Vinka fue invitada a Aire Fresco a comentar sobre las reacciones que ha generado el informe de UNICEF junto al Poder Judicial acerca de los abusos sexuales detectados en diferentes hogares del SENAME. “Aquí lo único importante son los niños. Y eso exige de parte no sólo del SENAME si no también del poder judicial y de Unicef una cierta actitud en el trabajo donde se respeten todos los criterios, se hacen bien las cosas y se contiene bien a los niños”.
Guía para el autocuidado infantil de Vinka Jackson. Este libro busca convertirse en una herramienta que ayude a los niños preescolares hasta los 4 o 5 años a establecer un suelo temprano para el desarrollo del cuidado hacia sí mismos y hacia sus prójimos. Este involucra nociones básicas sobre la salud, el bienestar, el aprecio por sí mismo y los demás, los buenos tratos y la convivencia respetuosa, y la valoración de la vida, su integridad, nuestra corporalidad.
Cada concepto, dibujo y texto ha sido definido teniendo en mente las posibilidades de comprensión, lenguaje y motivación de los niños durante la primera infancia, así como las posibles conversaciones –entretenidas, interesantes, amorosas, atentas al presente y también a lo que se deja sembrado para futuras etapas del desarrollo– que los adultos podamos propiciar con los más pequeños.
Una invitación a que los niños más pequeños comiencen a conocer y conversar -alentados por nosotros, los grandes- sobre la maravilla del cuerpo humano.
El libro de Vinka Jackson, acerca del abuso sexual y su camino de sanación, nos muestra de manera prístina cómo los seres humanos podemos ser portadores de una fuerza interna irrebatible que clama por vivir. Y lo hace de una manera que creo no haber encontrado jamás en otro escrito. Este libro impresiona, maravilla, indigna, pero por sobre todo da esperanza, está lleno de ella.
El camino por el cual Vinka nos lleva no es teórico sino vivencial, y sin querer tal vez nos entrega una comprensión tan profunda de las heridas del abuso, que nos permite aprehender tanto más de lo que hayamos podido teorizar o investigar sobre sus avatares.
Es, en todo sentido, un libro existencial. En él aparecen las preguntas más esenciales a las que podemos confrontarnos en la adversidad más oscura e inimaginable. Pero es también un recorrido por el valor y la importancia de nuestro cuerpo -aquello que tenemos pero que también somos-, y cómo éste puede tomar el color de las heridas de una pesadilla o bien la luz de su posibilidad de recuperación.
El abuso sexual ocurre en el cuerpo, pero traspasa mucho más allá de él; en sentido estricto rompe lo físico, destruye lo más íntimo y alcanza a aplastar el alma: “Una invasión bárbara dentro y fuera de la casa; dentro y fuera del cuerpo. En plena identidad”. Porque ¿Cómo se construye, cómo se mantiene la noción y la certeza de quién soy si el cuerpo es transgredido, violentado, cosificado una y otra vez sin descanso ni piedad?
En sus líneas iniciales Vinka nos enseña “Conozco demasiado este cuerpo que siempre se siente como recién llegado y, sin embargo, tan familiar y predecible como si nunca me hubiese sido arrebatado”. Allí resume en pocas palabras la experiencia de haberlo perdido -o más bien de creer haberlo perdido- y su final de soberanía sobre él, el largo y valiente camino recorrido para llegar a volver a sentir propio lo más propio que tenemos.
Mientras ocurren los peores “asaltos” (aquél es el nombre con que Vinka lúcidamente logra nombrar lo innombrable), por fortuna aparecen verdaderos refugios -como el ballet siendo niña- que le permiten de alguna manera continuar manteniendo el poderío sobre sí: “En cada movimiento se atestigua una voluntad que ni sabía me pertenecía. Soy capaz de gobernarme en la danza, de estar en mí, y esto me llena de un sentimiento de poder indescriptible (…). Mi cuerpo en sintonía conmigo es un triunfo, una compensación precisa. Porque todo aquello que en días o noches pierdo a manos de mi padre, luego lo recupero bailando”.
“Este cuerpo que llevo puesto pero no me pertenece”: ¿Cuál será el momento en que realmente es posible apropiarse de lo propio? Quizás es siempre gradual, quizás es un camino que todos los seres humanos -con independencia de las particularidades de sus historias- debemos recorrer, a veces con tropiezos. Pero ese camino con el abuso se vuelve lejano, por eso es que lograrlo es en verdad un triunfo, un triunfo mayor que no todos logran conquistar. Vinka, aunque no quiera serlo (“ni víctima, ni heroína” nos dice) es un ejemplo maravilloso que emociona hasta lo más profundo.
“(…) a pesar de todas mis omisiones y descuidos -y ataques también- mi cuerpo jamás me ha abandonado y ha ido conmigo por la vida (…). No importa cuántas veces me haya sido arrebatado, cuántas veces haya sido deshecho nuestro vínculo, él nunca, NUNCA, dejó de pertenecerme”.
Agradezco haber descubierto el tesoro que es este libro, agradezco poder decirle a cualquier persona que sufre que esto existe, que sí es posible sanar las heridas, las del cuerpo y las del alma, que uno nunca se pierde realmente, aunque a veces nos sintamos perdidos. El agua fresca puede lavar los ojos y entonces permitirnos ver lo más bello que hay dentro de nosotros, aquello que nada ni nadie puede arrebatar.
