Infancia, cuidado y educación

El ensayo del cuidado cada día, cada estación de cada año en la escuela, eleva el poder transformador de una educación donde cada generación pueda sentirse protagonista no sólo de sus aprendizajes, sino de su construcción como personas, y en el ejercicio de su ciudadanía humana. Una pertenencia –a la república de la tierra- donde el cuidado permite orientarse desde la persistencia en vivir, o sencillamente en lo cuerdo, tan evidente en las preguntas de los niños y vuelvo a una que se repite tantas veces a lo largo de los años: ¿por qué los adultos todavía no entienden que es mejor vivir que morir? No hay negación de realidades, por ominosas que éstas sean, y tampoco hay renuncia: la insistencia de los niños es de regreso constante a lo vital; a hacer las cosas que nos ayuden a vivir, a lo que cuide a la vida.

De las nuevas generaciones tenemos mucho que aprender, y que ayudar a irradiar desde el aula y hacia el mundo. Escuchar y leer los relatos de niños en procesos de paz o de retorno a la democracia, o frente a crisis medioambientales –y cualquier día, en realidad, porque siempre tienen mucho que decir-, puede ser más informativo, más útil, y definitivamente más sincero que cientos de informes y análisis expertos. Los maestros saben: escuchan esas voces a diario. Darles cauce y prevenir que sean silenciadas durante años de niñez y adolescencia (¿cómo recobrarlas después, si quedan truncas?), es una misión mayor de la educación. Para sostener y promover una cultura de paz, y “amante de la vida”, estas voces son un pilar de insobornable autocuidado, de responsable “cable a tierra”, y de resiliencia que mucho necesitamos para continuar.

En el aula, a través del conocimiento que se comparte y no se entiende como una “propiedad” sino como un bien colectivo, un recurso de toda la humanidad, los niños se acercarán a la memoria de lo que navega en nosotros: miles y millones de ancestros. Somos herederos de todas sus trayectorias, nobles y abyectas, crímenes contra la humanidad y odas a la belleza del espíritu, colonizaciones sangradas y vuelos al espacio.

Nuestra memoria genética o celular será quizás inasible (y si tuviéramos acceso a ella, quizás no resistiríamos), pero el cuerpo sabe, en lo más profundo, de la multitud que lo habita y lo vincula a otros millones de semejantes ahora mismo. Cuando conocemos sus destinos, no quedamos indemnes: nos emocionamos, nos duele, sentimos temor, necesitamos volver a un lugar seguro; un arrullo, por efímero o modesto, para nuestra especie, en esta tierra: “el mundo es un elemento desesperado, tendríamos que acogerlo, darle calma”. Este verso de Jorie Graham es cuidado ético en plenitud, tan preciso. Podemos cuidar sin desprendernos de lucidez ni dulzura; reconociendo nuestras precariedades, y resistiendo también, la injusticia y el espanto. La indignación no es separada del amor y la compasión, todo lo contrario: sin sensibilidad, no podríamos reconocer cismas ni animarnos a responder.

Quizás, junto al cuidado de cada nueva generación –y tal cual los niños lo hacen- podríamos pensar a nuestro propio mundo, a nuestros países y comunidades como seres vivos, acunables, y también “heribles”, necesitados de consuelo y de aliento tal cual un hijo, un ser humano pequeño, o de cualquier edad. De ser así ¿cuánto podría cambiar?  “Se necesita de todo un pueblo” para criar a un niño, o para abandonarlo, y son también formas de cuidado o abandono nuestros actos en respuesta a un país, una democracia, a la naturaleza y el planeta donde crecen nuestros hijos e hijas. “Se necesita de todo un pueblo”, también, para cuidar la educación.

La educación es nuestro tesoro, nuestro más bello arsenal y caja de herramientas. Sigue siendo la actividad humana con la mayor capacidad de incidir en las vidas de generaciones presentes y futuras. Lo hemos atestiguado en diversas épocas, y todavía es así, podría serlo, si acogemos a este milenio recién nacido, con toda su promesa y maravilla, y con sus precariedades y desesperaciones, casi todas, sino todas, por falta de cuidado.

Es sólo sensato detenernos a pensar si nuestros sistemas educativos en realidad están preparando para la vida de hoy y de los próximos cincuenta, cien años, con sus oportunidades y sus abrumadoras urgencias. La ciudadanía global y el respeto a los derechos humanos, junto a  una residencia en la tierra compatible con nuestras necesidades y las de nuestro hogar, no son aprendizajes suntuarios sino vitales (eso es, de vida o muerte). Lo sabemos bien.

En muchos de nuestros países estamos viviendo procesos de reforma educativa quizás, o innovando en pequeños colectivos, con la mayor audacia y cariño, mientras se levantan ya “escuelas del futuro” –y el futuro está ya entre nosotros- para las nuevas generaciones. Es posible que el sentimiento sea tanto de entusiasmo como de desazón o ansiedad, queriendo hacer más, pedir más, desear mucho, mucho más de lo que las realidades presentes nos ofrecen con sus obsolescencias a medio derrumbar, u horizontes a medio construir.

