Una de cada seis, siete víctimas de abuso sexual infantil develará lo vivido en la niñez. La mayoría guardará silencio hasta adultas. Eso quizás deberíamos considerarlo hasta un progreso. ¿Quién habría acusado a su padre, su abuelo, de incesto y violación en los 1800, o hasta mediados del siglo veinte?
Llevo algunos años, en compañía de un par de queridas amigas, también sobrevivientes, intentando explorar si a nivel del Congreso, algunas diputadas o senadoras (confesamos el sesgo femenino pues nos quedó en la médula el valor y entrega de la ex diputada Pía Guzmán, a quien todas respetamos, sin pausa) tendrían la motivación para impulsar un proyecto de ley, y más de uno ojalá, en pos de la extensión de los plazos de prescripción para los delitos de abuso sexual -o soñando en grande, de su imprescriptibilidad-. Y adicionalmente garantizar, vía Auge ojalá, la atención terapeútica para sobrevivientes adultos de ASI, quienes merecen abordar su trabajo de reparación sin tener que recurrir a la excusa de sufrir una “depresión” (un diagnóstico muy parcial e inexacto). A la fecha, si bien nos sentimos más cercanas a lograr nuestro objetivo, no damos con el pulso justo -quizás porque se requiere de una fuerza ciudadana muchísimo más amplia- para movilizar esta iniciativa que creemos imprescindible.
Se preguntarán algunas personas ¿cómo tanta insistencia?, ¿por qué habría de importar tanto la imprescriptibilidad del delito o la extensión, por lo bajo, de los plazos para realizar la denuncia? Porque, éticamente, no es justo aplicar restricciones sobre experiencias traumáticas que pueden demorar décadas -en muchas fuentes se habla de 30 años promedio- para completarse en la memoria y ser verbalizadas.
Es más bien un camino reciente, a partir de los 80 y en EEUU, el que los psicólogos han emprendido para demostrar que las víctimas de abuso sexual infantil, cuando niños/as, viven una suerte de “detención del reloj” a nivel de la memoria. Este reloj se reactiva muchos años después, en diversidad de circunstancias -desde las más inocuas hasta las más cercanas y evocadoras de la experiencia original o del abusador-, al momento de recobrar la memoria del o los abusos ocurridos en la niñez.
El tiempo del abuso es diferente al que conocemos. Durante la infancia, transcurre como el de un animalito que juega y sueña, ajeno a la herida que rae su pelaje. Más tarde, el tictac se marca confusa y agitadamente. Horada defensas y recursos, la cal de que estamos hechos, pero el polvo blanco que cae aún no será reconocido como ceniza propia. Es a golpe de revelaciones casi nunca esperadas, que la memoria al fin puede inaugurar su duelo, determinar el tiempo de su ceremonia y fijar la vista en un nuevo calendario, preferido, donde marcar un segundo nacimiento.
La reconstitución de la memoria del ASI, para algunas personas, puede ser fragmento a fragmento; para otras, una sola marejada. A veces, una combinación de ambas formas a lo largo de los años. Luego de la reposesión de los recuerdos, vendrá el empeño en articularlos por medio de la palabra: para entender y asimilar la propia historia, y para que aquello recordado pueda atestiguarse de forma que lo vivido cobre al fin existencia, desacatando una sensación antigua de entre confusión y separación del propio transcurso que a veces persiste, tiempo después de concluido el abuso. Tiempo, siempre tiempo. Años. El dolor es largo, muy largo.
Dicen que el inconsciente es sabio. La memoria, buena compañera del primero, además es maternal, estoy convencida y no me canso de repetirlo. Ella nos cuida y no permite la entrada de recuerdos traumáticos hasta estar mejor preparados –física y emocionalmente- para recibirlos. Aun en momentos en que un flashback -la irrupción intempestiva de memorias, con sensaciones vívidas y experimentadas en tiempo real- o la modesta devolución de una pieza de información faltante se sienten como lo peor que podría pasarnos, es reconfortante constatar que luego de algunas horas, unos días o el tiempo que sea, se pueden integrar poco a poco los recuerdos y seguir con la vida, en ella. Se puede. No es sencillo, pero se puede.
Los quehaceres descritos toman tiempo y no poco. Si el fracaso, familiar y social, en proteger a niños y niñas del abuso termina enajenándolos de inocencias, infancias y potenciales de desarrollo que les pertenecían ¿cómo no permitir que, más adelante, al menos cuenten con tiempo y espacio para procesar su experiencia? Reconocer este derecho, muy humano, es lo que persigue el pedido de extender los plazos de prescripción: dar cuenta del tiempo -neurológico, maduracional, emocional- que requieren, inevitablemente, los procesos de recuperación de la memoria luego del ASI, para muchas personas, hombres y mujeres. Ex niños. Lograr este “reconocimiento” sobre un tiempo necesitado y “diferente”, creo, puede ser un noble objetivo que nos reúna. Yo, al menos, pediría a cada persona que lea éste y otros posteos de estos días, que por favor reflexione sobre el punto y sobre la posibilidad de plegarse, también.
Sueño con que Chile, en esta materia, pueda seguir los pasos de EEUU donde, en la práctica, no existe prescripción de estos delitos. Si bien existe un estatuto de limitación sobre el tiempo para denunciar, lo que termina imponiéndose es la jurisprudencia establecida por los tribunales sobre situaciones que comprometen a la ciudadanía y afectan al bien común. Así, luego de conocerse los estudios sobre “recuperación de la memoria” -y a pesar de que no faltaron quienes han tratado de desacreditarlos- el sistema de justicia norteamericano ha admitido denuncias de abusos sexuales así hayan pasado 20 y hasta 30 años luego de la comisión del delito. Más aún, al 2003, 42 de los cincuenta estados habían incorporado una ley sobre “recuperación de la memoria” que ha facilitado y masificado las denuncias. Ahora, que éstas devengan en juicios orales y sentencias para los responsables no es tan frecuente como uno supondría. Si se trata de ofensores ajenos al entorno familiar, puede ser. Sin embargo, cuando éstos provienen de la familia de la víctima o su ámbito más cercano (sobre un 80% de padres, abuelos, padrastros, tíos, padrinos, e inclusive hermanos y primos), es más difícil. La realidad, al menos en Estados Unidos, es que una mayoría de denunciantes parece encontrar su medida de justicia una vez que el abusador admite responsabilidad y accede en asumir, completa o parcialmente, los costos de la terapia. Algo mínimo y tan esencial. Puede parecernos insuficiente, pero en la médula de estos logros está la posibilidad de elegir -algo que no fue posible durante la infancia- el cómo quieren conducir las víctimas su proceso de enfrentamiento a la verdad y de restitución de equilibrios rotos. Esto tiene un inmenso valor en términos de ejercicio del autocuidado y del derecho a la reparación. ¿Cómo no intentar que contemos con igual oportunidad en nuestro país?
Termino en el refugio que siempre me ofrece la poesía. Louis MacNeice, irlandés, canta con hermosa precisión a esa sensación de tiempo detenido que viene con el amor. No es igual, pero quisiera de todos modos valerme de su verso como voto de esperanza sobre la razón de ser de los relojes detenidos del ASI. Que así sea.
“Dios o lo que sea que signifique el Bien
Alabado sea porque el tiempo puede detenerse así,
Porque lo que el corazón ha entendido,
puede verificarse en la paz del cuerpo,
Dios o lo que sea que signifique el Bien” (L.M. 1939)
En la actual pandemia, con períodos de cuarentena en distintos países, la preocupación por la situación de víctimas que debido al confinamiento, están hoy mucho más vulnerables a sufrir abuso sexual infantil (ASI) encendió las alarmas prontamente.
Los incrementos mayores de ASI, en la pandemia, se han registrado en los hogares de las víctimas –donde ocurre la inmensa mayoría de estos delitos-, en sistemas de protección, y a través de internet.
Chile, covid 19 y abuso
En Chile, la emergencia nos encontró muy poco, o nada preparados. La cuarentena escolar se anunció el último domingo de marzo y al día siguiente niños y niñas estudiantes ya no fueron más a la escuela, no salieron a jugar, no acompañaron a nadie al almacén.
La ausencia de los niños se ha dejado sentir en muchos lugares del país, mucho más que la de los adultos. Nosotros contamos con salvoconductos para salir a la calle por períodos de 4 horas por necesidades impostergables (atenciones de salud, compra de medicamentos en farmacias, abastecimiento), y estos períodos en el exterior ya han permitido en otros países, por ejemplo, que algunas víctimas de VIF, asimismo confinadas junto a sus agresores –e impedidas de usar el teléfono-, pidan auxilio en sus salidas. Un aprendizaje desolador, necesario, que nos orienta, y ya Chile ha iniciado la campaña #Mascarilla19, palabra clave para activar el protocolo de denuncia y apoyo, cuando las víctimas de VIF la usen en las farmacias.
Los niños y niñas no van a la farmacia.
El anuncio de la cuarentena escolar, a muchos nos detuvo el corazón. Sabemos que, para una mayoría de las víctimas de abuso sexual infantil e incesto, es fuera de los confines de sus familias y hogares donde encuentran refugio y regazo emocional. Muchas/os sobrevivientes no habríamos llegado a adultos de no ser por el afecto y aliento de nuestros educadores, inclusive sin conocer nuestras historias. Pero si hubiese sido posible develar, muy probablemente habría sido junto a ellos.
En Chile, los números hablan alto y claro: unos 50 (basado en denuncias) a 75 (cifra negra estimada) niños, niñas y adolescentes son vulnerados cada día. A lo menos, segun datos de Ministerio Público, un niño o niña cada 30 minutos y fracción. En cuarentena estos abusos sexuales no quedan congelados. Es más: podrían aumentar dramáticamente.
Si lo inescapable marca a fuego la experiencia del ASI, con mayor razón en condiciones de confinamiento mandatario, con estresores como la incertidumbre, temor (presente y futuro), junto al aumento del consumo de alcohol que es un detonante mayor de violencias físicas, psicológicas, y sexuales contra los niños. Con toda esta información a la mano, podríamos habernos preparado mejor. Todavía podríamos.
De otros países, hemos conocido información relevante en relación a cómo se está expresando la denuncia del ASI durante cuarentenas. Por ejemplo, en EEUU, en Texas y Pennsylvania, durante el primer mes, éstas se redujeron drásticamente en un 50%, no porque hubiera menos casos, sino porque los niños y niñas estaban en casa y los adultos que habitualmente realizan la denuncia –profesores, personal de salud, etc.- no tenían mayor interacción con ellos.
Por otro lado, desde RAINN (Rape, Abuse and Incest National Network, USA) se compartía que, por primera vez desde su fundación, entre marzo-abril de 2020, más de la mitad de los llamados de S.O.S. fueron realizados directamente por niños y niñas en cuarentena. Un 79% de las víctimas denunció abusos cometidos por un adulto viviendo con ellas en su hogar, y un 67% identificó a un familiar directo, sanguíneo (padres, abuelos, tíos, hermanos, primos) como responsable de las agresiones. Incesto. Posiblemente la clase de ASI más compleja de conversar, más resistida. El espejo más desfigurado a enfrentar.
En el discurso público es ensordecedora la ausencia de diálogos significativos y no-revictimizantes en relación al incesto. Hemos escuchado a lo largo de los años a personalidades destacadas, en ciencias inclusive, descalificando a las víctimas o banalizando la problemática. Peor es el endoso o justificación velada y no tanto al incesto -emocional, físico- que se desliza en diálogos supuestamente intelectuales (entrevistas, conferencias, hasta libros) que quizás por presentarse así, son recibidos sin mayor cuestionamiento ni objeción. Otro riesgo del gaslighting que nos asuela. Pero existen algunos espacios colectivos seguros donde sostener conversaciones significativas. Y necesitamos más, muchos más.
De lo que sí tendemos a hablar y encontramos en los medios frecuentes referencias y condenas, es sobre delitos sexuales extrafamiliares: la pedofilia, noticias durante décadas sobre abusos crónicos de la Iglesia, sistemas de protección, el deporte, las más diversas instituciones expuestas en sus violaciones a la infancia, el abuso sexual y los predadores que habitan la internet.
Internet: mayores riesgos de abuso sexual para infancias y adolescencias
La internet ha estado presente, hoy más que nunca: en el desafío de la educación (y las fascinantes oportunidades que ha abierto la web), de la conectividad como derecho humano de todo niño y niña –una prioridad, hemos aprendido en esta crisis-, junto al potencial de daño asociado al mundo digital. Fake news, manipulación de consciencias, cyberbullying, acoso sexual, producción, distribución y difusión de pornografía infantil, tráfico de niñas y niños, abusos sexuales y explotación comercial infantil, todo vía internet.
En 1998, hubo más de 3,000 reportes de imágenes de abuso sexual infantil en internet que al 2008, habían superado los 100,000.
En 2014, los reportes superan el millón por primera vez.
En 2018 hubo 18 millones de reportes que incluían más de 45 millones de imágenes y vídeos marcados (tags) como abuso sexual infantil (datos compartidos por el National Center for Missing and Exploited Children, EEUU).
Un 9% de niños, niñas y adolescentes entre los 10 y 17 años reciben requerimientos sexuales en internet (algunos incluyen proposiciones de encuentros en persona), y al menos un 23% es interrumpido por pornografía mientras navegan la web (Darkness to Light Foundation).
La IWF (Internet WorldFoundation), reportó en 2017 que cada 7 minutos se difundían en internet imágenes y/o videos (a veces transmisión en vivo) de niños y niñas siendo abusados sexualmente. En dos años, al 2019: cada 1 minuto y fracción.
La internet oscura tiene sitios de pornografia infantil con millones de seguidores y algunos exigen membrecías anuales (con pagos adicionales por acceso a contenidos específicos, o especiales). Los buscadores de internet como google, o RRSS tienen el deber de reportar si encuentran imágenes, videos o enlaces peligrosos, pero no están obligados a buscar o realizar esfuerzos activos por detectar contenidos que salvarían a más de un niño.