Pamela Lorca Santander
Psicóloga Clínica de Adultos
Postítulo en Análisis Existencial
Gran impacto causó el caso de la menor de once años que está embaraza luego de las reiteradas violaciones de su padrastro, lo que de inmediato reabrió el debate sobre el aborto.
Un caso que ha causado gran impacto, no sólo en Chile sino que también a nivel internacional, es el de la niña abusada sexualmente por su padrastro y que ahora enfrenta un embarazo de 14 semanas de gestación. Este hecho abrió un gran debate sobre la legislación del aborto terapéutico en Chile que incluye la violación como una de sus causales.
Para debatir sobre este tema, El Informante conducido por Juan Manual Astorga tiene como invitadas a la ex directora de la Junji, Ximena Ossandón, la abogada y ex ministra de Bienes Nacionales, Ana Lya Uriarte, la doctora y experta en bioética, Sofía Salas y a la escritora y experta en abuso infantil, Vinka Jackson.
Hace más de veinte años, durante mi primera maternidad y sin mayor información, al menos tenía claridad sobre la decisión de escribir una historia muy distinta de la mía, para mi primera hija: una donde su cuerpo fuera fuente de reverencia, maravilla, salud, bienestar, buen refugio y templo, plétora, libertad. En el presente, y también hacia el futuro, como la mujer que llegaría a ser.
Quizás toda mamá y papá jóvenes, o de cualquier edad, se hacían las mismas preguntas antes de recorrer un camino de la mayor trascendencia. Yo, además, sentía que a la ignorancia natural de quien enfrenta un recorrido por primera vez (y uno infinito, como la maternidad), se sumaban temores y limitaciones propias de una historia que me había jurado no debía repetirse para ninguna niña o niño. Tampoco mi hija.
No contaba con muchas herramientas, y no abundaba la literatura sobre el tema de la corporalidad infantil o su sexualidad (con Freud no me llevaba bien, o más bien, tenía una resistencia orgánica a profundizar en su teoría edípica o fantasías irresueltas de incesto con el padre o la madre).
Tampoco existían muchos libros sobre prevención de abuso sexual, y menos para niños, que propusieran una mirada desde el respeto de los humanos adultos y desde la noción de los propios niños sobre su derecho a ser cuidados, a establecer límites (decir NO), a “escuchar” la voz de su cuerpo. No quería actuar en prevención de abusos infundiendo terror en mi hija (aunque ciertas realidades deberían ser compartidas conforme creciera). Quería hacerlo de otra manera.
A la guía de los instintos, del amor, y de la delicadeza sensorial de mi niña, cuando ella tenía menos de un año, se sumó un librito que encontré en Argentina, durante un congreso: “Mi sexualidad de los 0 a los 5 años” se llamaba.
Tenía ilustraciones –muy modestas, a tres colores: blanco, negro y azul oscuro-, algunos juegos y un lenguaje sencillo y alegre. No hablaba de miedos ni trasgresiones posibles. En cambio, hablaba de respeto mutuo y de experiencias cotidianas en relación al cuerpo y lo sexual, desde la inquietud inocente y natural de los niños pequeños.
Ese libro –que inclusive compartí años más tarde con mamás de otras culturas en EEUU- fue sobre todo una inspiración para desplegar mi propia creatividad y así atreverme a proponer un particular itinerario con mi hija: con dibujos, caricaturas, títeres, pantomimas y cuanto recurso viniera a mi mente, para enseñarle a Diamela a conocer y apreciar su cuerpo conforme descubría, etapa tras otra, la maravilla de sus funciones y evoluciones.
Yo me había apostado entera a amarla y protegerla, pero no estaría con ella las 24 horas de cada día. Necesitaba compartir herramientas. Yo crecí sin saber del cuerpo, de sus derechos (a la vitalidad serena, al buen trato, al consentimiento). Quería que ella sí supiera.
El camino desde guagüita apuntaba a un horizonte inmenso: si podía decirme que no a mí (no quiero esto, o lo quiero después), podría decirlo a quien quisiera. Si sabía que su cuerpo y todo su ser merecían el mejor trato, eso esperaría de otras personas: desde pequeños compañeros de colegio y profesores, a parejas o superiores en el trabajo, el día de mañana. Si aprendía a “escucharse” y a confiar en esa voz, el día en que por ejemplo, compartiera un primer beso o iniciara su vida sexual activa, podría dar el paso convencida. No 30%, ni 60% convencida. Ojalá 100%, o algo por ahí, más cercano a la totalidad de su voluntad, su deseo, su autocuidado y salud, su amor.
Tenía algo así como dos años, y recuerdo la expresión de Diamela, de entre desconcierto y maravilla, cuando le mostraba textos de biología con imágenes del cuerpo humano (las mejores disponibles en esos tiempos: láminas de anatomía en viejos libros del colegio o la universidad) y hasta radiografías de dientes o caderas (las típicas para descartar displasia) que usamos para colorear y señalar todo un universo interior que escapaba a la vista, pero que valía tratar de imaginar en movimiento, dentro de nosotros. ¿En serio es así?, preguntaba. En serio 🙂 y es tuyo.
Ese universo era su cuerpo: primer hogar, “hogar primario”, inseparable de ella, de todas sus edades. Qué tremendo sería si lo sentía amable, magnífico, un híbrido de ave-bailarina-galaxia en permanente gestación, libre, deliberante, con su voz y su música propia. Jamás una prisión. Nunca un territorio de guerra, o un enemigo.