Cualquiera sea el escenario local (y “local” es también nuestro planeta) en materia de educación, lo claro es que de los docentes, sobre todo, depende decidir cómo dejar atrás lo que ya no sirve o no nos hace bien, para apostarlo todo a crear. Sin dejar de atesorar o reciclar aquello que, sin importar cuánto tiempo pase (por ejemplo, el método socrático que no por nada marca la ruta de un revolucionario de la educación como Sal Khan), conserva su energía transformadora para niños y niñas que estudian, y para los maestros y maestras que les acompañan. Y para toda la sociedad.

Los cambios que añoramos o soñamos no son en abstracto, ni al vacío. Toman cuerpo en seres humanos, en sus formas de hacer, sus resultados. Es necesario preguntarnos si nuestro Estado está cuidando a estudiantes, docentes y a la educación. Y preguntarnos también si quienes educamos a las nuevas generaciones confiamos en ellas, en sus contribuciones al presente y el futuro de todos, y si estimulamos la plena manifestación de todos sus talentos, diversidad, anhelos, capacidades diferentes, ingenios y propósitos, valiéndonos de cuanto recurso disponible exista (neurociencias, tecnologías, conexión global, artes, deportes, etc.).

Los aprendizajes, ya sabemos, no pueden limitarse a memorizar contenidos o cumplir con equis currículum (bueno, mediocre o pésimo), sino estar al servicio de las vidas de niños y niñas, jóvenes, adultos, y ancianos que son alumnos, personas protagónicas en su proceso junto a mentores y guías sólidos. Sin olvidar las sociedades y comunidades donde viven quienes estudian, y donde se emplazan sus escuelas, institutos, universidades.

Educar no es una actividad separada o impermeable a su hábitat, y menos a su época. Este milenio necesita de una educación que sea palpable en su “para qué” (y no es siempre obvio, y menos, estático) que sea comprensible, útil, y que despierte los corazones de todo el colectivo. Las pérdidas en educación, no sólo afectan a estudiantes o docentes, sino a toda la humanidad. Del mismo modo, el éxito de la educación alcanza y tiene un efecto benéfico para las vidas de todos, de estudiantes y comunidades educativas, y de sociedades completas.

Para emprender un buen giro de destino, vale la pena regresar al diccionario de siempre y recordar que una definición de éxito –bella, y que nos puede hacer eco a todos, sin mayores reparos- es “el resultado feliz de”. ¿Cuál sería ese resultado feliz para los niños y niñas, para docentes y escuelas, para la humanidad?

Como ciudadanos de un país o de un mundo, pocas veces somos invitados a imaginar y trabajar por la educación que anhelamos para nuestros niños, niñas y jóvenes. Y muchos nos autocensuramos, cuando en realidad querríamos declamar a viva voz que no vemos herramienta más maravillosa que la educación, y acaso de las últimas que nos quedan para transformar radicalmente las desigualdades y disociaciones que nos asuelan.

En todo, TODO, podríamos dar cuenta de la presencia y huella de la educación, y su portento: en cada logro humano, cada posibilidad de un destino mejor, de una vida buena. Uno se pregunta ¿cuánto aprenden los niños que nutra esta confianza, ese deseo? O qué descubrimientos realizarán en el aula acerca de sí, de la dignidad humana, del poder de la imaginación, de la cooperación, del ejercicio de una responsabilidad discernida, de una libertad que no reniega sino que acoge la interdependencia que nos urde y conmina a la vez.

En el aula está gestándose el mundo, cada día. Y ella necesita ser un reflejo del mundo y su diversidad: un espacio proclive a la vida, al desarrollo pleno, a la emoción, a la hospitalidad humana, y al ensayo y el error de todo aquello que pueda servir a las nuevas generaciones hasta que se encuentren preparadas para tomar las riendas de sus vidas, siempre dignas de cuidado. El deseo existe y cree la conciencia sobre nuestra responsabilidad como adultos, adultos libres, adultos que tienen el deber y también la oportunidad de elegir proteger y educar a cada niño y niña de la mejor manera posible y para la mejor vida posible. Nos necesitamos juntos en esto. Como en cada cometido humano, pero quizás más.

Dicen que en la niñez se necesitan al menos tres relaciones seguras para fortalecer el desarrollo. Tres ecos que declaren sostenidamente “te cuido y te cuidaré, sin condiciones”. Hasta aquí, el peso mayor lo lleva la familia, y luego la escuela. Dos versiones de “hogar”: “el lugar donde se hace la lumbre”. ¿Y si este deseo desbordara en nosotros?

Recuerdo haber leído sobre una pequeña lagartija o salamandra que sólo puede encontrar su camino a casa bajo la luz de estrellas visibles. En noches nubladas o simplemente de escasa visibilidad, su indefensión es completa. No retuve el nombre de la especie, pero sí de su forma única de “orientación celestial”. Inevitable pensar en los niños y niñas: los cielos que les adeudamos, y a nosotros también (hasta la muerte no terminan de crecer las alas). Qué ganas inmensas de mirar alto, siempre alto, e imaginar a la ética del cuidado, por fin inseparable de la educación, como un puñado de estrellas para este tiempo. Si es como dicen los astrónomos, que son miles y miles de millones de estrellas para cada una de las miles y millones de galaxias en el universo observable, un puñado estará bien entonces. Un puñado nos sirve.