La situación se agrava a tal velocidad que ni legislaciones, ni esfuerzos de las policías ni agencias de inteligencia dan abasto.
En la investigación del NYTimes, un agente de Seguridad Nacional –la agencia que se ocupa de todo tipo de amenazas, incluido el terrorismo- señala que hoy en día uno de cada diez agentes ha sido asignado a investigar exclusivamente, tiempo completo, casos de abusos/explotación infantil, pero incluso con más apoyos, “seguimos siendo aplastados”. Se necesitan muchas más manos, energías, más recursos.
Esta verdadera plaga de horrores excede nuestras capacidades, pero aunque erradicarla prezca casi imposible, mientras más colaboraciones se establezcan entre Estados, compañías de tecnología y telecomunicaciones, policías y agencias de inteligencia (sí, suena terrible pero se necesita su involucramiento en esto), y organizaciones de la sociedad civil que están recibiendo denuncias, se pueden lograr resultados como, por ejemplo, la eliminación de un cuarto de millón de imágenes (dato de IWF) de niños y niñas. Puede parecer diminuto triunfo, pero son vidas que llevarán un poco menos de carga, de terror, un poco menos de inseguridad, sólo un poco, pero importa. Claro que importa.
Volver a pedirnos, unos a los otros, no sólo atención y disposición a denunciar, sino algo tan accesible, tan simple, como evitar subir imágenes de nuestros hijos, hijas, estudiantes (y si se comparten, cubrir los rostros, cuidar de que no puedan ser identificados lugares de residencia o escuelas de los niños/as y adolescentes, no compartir nombres, edades, etc.).
Las precauciones no son excesivas y organismos expertos insisten en que se requiere una actitud todavía más responsable, adulta y realista en asumir estas realidades para amplificar los esfuerzos por transformarlas a favor del cuidado, y la resistencia contumaz a los abusos sexuales infantiles vía universo digital.
En el contexto actual, países como Filipinas, Tailandia, Cambodia, han denunciado un aumento de la demanda de streaming y/o videos de ASI que exhiban “mayor acción, mayor violencia” (torturas), debido a reclamos de usuarios “por aburrimiento y desgaste de contenidos antiguos o repetidos”. Solo en Filipinas se calcula que la distribución y consumo de pornografía infantil se ha triplicado en 3 meses de pandemia por covid 19.
Estando en Chile, todo parece lejano, pero también somos parte del cauce que permite que imágenes y videos de niños y niñas llegue a manos de abusadores y sus redes. Perdón la dureza, pero vamos contra el tiempo hace mucho ya, y una mayor agilidad y atención, una mayor madurez -individual y social- son urgentes. Mil veces por favor.
En la actualidad, sería irresponsable omitir que mucho del material compartido en internet provisto por las propias familias, no se limita a las miles y miles de imágenes de sus hijos que padres suben a la web y pederastas acopian en archivos personales (“candid shots”). Existen familias que abusan y explotan sexualmente a sus niños, y comercializan filmaciones de estos abusos.
De acuerdo a datos de Darkness to Light Foundation (EEUU), alrededor de un 75% de las víctimas de pornografía infantil viven en su casa al momento de ser retratadas/filmadas por sus padres y madres, o por terceros que cuentan con autorización parental. También estas vulneraciones se denuncian en residencias de los sistemas de protección infantil y en “hogares de acogida” (foster homes, foster families, que reciben a niños para cuidado transitorio, con apoyo económico estatal).
Existen ya miles de sobrevivientes que han alcanzado la adultez, sumando a las secuelas del trauma sexual de la infancia, la angustia constante de saber que las atrocidades que sufrieron y fueron capturadas en fotografías y filmaciones, aún circulan en el universo digital. He compartido camino, a lo largo de mis años, con mujeres que de niñas fueron filmadas en formato Betamax, luego VHS, cintas jamás recuperadas.
Con la irrupción de internet y luego de los smartphones -5 billones de usuarios, más que personas con acceso a agua potable- es casi imposible dimensionar el alcance digital de crímenes sexuales contra niños que representan “ una parte en realidad muy pequeña, si bien significativa, del problema mayor”. Sigue siendo el abuso sexual intrafamiliar -y entre sus números sombríos, 30 a 40% es entre menores de edad de una familia- , en mundos cercanos y de confianza de los niños y niñas, el de mayor prevalencia.
Desafíos y necesidades
Necesitamos una tregua, un claro de luz imperdonable, algún lugar desde dónde poder hablar de cómo el respeto, cómo el cuidado puede mutar y malversarse en abuso de poder, abuso de poder sexual, estallido de vidas y cuerpos pequeños, su tejido perforado por cuerpos adultos, la propia sangre muda, inconmovible, totalmente desencajada, ¿qué lugar es éste, estos cuerpos, este hogar, y el afecto por qué araña, y rompe, no tenía que ser de otro modo, sin gritos ni llantos callados, otra blandura, otra risa como de plaza y pajarito?, cómo puede ser, cómo llegamos ahí, cómo desacatamos esa orfandad que termina siendo mucho más derrumbe y más ruinas que sólo para sus victimas y victimarios. Levantamos ciudades y países sobre esa destrucción, cavamos un poquito de tierra, y ahí estan las fosas de generaciones y generaciones. Otros seguimos vivos y no queremos que los cachorros deban caminar sobre deshechos, desdichas. Es otro deseo para ellos. Vital, infinita y apasionadamente vital
La pandemia por covid 19 ha expuesto no sólo la urgencia de actualizar la educación de este milenio, sino también el abordaje de estrategias formativas y de prevención-denuncia-intervención y reparación de violencias contra niñas y niños, particularmente las violencias sexuales.
Pasar de un día para otro del aula física al aula virtual, durante la crisis por corona virus, ha sido un enorme desafío para cuerpos docentes, familias y estudiantes. Sin embargo, este tránsito, según he podido constatar en estas semanas, no ha sido mayormente acompañado por la necesaria orientación sobre qué hacer si una víctima de ASI pide SOS (Save Our Souls) a los profesores en el chat privado o por whatsapp, durante clases a distancia.
¿Usaremos los mismos protocolos de siempre, o se ha pensado o explicitado alguna variación adecuada a este contexto? Carabineros de Chile continúa con sus números 147 (para llamadas de niños y niñas) y 149 (fono familia), y existen otras líneas de ayuda, pero es urgente pensar en una mayor variedad de formas de denuncia, entendiendo que es difícil e improbable que las víctimas, aun con acceso a telefonía móvil, lleguen a marcar un número antes de ser sorprendidas por sus abusadores, quizás con qué consecuencias para esas niñas y niños.
Por otro lado, actores fundamentales como deberían ser los medios de comunicación, sobre todo la televisión, tampoco han asumido un rol como sería esperable (pensemos solamente cuánto demoró la adhesión de los canales a la urgencia de contar con una TV educativa). No se trata de saturar la conversación en torno a abuso sexual infantil en clave sórdida o morbosa como suele darse en algunos matinales. Tampoco sirve y menos perdura, el interés súbito en estas tragedias para valerse de ellas como argumento de regreso apresurado a trabajos y escuelas (en pos de la economía, el consumo, y consumismo también) en pleno peak del virus, cuando durante años no se han desplegado mayores agencias en la tarea de prevención y educación comunitaria.
Lo que sí necesitamos de los medios, y en todo ámbito, son conversaciones articuladas, serenas, qu.e se valgan de evidencias disponibles para compartir conocimientos y favorecer un aprendizaje colectivo que nos permita sostener el cuidado, el auxilio, la denuncia, y la prevención del ASI en toda época, y hoy, durante esta pandemia. Un pequeño subtítulo o anuncio en una esquina de la pantalla con números telefónicos de denuncia, o un mensaje favorable al cuidado de la niñez, los buenos tratos, la no-violencia, ya sería un aporte. Algo así de sencillo, podría hasta salvar una vida.
Son tiempos de incertidumbre en muchos sentidos, de sentirnos frágiles. Quizás una oportunidad de este ciclo sea cultivar otros corajes y resistencias amorosas. Por ejemplo contra el abuso infantil. “No tengas miedo” (su vínculo entrañable con Agua Fresca en los Espejos) es el film del director español Montxo Armendariz sobre la tragedia del incesto. Es más un llamado, un pedido amable, que una conminación. No tengas miedo. Una invocación a decir, con la confianza de que alguien escuchará del otro lado. Una persona, o una sociedad completa.
No tengamos miedo de hablar, ahora que lo necesitamos más que nunca. Si sentimos temor, tratemos de todos modos. Llevemos el miedo en nuestros brazos, ayudémosle a respirar, mientras nosotros tratamos de sacar algo de voz.
Hablar con otro u otros de tema horribles nos cuesta, claro que sí. Podemos sentir temor a no ser escuchados, no ser acogidos, o ser juzgados de distintas maneras. No es un lugar cómodo, pero si pensamos en el servicio que puede prestar una palabra o un diálogo con vecinos o familiares acerca del abuso sexual infantil, en la semilla de consciencia o de cambio de actitud, o en que, de alguna forma, incluso un niño o una niña, así fuera sólo uno, vea su sufrimiento interrumpido, quizás el temor pasa a segundo o último plano, y la próxima vez nuestra voz tendrá un poco más de aplomo, y otro poco cada vez, hasta casi olvidar que alguna vez el silencio pudo parecernos más albergue que el cuidado.
“Todavía hay que exigirle esto a la angustia: no querer nunca que el niño se calle”. Georges Bataille.
El año pasado se promulgó en nuestro pais, la ley de imprescriptibilidad del abuso sexual infantil. Contando con el apoyo transversal de sobrevivientes, sociedad civil, del Ejecutivo y el Congreso Nacional, este hito –el cambio más importante en el derecho penal chileno, en años- fue y sigue siendo histórico y significativo en el reconocimiento del derecho a justicia de las víctimas de abusos.
A partir de 2019 y en adelante, no corren más plazos que además de inhumanos a la luz del tiempo del trauma, habían asegurado la impunidad de los abusadores, y la revictimización y abandono de los sobrevivientes. Y de todos. Porque no es sólo en materia de justicia que tiene valor una ley como la imprescriptibilidad. También declara una voluntad de autocuidado social, de protección de las nuevas generaciones, y de prevención de abusos que hace mucho son una emergencia de cuidado humano y de salud pública en Chile.
Por eso más cuesta entender qué motiva la propuesta de indicación en el proyecto de garantías integrales para la niñez, sobre “deberes de obediencia y respeto” de los niños a los padres, que por lo demás, y por opinable que sea, existe en el código civil desde su origen (siglo XIX) en disposiciones relativas a potestades y cuidado personal.
El problema con dicha indicación, en primer lugar, es que arriesga confundir premisas que ya han sido consensuadas en relación a la garantía y no sujeción de los derechos de seres humanos niñas y niños a ningún tipo de condicionamiento. Es incomprensible que en una discusión parlamentaria todavía tengan cabida distorsiones al respecto; y peor aún, cuando éstas pueden impactar gravemente la protección de la niñez frente a abusos de todo tipo.
Ojalá quienes, así sea por un segundo, lleguen a contemplar la moción de obediencia debida como viable, recuerden que bajo ese argumento, miles de víctimas infantiles han vivido vejámenes físicos, emocionales, de consciencia, sexuales, y los siguen viviendo.
A diario, unos cincuenta niños, niñas y adolescentes sufren abuso sexual en Chile; uno cada media hora aproximadamente (hasta cuándo debemos repetirlo). Por favor escuchemos las historias de mujeres y hombres sobrevivientes y reflexionemos a tiempo, el legislador y como sociedad, sobre el peso que pueden tener ciertas decisiones.
Cuántos perpetradores de incesto, cuántos líderes religiosos o de sectas, y sacerdotes que se hacen llamar “padre” todavía, o cuántas figuras de autoridad en los más diversos espacios (educación, salud, deportes, escultismo, etc.), podrían valerse, reforzadamente, del argumento de la indicación señalada para continuar violando vidas, obligando silenciamientos o exigiendo a los más indefensos -que no pueden reconocer la perversión de ciertos mandatos de “obediencia y respeto”- someterse a lo que impone el adulto abusador sexual.
De Agua Fresca en los Espejos, abuso sexual infantil y resiliencia, en “Primeros encuentro bàrbaros”
Georges Bataille dijo “Todavía hay que exigirle esto a la angustia: no querer nunca que el niño se calle”. Nunca. Los silencios aterrados, la aquiescencia, las sumisiones, desamparan. Otras herramientas son las que cuidan: la escucha, el diálogo, las preguntas, las preferencias y límites que pueden vocalizarse. La adhesión a una ética de responsabilidad donde el respeto es incondicional, de la mano de la protección. La ternura, de la mano de la dignidad.
Retrocesos o avances, abusos o cuidado, ¿qué vamos a elegir propiciar?
Más que nunca hoy es necesario contar con programas contundentes de prevención de abusos y promoción de buenos tratos–que sumen a familias, escuelas, comunidades-, y con educación comprensiva en sexualidad, afectividad y relaciones humanas en todo ciclo escolar (desde prekinder). Ésta ha demostrado una y otra vez ser un tremendo factor protector: en prevención, y en la detección temprana o develación de abusos sexuales (aquí una experiencia cercana y reciente ), así como para la salud y bienestar de niños y adolescentes en doble tiempo, presente y futuro.
En Chile, las ausencias formativas en sexualidad humana se han reflejado, por ejemplo, en un aumento alarmante del VIH en la última década. Afortunadamente, al fin se está discutiendo un proyecto de ley para establecer bases comunes en la materia, pensando en todos los establecimientos educacionales. Algo que sin duda deberíamos recibir como una buena noticia.