Sabiendo que la responsabilidad de cuidar y guiar era mía, como mamá y adulta, de todos modos era imprescindible ir avanzando en entregar a a mi hija herramientas de autocuidado, y alentando el ejercicio de sus elecciones, y el desarrollo progresivo de su consentimiento ( entendido como la capacidad de decidir por sí mismo y de actuar conforme a la propia reflexión y discernimiento).
Sin estos estímulos, sin mi apoyo -y el de todo adulto que pudiera plegarse, creer en ese respeto profundo y esa responsabilidad con la nueva generación- ¿cómo podría mi hija darle voz a su cuerpo, descubrir sus preferencias, establecer los límites que la hicieran sentir protegida y cómoda para aceptar o declinar, o definir los términos de sus relaciones -corporales, afectivas- con un otro? Antes ella necesitaba saber, aprender, estar segura de que tenía el derecho a ser escuchada, tomada en cuenta, mientras iba etapa tras etapa, ensayando el dibujo de su vida, sus “quiero” y no “quiero”, sus deliberaciones y preguntas.
Sé que en quince, veinte años, lo que más hicimos fue disfrutar la trayectoria (aunque algunos duelos también hubo, que igualmente hicieron crecer). Sobre todo nos conmovimos y asombramos, conversamos horas incesantes y preciosas. Diamela hizo suyos el amor y cuidado -por sí misma y por los demás- y con ellos cruzó la frontera hacia su adultez (así lo creo y lo veo a sus 25 años). Yo, por mi parte, crecí siglos a su lado (en un proceso que ella jamás imaginó y durante el cual gané no solo la vida, sino mi cuerpo de regreso, como el de una recién nacida).
Luego vino mi hija menor, a mis cuarenta años. Y vuelta a empezar.
Más allá de la bitácora radiante de la maternidad (ver crecer, aprender mundos, vincularse con los otros, soñar destinos), debí nuevamente tomar lápiz y escribir las letras silenciosas de la historia: el cuidado desplegado en desvelos, aprensiones, la mirada de mamá loba, cierva, y lechuza (insomne) sobre cada paisaje, la plegaria agradecida pero plegaria al fin, por cada día bueno, eras inaugurándose, resfríos superados, sueños y cantos. Todo lo compartido en la travesía con Diamela, volvía a ser horizonte con el nacimiento de Emilia.
Tendría que ser más fácil, pensaba, los primeros días de llegada mi hija menor al mundo. Mi edad debía venir con mayores aplomos y muchas más luces (un estadio nacional de luces, ya no la pequeña plaza tenuemente iluminada de mis veinte años de edad): sobre el ejercicio del cuidado, la ductilidad e infinita inteligencia del amor, los puntos de intersección continua entre ambos. Confieso que tanto más fácil no ha sido, pero sí distinto, y mayor la abundancia de herramientas a la mano.
Fuera de los baños de palabras y de cariño –espontáneos, y también, confieso, como parte de una agenda porfiada en contagiarle gratitud y contento, cada día al despertar-, cajas y cajas de crayones y lápices de colores, imágenes de resonancias magnéticas y otras láminas increíbles de anatomía humana (viva Google) y la leal ayuda de una magnífica revista (9 ejemplares, la colección completa) de neurociencias y educación que encontré en Chile -Calpe&Abyla, de las doctoras Amanda Céspedes y Lilian Cohen.
Con todo un arsenal muy colorido, comencé nuevamente a caminar. Con mucha mayor confianza. Tanto con mis hijas, como con alumnos y niños a quienes acompañaba en terapia, observaba que la motivación por aprender del cuerpo humano era/es enorme. No hablo de clases de cs. naturales o de biología (aunque también), sino de lo que ocurre cuando constantemente traemos la presencia del cuerpo en lo cotidiano, vinculando todo: latidos, emoción, nutrirse, hidratarse, tratarse con gentileza, escuchar las señales del cuerpo -desde una tos, una lágrima, la risa, o una “guatita apretada”, o una sensación de “no sé qué” pero que provoca temor, a la sensación de placer que viene con un helado delicioso, un paisaje increíble, un abrazo, un gesto de cariño de los amigos del colegio o el barrio-. Infancia, pubertad, la adolescencia: cada etapa con su historia, información que empodera (cómo funciona el cerebro ayuda tanto a entender lo que pasa con las emociones, las formas de conocer, y hasta los errores que pueden cometerse).
Recuerdo que con apenas año y medio, Emilia ya indicaba la rítmica de los latidos de su corazón y sus emociones primarias (contenta, triste, asustada -sobre todo ante ruidos fuertes-, enojada); con dos, se asombraba respirando cortito-largo y exhalando sobre dientes de león o semillas puestas sobre la mesa (“viento”, proveniente de sus pulmones) y señalizaba olores, colores del atardecer, músicas, y todo era un goce; a los dos y medio, trataba de explicar a otros cómo su estómago “juntaba y dejaba a un ladito” todo lo que no le servía.
A los tres años, decidió que las neuronas eran “flores” que se iban enlazando unas con otras (como en la enredadera en casa de sus abuelos) para conservar lo que iban aprendiendo; al cumplir cuatro, decía “mi guatita pide: agua, pollo, o chocolate, no esto”, o “no te conozco todavía, hola así no más (con la mano)”, o “no voy a ir, porque no termino de comer-jugar-descansar-mirar la luna, ¿me puedes esperar?”, o “este regalo lo voy a abrir después porque ahora estoy jugando” (feliz). Dejar hablar al cuerpo, desplegar su misterio, dejarlo deliberar también, con respeto, cuidarlo. Y en cada trazo de experiencia, otro poco más de albedrío, discernimiento, libertad de sentir, de llegar a ser.
