Tiempo diferente

Una de cada seis, siete víctimas de abuso sexual infantil develará lo vivido en la niñez. La mayoría guardará silencio hasta adultas. Eso quizás deberíamos considerarlo hasta un progreso. ¿Quién habría acusado a su padre, su abuelo, de incesto y violación en los 1800, o hasta mediados del siglo veinte?

Llevo algunos años, en compañía de un par de queridas amigas, también sobrevivientes, intentando explorar si a nivel del Congreso, algunas diputadas o senadoras (confesamos el sesgo femenino pues nos quedó en la médula el valor y entrega de la ex diputada Pía Guzmán, a quien todas respetamos, sin pausa) tendrían la motivación para impulsar un proyecto de ley, y más de uno ojalá, en pos de la extensión de los plazos de prescripción para los delitos de abuso sexual -o soñando en grande, de su imprescriptibilidad-. Y adicionalmente garantizar, vía Auge ojalá, la atención terapeútica para sobrevivientes adultos de ASI, quienes merecen abordar su trabajo de reparación sin tener que recurrir a la excusa de sufrir una “depresión” (un diagnóstico muy parcial e inexacto). A la fecha, si bien nos sentimos más cercanas a lograr nuestro objetivo, no damos con el pulso justo -quizás porque se requiere de una fuerza ciudadana muchísimo más amplia- para movilizar esta iniciativa que creemos imprescindible.

Se preguntarán algunas personas ¿cómo tanta insistencia?, ¿por qué habría de importar tanto la imprescriptibilidad del delito o la extensión, por lo bajo, de los plazos para realizar la denuncia? Porque, éticamente, no es justo aplicar restricciones sobre experiencias traumáticas que pueden demorar décadas -en muchas fuentes se habla de 30 años promedio- para completarse en la memoria y ser verbalizadas.

Es más bien un camino reciente, a partir de los 80 y en EEUU, el que los psicólogos han emprendido para demostrar que las víctimas de abuso sexual infantil, cuando niños/as, viven una suerte  de “detención del reloj” a nivel de la memoria. Este reloj se reactiva muchos años después, en diversidad de circunstancias -desde las más inocuas hasta las más cercanas y evocadoras de la experiencia original o del abusador-, al momento de recobrar la memoria del o los abusos ocurridos en la niñez.

El tiempo del abuso es diferente al que conocemos. Durante la infancia, transcurre como el de un animalito que juega y sueña, ajeno a la herida que rae su pelaje. Más tarde, el tictac se marca confusa y agitadamente. Horada defensas y recursos, la cal de que estamos hechos, pero el polvo blanco que cae aún no será reconocido como ceniza propia. Es a golpe de revelaciones casi nunca esperadas, que la memoria al fin puede inaugurar su duelo, determinar el tiempo de su ceremonia y fijar la vista en un nuevo calendario, preferido, donde marcar un segundo nacimiento.

La reconstitución de la memoria del ASI, para algunas personas, puede ser fragmento a fragmento; para otras, una sola marejada. A veces, una combinación de ambas formas a lo largo de los años. Luego de la reposesión de los recuerdos, vendrá el empeño en articularlos por medio de la palabra: para entender y asimilar la propia historia, y para que aquello recordado pueda atestiguarse de forma que lo vivido cobre al fin existencia, desacatando una sensación antigua de entre confusión y separación del propio transcurso que a veces persiste, tiempo después de concluido el abuso. Tiempo, siempre tiempo. Años. El dolor es largo, muy largo.

Dicen que el inconsciente es sabio. La memoria, buena compañera del primero, además es maternal, estoy convencida y no me canso de repetirlo. Ella nos cuida y no permite la entrada de recuerdos traumáticos hasta estar mejor preparados –física y emocionalmente- para recibirlos. Aun en momentos en que un flashback -la irrupción intempestiva de memorias, con sensaciones vívidas y experimentadas en tiempo real- o la modesta devolución de una pieza de información faltante se sienten como lo peor que podría pasarnos, es reconfortante constatar que luego de algunas horas, unos días o el tiempo que sea, se pueden integrar poco a poco los recuerdos y seguir con la vida, en ella. Se puede. No es sencillo, pero se puede.

Los quehaceres descritos toman tiempo y no poco. Si el fracaso, familiar y social, en proteger a niños y niñas del abuso termina enajenándolos de inocencias, infancias y potenciales de desarrollo que les pertenecían ¿cómo no permitir que, más adelante, al menos cuenten con tiempo y espacio para procesar su experiencia? Reconocer este derecho, muy humano, es lo que persigue el pedido de extender los plazos de prescripción: dar cuenta del tiempo -neurológico, maduracional, emocional- que requieren, inevitablemente, los procesos de recuperación de la memoria luego del ASI, para muchas personas, hombres y mujeres. Ex niños. Lograr este “reconocimiento” sobre un tiempo necesitado y “diferente”, creo, puede ser un noble objetivo que nos reúna. Yo, al menos, pediría a cada persona que lea éste y otros posteos de estos días, que por favor reflexione sobre el punto y sobre la posibilidad de plegarse, también.

Sueño con que Chile, en esta materia, pueda seguir los pasos de EEUU donde, en la práctica, no existe prescripción de estos delitos. Si bien existe un estatuto de limitación sobre el tiempo para denunciar, lo que termina imponiéndose es la jurisprudencia establecida por los tribunales sobre situaciones que  comprometen a la ciudadanía y afectan al bien común. Así, luego de conocerse los estudios sobre “recuperación de la memoria” -y a pesar de que no faltaron quienes han tratado de desacreditarlos- el sistema de justicia norteamericano ha admitido denuncias de abusos sexuales así hayan pasado 20 y hasta 30 años luego de la comisión del delito. Más aún, al 2003, 42 de los cincuenta estados habían incorporado una ley sobre “recuperación de la memoria” que ha facilitado y masificado las denuncias. Ahora, que éstas devengan en juicios orales y sentencias para los responsables no es tan frecuente como uno supondría. Si se trata de ofensores ajenos al entorno familiar, puede ser. Sin embargo, cuando éstos provienen de la familia de la víctima o su ámbito más cercano (sobre un 80% de padres, abuelos, padrastros, tíos, padrinos, e inclusive hermanos y primos), es más difícil. La realidad, al menos en Estados Unidos, es que una mayoría de denunciantes parece encontrar su medida de justicia una vez que el abusador admite responsabilidad y accede en asumir, completa o parcialmente, los costos de la terapia. Algo mínimo y tan esencial. Puede parecernos insuficiente, pero en la médula de estos logros está la posibilidad de elegir -algo que no fue posible durante la infancia- el cómo quieren conducir las víctimas su proceso de enfrentamiento a la verdad y de restitución de equilibrios rotos. Esto tiene un inmenso valor en términos de ejercicio del autocuidado y del derecho a la reparación. ¿Cómo no intentar que contemos con igual oportunidad en nuestro país?

Termino en el refugio que siempre me ofrece la poesía. Louis MacNeice, irlandés, canta con hermosa precisión a esa sensación de tiempo detenido que viene con el amor. No es igual, pero quisiera de todos modos valerme de su verso como voto de esperanza sobre la razón de ser de los relojes detenidos del ASI. Que así sea.

“Dios o lo que sea que signifique el Bien

Alabado sea porque el tiempo puede detenerse así,

Porque lo que el corazón ha entendido,

puede verificarse en la paz del cuerpo,

Dios o lo que sea que signifique el Bien” (L.M. 1939)