El derecho a información vital para la salud, bienestar, autocuidado y cuidado, desarrollo del consentimiento, etc., es un derecho de los niños, niñas y adolescentes, y desde nosotros, un acto de cuidado ético, de amor, de celebración de sus vidas, de transmisión de un sentido de maravilla, también.
La relación dependiente de la infancia-adolescencia con el mundo adulto es inexorable, y también lo es la asimetría de poder y disparidad que entraña. No necesitamos propuestas regresivas ni opresivas que arriesguen aumentar peligros, desventajas, trasgresiones y soledades para los niños y los jóvenes.
Lo que sí necesitamos es observar, decidir cómo podemos habitar las asimetrías inevitables, en nuestros vínculos de cuidado, para que además de honrar imperativos de protección, podamos acompañar y apoyar el crecimiento y desarrollo pleno de cada humano niño, niña. Una trayectoria que, por supuesto, integra aprendizajes progresivos –según cada edad- en responsabilidades, autonomías, deberes, mutualidades en el respeto, cuidado relacional, que son indispensables en la construcción de nuestra humana convivencia.
Mi cuerpo es un regalo, de V. Jackson Ilustraciones de Marianela Frank.
*advertencia preventiva para sobrevivientes de abuso y personas sensibles
“El abuso es una traición atroz del amor. Mi corazón está con las víctimas de esta injusticia terrible”. Mary McAleese, presidenta de Irlanda (1997-2011)
En 2009, la presidenta de Irlanda expresó su solidaridad con las víctimas de abuso sexual infantil, “la traición más atroz del amor”, dijo. “Agravada por los sufrimientos que en silencio debieron soportar”, por el más largo de los tiempos.
Sus palabras acompañaron la entrega del reporte de la Comisión de Investigación de Abuso infantil (CICA, Commission to Inquire into Child Abuse), constituida por el Estado Irlandés en 1999. El reporte final, luego de nueve años, fue definido por algunos como un recuento de inhumanidades que pueden sólo entenderse como una versión irlandesa del holocausto. Habrá quienes lo consideren una exageración, tal vez, pero más de treinta mil niños y niñas que pasaron por “residential institutions” – noción que en CICA alude a hospitales, orfanatos, centros de “protección”, reformatorios, escuelas industriales, operadas en su mayoría por la Iglesia Católica y financiadas por el departamento de educación-, fueron tratados como prisioneros, esclavos, y sometidos a los tratos más crueles y violentos.
Abusos y explotación sexual, abusos corporales, psicológicos. Algunos sobrevivientes reportaron no haber conocido siquiera sus nombres ni procedencias durante años pues muchos llegaron ahí simplemente por decisión de familias que querían evitar la “humillación” de hijos o nietos ilegítimos (y el sistema se hizo cómplice en el ocultamiento de sus identidades). Otros niños llegaron por el “delito” de haber robado por hambre, o de no haber cumplido con un deber escolar. Existen reportes de ensayos médicos y experimentación de vacunas en niños y niñas. No eran infrecuentes las golpizas públicas –“ejemplarizadoras”- de niños desnudos, muchos de ellos por haber resistido acosos sexuales. Otros fueron atormentados, colgando de ganchos en las paredes, para “corregir” su conducta indócil. Las niñas eran violadas con habitualidad por uno o más hombres en las residencias, o bien llevadas a otros lugares como sacristías, centros de retiro espiritual, casas de “padrinos”. En una escuela industrial del reporte (Goldenbridge), se describe cómo niñas de apenas siete años eran forzadas a trabajar hilando cuentas de rosario (para vender), 600 en días hábiles de la semana, y 900 los sábados y domingos.
Son 2,600 páginas de infierno y sólo infierno; historias de niños y niñas que recién en la adultez –50 a 80 años de edad al momento de compartir sus testimonios con la comisión, en distintas modalidades- pudieron sentirse escuchados, dignos de credibilidad (y de alguna reparación que el Estado asumiría, en términos económicos), para que luego les negaran, completamente, la posibilidad de acceso a justicia.
En 1999, el Primer Ministro Irlandés Bertie Ahern fue uno de los primeros líderes de Estado en pedir disculpas públicas a los sobrevivientes: “ el gobierno presenta sus disculpas sinceras y por mucho tiempo adeudadas, a las víctimas de abuso infantil, por nuestro fracaso colectivo en interceder, en detectar su sufrimiento, y en concurrir en su auxilio”. Nada pudo prevenir la decepción y dolor que vivirían esas mismas víctimas cuando en 2003, la jueza a cargo de la investigacion, Mary Eleanor Laffoy presentó su renuncia acusando obstáculos y falta de apoyos a un trabajo que ya anticipaba no poder garantizar su efectividad ni independencia.
En Chile, donde sigue siendo nuestra aspiración contar con una comisión similar, necesitamos aprender y tomar nota de las experiencias en otros países, estableciendo límites muy claros que nos protejan de la intervención de la Iglesia, y eviten restricciones en la verdad.
En el caso de CICA, desde el inicio sus tareas se vieron entorpecidas por congregaciones católicas y por el propio Departamento de educación irlandés. Pero el mayor desgaste lo impuso una querella de Christian Brothers cuyo objetivo -como el de otras órdenes, en otros países donde el lobby católico influencia decisiones de estado- era lograr un compromiso de impunidad mediante la omisión de los nombres de los abusadores en el reporte, con excepción de aquellos que ya hubiesen sido juzgados y condenados anteriormente.
En 2005, ante el estupor de sobrevivientes y ciudadanos, se formalizó la prohibición de compartir quiénes eran los victimarios identificados por las víctimas en CICA, anulando toda posibilidad de perseguir acciones penales, y de ejercer el derecho de autocuidado como sociedad. Más de 800 abusadores de más de 200 congregaciones jamás enfrentarían sanciones de la justicia ni de la iglesia. Consistente con un patrón de conducta histórico en la perpetración de abusos como en el encubrimiento y obstrucción, el Vaticano adoptaría una actitud distante, “lamentando” vagamente los hechos, sin asumir mayor responsabilidad.
Hace unos meses, James Carroll, periodista del Boston Globe (y uno de los protagonistas de la historia documentada en el film Spotlight), escribió una columna magistral –Abolish the Priesthood, vía The Atlantic- en la que concluye que la Iglesia hasta hoy continúa fracasando en comprender la gravedad de las atrocidades cometidas bajo su alero. Un ejemplo es el encuentro de obispos “La protección de los menores en la Iglesia”, convocado por Francisco I en febrero recién pasado, del cual Carroll comentó: “Es como designar a los líderes del crimen organizado, como responsables de una comisión de justicia”.
No entienden, o bien hacen como que no entienden. En Irlanda, una vez conocido el Reporte Ryan, no pasó desapercibida la expresión casi simultánea de disculpas de diversas órdenes católicas y sus líderes, todos en clave monocorde y desafectada. La más alta autoridad eclesiástica, el Cardenal Sean Brady, declaró: “Tengo esperanza en que la publicación de este informe ayudará a sanar heridas de las víctimas y abordar los errores del pasado” (NYT, mayo 2009). Nada más.
Cataplasma de relaciones públicas en reemplazo de la verdad, de la justicia. “Demos esto por reparado o en vías de, y miremos hacia adelante”, para que así, deberíamos traducir, podamos olvidar a quienes viven con las secuelas imborrables del trauma, y de paso a los perpetradores, encubridores y cómplices.
Amnesia general, eso querrían. Amnistía ojalá, me imagino siempre mascullando a la impunidad. Hasta que la memoria sale a su paso y saca la voz como puede: con valentía, temblando, desbordada de angustia y furia, como sea, pero la saca. La voz de los vivos, de los muertos.
El holocausto irlandés no terminaría de conocer la historia de sus niños, niñas, mujeres, no todavía.
En 2017 se descubren 800 cadáveres de bebés –quizás cuántos más fueron rutinariamente desechados- en fosas y pozos sépticos del Hogar Bon Secours (conocido también como Hogar St Mary para Madres y Bebés, que operó entre 1925-1961). Mujeres embarazadas eran enviadas ahí para dar a luz y luego ser separadas de sus niños por la fuerza (la adopción ilegal fue en Irlanda y hacia otros países, entre ellos EEUU). Muchos de los niños que no fueron adoptados y no podían continuar en el hogar en razón de su edad o por ser “problemáticos” para las religiosas, terminaron en reformatorios y escuelas industriales donde con toda seguridad estuvieron expuestos a los abusos descritos en el Reporte Ryan. El destino de sus madres no fue mejor.
Las mujeres “penitentes”, luego de trabajar gratis para las monjas de St. Mary (en “retribución” por recibirlas embarazadas y robarles sus guaguas), si no mostraban signos de “redención”, eran derivadas a las Magdalene Laundries donde podían permanecer meses o la vida entera generando utilidades para los conventos y sufriendo toda clase de abusos. La red de tráfico y explotación laboral operó durante los siglos 19 y 20, y sólo en 1996 se cerró la última lavandería. Todavía hay víctimas entregando sus testimonios, y todavía, en 2018, la Iglesia negaba conocimiento de las crueldades cometidas: muertes de mujeres, infanticidios. Hablar de “monstruosidad” es poco.
Francisco I, en su visita a Irlanda del año pasado -gallardas e inolvidables esas calles semivacías-, se comprometió a estudiar un memorándum sobre el hogar de St Mary entregado por la ministra de Infancia, en tanto se declaraba ignorante de los hechos reportados. Pudo mentir, o no. Pero sigue siendo responsable.
Nunca, desde el inicio de su período, he conferido credibilidad al sr Bergoglio, y todavía no encuentro las palabras ni el estómago para explicar lo que sentí escuchándolo hablar de “cuidar el corazón de los niños” en un viral de agosto pasado filmado para Chile (convenio PUC-CECH-CUIDA). Pero en relación a St. Mary, y llevando el beneficio de la duda a un extremo casi autodestructivo, podría uno llegar a contemplar la falta de información, y aun así, sería igualmente inexcusable la desconexión y negligencia de la máxima autoridad de la Iglesia y de un Estado de la UE, frente a crímenes cuyas denuncias suman décadas.
Existen registros de vulneraciones ya en los años cuarenta, tanto en documentos de estado como de la iglesia. Pero cerca del fin de siglo, nadie hablaba de ello, no públicamente. Hasta que Sinead O’Connor dio un grito, un primer bramido desde la herida profunda que atravesaba a Irlanda. En otros países, tampoco sabíamos de abusos todavía, ni quisimos escuchar.
Nos quedamos en el reproche de la forma, a tal nivel, que el fondo ni siquiera llegó a ser tema. Cuando la cantante, en un programa estadounidense rasgó en 8 pedazos la fotografía del Papa Juan Pablo II, las reacciones se centraron en el irrespeto a la autoridad y a los católicos del mundo, y en la inestabilidad emocional o extremismo político de la artista. No hubo la pregunta antes de qué pudo empujar a una persona a realizar un acto que entrañaba riesgos para la propia integridad, la propia carrera (justo en la cima). Qué consciencia insobornable, qué desesperación, qué urgencia podía movilizarla. La turba impidió reflexionar. Pero no impidió escuchar el silencio de tantos, con todo su dolor.
En aquellos años, no conocía a sobrevivientes de mi edad. Tampoco tenía con quién conversar mucho de temas que ni siquiera yo estaba segura de querer enfrentar todavía. Pero recuerdo mi tristeza frente a las omisiones de lo esencial, y también recuerdo mi certeza; el cuerpo entero avisando el reconocimiento instántaneo de una semejante, una hermana de experiencia, tenía que ser, aunque no la viera, aunque viviera en otro continente, había un universo, un incendio común, una cantidad de cenizas inconcebible para los restos de niñas que nos quedaron dentro. Años después conversaríamos de esas intuiciones con otras sobrevivientes que habíamos reconocido en Sinead O’Connor, Tori Amos, Dolores O’Riorden, un detalle o dos, un enjambre, un susurro, una forma de puntuar, de informar entre semejantes una rotura que compartíamos, indecible todavía.
No era tiempo, no entonces. En los noventa, la mayor conmiseración en mi círculo cercano llegó a contemplar de O’Connor “quizás qué cuadro, qué crisis atraviesa, pero nada excusa esa actuación”. Confieso haber callado por cobardía, por no herir a amigas y amigos cristianos –que más que enojo, sentían confusión-, y cuando mucho haber comenzado una frase y luego atenuado a niveles inaudibles la defensa que no era de la artista que me encantaba, sino mucho más. Lo que yo necesitaba vocalizar era una pregunta que podría haber sido válida para cientos de mujeres y hombres, niños, niñas, tantas personas. ¿Te imaginas qué devastación puede haber vivido ella, o alguien amado por ella, o miles de sus prójimos, para responder así?
A la luz de todo lo que sabemos hoy de Irlanda, no sólo de Sinead O’Connor, del abuso físico y sexual que vivió en su hogar, del horror que vivió instucionalizada como “menor de edad problemática” a sus 14 años, en una de las lavanderías magdalenas en Dublin, (y no: nada, ni su salud mental, ni su conversión religiosa, la invalidan como persona y menos deslegitiman su advertencia desgarradora sobre el abuso sexual de niños y niñas), no entiendo cómo podríamos reprochar la rasgadura de la fotografía de un hombre, o de miles si así hubiese sido, representante de una institución cómplice de la tortura de niños y mujeres. Crímenes de lesa humanidad.
No sé si mi amor, si su rabia, serían capaces alguna vez de romper algo, o todo a mi paso, pero sí sé que me gustaría y querría recordar por siempre, a la Sinead O’Connor de ese 3 de octubre de 1992. Como un ejercicio de cuidado, de autocuidado. Para evitar traiciones atroces del amor. Deslealtades. Revictimizaciones, y todo lo que en el fondo endosan o excusan: la continuidad insoportable del abuso sexual de niños y niñas.