Es temprano para cantar victorias, pero esperanza ver cómo, paso a paso, es casi como si mi hija menor pusiera sus pies sobre la huella semejante que dejó su hermana mayor años atrás, en una arena entrañable (que conservo dentro). A ambas, en distintas eras y por motivos muy especiales, les debo nuevos pactos con la vida, ganas ojalá de ser inmortal, tanto entusiasmo y resiliencia, tanto amor y sensación de amparo sobre esta tierra (o sobre el cielo, si eso fuera posible). Tanto como sus cuerpos nacieron del mío, así creció el mío a su plena estatura, gracias a mis hijas.
En una fragua de décadas: la inspiración regalada por mis dos niñas, y muchos otros niños que he tenido el honor de conocer en los oficios de psicóloga y profesora de español (en EEUU, K-8vo). Y a adultos inocentes y de buen corazón.
A los 45 años, finalmente, cumplir el sueño de poner en palabras e imágenes, lo que tenía ya escrito y dibujado en mi cabeza con tal nitidez, y durante tantos años, que casi podía tocar y oler la tinta y colores de cada dibujo, los que llegaron a ser en papel para explicarles a mis hijas distintos temas (corporalidad, sexualidad, reproducción), y otros que aún pululan en mi mente y puedo ver cuando cierro los ojos.
Fue en un aeropuerto, esperando llegar a casa (en Atlanta) que me senté a escribir los primeros textos y determinar las imágenes exactas que debían ir en mi primer libro para niños, para fortalecer el cuidado ético, la prevención de daños, el conectar con la vida y el cuerpo desde su voz, sus milagros, su universo digno de amparo, consagración y respeto.
Notas, bocetos. Un orgullo particular fue haber vuelto a dibujar, modestamente y con crayones, las imágenes para el sistema excretor de los niños (que señalizaban también sus partes privadas). Esas caritas entre sorprendidas y alegres, esperando ver cómo toda la trama de alimentos, leches y aguas que viajan por el cuerpo para nutrirlo y ayudarlo a crecer, llegaba a su última estación (cada día, muchas veces) en un baño que ojalá pareciera parque de diversiones en sus colores y tono travieso, pero donde quedara claro también, el espacio propio, privado, y la delicada protección que merecen esas áreas del cuerpo, cuyo mejor nombre debería ser, en verdad, “sagradas”. Luego, Marianela Frank convertiría este boceto, y cada una de mis imágenes elegidas, en un trabajo de arte precioso y preciso (como en todo el libro).
En viajes entre mis dos hogares en EEUU y Chile, fui presentando el libro, bocetos, avances, a distintas personas: niños pequeños, sus papás y mamás (de distintas religiones, avenidas de la vida, identidades), educadores y psicólogos, abogados, conserjes, médicos, escritores, cuidadores, mujeres y hombres sobrevivientes de abuso sexual, y a quien estuviera dispuesto a dedicar unos minutos y compartir qué le pasaba con él. La respuesta fue siempre emocionada, entusiasta. Tal como sentía yo para mis hijas, o para mí misma (en la niñez), se repetía una frase: “yo querría que este libro hubiera existido antes”. Qué alegría y tranquilidad, ir en buena dirección.
El nacimiento de “Mi cuerpo es un regalo” (ver primera nota, de Gabriela García), hoy, marca el primer paso en una serie dedicada a la ética del cuidado para niños, que mi casa editorial -Ediciones B- ha tenido la voluntad y entusiasmo de apoyar, junto a una “factoría” de hadas y magas, todas las mujeres que acompañaron el alumbramiento de este primer esmero: Marilen Wood, Judy Meneses, la artista Francisca Toral, la periodista Marcela Escobar, y la ilustradora Marianela Frank. (Y desde otro lugar, apoyando con entusiasmo este proyecto, desde la mirada de la educación prescolar, el equipo Técnico Pedagógico de JUNJI y Ma. Fca Correa, su VP).
Espero contar con suficiente futuro para acompañar a mi hija menor, y ver a la mayor levantar su propio nido como ella sueña; y disfrutar de un tiempo de creaciones y peregrinaciones que nos esperan con mi compañero de la vida. Ojalá, también, escribir muchos más libros. Pero si partiera mañana, tengo suficiente gratitud para llevar sobre las alas: el tránsito del Agua Fresca en los Espejos, a Mi Cuerpo es un Regalo, es algo que jamás podré llegar a describir bien, en ningún idioma. Aunque “unción” es un sentimiento que me ronda. No sé por qué. Pero bienvenido sea.
Vinka Jackson: ”A todos se nos escapa cuando ocurren abusos a niños, no sólo a la familia”.
La psicóloga Vinka Jackson presentó en ADN Hoy su libro “Mi cuerpo es un regalo“, que habla sobre el autocuidado y la prevención del abuso sexual infantil. Además, sostuvo que “lasrelaciones con los niños hay que transformarlas“.
“Los niños no necesitan tremendas disertaciones sobre el abuso, ni sobre ‘nadie debe tocarte’, parte mucho más sencillo”, aseguró. Explicó que es importante que los menores vean a sus padres actuar ante el mundo de la misma manera, cuidando sus propios cuerpos.
“Qué ganas que (cuando ocurre un abuso) el pediatra estuviera atento, o el señor de la puerta del colegio. Es decir, que otros adultos estuvieran poniendo atención, porque a todos se nos escapa cuando ocurren abusos, no sólo a la familia, a la escuela o a la iglesia donde ocurrió”, expresó la psicóloga.
