Un fan incondicional
“You is smart, you is kind, you is important” (Nanny Aibileen en “The Help”, film 2011)
A diario quizás cuántos artículos se publican, o cuántas veces usamos la palabra autoestima. Cientos de estudios vinculan esta dimensión a temas educativos, laborales, de la corporalidad y sexualidad. Se dice que es necesaria, imprescindible; un elemento positivo para la salud y los desempeños humanos en diversos entornos. Y no obstante ahí están los desiertos cotidianos donde se deja sentir la sed de aprecio, de confianza en nosotros mismos. A veces, la causa de esa escasez podría estar relacionada con nuestro entorno –las familias, lugares de estudio y trabajo, y hasta el cómo nos sentimos tratados por gobiernos e instituciones. Otras veces, seremos responsables nosotros de privarnos de afecto y sentido de valía, si todos los reflejos alentadores del mundo o de quienes nos aman no hacen la diferencia en cómo nos percibimos y nos tratamos; cómo nos cuidamos. Cómo nos seguimos construyendo, a cualquier edad.
No es inusual que, ante errores pequeños, las primeras palabras que uno escucha de quien los comete, sean: “qué tont@, qué torpe” y otras en ese tenor. Esa severidad, o esa poca compasión para con nosotros, asimismo podría alcanzar -o lesionar- a quienes nos rodean y quieren. Niños escuchan a sus papás o mamás decir “estoy viej@, me veo gord@”, y eso queda, podría ir convirtiéndose en diálogo posible -y en una forma de trato- de nuestros hijos consigo mismos (pensemos sólo en la adolescencia), aun cuando con nosotros serán generosos, y saltarán a contradecirnos, “tú eres la más linda, el más joven”. No mienten. Miran con ojos de niños, con ojos de amor. En ese idioma hablan, también, si lo aprenden junto a nosotros. El aprecio.
En algún estudio que llamó mi atención, leí que la causa mayor de infidelidad conyugal –y divorcios, como consecuencia- no estaba relacionada a la sexualidad (en el sentido de falta de deseo, o baja frecuencia de relaciones) sino a la sensación de ser poco apreciado/a. El insuficiente “aprecio emocional” estaba vinculado a la ausencia de gestos indicativos de consideración, gratitud, generosidad, reconocimiento, entre miembros de la pareja. En otro estudio con matrimonios casados durante décadas, se había estimado como un factor de “éxito” el buen trato expresado en una proporción entre comentarios negativos y positivos de 1 por cada 5. Para quedarse pensando. ¿Cuál será esa proporción cuando se trata de nuestros niños?
Cada día, o cada semana, ¿cuántos comentarios positivos y negativos recibirán de sus padres, madres, de sus profesores? ¿Cuántos que expresen aprecio incondicional por sus personas? Porque sí, y no porque se “portaron bien”, o porque son “buenos hijos, buenos hermanos”, o porque “hicieron su mejor esfuerzo” u “ordenaron los juguetes, se lavaron los dientes, sacaron buenas notas”. Sin reservas. Sin intercambios. Sin extorsión, y aunque sea una palabra muy dura, ayuda a ser exactos en nuestra incondicionalidad. Y sin ella, no existe cuidado ético.
“Yo te quiero, yo te cuido”. Nada más. Así el alimento, el cobijo, las idas al doctor, la educación: todo lo indispensable para sostener y nutrir la vida de nuestros hijos. También el amor. Su cauce en el buen trato.
El consejo de una vieja maestra al convertirme en mamá, a mis veinte años fue: “nunca hay ‘demasiado’ amor, dálo a manos llenas”. Yo sentía que no tenía casi recursos para asumir la maternidad, pero el nacimiento de mi hija instaló esa claridad que fue y ha sido pilar, también con la más chiquita: no debía pasar un día sin que sintieran la abundancia de cariño, de alegría, de aprecio por sus vidas. Una energía puesta al servicio del amor que ellas mismas aprenderían a prodigarse. El trato, el respeto más alto a su dignidad, no efímera, no provisional como tanto es hoy en día. Dignidad de largo aliento, tenía que ser, porque consigo mismas iban a vivir hasta el último día de sus vidas. Todo eso se aprende. x
Superávit de autorespeto, de autoestima, ojalá. Superávit, sí, porque muchos de nosotros sabemos cúanto más difícil es construirse desde la escasez, el abuso, la soledad; cuánto más lento y tardío. Mejor la plétora, desde el comienzo: de estímulos, de afecto, de apoyo, de gratitud.