Todavía es cotidiana en el mundo, y también en Chile, la revictimización de sobrevivientes, en tanto las sociedades no terminan de hacer todo lo necesario para asegurar su acceso a justicia y salud; el fin de la impunidad. Sobre todo, para garantizar el cuidado de nuevas generaciones, en sus propias familias, y en toda institución.
No bastan leyes y protocolos si no hay formación ciudadana, trabajo permanente y colectivo, amparados por una política pública de prevención en jardines,escuelas e instituciones de la educación superior. No termina la indefensión, y nada evoluciona sin garantías máximas (no mínimas) para niños en sistemas de protección donde se violan sistemáticamente sus derechos humanos.
El mundo del deporte, de las artes, del escultismo: no hay entorno humano donde no se estén abriendo historias y denuncias que conminan a cambios radicales en las relaciones de poder, y en las relaciones de cuidado ético entre adultos y la infancia. De las instituciones religiosas, aunque en todas se han cometido abusos, sigue siendo la iglesia católica la que más ha entorpecido la justicia, protegido a abusadores, y demorado la implementación de cambios que permitan alguna confianza reducida, y se sostengan en el tiempo (sin más excusas; sin comisiones inútiles ni convenios distractores, en tanto desactivan a sobrevivientes y movimientos sociales en vez de volcarse a la reparación de las víctimas). Basta.
Frente a engaños y disociaciones, es sólo humana la impotencia, el cansancio de años de sortear silencios y pesadillas. Pero a pulso de agua, de gotas diminutas de agua, es posible horadar piedras (dice el sabio refrán), así lleve siglos, como en Irlanda. Siglos para desenterrar, para nombrar un holocausto que quizás sólo usando esa palabra nos permita dimensionar la magnitud del desgarro, y entender al prójimo, al propio corazón, o a una mujer como Sinead O’Connor en su duelo por el abuso de todos, y el suyo, y por la historia que fue escribiéndose a partir de ese 3 de octubre de 1992.
Una querida amiga, también sobreviviente de ASI por años, me manda hoy un mensaje “It’s been 7 hours and 27 years, since we took our love away”, junto al video de Nothing Compares 2U, una canción que se quedó como hoja seca marcadora de página, en el diario de vida de la juventud y de nuestros primeros años de adultez.
Me deja pensando en las gratitudes que no fueron a tiempo, el perdón que deberíamos declarar. O en que ni siquiera fue lo más doloroso para Sinead O’Connor, el linchamiento público posterior a su performance en Saturday Night Live, sino el abandono de años que se fue instalando poco a poco. La soledad que quizás agudizó los daños, o llevó a la voz a buscar refugio en otras otras lenguas para cantar (este tema es hermoso) u orar; para rearmarse una y otra vez y no darse por vencida. No lo sé. Pero sí he conocido de cerca cómo la soledad se vuelve castigo y cerco para más de una víctima mujer u hombre –y para sus hijas e hijos, muchas veces- luego de juzgarlos por sus actuaciones consideradas “excesivas”: contar su verdad inesperadamente en una reunión familiar, o detener la mano artrítica de un tío o un abuelo que fue el violador, y que a duras penas se levanta de su silla para saludar con sobajeos invasivos de espalda y caderas, a niñitas y adolescentes que resisten el acoso con expresión temerosa y el cuerpo tensionado. Antes de ver coraje, o cuidado, se elige el lente del desajuste, de la adecuación fallida, para dictaminar a más de una víctima, interdicta. Marginable.
Qué distinto sería si antes del dictamen de excesos y desvaríos, existiera una pregunta. ¿Qué pudo haber vivido este niño, niña, esta persona? En voz baja o alta; una pregunta con ánimo humano, de entender, de esperar al menos, unos segundos, antes de la condena, del juicio moral o psiquiátrico (con su dureza, también).
¿Qué puede estar viviendo ahora? Una pregunta podría articularse de tantas formas frente a un dolor que no conocemos, y abrirnos sino a la solidaridad y la compasión (tan reparadoras), al menos a considerar la herida posible y nada más. ¿Y si se tratara de un tormento mayor, un duelo antiguo del cuerpo arrasado?
Una pregunta puede evitar injusticias, y el frío. Dar tiempo de un respiro, una duda acogedora. Servir a una voz: para que hable, o pierda algo de miedo. Tal vez ganar un poco de firmeza para más adelante: una pregunta podría servir tanto.
¿Cómo despierta cada día un cuerpo humano con una vivencia intolerable inscrita en lo más profundo, cómo se agita el silencio pasado, presente, en presencia de lo que sigue siendo esencialmente inenarrable?
Cambiar la mirada, un poco más de pupila, sin encandilar, sin llanto, sin homenaje, solo cambiar el ángulo. Y preguntar para disminuir el ahogo, un poco, o mucho, en adultos, en niños y niñas, en quien quiera esté viviendo y sobreviviendo años en espera de auxilio. De un trino. De una historia desobediente, con otro final. O de una pregunta capaz de salvar vidas.
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*Horo, welcome home (traduccion del galés irlandés).
Imagen: Sinead O’Connor cuando niña, via Angeline Squirrelson (wordpress)
Cada día estamos más cerca de contar con la ley que establece la imprescriptibilidad del abuso sexual infantil (ASI) en Chile (ver nota en LT).
Es casi imposible describir la diversidad de apoyos que han ido sumándose en casi una década; imposible saber a cuántas personas debemos agradecer en esta trayectoria compartida por miles. Ojalá todos en Chile podamos hablar en presente y hacia el futuro de “nuestra ley” (se necesita de toda una aldea, todo un pueblo).
Una década no es un tiempo menor ni trivial en la vida de un ser humano o un colectivo. Tampoco en la tramitación de una ley que a muchos podía parecernos lógica, justa, una imprescindible revolución del cuidado, pero con eso no bastaba.
El proceso no se limita a lo legal, sino a cambios culturales, de sensibilidad, de mentalidad, tanto respecto del crimen y del trauma por abuso sexual infantil, como de lo que significa el daño y los procesos de reparación para sus víctimas, y el tiempo que necesitan. Tiempo que no puede cargar además con la angustia de enfrentar un plazo arbitrario, sin fundamentos científicos, que ha dejado a miles de víctimas sin acceso a justicia, y miles de abusos en la impunidad.
La justicia suele dibujarse, esculpirse, como una mujer con los ojos vendados, una espada en una mano y en la otra, una balanza, ¿qué víctima se acercaría a alguien que se cubre los ojos y tiene ambas manos ocupadas con objetos duros y pesados? Me imagino otra justicia (otro sistema judicial), con manos libres y tibias, la mirada franca. El cuerpo blando y seguro.
Una justicia que no necesite deshumanizarse ni abandonar el cuidado: ni el de las víctimas –sus familias, sus comunidades-, ni de quienes habiendo sido juzgados y sancionados por sus crímenes, viven privados de libertad en las cárceles. Esa es la parte más difícil, somos humanos. Una joven norteamericana -lo he compartido antes- se quedó en mi memoria, a fuego. Ella no lograba encontrar consuelo ni reparación en la idea de que su violador fuera vejado –cómo él hizo con ella- en la cárcel: ¿en qué persona me convertiría? nos preguntó a varios adultos -padres, profesores, su abogado, la policía, su terapeuta- que no nos atrevimos a arriesgar una respuesta. La suya era la única que contaba: “me convierte en alguien parecido a él”. Son muchas las víctimas cuya compasión y humanidad me han dejado en silencio reverente, mientras soy testigo de su tenacidad en exigir justicia. Todo de la mano, sin separar. Sin blanco/negro. Sin “versus”.
Por todas las víctimas que crecieron sin que nadie interrumpiera a tiempo sus abusos, necesitamos que nuestras sociedades empujen las leyes de imprescriptibilidad, de restitución, de prevención. El trauma es demasiado complejo, demasiado dañino como para no hacer lo imposible por apoyar la reparación, y evitar a otros niños vivir lo mismo.
En 2016, Holanda autorizó el primer suicidio asistido para una víctima de incesto y ASI, por sufrimiento psíquico insoportable, y estrés post traumático incurable. Naciones Unidas ha señalado que el ASI puede concebirse como tortura (crimen de lesa humanidad, sí), y el Estado tiene responsabilidad no sólo si sus agentes lo perpetran, sino también en un rol pasivo y no protector, aun conociendo la prevalencia de estos delitos. En EEUU para el establecimiento de la imprescriptibilidad, y de las ventanas de retroactividad –en los estados en que se ha implementado esta respuesta para los casos ya prescritos-, los argumentos han sido el crimen permanente o la comparación del ASI al asesinato (como crimen mayor pues después de la muerte, nada queda por hacer). Psíquicamente, la devastación puede entenderse como un asesinato, un exterminio. Pero las secuelas del cuerpo, lo que el trauma deja como huella, sigue viviendo en la memoria. Los estudios de la CDC han estimado una reducción en la esperanza de vida de hasta veinte años para ciertas víctimas. No queremos acatar designios, pero sabemos que no podemos descuidar la atención. El autocuidado.
Frente a la evidencia científica solamente, parece irracional e inhumana tanta espera para una ley como #derechoaltiempo. Pero los cambios también lo tienen: derecho, necesidad de tiempo. Nos dimos cuenta desde un comienzo que hablar de todo esto era difícil. Primero, de abuso sexual infantil, y no sorprende una encuesta reciente en UK donde se señala que dos tercios de los adultos en la población, prefieren no conversar del tema, aun cuando pueda preocuparles (por sus hijos, por ejemplo). Luego, la dificultad de plantear la imprescriptibilidad en un país como el nuestro. “Nunca”, nos dijeron expertos y personas queridas. Comenzamos a conocer las aprensiones, argumentos y resistencias desde el mundo del derecho, sobre todo. El ex senador Patricio Walker fue visionario y valiente al momento de presentar el proyecto, y el nombre del boletín era claro y correcto. Pero por ley solamente, no llegan las palabras con toda su profundidad y su intención, a la consciencia de todo un colectivo.
¿Cómo invitar entonces a poner atención para escuchar, conversar de la ley, comprometerse en hacerla realidad? Vueltas y vueltas, en la cocina o alrededor de mis propias galaxias, hasta que un buen café nocturno y luna nueva por la ventana, ayudaron con la inspiración. Acuñé “derecho al tiempo” como una forma de abrir primero el espacio suficiente para poder ir compartiendo evidencia y desarrollando las ideas (siempre con el corazón puesto mucho más allá de una ley), y luego volcarse en conversaciones y debates sin la rasmilladura y la ansiedad que de entrada generaba la palabra “imprescriptible”. Hubo que cultivar la paciencia antes de poder escribir, declamar, IMPRESCRIPTIBILIDAD con todo aplomo.
Han sido años intensos de escuchar, de estudiar, de abrirse a múltiples ángulos de la razón, la emoción. Años -desde 2016- de viajes a media semana entre Santiago y Valparaíso, y a otros países (gracias a las grandes mujeres que desde el comienzo han apoyado desde España, EEUU, Argentina, Perú). Trabajando y soñando junto a amigos, profesionales, sobrevivientes, todos voluntarios llenos de amor e intensidad en las acciones y las ideas.
Desde 2007 -inicio de todo este recorrido con sobrevivientes del primer grupo de autoyuda, y mi hija mayor- quiero decir que lo más transformador ha sido el encuentro en persona o vía redes con sobrevivientes (#tribu) de hasta 90 años, que han compartido sus testimonios, sus luchas, sus intentos desconsolados por justicia, su defensa de los que vienen. Son voces generosas, que enseñan, que duelen, que alientan, y a las cuales debemos pedir perdón también, porque en el tráfago, más de una vez no pudimos escucharlas con la tranquilidad que hubiésemos querido, aunque siempre han sido el pulso y la brújula mayor.
Con la tribu en el alma, ha sido posible perseverar, sabiendo que siempre es necesario el balance del autocuidado, el cuidado mutuo, y también el de la república, la democracia. Estoy convencida de que una causa como #derechoaltiempo, y cualquiera por la niñez, no puede eximirse de esos estándares. Por eso el autoexamen constante para ir avanzando -con distintos gobiernos e interlocutores- sin perder el norte ni prescindir del diálogo en torno a una mesa donde quepamos todos, y todo. Cada punto de vista, cada aspiración y preocupación; los dilemas éticos; las historias de transformación, de redención; las derrotas, las posibilidades.
El activismo por #derechoaltiempo no puedo dejar de entenderlo como una herramienta que se cuida. Desde la resistencia contra lo injusto y lo que hiere, el motor más profundo sigue siendo el amor por el vivir, poder crecer y construir una vida desde la niñez, sin el asedio de esta violencia (del ASI o cualquiera; el monstruo es siempre uno solo). En las situaciones más complejas, la pregunta de esta causa ha sido ¿cuida esto a las víctimas y sobrevivientes?, ¿qué cuida más ahora, y hacia el futuro? Al final del camino, con la ley promulgada, ¿qué queremos compartir con nuestros hijos, o nietos, sobre aquello logrado?
El sentido fundamental de la ley que al fin fue aprobada en su primer trámite, es terminar con la impunidad, reconociendo derecho al tiempo a víctimas que debido a su corta edad, ni siquiera podían entenderse como tales al momento de sufrir los abusos, ni durante muchos años a consecuencia del trauma. Recordemos que una acción judicial se inicia con una denuncia y ésta necesita de un relato que las víctimas de ASI no están en condiciones psicológicas de verbalizar hasta entrada la adultez. Algunas, nunca. Qué macabro darse cuenta que aun sin intención, el sistema de justicia y sus plazos terminan actuando de una manera similar al abusador: desoyendo, aislando, ignorando la fragilidad, la necesidad de elaboración paulatina –y no bajo presión- del duelo y la dolencia.