Vinka visitó Aire Fresco con motivo del lanzamiento de su libro “Mi cuerpo es un regalo”. “Este libro es una invitación a mirar la vocación de cuidado que tenemos para con nuestros hijos y los niños desde el lado de la luz. La pregunta que busca responder es ‘Cómo hago para garantizar el mayor bienestar de mi hijo?'”.
Vinka Jackson, autora del libro testimonial Agua fresca en los espejos, abuso sexual infantil y resiliencia (cuatro publicaciones, desde 2007), presenta ahora su primer libro para fomentar el autocuidado en los niños. Se trata de Mi cuerpo es un regalo.
En Mi cuerpo es un regalo (Ediciones B), la sicóloga y escritora Vinka Jackson intenta acercar a los preescolares a la ética del cuidado y el autocuidado y contribuir a los buenos tratos con la infancia y la prevención del abuso. Se trata de una publicación que Marianela Frank ilustró de acuerdo al concepto gráfico de Vinka, que contiene, además, una guía para padres que apunta en una dirección: alentar a los niños a tomar conciencia de la maravilla de su cuerpo, para que aprendan a conocerlo, cuidarlo y escucharlo. Porque, dice, “el cuerpo habla todo el tiempo, en su bienestar y su malestar”.
Llega a librerías este mes, pero mucho antes Vinka lo sondeó con diversos profesionales en Chile y EE.UU., y con niños pequeños, incluida su hija Emilia, de casi cinco años.
¿Qué tan importante es enseñarles a los preescolares a conocer y escuchar su cuerpo?
Es vital. La relación con el cuerpo, nuestro “hogar primario”, es para siempre. Y en la esfera del cuidado y la prevención, este cobra especial importancia pues en los niños pequeños –que no han completado el desarrollo del lenguaje–, este puede ser la única voz que hable por ellos cuando no pueden expresar un sufrimiento o una situación traumática como el abuso sexual. Los grandes tenemos que escuchar esta “voz”: cuando habla de su malestar, y también cuando expresa sus necesidades, sus límites, sus quiero y no quiero.
¿Cómo propone el libro estimular estos valores?
Recorre con los niños sus cinco sentidos y luego viaja dentro del cuerpo, por órganos vitales como el corazón, los pulmones, el sistema excretor. Contiene una guía para padres y educadores que propone conversaciones y ejercicios útiles y muy lindos, que conectan con preferencias, afectos, recuerdos de los niños. En esta etapa, ellos están conociendo su mundo de manera muy sensorial y es potente mostrarles que todo lo que huelen, ven o sienten, es gracias a un programa maravilloso. El aprecio por el cuerpo debería empezar desde que son muy pequeños, desde el nacimiento. Acompañar a cada niño en este proceso es una forma de decirle: Te quiero. Me importas. Te cuido.
Darle voz al niño implica respetar sus negativas, algo que se asocia muchas veces a malcriar.
Debería asociarse al cuidado ético, al respeto por sus derechos, y a una herramienta de autocuidado. Necesitamos alentar sus elecciones, por supuesto, en coherencia con su salud y la crianza, y darles valor a sus negativas: desde la primera vez que un niño declina comer algo, o expresa su cansancio, o cuando no quiere saludar a alguien de una cierta forma. Los niños tienen una voz y cada vez que la escuchamos los empoderamos para el futuro y les hacemos saber que cuentan con nosotros.
Me gustaría compartir un texto que me parece de valor (abajo, en negrilla, “Cuidado y Gratitud”). Es el texto exacto que aparece en el epílogo del Libro BASTA! +de 100 cuentos contra el abuso infantil (Ediciones Asterión, Pía Barros-Editora).
Lo comparto porque siento que, en verdad, es un resumen bien logrado y significativo sobre las premisas éticas del cuidado y de una pregunta que me parece, lejos, la más urgente y desafiante de responder: ¿Cómo hacer para preservar íntegros los derechos de quien es más vulnerable? Pienso en los niños…
He insistido en muchas oportunidades sobre la angustia de sentir que la ciudadanía de los niños nos elude, que es invisible, como si no tuvieran voz ni derechos, y sí los tienen (los garantiza la Constitución del país donde nacieron y viven, y una serie de cuerpos legales que a veces parecen tener más textura en la letra, que en acciones reales). Lo que no tienen es voto, ni relevancia económica (en el sentido de que no pagan impuestos, no trabajan ni producen). Si los tuvieran, quizás otra sería la historia; una buena historia. Eso pensaba, y creía que mis disgresiones podían ser a lo menos ingenuas, sentimentales, o de poco peso, hasta el año pasado.
Sucedió entonces que, en una jornada de trabajo y una conversación riquísima con Carol Gilligan (pionera en investigación, proposición, desarrollo teórico y activismo en pos del Cuidado Ético), ella -infinitamente más sabia y preparada-, me dijo que sus reflexiones eran exactamente las mismas: los niños no eran vistos ni escuchados -al igual que otros grupos de humanos vulnerables- y se requería un compromiso particular por ellos (tal cual se luchó alguna vez por los derechos civiles de mujeres, o las minorías étnicas). Y que todos quienes compartiéramos esta voluntad, debíamos estar juntos, hablar y sobre todo, canalizar y hacer de voceros de los niños, tan ausentes del diálogo ciudadano: ausentes como tema, demasiadas veces, y ausentes porque no tienen edad todavía, ni canales oficiales desde donde hacerse presentes para ser escuchados. Nosotros sí podemos hacerlo por ellos.
