Esperanza y estupor

Había comenzado a escribir una columna sobre el cambio de ciclo en Chile que marca el inicio del gobierno encabezado por un presidente joven, una generación de líderes que crecieron desde movilizaciones escolares, estudiantiles, y crecieron en los hombres y mujeres que hoy tienen la responsabilidad de gobernar y cuidar un país por los siguientes cuatro años.

Este 11 de marzo haríamos el tránsito a otro período, anticipado con esperanza, luego de un ciclo que dejaba huellas dolorosas. Y es más que un sólo período. El trauma cumulativo viene agobiando nuestras vidas hace décadas.

En el último tramo del siglo XX e inicios del XXI y del nuevo milenio: una dictadura militar, un retorno a la democracia que pese a todos sus progresos, es vivido con ausencias de cuidado y justicias sociales que luego de 30 años se desbordan en un doloroso estallido social -esto muy en comprimido, pues hay decenas de análisis expertos sobre cómo llegamos a la revuelta- al que de inmediato sigue una pandemia mundial que va en su tercer año.

No hubo respiro, tiempo para la gasa ni la cicatrización. Fuímos levantando piel nueva sobre heridas a medio supurar, a medio verbalizar. Caminando, porque hay que seguir viviendo, criando, respondiendo, sobre el suelo trémulo del trauma.

La filósofa francesa Simone Weil, durante su vida muy breve y marcada por dos guerras mundiales, propuso una conmovedora equivalencia entre las vulnerabilidades de seres humanos y sus comunidades, ambas necesitadas de consideración y ternura. Para Weil, el cuerpo social –o de una nación, una democracia- es precioso y es frágil, y merece de todo cuidado que responsablemente podamos dedicarle, tal como a los cuerpos humanos. Un corte superficial, el malestar de lo minúsculo, todo irradia. Un dedo del pie rasmillado, una muela trizada, una quemadura de sol, se dejan sentir en el cuerpo entero. Las rutinas entonces deben cambiar un poco, atender al dedo, la muela, presentes en todo aquello que solemos realizar sin mayor consciencia ni gratitud por el despliegue maravilloso y coordinado, casi a nivel sinfónico –extremidad, hueso, músculo, órganos, cada célula, cada sentido, pensamiento, emoción- de nuestro ser vivo en el mundo.

Nosotros podríamos ser, cada uno, la lesión pequeña, millones de ellas, doliendo en el cuerpo de nuestro país.

Quien quiera que asumiera el mandato de la Presidencia este 2022, tendría el mismo desafío de tomar en cuenta cómo ayudar a convalecer a nuestro cuerpo-país debilitado – y pese a todo “tan resiliente, tan acostumbrado a terremotos” dirán muchos- y a recomponer un tejido social, ahí donde nos vinculamos, donde somos , queramos o no, comunidad, en algunas partes deshilado y en otras desgarrado a más no poder.

La tarea que sigue hacia adelante, es inmensa y necesita de todos. Ojalá el primer gobierno del retorno democrático, con Patricio Aylwing, hubiese contado con un consejo consultivo o alguna entidad que acompañara y orientara en materia de salud mental y cuidado democrático informado en trauma. Hoy, creo que es imprescindible recordarnos eso en todo momento, la trayectoria traumática, la comprensión sobre cuánto nos ha afectado como colectivo, cuánto ha marcado a nuevas generaciones -que desde el 2do semestre de 2019 no han tenido una año escolar ininterrumpido o libre de estreses y adversidades muy fuera de lo ordinario y del alcance de capacidades de adaptación infantil o juvenil. Entrando en un 3er año de pandemia, la angustia asociada a una guerra que no deja indiferentes, y menos aún,  dada la amenaza de conflicto nuclear (ojalá nunca llegue a ser) que se cierne para toda una humanidad.

El extrés tóxico es muy dañino, los sentimientos de indefensión o desesperanza prolongada, las carencias de sostén para ir navegando la adversidad y lo traumático. Lo trémulo, como ya decía. La salud mental en franco deterioro hace años, sometida a la compresión de una pandemia global, nos deja todavía más necesitados de manos, buenas voluntades, y formas competentes, también, de abordar la crisis y la demanda de contención y atención de la población adulta, y de niños y niñas…

…de todo estaba escribiendo (guardé la mayor parte de esas letras para una próxima vez, no lo sé), cuando a 24 horas del cambio de mando