Las voluntades que hoy se expresan son de rectificación, de exigencia de responsabilidad a victimarios y encubridores, de cumplimiento del deber de investigar y establecer la verdad en nuestros tribunales, y de una respuesta social más contundente frente al ASI. En este sentido, valoramos del gobierno su disposición a conversar sobre alternativas de acompañamiento, salud y reparación para las víctimas, y prevención a nivel nacional, para cuidar a las nuevas generaciones.
Lo inimaginable hace una década, hoy es posible. Y podemos aspirar a más. Más amor, más humanidad, más coherencia. Si hemos resuelto que debe terminar la impunidad y que los delitos de ASI no pueden prescribir, es razonable cuestionarnos por qué habría de ser diferente el daño y el crimen perpetrado hace treinta años, de aquel cometido hace un mes; o qué haría distintas a unas y otras víctimas. Son los mismos cuerpos de niños, niñas; las mismas vidas trasgredidas.
Queremos hacer nuestro mejor esfuerzo por entender argumentos jurídicos, limitantes constitucionales (a nivel mundial, y no sólo local), o la necesidad de tiempo para realizar un discernimiento más profundo y robusto, inobjetable ojalá, a la luz de evoluciones científicas, éticas y del propio derecho. Pero no podemos renunciar al deseo vital, en una sociedad civilizada, de que las leyes, con inteligencia y sensibilidad, con dedicación, sean capaces de encontrar soluciones a dilemas como el que plantea la retroactividad del ASI. Hemos aprendido que nunca será intimidante ni destructivo explorar caminos que desde el amor y el respeto a la niñez, conduzcan a una mayor justicia y cuidado.
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Parte de esta columna fue publicada como carta al director en el diario La Tercera del domingo 7 de abril pasado.
Imagen: Mother and child (1956), escultura de Elizabeth Catlett, escultora norteamericana.
Les invito a conocer el tremendo trabajo de la red de sobrevivientes de ASI en la Iglesia en su sitio web (ahí encontrarán también el Mapa del abuso en CHile): https://www.redsobrevivientes.org/post/mapa-abusos
El 81% de las víctimas de delitos sexuales en Chile son niños, niñas y adolescentes. Las denuncias aumentaron un 31%, y un 83% las órdenes de investigar, según información muy reciente de la PDI. Nada nuevo. De tiempo en tiempo las cifras nos aturden, reaccionamos, hacemos promesas. Pero evitar estos horrores debería ser un esfuerzo de cada día, todos los días, noticias o no, cifras en aumento o no. Sabemos que más de cincuenta niños y niñas son abusados a diario, aquí. Entre nosotros.
El abuso sexual infantil (ASI) no necesita ser parte de ninguna biografía. Es una irrupción violenta y deliberada –y un crimen- en el desarrollo de un ser humano niño. Un asalto bestial que no detuvimos, así como no hemos detenido todavía la pobreza, el hambre, la soledad de muchos niños. Un fracaso colectivo en la actividad del cuidado. Un incumplimiento. Una deslealtad, también.
Cuidar es un imperativo de especie y un imperativo ético del mundo adulto. Una responsabilidad social. No es una actividad “femenina” o “maternal”, no es solo de las mujeres, o de padres y madres solos, desprovistos de contextos y personas que apoyen. Entre otras cosas nefastas, el patriarcado ha terminado confundiendo las cosas, separándonos -y es la pérdida mayor- de nuestras capacidades afectivas y relacionales. Los niños son un “asunto” de sus madres, o como mucho de sus familias -veamos solamente cómo se analizan las historias de niños en el sistema de protección desde el fracaso de sus padres pero no de la sociedad completa, o cómo en situaciones cotidianas y hasta anodinas, “el niño no trajo equis útiles”, la pregunta recae siempre sobre la madre o los padres, cuando no directamente sobre el más pequeño de todos. Desde las propias mujeres, se levantan trincheras o espacios de indiferencia, quienes optan por la maternidad o una casi imposible conciliación, son reprochadas por no priorizar a sus hijos o sancionadas laboralmente (de formas literales o pasivo-agresivas). Quienes priorizan su trabajo y su proyecto de vida son vistas como egoístas. Quienes se declaran “feministas” son inmediatamente asumidas como distantes del cuidado ético. Y así, el patriarcado casi no necesita mover un dedo para seguir infligiendo daños y silenciamientos. Quizás lo hemos vivido por tantos siglos, que desde nuestro propio inconsciente se levantan defensas o complicidades (que conscientemente resistiríamos con todo nuestro ser) que ayudan a que se siga sosteniendo. No es sólo un tema de géneros, sino de opresiones extensivas, de separaciones y jerarquías sobre todo. Es unos por encima de otros (y pueden ser distintos “unos” y “otros”, hombres-mujeres, empresarios,politicos-ciudadania, adultos-niños, etc), el peso de desventajas y desigualdades que imponen ciertos grupos de hombres por encima de los destinos de todos los demás hombres, mujeres y niños; cómo salimos de esa aquiescencia frente a lo injusto o lo que hace sufrir, o a desigualdades que devienen en abusos de poder que cuestionamos, pero entre los cuales no siempre detectamos o denunciamos su hilo común. Resulta abrumador observar la madeja por momentos, pero con constancia y ojos hacendosos, no es imposible ir encontrando los hilos enredados y hechos nudo, para volverlos a hilvanar de una manera más humana y afín a lo que necesitamos para vivir mejores vidas, y para procurar que así las vivan los que vienen llegando.
Aun cuando podemos compartir repertorios de cuidado con niños y niñas -y es imprescindible-, los aprendizajes toman tiempo y los responsables de los humanos más jóvenes, al menos hasta la mayoría de edad legal (y ojalá hasta completar su desarrollo a los 25 años), seguimos siendo nosotros. Puede ser un bodrio tener que repetirlo, pero cuesta reprimirse si cada vez que estallan las noticias, vuelven las preguntas sobre “perfiles” de potenciales víctimas y/o abusadores, y otros listados errantes. Del incumplimiento adulto (y el colectivo, el Estado, son un adulto más), poco se habla. Ni de la prevención, no solo como una forma de evitar la ocurrencia de delitos de ASI, sino como una actividad más vasta.
Por décadas Chile guardó silencio sobre el ASI; ahogado de vergüenza, o indiferencia, temeroso de ver su herida, quizás cuán honda, no quería saber. El año 2007, cuando viajé para presentar Agua Fresca en los Espejos –primer libro testimonial sobre ASI publicado en Chile- me sorprendió la oposición que generaba en muchos entornos, la sola proposición de conversar del tema. Hoy esa conversación está viva, y la voz silenciada del ASI, la voz íntima de sus sobrevivientes, ha dado paso a una voz pública que todos podemos escuchar. Ya no podemos distraer la consciencia. Un niño es demasiado, y miles llegaron a adultos en una sociedad sorda todavía. En treinta años de democracia, el ASI debió concertar los mayores esfuerzos y madurez de conducta en oficialismo y oposición, cualquiera fuera el gobierno. Pero todavía son muchas las leyes sometidas a dilaciones frívolas, mequinas, tantos vaivenes. En #derechoaltiempo, ojalá este 2019 todas las fuerzas políticas permitan promulgar una ley cuyo trámite lleva casi una década y cuya suma urgencia, en un hito histórico, fue conferida hace casi un año. Demorar esta ley es postergar también el autocuidado social y la prevención.
Es 2019 y la espera agota. El mayor cauce abierto, que yo percibí, para empujar la prevención del ASI a nivel nacional, fue en el año 2013 desde Junji, Sernam, Mineduc (con H. Beyer). Luego no hubo mayores avances; el tiempo estancado, malversado junto a recursos que debieron destinarse a la niñez en sus urgencias, su educación, en prevención de ASI. En el estado de California, EEUU, cuando se discutía la ley para la imprescriptibilidad, se estimó que el daño obligaba a los sobrevivientes a incurrir en gastos cercanos al millón de dólares (costos médicos, psicoterapia, pérdida de oportunidades laborales, etc.) durante su vida adulta. ¿Y usar esos recursos en prevenir, se imaginan?
La tarea es enorme, y mayor en sociedades discriminatorias, patriarcales, proclives a la herida moral constante de diversos grupos ciudadanos, entre ellos, los más indefensos que son los niños (pese a nuestras mejores intenciones y empeños). Pero pueden desplegarse acciones sustantivas. Podemos. Las iniciativas de mayor éxito contemplan compartir conocimientos e información con toda comunidad, junto a un comienzo temprano, en la prescolaridad, en temas de educación sexual, afectiva, límites de cuidado, y prevención de malos tratos. Imprescindible es que se involucre al mundo adulto (familia, escuelas, sobre todo) y que contemos con apoyo de los medios, redes sociales, agencias publicitarias. Todos los compromisos son necesarios para un esmero de estas proporciones.
Hay conversaciones que no hemos sostenido lo suficiente como sociedad, que exceden el consenso en la denuncia y la aspiración de justicia o sanción, cuando ya el abuso ha ocurrido. Necesitamos concurrir mucho antes, recordar cómo vivimos en nuestros cuerpos desde niños y hasta adultos, qué bitácora maravillosa o problemática (y ambas) traemos, qué posición tenemos en relación al ASI y a la respuesta social, todavía, de indiferencia -o de resignación ante la impunidad. ¿Vemos relación entre la prevención de abusos, y el futuro desarrollo del consentimiento? ¿Entendemos la dependencia inexorable de los niños, en la mayor asimetría de poder imaginable? La prevención nos desafía, nos actualiza. Nos conmina a tender puentes.
Existen iniciativas valorables, pero muchos esfuerzos de prevención son esporádicos, dispersos, y de alcance limitado. La meta es prevención mandataria en todas las escuelas y jardines (públicos y privados); un criterio común. Un conjunto de herramientas por todos compartidas. En esta dirección, el mes de enero recién pasado, desde #derechoaltiempo acompañamos a la diputada, atleta y sobreviviente ASI, Erika Olivera para compartir con Mineduc las razones que justifican la implementación de un programa nacional de prevención de ASI (valiéndose, por cierto, de lo que Junji e Integra ya vienen realizando). Es de esperar que todas las bancadas en la cámara apoyen el proyecto de la diputada Olivera, y que la autoridad de educación, y salud, responda con el sentido de urgencia que exige la epidemia de ASI que enfrentamos. Prevenir no es opcional; es un imperativo de salud pública. ¿Qué estamos esperando?
Me faltan palabras para hacer la defensa exacta y ardiente que siento merece la ética del cuidado en la esfera de prevención del ASI. Existen tantas historias, tanta información, programas en curso en Chile y la experiencia de otros países. Todo respalda el impacto positivo que tienen programas de prevención/cuidado: en algunos casos, disminuyendo la ocurrencia de ASI, o bien aumentando significativamente la detección y/o develación temprana. Inclusive niños víctimas y adultos sobrevivientes -para quienes la prevención llegó tarde-, relevan estas iniciativas. Que ningún niño, ninguna niña más. Prevenir.
No podemos llegar tarde, o llegar nunca. Y somos solo humanos, dice una voz que desde lo más profundo quiere confortarnos; perdonar nuestras dudas y pasadizos, nuestros ojos lentos (dicen que no antes de los nueve años de edad están desarrollados en un ser humano). Pero pese a todo lo que nos puede limitar, el cuidado siempre está a nuestro alcance. Un poco o mucho, cada uno sabe cuánto puede, y nada es minúsculo, nadie, ajeno. Alguien puede venir antes, mucho antes. Alguien, justo a tiempo: detener la espina, el réquiem. Alguien más, cambiar el agua a las flores, luego. Mullir el cielo. ¿Cómo queremos usar nuestro turno?
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Les invito a recorrer el sitio y descargar una serie de recursos que quizás sean útiles en la promoción del cuidado ético y prevención de abusos, en familia, el jardín infantil, con los vecinos, con amigos, compañeros de trabajo, en todo lugar. Gracias por concurrir en estas lecturas, gxs totales 😉
En un máximo de 72 horas a partir de mañana lunes 10 de diciembre de 2018 debe abandonar Chile, el abusador sexual John Joseph Reilly, conocido también como John O’Reilly en Chile *.
Poca atención ha merecido a nivel público, hasta aquí, el que diciembre sea un mes decisivo, y muchos nos preguntamos si la iteración a veces exasperante de los medios en torno a una diversidad de hechos –relevantes como anodinos-, concederá tiempo relevante a comentar y reflexionar en torno al abuso sexual infantil y la expatriación de uno de los sacerdotes y líderes más reconocidos de la Legión de Cristo, agrupación religiosa fundada por Marcial Maciel, otro abusador sexual de niños y adolescentes. La coincidencia no puede pasar inadvertida, es imposible. Como tampoco se puede soslayar la pregunta angustiante sobre niños y niñas que continúan educándose en instituciones de la legión.
Han pasado seis años desde las denuncias por abusos ocurridos en el colegio Cumbres, y cuatro desde el juicio que en octubre de 2014 declaró culpable a John O’Reilly como “autor de delitos reiterados de abuso sexual a menor de edad, condenado a la pena de cuatro años y un día de presidio menor en su grado máximo, la de inhabilitación absoluta perpetua para cargos y oficios públicos y derechos políticos, y la de inhabilitación absoluta para profesiones titulares mientras dure la condena, y a la pena accesoria de sujeción a la vigilancia de la autoridad durante los diez años siguientes al cumplimiento de la pena principal y la de inhabilitación perpetua para cargos, oficios, o profesiones ejercidos en ámbitos educacionales o que involucren una relación directa y habitual con personas menores de edad”. En 2015 el Senado de la República acordó revocar la nacionalidad por especial gracia, y el Ministerio del Interior y Seguridad Pública dispone su abandono del país, cancelando su permiso de permanencia definitiva (que había sido otorgado con fecha 10 de diciembre de 1985 mediante Resolución Exenta N° 861).