Yo, en lo personal, me siento vocera de mi hija, mis hijas. La mayor ya encontró su voz, y además ha asumido su propia vocería -y es alta y contundente no sólo en la crítica , sino en su participación cívica, su capacidad de proponer, gestar, hacer que cosas sucedan, y eso, desde adolescente-. Es la más pequeña quien más me compromete ahora, igual que sus hijos lo hacen con muchos de ustedes, padres y madres mucho más jóvenes que yo, que inician su camino.
También, he usado mi voz para tratar de abrir conversaciones sobre temas que me importan, que no me dejaban respirar por momentos: el abuso sexual infantil, y asumo que habrá quienes que ya no quieren saber más (creánme, yo también quisiera callar o no necesitar decir nada), pero una y otra vez la realidad se presenta feroz e ineludible, y cuesta omitir. Desde el imperativo ético, y también desde el recuerdo de una sensación tan sombría, cuando niña, ante al silencio de los adultos, me pasa que cuando escribo, o cuando hablo, no puedo evitar pensar en que algún niño podría llegar a saber, y encontrar consuelo porque una “señora grande” (una voz más de un coro grande de adultos comprometidos) moleste, insista y crea firmemente en el mensaje de cuidar, escuchar, concurrir.
Cuidar. Más que los daños, lo que me ha inspirado, es el tema del cuidado que nos seguirá acompañando mientras existan humanos que nacen, y humanos que los reciban y cobijen para asegurar su supervivencia. Frente al abuso, el cuidado es antídoto, el lado de luz, la semilla en toda su potencia (sin desintegrarse ni corromperse). Cuando el cuidado es débil, impreciso, inconstante, ahí se abre el espacio aciago para vulneraciones de distintas gradaciones. Entendido el abuso infantil como un fracaso mayor -y colectivo- en el cuidado ético, la oportunidad de enmienda y prevención descansa evidentemente en la restitución del cuidado, y mejor aún: en la construcción de una convivencia distinta entre adultos y niños, donde no exista aire ni espacio para irrespetos ni abusos infantiles (ahí la asfixia y el ahogo me parecen benditos) porque el cuidado ético lo ocupe todo.
Cuidar: desde el nacimiento, en la salud de los niños -y la provisión de apoyo en lo físico y lo psicológico de parte de los prestadores- y la mirada de la familia como esencial para sostener el bienestar de los pequeños, y también para sostenerlos (y ojalá sanar) cuando están enfermos; y la educación, ojalá maravillosa y rica al punto que tuviéramos que despegar a los niños adheridos a la puerta del colegio, y prometerles no sé qué tipo de actividades en casa, para traerlos de vuelta. Y tantos temas más donde reconozco a hombres y mujeres haciendo historia y no rindiéndose para lograr un progreso, a veces modesto, y luego otro, confiados en que si no alcanzan a lograr lo justo y soñado en sus años, siguen las nuevas generaciones para hacer lo suyo también.
En un año marcado por las elecciones en Chile, querría escuchar que se habla de infancia, con y para ella: en debates, propuestas, compromisos, los que sean, así sean los más sobrios y prudentes, pero que importe. Y ojalá que importe mucho. Si no por los niños y sus vidas en el valor intrínseco que tienen, entonces por la nación. Nación que no existe en el PGB, ni el cobre, ni nada, si no tiene hombres y mujeres que la sostengan y le den existencia. Hombres y mujeres que no aparecen en escena gracias a la mano de una suerte de dibujante cósmico: antes, mucho antes, son niños y niñas.
Lo que hagamos durante las infancias, se recoge en la cosecha de la adultez, y no imagino país del mundo que no quiera estar bien ni contar con ciudadanos bien dispuestos para todas las tareas que son el alma insustituible de una comunidad, y otras tantas tareas más, que hacia el cielo propone la imaginación e inventiva (cuando se les permite cauce): desde construir casas, recolectar la basura (ojalá reciclando, en estos días), organizar plazas, hacer calles y autopistas, o levantar observatorios astronómicos; contar con recursos para educar gratuitamente a todos los niños y niñas, alentar talentos, y llegar a becar a miles de jóvenes destacados para ir a los mejores centros internacionalses de formación (en ciencia, tecnología, las artes y las humanidades que, sí, también: no son accesorias); contar con centros de salud para recibir a los que nacen así sea en medio de un ventisquero, y contar c0n otros centros ultrasostificados para que de cualquier lugar del país, puedan venir personas a sanar de las enfermedades más difíciles o infrecuentes. Podría continuar.
Añoro conversaciones sentidas, urgentes, y también interesantes. Extraño que se escuche, se hable y se recuerde a los niños -y entre ellos, a la mía, al suyo, a los de todos- , y el imperativo de cuidarlos, y de abrirnos a todo lo que ellos nos enseñan en el digno e ingenioso ejercicio de su inocencia (¿y si les preguntáramos qué país sueñan, qué les preocupa? Esa sí es una encuesta que me interesaría leer). Extraño también la pertenencia, la ciudadanía de chicos y grandes por igual (y que todos podamos ver en los niños no a “personitas” en formación, pequeñas y enternecedoras, sino ver por encima de todo, a seres humanos, en toda dignidad).
