Muñecas rusas

No cambiaría mi vida. Si fuera posible recortar un pedacito, sin alterar nada de lo que vino después, podría haber borrado los años de abuso. Pero si haciéndolo, borro también las caras de mis profesoras queridas, mis años de ballet, y decenas detalles y memorias que son más cercanas al milagro que al horror, entonces ya no quiero. Además, si fuese posible borrar un tramo de la existencia, uno alteraría inevitablemente tránsitos que siguieron a ese tiempo, nuevos encuentros, nacimientos de hijos, amores plenos a los que no renunciaría por ningún motivo. Por eso, me repito, no cambiaría nada de mi vida.

En días como hoy, como los últimos, más sentido cobra esta declaración, a pesar de fricciones y comparecencias del pasado que no son sencillas de integrar en el curso de un día cualquiera, o de muchos días a veces. Días en que siento  abandonan las energías, o simplemente la voluntad (no quiero, no quiero, me niego) para convivir con la propia biografía. Sus huellas que laten muchas veces ajenas al propio arbitrio y control. Por más que una se esfuerce y se cuide.

Mi hija chiquita cumplió 4 años. Agasajo interior celebrar que haya llegado, que me haya tocado ser su mamá, que ella, justamente ella, sea mi hija. Una hija, desde otro ángulo, sobrecogedoramente similar a mí, cuando tenía su edad. La edad en que todo comenzó.

No imagina mi niña inocente, lo que ha significado su cumpleaños. Las evocaciones que han emergido. Le digo que su pelo “naranjo” viene del sol, de las hadas, de magas y guerreras primero vikingas, luego celtas, de tintes de la tierra y sus frutos. Como la princesa de la película Disney que se anuncia para Julio, también le digo que la suya es una cabellera de “valientes”. Trato de decírmelo a mí misma, también.  Para no poner sombra en esa seña que es casual, que es genética. Para tantos, motivo de celebración; para mí de algo indefinible. Indecible, más bien.

Afortunadamente, cuando estoy a punto de creer que el recordatorio de la fractura debe ser indicativo, seguramente, de un desplome inevitable, entonces acuden las voces y manos buenas de mis compañeras de tribu. Compañeras que ante las noticias de una niña que no conocen, de otros niños y niñas que siguen dando a conocer su voz, caen rendidas en los cuerpos de las propias niñas que ellas, alguna vez, también fueron.

No soy la única. La única que recuerda aunque no quiera, o que siente a veces como si fuera una muñeca rusa de esas que contienen dentro otras muñecas, cada vez más pequeñas, que van revelándose mientras se abre una y otra, hasta llegar a casi un pedacito de madera, semejante a una semilla. Entre todas, el cuerpo que alguna vez fuimos, nuestras distintas edades vividas en dimensiones distintas de las mandatarias por el tiempo real, y por los espacios de la infancia.

No sé si crecimos antes de tiempo, o si en cambio envejecimos. O nos pudimos haber quedado, también, en estado de suspensión. Entre distintas salidas, es claro que el tiempo cobró un volumen distinto en nuestras almas: a veces ocupando más lugar, sumándonos la sensación de haber vivido siglos en vez de décadas. Y otras, reduciéndose a un suspiro hecho de años faltantes o pendientes, juegos incompletos, infancias demasiado vertiginosas como para alcanzar a hacer registro o goce de ellas completamente. La marea de fondo: ese dolor ahogado, cargado de voces mudas e imágenes casi siempre imprevistas y no bienvenidas que tratamos de hacer como que no vemos mientras cocinamos, trabajamos, acunamos hijos, y le damos un beso a nuestra pareja sabiendo que más vale mantenerla lejos de tanto horror. Y no la tocamos para proteger.

Los padres (abuelos, tíos, la genealogía vuelta arsenal nuclear). El padre, de vuelta. Su ahogo, el mío. Efemérides propias y prestadas, zona de silencio. Comparecemos. No tengo nada nuevo que decir. Él tampoco. Solo rondar en la cercanía, quizás con ansias de absolución o quizás porque sí, por la inexorabilidad de nuestra historia. No todo tiene motivo ni sentido; no todo “pasa por algo”. Es una la que se esmera por encontrarle valor a las experiencias. Mal que mal, son propias, cada una: una hija más, una rama de mi árbol que no por quebradiza o espinuda deja de pertenecerme o de merecer mi respeto.

En medio de todo, un país que asuela con sus noticias, su demora y, a veces, hasta su indiferencia. Porque rasa en la indiferencia la falta de respuesta, sus esperas (siempre, como si sobraran el tiempo y las vidas), esa atención reactiva y efímera –por bienintencionada que sea, no alcanza- a hechos que son mucho más que el daño de turno. Son la constancia del daño, cada día, cada vida que sale disparada de su curso original por la irrupción del abuso sexual. No se imaginan. Cómo podrían presidentes o legisladores más ocupados de los movimientos del poder, los discursos (o silencios), las encuestas. Si la calle vociferara no más abusos, si una marcha ciudadana de veinte mil, llevara en un tercio (apenas un tercio) de sus consignas “no más cuerpos de niños rotos”, quizá se oiría más fuerte y claro. Ya no sé qué pensar. Qué creer. Cómo pedir lo que debió ser establecido veinte años atrás, en los albores de nuestro retorno democrático. En el lapso de las primeras décadas, cuántas más niños y niños habrán visto disectada su infancia en pedazos. Cuántas más mujeres y hombres se esmeran por contener y cuidar a sus niños heridos (que los habitan) y a los que han dado a luz, para que nadie nunca. Nunca.

Las noticias pasarán, vendrán otras en unas semanas (no querría que así fuera, pero el calendario de los últimos años me desmiente periódicamente, con demasiada frecuencia), y en el intertanto los afanes cotidianos serán los mismos en la construcción y la contención; en el compartir lentes entre madres, amigas, familias, para no caer en la ceguera y tampoco en la lobreguez, la desesperanza, la creencia de que no podemos “empatar” o nivelar este suelo. Se puede. Se puede lavar la mano herida por el abuso con la otra mano del cuidado y los amores. Contener una a la otra. Frotarlas, en espera de tiempos más tibios, que siempre llegan. Eso ya lo sé. De las pocas certezas que traen los inviernos.


Fotografía del título: Mamushkas