El pasado mes de noviembre pasado Reilly terminaba su condena. Irrisorios cuatro años y un día de pena remitida -ningún minuto de cárcel- como sanción por el abuso sexual reiterado de al menos una de dos hermanas víctimas (la prueba no permitió demostrar los abusos de la mayor “más allá de toda duda razonable”). Pero eran dos niñas, y quizás cuántas más cuyas denuncias no llegaron a conocerse luego de que el caso llegara a la justicia.
Dos niñas. Mil veces, las dos. Mi cercanía con el caso desde el inicio, me permite realizar esta afirmación con toda serenidad y convicción, y el paso del tiempo sólo ha fortalecido el crédito que di y sigo dando a los testimonios de ambas hermanas, sus experiencias; a su camino de reparación junto a padres amorosos y valientes (y hay que serlo, frente a un abusador vinculado a grupos poderosos) que lograron balancear la indispensable resiliencia que un proceso de esta magnitud exige también a los adultos, al tiempo que viven un duelo devastador por sus hijas. No ha sido fácil ser testigo -como psicóloga, ciudadana y mamá- del efecto de las conductas desplegadas por J. Reilly (y muchos de sus seguidores) durante la investigación del caso, durante el juicio, y desde su condena en adelante. Conductas que revictimizan y amedrentan, que deberían ser prevenidas, interrumpidas o sancionadas si la justicia adhiriese a un marco de cuidado ético, y no cediera –como lo hace con regularidad- a la lógica perversa de “no es constitutivo de delito, no quebrantó ninguna ley”. Delito o no (y la revictimización debería serlo), los daños han continuado.
JJ Reilly cumplió su pena siendo vecino de sus víctimas, residiendo en la misma comuna, a cuadras apenas de distancia. No pasaron dos meses, y la prensa compartía imágenes del sentenciado en la misma comunidad donde la familia de las niñas veraneaba por décadas. Todos hechos archiconocidos por el sacerdote. Pero su indolencia fue ininterrumpida, y a la par, la revictimización de las niñas (lamentablemente, reforzada por personas y medios que han publicado entrevistas del agresor sexual y hasta sus anuncios de posibles libros).
No puedo describir, en este contexto, lo doloroso y arduo que puede ser para un niño llevar un proceso de reparación, expuesto constantemente a evocaciones traumáticas. Cómo puede convalecer la memoria, cuando una víctima sabe que su agresor adulto no sólo circula libremente, sino que lo hace en lugares cercanos. Hoy se agregan medios y redes sociales y los niños pueden escuchar comentarios de su caso en cualquier lugar, incluidos espacios con sus pares. No hay descanso. Hay quienes dicen “la familia debió cambiar de casa, o de ciudad, y hasta de país para no exponerse”, pero no siempre se puede, aunque la idea ronda a muchos padres y madres que por lo demás no tendrían por qué hacer nada. Lo lógico sería que el abusador se mantuviera lejos, en la cárcel. Pero si cumple una pena remitida o es liberado de prisión, ¿no deberían especificarse ciertos criterios exigibles de forma de proteger el proceso de las víctimas?
Nuestra democracia, nuestro sistema de justicia, hace mucho necesitan transformaciones radicales en lo que a procesos legislativos modernos se refiere. Cuidado ético, evidencia científica, consulta a expertos en psicología del trauma, neurobiología, medicina. Las secuelas del trauma por abuso sexual infantil así lo exigen. Entender de una vez que las leyes necesitan estar al servicio de seres humanos, y que no sólo tipifican delitos o establecen sentencias, sino que informan, enseñan, son agentes de cambio (o erosión) cultural.
La forma de definir agravios horribles a la integridad de seres humanos niños, la sanción que corresponde a cada delito, las consideraciones que debe involucrar la aplicación de justicia (recordemos entrevistas videograbadas): todo está construyendo o destruyendo nuestro presente y futuro, nuestra convivencia, la posibilidad de evitar estos daños a nuevas generaciones, y de reparar las heridas de niños y niñas a quienes no pudimos auxiliar antes, pero con quienes podemos recorrer un camino íntegro de reparación. Parte esencial de esa reparación es que los abusadores asuman responsabilidades. Que las sanciones se cumplan. Que podamos proteger a las víctimas mientras terminan de crecer, regresan a su infancia y consolidan su reparación.
RESPONSABILIDAD. Categóricamente. Del abusador y de sus cómplices o encubridores. No hablamos de venganza, desquite, ni de arriesgar por un segundo, consentir con la turba que como sociedad corremos el riesgo de levantar o dejar que otros levanten, en casos de abuso sexual. No basta apoyar buenas causas o ser nobles en la defensa de las víctimas de abusos, si al final vamos a terminar recurriendo a la violencia -la que sea- o a los mismos métodos del abusador. Lo he dicho antes y lo reitero: antes me clavaría de regreso a los peores años de mi niñez, que conceder con la energía destructiva del abuso, sus formas veladas, sus escaramuzas, sus lenguajes, sus seducciones y manipulaciones (y no, ni por la mejor causa, “el fin justifica los medios”), sus indolencias, sus lógicas perversas, su inhumanidad. Nada más alejado de lo que posibilita la reparación de las víctimas. Pero sí necesitamos asunción de responsabilidades. Si hasta aquí ha sido magra la aplicación de justicia en el caso O’Reilly ¿Qué señales contundentes y adultas podemos esperar ahora? ¿Cumplirá nuestro sistema de justicia con la expulsión del agresor sexual, de manera oportuna y eficaz?
Habrá presiones, quizás hasta extorsiones e intimidaciones, y de seguro recursos legales de última hora. Pero queremos, necesitamos confiar en el Estado. El Vaticano ha demorado de manera vergonzosa en establecer una sanción para J. Reilly, si es que algún día se pronuncia. Ya es demasiado tarde y ninguna medida exculpa el trato inmisericorde que por años la Iglesia tanto en CHile como en Roma dio a las víctimas del sacerdote legionario. La justicia no puede entonces fallar, ni a las víctimas ni al país. Es mucho lo que se arriesga, en protección de la niñez y en la confianza -ya muy escasa- de la ciudadanía en el derecho y aplicación de las leyes. El decreto de revocación de residencia permanente del Ministerio del Interior en 2015, expresa claramente los motivos por los cuales este agresor sexual no debe continuar en Chile. Durante la investigación que antecedió al juicio, la pericia psicológica concluyó categóricamente que este abusador no debía trabajar con niños, NUNCA MÁS, por el peligro que representaba (aquí nota sobre informe psicológico). ¿No debería en algo pesar este diagnóstico? La iglesia chilena no dice nada, aun cuando ya ha han sido expulsados sacerdotes como F. Karadima o C. Precht.
O’Reilly ha sido inhabilitado de por vida -y hay que ver cómo se verifica esa medida- para ejercer funciones vinculadas a la niñez, pero siguen siendo un problema aquellas instituciones que omitieron que “algo raro” sucedía, o que sabían de los abusos y los encubrieron, y aun después de develaciones y sentencias, no respaldan a las víctimas, interfieren con su reparación, y encima sostienen vínculos con agresores condenados de quienes podemos hasta desconocer abusos de otras víctimas. ¿Por qué esas instituciones gozan de impunidad pese a su comportamiento cómplice? ¿Podría considerarse a lo menos una negligencia que todavía niñas y niños sean confiados en su educación a entidades que actúan de esta forma? y de ser así, ¿correspondería interceder por estos niños, legislar, contemplar medidas protección para los niños que continúan en instituciones como las descritas?
Recordemos que el abuso sexual infantil no llega a ser reiterado y crónico sólo por la compulsión del perpetrador, o de un círculo de pedófilos. El abuso necesita de entornos que lo sostengan, lo permitan pasiva o activamente, negando, callando, encubriendo o sacrificando niños, antes que enfrentar responsabilidades. ¿Qué posición hemos tomado como sociedad a este respecto? En EEUU la matrícula en colegios católicos bajó drásticamente conforme se iban develando los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. El efecto aquí no se deja sentir, o no todavía. Pero no podemos ya decir que la información no está disponible, o las historias desgarradoras que no terminan de contarse para ayudarnos, sobre todo, a despertar y apostarnos al cuidado y la prevención de estos crímenes horribles contra niños y niñas que a todos nos lesionan.
Los abusos dejan heridas múltiples, primero en las víctimas, sus vidas, y en sus familias y comunidades, pero también en el tejido social que supura cada vez que sabemos de la recurrencia de las agresiones sexuales de adultos contra los cuerpos más indefensos; y en los sobrevivientes, que reviven el estupor de cada vez que saben de otras víctimas –y sus carencias de justicia y cuidado. Es un desuello, siempre, saber que la impunidad vive entre nosotros, en violaciones tan graves a nuestra humanidad. Sabemos que una sentencia de cien, doscientos años, o mil, no alcanza, pero tampoco podemos asimilar un “cero años” o un “cuatro años y un día” de pena remitida, en esencia, algo así como un régimen de libertad con inconvenientes que, en el fondo, nos dice que el abuso sexual de un niño poco importa. No, cuando nuestra justicia no considera siquiera un tiempo justo de ausencia del abusador para que la víctima, de manera protegida, convalezca y pueda retomar su vida.
Ausencias de justicia. También de educación, de salud, todos los organismos que desde el Estado deberían concurrir completamente en el cuidado de la infancia, el apoyo y reparación de las víctimas, la PREVENCIÓN como una tarea urgente. Es una epidemia de abuso sexual infantil la que enfrentamos.
No es menos que una urgencia sanitaria si cincuenta niños son abusados a diario, y esos son los casos que llegan a ser denunciados. Entre 2012 y 2017, veinticuatro mil denuncias de delitos sexuales, casi dos informes Valech y permanecemos impertérritos. Más de 70% de esas denuncias corresponden a niños, niñas y adolescentes menores de edad. Del total de embarazos por violación, 66% corresponde a niñas y adolescentes menores de 18, el 12% son menores de 14 años y el 7%, menores de 12. Un 90% de estas víctimas son violadas por familiares o conocidos, y en el 44% de los casos, repetidamente (A. Huneeus, Epidemiología del Embarazo por Violación, 2016).
¿Por qué esto no ha sido una prioridad para nuestro Congreso Nacional, autoridades, los propios presidentes y presidenta que hemos tenido? Contamos con un Instituto de DDHH, una subsecretaría de DDHH, y hasta el ministerio de justicia pasó a ser de “justicia y derechos humanos”. Han sido progresos valorables, pero no olvidemos que en la defensa de esos derechos, los últimos suelen ser los niños.
La intención de cambio declarada en “los niños primero” tiene una potencia conmovedora y energizante para una democracia, pero no puede arriesgar quedar como un pálido slogan. Con precisión, con visión, y con amor, eso siempre, la expatriación del abusador sexual John O’Reilly es una oportunidad también, de reforzar esa intención, y ser consistentes, cueste lo que cueste, con el compromiso de protección de la infancia en Chile. Esperamos así sea.
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* Es la fecha con la que contaba Gendarmeria, pero hoy lunes 10 se ha informado que la defensa del abusador esperaría la audiencia judicial de cumplimiento de condena para ver sus opciones legales. No es una práctica habitual y suena redundante necesitar que se convoque formalmente una audiencia más -luego de haber concluido una pena- para que te digan básicamente “sí, usted cumplió su condena”, pero no es ilegal y nuevamente la justicia excluye lo ético y sacrifica el cuidado de las víctimas y su proceso de reparación. Como decimos en Chile, esto se trata sólo de “estirar el chicle”, de “ganar tiempo” , ese tiempo que debería estar del lado de las víctimas, y no amparando a abusadores. Hoy, a uno que inclusive celebra y recibe agasajos por su cumpleaños. Qué desconsuelo nuestro país. No sé ya qué decir
En EEUU, Alemania, Holanda, España. Chile también. Difícilmente pasa una semana sin que conozcamos nuevos testimonios de víctimas, denuncias contra abusadores y encubridores (personas e instituciones), y procesos de justicia vinculados al abuso sexual infantil (ASI). Por encima de todo, crece cada día un movimiento internacional por el derecho a la justicia y reparación de miles de sobrevivientes que necesitan poder develar lo vivido, sin límites de tiempo, con respeto por su tiempo.
El ASI en cambio no sabe de tiempos. Sigue siendo una realidad feroz e inmensa hoy, ahora, en este milenio. En nuestro país se estima que a diario 50 niños y niñas son abusados sexualmente (y perdón que lo repita tanto) y que seis de cada siete no podrán develar estas vivencias hasta la adultez. ¿Por qué? Por como irrumpe este trauma en el desarrollo infantil, por las limitaciones que enfrentan víctimas indefensas y en dependencia inexorable en su relación con el mundo adulto (toda la niñez y adolescencia), por los procesos de silenciamiento, terror y parálisis, y por un largo y doloroso etcétera al que se suma la prescripción. No falta quien pregunta todavía, aunque cada vez son menos, ¿por qué no hablaron antes, para qué demoraron tanto? Algunas víctimas jamás pueden hacerlo. Nadie elige demorar y nadie debería someterse a preguntas revictimizantes (por ignorancia, o crueldad deliberada). Ningún niño, niña ni adolescente (ningún ser humano) debería ser violado.
Digo “violación” para hablar de ASI, sin aludir a partes del cuerpo específicas; o a formas de asalto que involucran penetración vaginal, anal, bucal, o todas las anteriores. Puedo obligarme a entender que desde la ley, estos marcadores –junto a la intimidación y uso de la fuerza- sean entre otros decisivos para sentenciar culpabilidades, o deliberar una sentencia o castigo. Pero en la experiencia de ASI, lo anterior no alcanza a ayudarnos. Es mayor la complejidad. La magnitud de lo vivido. Los daños heredados.
Recordaba esta tarde, mientras trabajaba en una traducción de “Mi cuerpo es un regalo”, que todo aquello lleno de vitalidad y de voces informantes de la maravilla que es vivir, aprender, sentir, todo eso que podemos desde niños experimentar en el hogar que es nuestro cuerpo, es justamente lo arrasado por el abuso sexual infantil.