Se lee y se escucha en las radios a personeros políticos, unos más creíbles que otros, pero me llama especialmente que muchos de quienes participaron de gobiernos pasados, repiten en estos días casi hasta el hartazgo, la palabra “ciudadanos” sin resonancia alguna. Tal vez los expertos en comunicación los instruyeron en su mayor uso; pero eso no basta. A estas alturas, lamento decirlo, son muchos, pero muchos a quienes no les creo, NADA, y es terrible esa sensación luego de haber puesto tanta confianza en lo que habrían de hacer por esta nación, luego de su regreso a la democracia. Excepciones nobles existen: pero no son la mayoría. Y debió ser: una mayoría de líderes ansiosos por volcarse en el nuevo tiempo, y dar lo mejor de sí para pensar, inventar, materializar la nación digna de un final de siglo. La que daría la bienvenida al nuevo milenio.
El desencanto nos ganó de a poco. Lo correcto, lo digno, la estatura cívica, no fueron la norma. En cambio, lo que debió habernos dejado estupefactos terminó siendo corriente, esperado, aquello a lo que incluso, tal vez, hasta nos terminamos resignando: malas prácticas, fugas de recursos, obscenidad salarial, pusilanimidad para batallas que se prometió dar (en la educación, por ejemplo), ineficiencia, excusas inaceptables (y francamente estúpidas, y casi nunca uso esa palabra, pero no hay otra para cuando la más alta autoridad señala ante un yerro mayúsculo de cálculo :”nunca pensé que XXX fuera así, a resultar así”… ¿????), demoras, demoras y más demoras. Y pasaron 20 años que no fueron malos. Pero tampoco, ni por lejos, excelentes o cercanos a lo que debieron ser.
Un ejemplo que duele: el primer gobierno democrático (de don Patricio Aylwin) suscribió a la convención internacional de derechos del niño. Silencio… el recorrido de las dos décadas que siguieron. Y aquí estamos todavía pidiendo lo elemental: que cuente esa ratificación para algo; que se proteja de modo integral a la infancia; que el Estado actúe como garante. No estamos soñando alto siquiera (y deberíamos); más bien retomando algo así como una vieja lista de útiles y tareas de kindergarten, solo que ya egresamos del colegio. La contribución en materia de Derechos de infancia, de esos veinte años, me deja sin encontrar el adjetivo preciso; pero dentro, el eco cede a su frustración y pesar.
En total honestidad -y reconocimiento, y es solo justo-, no ha sido poco mi desconcierto (y pena, también), cuando haciendo lo mismo, perseverando igual, tocando en cada viaje mío, año tras año, las mismas puertas para tratar de hablar de derechos de los niños, y abuso infantil, para acercarlo a la luz y a un accionar más colectivo de prevención, encontré mucha pero MUCHÍSIMA mayor disposición a conversar y aprender, en años del actual gobierno que en todos los anteriores (más cercanos a mi vereda política, y en uno de ellos, a mi sensibilidad hasta de género).
El gobierno actual, admito, no fue sencillo de asimilar para mí, y no lo es todavía, cuando recuerdo y veo entre sus autoridades y líderes a personas que, desde mi memoria corporal, agitan y duelen por su vinculación (directa, o así fuera solo entregando comunicados públicos) con violaciones a los derechos humanos. Pero también he visto a otros, sin esa historia, nuevas generaciones (como la mía), dispuestos a trabajar, abiertos a preguntarse y actuar, siendo muy especialmente sensibles al tema de infancia: no por los dividendos políticos (que en sus cargos no tienen mayor impacto), sino porque son padres, madres, tíos o abuelos. Ahí el punto de intersección. Y podemos no votar igual, y soñar mundos diferentes en muchos sentidos, pero ha habido con ellos mucha más afinidad en el compromiso por el bienestar de los niños y niñas, y por el cuidado ético en nuestro país. ¿Cómo no valorarlo explícitamente? y pienso en Emilia, y en tantos otros niños, y más lo agradezco todavía. Aunque falta mucho por hacer
Miro este año, y se me despiertan la esperanza y el desaliento casi a la par, con ventajas tímidas de una sobre el otro. No entiendo mucho de política, y menos entiendo (puede ser que tan larga ausencia de Chile, me hizo perder pulso) por qué se insiste en volver sobre lo ya intentado (que ni siquiera fue excelente, sino apenas promedio, y hasta deficiente) en vez de correr el riesgo -y es bastante controlado- de dar un espacio a la nueva generación.
Puede que me juegue en contra el interés, y es solo generacional, de ver a más gente de mi edad o cercanos a ella, proponiendo la nación. Pero no puedo evitarlo, y me llena de bríos solo creer -aunque la evidencia vaya en contra- que pueda ser posible un recambio. Lo viví en EEUU con la elección del Pdte Obama (sobre todo la primera vez), y esa sensación alucinante de cercanía generacional, de lenguajes comunes (en la campaña para Senador, él ya hablaba de sus dilemas en materia de educación sexual con hijas que se iban acercando a la prepubertad), de experiencia más reciente y urgente (no la II guerra mundial, o Vietnam, sino la crisis ecológica en ciernes, por ejemplo). Algo similar me ha pasado en nuestro país cuando son candidatos y líderes -no todos, pero algunos al menos- de mi generación, y no de la anterior (más preocupados, como se deja sentir, de sus disputas y parcelas de poder), los que están poniendo energía en querer dialogar sobre temas de infancia (sus inequidades, los talentos que no pueden volar, o dolores de todos los niños -más o menos vulnerables- y la prevención de abusos, como un tema de todos), la familia/pareja y los balances entre afectos/trabajo/la felicidad, tantos desafíos actuales.
