisa más frágil e inocente de lo humano, y llegar a creer, por ejemplo, que los intentos de reemplazar la palabra “dictadura” por “régimen militar” en el currículum de historia chilena, nace de un sentimiento de vergüenza que supera a algunos historiadores, sumiéndolos en la negación y disociación (llevando a generaciones enteras a hacerlo también). O bien, es tal el sentido de responsabilidad colectiva -aunque me caben dudas- que el cambio de status pretende intencionar una ampliación de responsabilidades (como dijo Fernando Paulsen), con reapertura de investigaciones y causas de DDHH, que serán muchísimas más todavía si se habla de “régimen” o “gobierno” militar. Cualquiera sea la motivación de estas escaramuzas, la pregunta más importante sigue siendo si cuidan o no, o a quiénes. No veo el cuidado, no hasta aquí
No importa cuántos silencios, eufemismos, o reinterpretaciones se impongan, los nombres que corresponden y sus fieles espejos continuarán atestiguando lo que existe, y lo que fue. Los relatos de los sobrevivientes -y sus descendientes- no nos absuelven, tampoco. Ya sabemos. El Holocausto seguirá siendo el Holocausto (y todos rogamos jamás se repita), Vietnam seguirá siendo el error que fue, el capitalismo seguirá siendo despiadado para miles, el comunismo tampoco se eximirá de violaciones a los DDHH, y Estados Unidos -por más buen hogar que sea para mi familia- continuará siendo responsable de haber intervenido atrozmente en Latinoamérica (y en muchos otros lugares). Yo viví infancia y juventud en Chile. No puedo adherir a cambios de sentido en la historia que conozco.
Más allá de nuestros análisis, preguntas, reclamos y retóricas adoloridas, la sensación es de locura sin tregua y de un mundo completamente al revés, donde víctimas pequeñas son ignoradas y “castigadas”, los criminales son protegidos y apoyados, y donde el abuso sexual es avalado, invisibilizado o continúa martirizando sin obstáculos. Esto no puede hacernos bien; a todos nos expone. La enfermedad no distingue entre inocentes o culpables.
Quizás estamos confundidos, sobrepasados por verdades a las que cuesta mirar de frente. Pero al terror hay que nombrarlo, despojarlo, atravesar ese túnel donde nos embosca, e ir acompañados. Abrir los ojos para ver los vitrales rotos de la Iglesia, las ventanas heridas de nuestros hogares y escuelas, y juntos remplazar escombros por nuevos cristales. Que nosotros sí podamos distinguir, lejos de error y descuido, el humano contorno de esa luz que, aun hecha esquirlas, tiene que habitarnos. Por favor…
Muchos querríamos borrar completos ciertos tramos de nuestras vidas, pero no se puede, ni nos hace bien. Yo me quiero sana, y a mis hijas abiertas a aprender de lo que deban vivir y de los relatos humanos que encuentren en su camino. Lúcidamente, sin temor a la verdad, provistas de autocrítica y también de compasión, sin tener que renunciar a su historia, que es también la historia individual de sus padres, de sus genealogías, y del país donde nacieron, del mundo. Un solo espejo que no se quiebra: se cuida.