No quiero decir que todas las experiencias sean iguales. Desde la psicología contamos con criterios que en algo nos orientan: edad de comienzo y término del abuso, duración de ciclos, quién fue el abusador, qué apoyos o pilares de resiliencia acompañaron esa trayectoria, qué interrumpió el ASI y cuándo (a más temprano, más favorable el pronóstico), cuánto tomó develar, hubo o no episodios de violación (según la definición de la ley), hubo intercesión desde la justicia, la terapia. Lo anterior, entre una variedad de criterios que sabemos no son definitivos porque lo más determinante, repito, lo más determinante –antes de aventurar nada, ni pronósticos, ni estrategias terapéuticas, nada- es el ser humano que debió vivirlo.
Niños y niñas abusadas y explotadas sexualmente pueden a veces tener mayores resiliencias o una mejor recuperación que una niña que atestiguó el asalto de su hermana menor sin poder entender lo que veía ni gritar para pedir ayuda, y esa culpa aniquiló el resto de su vida hasta su suicidio a los sesenta años. Decir que el impacto del trauma, o su tiempo, “es subjetivo” es una obviedad que da rabia señalar, pero las veces que sea necesario habrá que hacerlo para invocar esa mezcla de solidaridad y rebeldía colectivas que permitan no sólo cambiar leyes, sino intentar entender mejor estas experiencias, para prevenir, para cambiar, para cuidarnos, para que no violen a más niños, a nadie.
Me cuesta el verbo violar. Trasgredir, quebrar, lastimar en lo profundo, lo más íntimo. Rasgar, desgarrar. Destrozar. Romper. Expropiar etapas, interrumpir el derecho a crecer. Sabotear el desarrollo sano de agencia, voluntad, consentimiento, y de una experiencia sexual y en el vínculo con el placer –también el placer de vivir- abierta a más caminos y oportunidades que a peligros y heridas. Hiroshima, pensaba cuando niña. Y todavía. Mientras sueño para mi hija menor que pueda vivir aprendizajes, exploraciones, desencantos también, cualquier tránsito donde a la par de los brotes de su albedrío y agencia sexual sea accesible una sensación de confianza y reciprocidad. Que le pregunten si quiere, si no quiere. Que ella pueda preguntar también: a otro ser humano, a sí misma. Que su cuerpo, su ser completo, se robustezcan en esos ensayos. Plétora. En eso pienso. Eso deseo para ella. Cómodo, celeste, afirmativo, el deseo.
No suelto lo que inspira, lo que amerita desobediencia, resistencia amorosa. No me robará más de vida, una sola palabra. Quiero mirarla desafiante, serena, solemne, y desenmascararla, hasta donde me alcancen los años: la violación que ha sido, es y siempre será el abuso sexual infantil, a un ser humano en su integralidad.
El ASI no “ataca” ni rompe algo específico, no distingue criterios anatómicos o de la consciencia. No es algo que “queda en la cabeza” o sólo en la memoria como una suerte de holograma siniestro que debe completarse o ser verbalizado a duras penas, en el contexto de terapia. El ASI ocurre y puede quedarse en quien lo vivió, sin separar cuerpo y mente, consciente e inconsciente, sin eximir los cinco sentidos, los órganos, los músculos y ligamentos, las cuerdas vocales, la piel (los pelitos que la recubren), todo. Desde ahí resurge cuando algo desencadena una revivencia traumática.
Existen tratamientos, terapias unas mejores que otras. Técnicas que pueden reducir un 70% o más de flashbacks (un problema persistente). Sin embargo, la restricción en salud, tal como en la justicia, es desde el acceso. Consulté alguna vez por una terapia para desmantelar la asociación traumática cuerpo-insectos (desde el ASI, polillas, chanchitos, abejas, saltamontes, etc, son todos cucarachas y mi organismo no logra distinguir, no a tiempo). Hace tres años, eran quinientos mil pesos al mes, por al menos tres meses. Ningún sistema de salud cubre eso. Ni contempla cobertura para evaluaciones diagnósticas críticas, o terapia de reparación en niños y niñas que han sido víctimas recientes. El costo material del trauma, junto a toda la carga del daño, también es de las víctimas y de sus familias. Por eso jamás voy a considerar una insolencia ni un exceso que la imprescriptibilidad que se exige ante la justicia, sea tal. Civil, penal, todo lo que sea necesario. Es una demanda básica que se amplifica en distintas latitudes.
La semana recién pasada, en Philadelphia, CHILD USA reunió a sobrevivientes y familias de víctimas de ASI (vivas y muertas), para pedir a los legisladores que se eliminen los plazos de prescripción de ahora en adelante, y que para los casos prescritos se abran ventanas de retroactividad penal y civil, tal como recomienda el Reporte del Gran Jurado del estado de Pennsylvania (son mil niños víctimas, trescientos sacerdotes abusadores de los cuales sólo dos podrían ser llevados a la justicia “gracias” a la prescripción).
Ese día, conocí a Jessica Howard y Sarah Klein, ex gimnastas olímpicas y sobrevivientes de ASI (cometido por el médico Larry Nassar). Con dignidad, con paciencia y con incontenible emoción por momentos, relataron en detalle lo vivido no para fundamentar desde el horror, sino para apelar al imperativo ético de cuidar, y a la voluntad de sus legisladores en la urgencia de reparar y proteger. Mientras llovía en la antesala del huracán Florence –con reportes satelitales cada 5 minutos sobre su avance, mengua, puntos de impacto- la pregunta seguía siendo ¿queremos usar las evidencias y el conocimiento del que disponemos sobre ASI para cuidar mejor a las nuevas generaciones? Si la respuesta es afirmativa ¿entendemos entonces que las voces de los sobrevivientes y la concurrencia de abusadores y encubridores ante la justicia son imprescindibles para materializar esa disposición de protección social?
No son preguntas difíciles ni locas. Son muy sencillas. No requieren siquiera compasión, o gracia (como se entiende por algunos el tiempo de las víctimas, mientras no hay reparo para la prescripción), sólo sensatez, sentido común. Podemos dar respuesta, y actuar. Para bien de todos.
Vivimos en un planeta donde los seres humanos llegan al espacio. En Chile, cada vez más, sabemos de niñas, niños, y adolescentes (adultos también) destacados por sus aportes a las ciencias y tecnologías. Mismo país donde nacieron Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Maturana y Varela, y es de apurada (o perezosa) que no sigo con una lista larga y muy inspiradora.
A diario nos informan de invenciones, descubrimientos, persistencias intelectuales revolucionarias. Tiene que haber una forma de trabajar creativamente en las leyes también. Poner las inteligencias a disposición, pensar fuera de la caja. El ingenio está. Las capacidades cognitivas. Entonces todo queda en la voluntad ¿Del lado de quien vamos a estar? y no me refiero únicamente a las víctimas ASI versus el abuso, abusador o la impunidad. La primera solidaridad y adhesión es con nosotros mismos, como humanidad. Necesitamos leyes para el cuidado y bienestar de la niñez, todas las infancias, y también de respeto al tiempo de las víctimas ASI, sobre todo por amor, amor propio, a la vida, a la posibilidad de crecer, evolucionar, remediar daños, desacatar destinos horribles y en cambio entregarse, despiertos y felices (tanto como sea posible), a otros más constructivos desde que llegamos a este mundo.
Si la insistencia ha sido tanta en la justicia y las leyes, es sobre todo como puentes para la prevención y el cuidado. Y prevenir no significa invocar al peligro o al pánico social o a un deslizamiento a formas asépticas o moralinas de relación, hipócritas al final, si no consideran el respeto, la asimetría de poder adultos-niños, y la irrecusable atención en interacciones que pueden ser inequívocas en el cuidado, o confusas, o directamente abusivas. La elección es responsabilidad de cada uno, y ese albedrío podíamos ejercerlo desde la cordura de aspirar a vivir mejor, no peor ni asimilando día por medio historias de transgresión porque durante décadas y todavía, nos ha costado enfrentar el tema. Como si en la negación o la omisión, pudiera desaparecer el abuso. Sabemos que no.
En CHile, la cuenta regresiva comenzó hace mucho, diez años casi, en el empeño por la ley #derechoaltiempo. Ya está aprobada en lo general pero necesitamos precisiones que son un pedido razonable y hasta modesto, frente a la dimensión de los crímenes de los cuales hablamos. Esas precisiones dicen relación con lo que ya ha sido zanjado: la imprescriptibilidad de delitos sexuales contra niños. Si su gravedad y atrocidad han sido, entre muchos otros, argumentos para legislar el fin de la prescripción ¿qué hacemos en relación a las víctimas que se vieron privadas de justicia debido a plazos que aun hoy siguen siendo un impedimento?, ¿es acaso menos grave o menos atroz lo que vivieron, o menos violatorio de su integridad y sus derechos civiles?, ¿es que desoír sus voces disminuye el peligro o la impunidad? No. Mil veces no.
Las respuestas ya nos miran a los ojos, y miran sus relojes trizados, tantas infancias perdidas. En tanto, el abuso no se apiada, atraviesa todo, nuestra historia colectiva desde siempre, la comunidad país que somos. Pero como colectivo, también, llegamos hasta aquí. Esperemos atentos las próximas instancias en el congreso. Septiembre sigue siendo un mes que duele y agita el alma, pero no bajemos la energía en esto, por favor: el 25 es la sesión más cercana., y faltan un par más que no deberían ser largas ni difíciles (no con todos los antecedentes que ya tienen a disposición nuestros legisladores). Podríamos atrevernos a imaginarlas, y hacernos parte, con la misma emoción que seguramente sienten quienes trabajan en la NASA en el conteo justo antes de un lanzamiento al cielo, 3,2,1, pero a la inversa, 1,2,3, los primeros segundos, históricos, conmovedores, de un nuevo ciclo que podríamos, podemos, prodigarnos al fin. #derechoaltiempo #todaslasvoces
Documentos relacionados con la ley en trámite y discusión de indicaciones a partir de sept en Comisión mixta del Congreso Nacional: disponibles en www.abusosexualimprescriptible.cl
Un niño es forzado a desnudarse. Le ordenan quedarse quieto sobre una cama, en posición de Cristo crucificado. Está a merced de sus abusadores que lo fotografían, y luego guardan esas imágenes, las coleccionan. Las comparten con otros. Quizás qué más habrán hecho con esos retratos. Quizás qué preguntas habrán consumido a ese niño. Al hombre en que se convirtió. Qué recuerda su cuerpo del frío y terror sobre esas sábanas (y puede haber sudarios horribles, sin sangre).
Este relato es parte del reporte más completo sobre abusos sexuales en la Iglesia Católica de EEUU, liberado muy recientemente en el estado de Pennsylvania. Son 884 páginas, seis diócesis investigadas, más de mil víctimas y 301 sacerdotes abusadores denunciados de los cuales sólo 2 pueden ser llevados a la justicia. En la mayoría de los casos, la prescripción es el impedimento y esto en un estado donde los plazos permiten a las personas iniciar acciones penales hasta los 50 años de edad, y civiles hasta los 30.
Francisco I, desde Irlanda, y podría ser cualquier lugar del mundo, pide perdón en nombre de la iglesia y habla de penitencia (mas no de justicia). No será el último acto de contrición, seguramente. Pero habría que preguntarle a cada niña y niño, sólo a ellos, si pueden perdonar. Si su frío. Su terror.
Hoy, como antes otros reportes lo fueron, el de Pennsylvania es devastador. Las medidas recomendadas, muy pocas y muy rotundas: fin de toda prescripción para crímenes sexuales contra niños y adolescentes; regla retroactiva que permita acceso a justicia a todos los sobrevivientes; aumento drástico de sanciones y penas de cárcel a quienes encubran o fallen en denunciar oportunamente. Se habla de reparación, restitución, prevención; de transformaciones radicales, y muy humanas, en la ley y la justicia. Quizás después, podamos hablar de perdón. Pero sin saltarnos pasos, ni voces.
Es una marea que ya no se detiene. Faltan miles de voces todavía, pero cada una que cuenta lo vivido, ayuda a otras a bracear y llegar a puerto. A la deriva, cada día más, el silencio. Sin saber qué hacer. Flaquea. Se va hundiendo. Habría que hacer más para asegurar su total naufragio. Y más, mucho más, para que las víctimas que todavía no pueden hablar, lleguen a hacerlo. Seguirán siendo, aun en timbre adulto, voces de niños, de niñas, y necesitamos escucharlas todas.
“Este es el mar que se despierta como el llanto de un niño/ El mar abriendo los ojos y buscando el sol con sus pequeñas manos temblorosas/ El mar empujando las olas/ Sus olas que barajan los destinos”. Vicente Huidobro
Sabemos de cientos de miles de abusos sexuales de niños amparados y encubiertos por instituciones religiosas –de todas las denominaciones-, sus autoridades y representantes. No se eximen instituciones educativas, deportivas; los sistemas de protección de los estados. Sabemos también que la inmensa mayoría de los abusos, del orden del 90%, ocurre en el entorno familiar, pero no porque en los contextos institucionales sea “un porcentaje menor” o “apenas un dígito” –argumentos que escuchamos una y otra vez como si fuera posible atenuar horrores-, cambia en algo su gravedad, sus despojos. Nuestra ausencia, todavía, en la prevención.
Una forma de prevenir a la que no podemos y sería irresponsable renunciar es la eliminación de todo límite de tiempo para la denuncia y acceso a justicia de los sobrevivientes de abuso sexual infantil (ASI). La imprescriptibilidad es hace mucho, un imperativo. Una rectificación justa (ojalá amorosa, vital), congruente con el cuidado ético, y el autocuidado. Los plazos han sido arbitrarios y lesivos para las víctimas, y negligentes, o autodestructivos directamente, para nuestras sociedades. Desde la sanidad, el desacato.