Valoro a mis mayores, y creo en que se debe honrar totalmente su contribución (a cada familia, o a una patria), pero cada oveja con la pareja de su tiempo y desafíos. Las generaciones que han gobernado Chile durante casi la totalidad de este tramo democrático, traían tremenda historia: antes del golpe militar, y durante, con todo su dolor y sus luchas inmensas; la vida los obligó a desarrollar un radio de mirada profundo que los más jóvenes no teníamos al momento del plebiscito del 88, y del retorno a la democracia. Pero en veintialgo años desde entonces, hemos crecido, tuvimos hijos, hemos amado y trabajado al tiempo que hemos debido asimilar un planeta que ha cambiado a velocidades antes nunca vistas (y continúa haciéndolo, y creo que nuestros niños probablemente estarán mucho mejor equipados para intervenir y participar de las nuevas tramas y paisajes que ya se avizoran).
También en estas décadas, los de mi generación y cercanas, hemos escrito historias interesantes: en familia, en la crianza, en el ejercicio parental, en la pareja y la experiencia de la sexualidad (con mucha mayor apertura e información), en la mirada y el vínculo entre los géneros, en las ciencias, en las letras, en la economía, en la espiritualidad, en las universidades (muchos docentes de mi generación), en la música, el cine, en las vindicaciones ecológicas, en una noción de bienestar y camino de vida que ya no contempla -quizás porque no está la urgencia de la generación anterior, de enfrentar persecusiones- dejar a sus hijos atrás en razón de ninguna causa o revolución (y ya lo decía un filósofo francés, de apellido Ferry, no recuerdo su nombre de pila, que actualmente pocos darían su vida por militancias como en los 60 o los 70; que las generaciones de hoy solo darían su vida por sus hijos, o seres amados). Todo eso, y mucho más, es lo que traemos y podemos contribuir, confío. Dos marcadores (y son muchos más), a modo de ejemplo: es nuestra generación la que propició abrir el diálogo sobre abuso infantil, sobre diversidad sexual, y todo lo que a partir de esos ejes se moviliza en un valioso efecto dominó.
No me gustan las monarquías, pero la referencia es inevitable y salta la imagen de la Reina Isabel que de abdicar, ya debería hacerlo por alguno de sus nietos, no por sus hijos. Que no nos pase lo mismo aquí. Que no nos saltemos etapas y que toda generación pueda hacer su aporte. Para que nuestros niños esperen o nos pidan lo mismo el día de mañana. O que no haga falta mencionarlo siquiera, porque se dé naturalmente. Como tiene que ser.
Ahora sí, lo adeudado. El texto sobre ética del cuidado que motivó, sin querer, toda esta reflexión indetenible. Mis disculpas.
Epílogo: CUIDADO Y GRATITUD
De Vinka Jackson
” RELUMBRA un punto de intersección inobjetable en la humanidad: mujeres y hombres, niños y niñas, TODOS somos hijos o hijas de un padre y una madre. Pueden estos haber sido más o menos incondicionales, amables, o benévolos, pero siempre inexorables en nuestra gestación.
Llegados a la vida, sobrevivimos los siguientes minutos, horas y días, gracias al cuidado de alguien más: nuestras madres, padres y otros prójimos dispuestos a abrigarnos, alimentarnos, y velar por nuestro bienestar en un tránsito –del útero al mundo- de la más alta fragilidad. Más adelante, en cada ciclo, poco cambia. Sigue siendo el cuidado un afán irrenunciable para nuestra supervivencia como especie, y una pregunta siempre urgente sobre cómo honrar términos justos de trato en un contexto de máxima desigualdad.
Porque pocas relaciones puedo imaginar más desiguales -en tamaño, resiliencias, capacidad de provisión y de respuesta a necesidades-, que aquella entre adultos y cachorros de la manada humana. Inclusive en las mejores condiciones, con la mayor contención y abundancia familiar, la relación entre grandes y pequeños sigue siendo delicada e inefablemente desigual. Solo basta mirar el contorno de nuestros cuerpos tan dispares, contra cualquier paisaje.
¿Cómo hacer entonces para preservar íntegros los derechos de quien es más vulnerable?
La respuesta importa no solo en relación a nuestros niños, sino también frente a otras indefensiones, tan humanas: momentos de enfermedad, de minusvalía, de avanzada vejez, o indigentes soledades.
Nos vinculamos, queramos o no, desde el cuidado y este vínculo no exige igualdad de condiciones, atributos, o recursos. Desafía al individualismo y se afirma de certidumbres casi orgánicas: alguien necesita ser cuidado; alguien cuida. Esta dependencia no debería arriesgar dignidades; ni invocar a la sumisión. Simplemente es, y no reconocerla, nos expone al fracaso que ha sido, y es, la existencia de tanta violencia, descuidos, injusticias y abusos infligidos sobre los niños.
Soñar, ejercer y defender el derecho al cuidado de unos y otros, enmendar curso y detener daños, escuchar y ayudar a desplegar voces y alas en todos los niños, es el sentido que tiene el encuentro de tantos en este libro, hijo de los anteriores volúmenes gestados por la maestra Pía Barros y Ediciones Asterión.
Aquí se escribe, a mano firme, una historia que conmina a reparar y sanar, despertar consciencias, construir convivencias diferentes y mundos más gentiles para los pequeños, y para todos. Como mamá, escritora y sobreviviente de abuso sexual infantil (que sanó su alma justamente desde el cuidado… ese aprendizaje tardío, pero inolvidable), mi gratitud es infinita”. –BASTA! +100 cuentos contra el abuso infantil, 2012.