Que tengan nuestros hijos e hijas la sensación de bienvenida, de fortuna por estar aquí (con todo, el mundo es y seguirá siendo abrumadoramente bello). De confianza en nuestro cuidado, y en el que ellos puedan darse, y a otros, en el futuro. Un cuidado que reconoce como territorio la capacidad de pensar por sí mismos, y las decisiones, y los actos. Sea que acierten o se equivoquen, que nuestros hijos el día de mañana no pierdan la fidelidad consigo (de cariño, de consuelo, de amparo, de perdón). Eso es robusto; fundante. No es nada ligera la autoestima. Ni un atributo más al que hacerle check en algún inventario de moda. Como el cuerpo que habitamos, es ella también un “hogar primario”, un amor del más largo plazo
Tan importante es, que actualmente la autoestima de los niños y las niñas está presente como temática de agendas gubernamentales y globales, reconocida como un factor favorable e inseparable del progreso de los seres humanos, cada un@ y como colectivo. A modo de ejemplo, en 2012, un estudio realizado en Inglaterra con niñas de 11 a 17 años, advertía que si el país no destinaba recursos y energías colectivas a la mejora de la autoestima de las adolescentes, se proyectaban los siguientes costos para el año 2050:
- 14% menos de gerentas mujeres
- 16% menos en medallistas olímpicas
- 21% menos de mujeres en el parlamento
- 17% menos de mujeres médicos y abogadas
En países como EEUU, donde la propia constitución reconoce el derecho a “la búsqueda de la felicidad”, los índices de autoestima de los adolescentes -hombres y mujeres- aparecen como muy altos, en resonancia esperable con un mensaje que desde pequeños reciben los niños, por doquier: “dream big”, “el cielo es el límite”, “todo es posible”, “the american dream”, etc. No obstante, el casi 70% de autoestima y autoconfianza de los estudiantes, contrasta con el 20-30% de logro en evaluaciones educativas. El documental “Waiting for Superman” (2011) advierte sobre el imperativo de procurar que la autoestima de cada nueva generación vaya de la mano de una educación de calidad. Esta relación es un pilar que podemos reconocer en la educación finlandesa, por ejemplo.
Finlandia, además de sus excelentes resultados, tiene estudiantes que sueñan, proyectan, resuenan con lo que aprenden, y le confieren valor (90% termina la secundaria y dos tercios estudian en universidades o institutos politécnicos). Los tiempos de la niñez y adolescencia se respetan; también el rol de los profesores -altamente calificados y bien remunerados-, y a la educación se la considera una responsabilidad nacional (más del 50% de la población adulta en el país se encuentra comprometida en programas educativos) y un bien colectivo. Si un país entero sintoniza en clave de construcción de una sociedad mejor, y de aprecio incondicional por los actores y el proceso educativo, eso termina manifestándose en todo entorno, todo ciclo, cada estudiante. Es sólo cuerdo.
Chile está todavía lejos de materializar la mejor educación que podamos ofrecer -y debemos- a las nuevas generaciones. Pero mientras las grandes gestas se consolidan, no querría perder de vista los pequeños afanes, en los que todos y cada uno y una podemos hacernos parte, en nuestras casas, en cada escuela, cada entorno donde compartimos con niños y niñas a diario.
Mi hija mayor decía siempre que cada niñ@ debe contar con al menos “un fan incondicional” durante su infancia. Al menos una persona -ojalá muchas más- que acompañe el camino con fe y afecto, con sentido de maravilla, de posibilidad. Son elocuentes los gestos protectores y de buen trato, la gentileza, el respeto, la sonrisa, las palabras amables (no falsas ni “pateras”, sólo francas y cordiales), la escucha sin juicio ni interrupción, una “música” desde nuestra presencia, que vitalice y contenga al mismo tiempo. ¿Cuándo nos sentimos bien en compañía de alguien, cuándo fluye mejor nuestro trabajo, nuestras creaciones? Bueno, eso mismo multiplicado, lo necesitan los niños.
No soy tan ingenua como para creer que solo en lo íntimo se jueguen evoluciones y revoluciones que hace rato son imprescindibles en nuestra sociedad. Pero sí confío en el efecto benéfico y contagioso que puede tener la experiencia cotidiana, amplificándose a nivel colectivo. Creo que nos haría bien un ejercicio consciente del aprecio (la voz de Aibileen multiplicada), cada día, donde quiera que vayamos. Cada uno, fan incondicional de seres amados, prójimos, y de nosotros también.
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Gracias Archivo ElPost.cl
Imagen: “The Help”, película de , 2013