Si realmente estamos de acuerdo en que a los niños no se los abusa ni se los viola, y en que debemos detener estas transgresiones antes de que sea demasiado tarde (en violencia infantil, el ASI se asocia a la tasa de suicidalidad más alta), no podemos seguir caminando a tientas e inmersos en la impunidad, sin saber qué personas han sido responsables de abusar de niños, y quiénes han encubierto estos abusos, obstruyendo la justicia y nuestros esfuerzos de protección, siempre incompletos si no contamos con el relato de las víctimas. Todas ellas.
En la actualidad, en Chile, cada día viven abusos 50 niños y niñas. Esas son las denuncias, pero muchos casos se sobreseen, las penas son remitidas “por irreprochable conducta anterior” (daría para otra columna comentar esto), el registro de ofensores sexuales no está actualizado, y una inmensa mayoría de abusos sexuales -seis de cada siete- serán develados en la adultez (debido a tiempos del trauma) y encontrarán ahí el muro de la prescripción. Ese círculo vicioso donde la prescripción inhabilita a los sobrevivientes, pero habilita a los abusadores, nos ha inmovilizado y fragilizado por demasiado tiempo, y debe terminar.
“Creí que ya habíamos comprendido —gracias a sobrados ejemplos— que las huellas de la humillación y del trauma no tienen fecha de vencimiento. Y que no se habla cuando se quiere: se habla cuando se puede. A veces, incluso, no se puede nunca”. Leila Guerriero
Víctimas y sobrevivientes de ASI jamás renunciaron al derecho a denunciar. Nunca hubo elección de nada. Siendo niños o adolescentes –secuestrados en la dinámica perversa del abuso sexual y la dependencia inexorable del mundo adulto- sencillamente no tenían cómo comprenderse en tanto víctimas de un crimen encima perpetrado por personas que debían cuidarlos, no vejarlos.
Para poder comprender, procesar, verbalizar lo vivido se necesita tiempo. En muchos países democráticos se ha escuchado la voz de los sobrevivientes y valorado la evidencia científica –médica, neurobiológica, psicológica- que explica lo imprescindible de ese tiempo en experiencias que quizás todavía no podemos dimensionar completamente.
El tiempo sometido, devorado por el abuso: niños y niñas de 8 años que desde los 4 han sido abusados, la mitad de sus vidas. O durante infancias y adolescencias completas, hasta poder escapar de la tutela del abusador. Otras víctimas murieron o se suicidaron luego de una violación (y decir “una, uno” es decir todo). No hay métrica, no hay calendarios exactos aquí. Sobre todo, porque la historia de abuso sexual nunca comienza con la primera vulneración, ni termina con la última. Su tiempo es difícil de definir con exactitud (y dolorosamente infinito para los niños); siempre más largo que la suma de transgresiones y/o períodos durante los cuales el daño gobierna el cotidiano de las víctimas.
El silencio, la intimidación, sociedades ausentes, la prescripción. El perpetrador siempre ha contado con tiempo. Afila su energía, la voluntad de daño. Para los niños, mucho antes, el paisaje se tiñe de una carga vulneradora, confusa. El peligro establece su presencia, se abstiene, agita, espera. Todo ese tiempo ya le pertenece al abuso que ha comenzado a robarse la vida. Sin un final exacto. Sin que las víctimas, por años, puedan dictaminar con certeza que el último evento abusivo haya sido en efecto “el último”. La última violación. Pero ningún “último” aquí, sirve.
El trauma del ASI tiene otros ciclos; el dolor no tiene vencimiento, se ha repetido hasta el cansancio. Durante meses, años, incluso décadas, mujeres y hombres sobrevivientes reportan vivir con la sensación de que no pueden “cantar victoria”; ni desprenderse de un sentimiento de sombra, temor, de asalto posible (siempre más profundo en la impunidad de sus abusadores, y hasta su permanencia en redes cercanas). Para muchas víctimas, nunca llega a existir un “a salvo”, y “a merced de” siempre serán las tres palabras más tristes del mundo.
Derecho al tiempo nunca fue, nunca será demasiado pedir. Tampoco que ese derecho sea igual para todos los sobrevivientes de ASI, sin dejar a nadie fuera. No podemos prolongar tanto sufrimiento. Y seguir negando pleno acceso a justicia es negar también la posibilidad de reparación íntegra. Revictimizar. Agravar el estupor cuando al daño del abusador, se suma el daño o el abandono desde la democracia, las leyes, los sistemas y procesos de justicia que siguen actuando en desmedro de las víctimas.
El tiempo es el tiempo. Cancelar sus límites –por justicia, por humanidad- debe ser hacia adelante y hacia atrás. Ésta ha sido la demanda de sobrevivientes de ASI, legisladores, fiscales y la sociedad civil en diversos estados de los EEUU, desde antes del reporte de Pennsylvania, y ahora, con mayor ímpetu y apoyo de autoridades y ciudadanos; con mayor impulso amoroso, sobre todo (y la indignación también viene del amor, no la turba). Al movimiento civil por la reforma del SOL (plazos de prescripción), a quienes lo han liderado en cada estado, a CHILD USA, a Marci Hamilton, todas las gracias del mundo.
El reporte de Pennsylvania ha despertado a muchos en la resolución de garantizar (siempre puede haber una forma) la justicia antes denegada a los sobrevivientes –en la prosecución de las acciones penales y/o civiles que correspondan-, sin exclusión de casos ya prescritos. Es justo y es cuerdo que abusadores asuman la responsabilidad por sus crímenes. Y es justo que los sobrevivientes no sigan llevando la carga completa y el costo de todos los daños sufridos. En lo penal, lo civil, en toda forma posible, la justicia debe abrirse y acoger a todas las víctimas. Pero además las sociedades necesitamos conocer sus denuncias y la información crítica que pueden aportar a las policías, autoridades, instituciones que trabajan con niños, la ciudadanía, para saber quiénes han sido abusadores, cómplices y encubridores. No podemos prescindir de ningún apoyo en el ejercicio del cuidado y el autocuidado social.
(Dónde preferimos vivir: el abismo o un hogar, bajo desperdicios y cenizas o en la aldea de todos).
“No gracias señores de la Onemi, no queremos saber que se avecina un terremoto ni un tsunami ni la erupción de un volcán, aunque nuestra ignorancia nos cueste la vida”. Impedir la denuncia del ASI mediante la prescripción ha sido el equivalente a un “no gracias, no queremos saber de abusos ni víctimas ni de agresores sexuales de niños que viven entre nosotros, porque en realidad no tenemos mucho interés en proteger a nadie”. Suena descabellado, pero no encuentro otra manera de traducir la disonancia. La borrasca del corazón, del instinto mamífero. De la racionalidad. Racional habría sido protegernos antes. Racional es no perder más tiempo para que leyes protectoras completen su trámite y entren en vigencia.
En Chile, vivimos un momento histórico. La ley de #derechoaltiempo, apoyada por el gobierno y aprobada en lo general y por unanimidad en el Senado de la República el pasado mes de julio, se encuentra en la fase de revisión de indicaciones durante septiembre, muy cerca de completar su paso por el congreso y ser promulgada.
La imprescriptibilidad ya fue reconocida como un valor y una urgencia. Necesita ahora expresarse de forma íntegra, sin restricciones o sujeciones perversas (como hace algunos años, en el estado de Ohio, en EEUU, donde se intentó condicionar la acción civil a los resultados de la acción penal, y el rechazo social fue unánime). Las respuestas a las preguntas y puntos pendientes deberían ser sencillas si ya se ha establecido lo fundamental. Si ya hemos tomado posición como país en favor de las víctimas y sobrevivientes, y no del abuso. En favor del cuidado de las nuevas generaciones, no de su desprotección (y una vez más, por favor: plan nacional de cuidado y prevención ASI en todas las comunidades educativas. Podemos hacerlo pero concertadamente, familias más escuelas más barrios más instituciones….y así).
¿Qué nos cuida más, qué nos descuida? Que esas distinciones lúcidas guíen las voluntades de nuestros legisladores en este tramo final para poder contar con la mejor ley de #derechoaltiempo. Otros países han demostrado que es posible (recordemos las ventanas penales y civiles de retroactividad para casos de ASI, en EEUU). Las leyes pueden respirar, crecer. Pueden transformarse para no disociar más el ejercicio de derechos humanos, del cuidado ético. O del amor, el deseo profundo por una existencia vivible, buena. Cualquiera su definición, es con esa energía que llegamos hasta aquí. Con ella, capaz de dar alas a las rocas y hacer que les brillen los ojos: los pasos que nos quedan. El tiempo de la vida. Y la vida entera.
“He ahí el mar/ El mar abierto de par en par/ He ahí el mar quebrado de repente/ Para que el ojo vea el comienzo del mundo/ He ahí el mar/De una ola a la otra hay el tiempo de la vida”. Vicente Huidobro.
En clave mamífera, humana, protectora, dispuesta a prevenir y detener daños, a reconocer vulnerabilidades, es casi imposible no notar el aire enrarecido en estos días.
A cierta edad tenemos la capacidad de distinguir entre claridades –seguridad, riesgo, buen trato, maltrato, amor, no amor- que nos ayudan a orientarnos, a decidir cómo querríamos vivir, y cómo no querríamos.
A cierta edad, también, podríamos tener la capacidad de distinguir entre heridas accidentales y deliberadas. La indiferencia, la negligencia, la omisión de otros que sufren, son formas de herir y son deliberadas.
Desde que se anunció la visita del máximo líder del Estado Vaticano –entre confusiones acerca del carácter político o pastoral del evento- el malestar ha mutado semana a semana. Ciudadanos, felibreses, pacientes, sobrevivientes. Tanto sufrimiento que ha sido ignorado deliberadamente. Barrido bajo la alfombra que recibirá a Francisco I. Corresponsable de abusos sexuales.
Evitar sufrimientos que sí sean evitables. ¿Es acaso tan difícil situarse desde esa disposición, tan sacrificado pensar en las víctimas de abuso sexual?
Aunque desconocemos las cifras completas de abuso infantil –sexual, psicológico, moral– a nivel mundial y por denominación religiosa (ni monjes budistas ni hindúes se eximen, y la propia Madre Teresa jamás intuyó los abusos cometidos por su consejero espiritual, el sacerdote Donald McGuire), sobrecoge y escandaliza su alcance en la Iglesia Católica, así como la feroz indiferencia que ésta ha demostrado. ¿Cómo puede hablar del amor de Cristo, o de nadie? Aquí no. Quizás en otras esferas. Pero aquí NO
No quiero volver a lo que ya sabemos: las estadísticas inasimilables de cientos de miles de niños, niñas y jóvenes abusados sexualmente por miles de religiosas y sacerdotes (en Australia, durante 2017 se compartió un informe que cubre 90 años de abusos y señala, por ejemplo, que las víctimas demoran un promedio de 33 años para poder verbalizar lo vivido, y que uno de cada catorce religiosas/os ha cometido abusos).
Tampoco debería hacer falta repasar las incontables y vergonzosas estrategias de silenciamiento y ocultamiento de información en las que han incurrido integrantes de diversas diócesis y de las más altas autoridades eclesiales (en Bélgica, el 2010l, la policía llegó al extremo, muy desesperado, de buscar documentos en tumbas y ataúdes de obispos). Los datos –aunque incompletos- ya están disponibles hace mucho, han sido validados, reconocidos hasta por el propio Vaticano ante las Naciones Unidas, y a contrapelo, por autoridades locales también.
Pocos podrían decir que no saben. Es una manada de elefantes en medio de toda habitación. Nos aplastan.
Si algo he aprendido del trabajo de dos décadas ya en la esfera del abuso sexual infantil, es que la distracción, el desconocimiento, son una desventaja tanto en nuestra experiencia reverente ante la vida, como en nuestra capacidad de respuesta ante el horror. No querer ver, no poder ver, desistir de ver, “hacer la vista gorda”, invalidar lo visto: conjuguemos de mil formas las ausencias pero al final del día, no olvidemos que siempre habrán sido ellas las responsables de tanta salvaje y triste herida en cuerpos inocentes.
“No saber” ya no es el problema, sino qué hacer con lo sabido. La claridad no es sólo una secuela del abuso sexual (luego de años de aprender a distinguir qué, quién cuida, y quién abusa). La claridad es asimismo una secuela cuando escuchamos –a otro, a nosotros mismos- y nos abrimos a verdades cruciales, transformadoras. No quedamos intactos. Podríamos auto engañarnos después, elegir conscientemente negar aquello conocido, escuchado, pero intactos: ya no.
¿Cómo respondemos en presencia de esas verdades? ¿Damos crédito y apoyo a quienes han rendido testimonio? ¿Solidarizamos? ¿Seguimos como si nada? ¿Qué nos está pasando? No se entiende. Quizás no quiero entender
Los estragos insoportables, el consenso en torno a violaciones de derechos humanos graves, como el abuso sexual infantil: ¿qué insumisión y qué amor por la vida desentrañan en medio de tanta mentira y confusión con que se intenta desdibujar estos delitos? ¿Qué contradicciones maravillosas, y hasta dolorosas, movilizan nuestros cuerpos en defensa de lo cuerdo, lo vital?
No basta condenar esporádicamente los hechos y luego dejar la carne ciega, la piel, el alma vendada. Fugarse, y más tarde condonar nuestras ausencias. Veo los afiches por la ciudad “mi paz les doy” y no puedo mirar hacia el lado ni permanecer indiferente. No es un estímulo neutro. No son palabras ligeras. ¿De qué paz me hablan?
No hay paz cuando un país festeja haciendo “como si” desaparecieran víctimas, abusadores y cómplices (en su mayoría libres). Tantas consecuencias de un daño no asumido todavía, y que por momentos pareciera flotar en el espacio –como si sus agentes fueran fuerzas sobrenaturales, o habitantes de otra dimensión-, ajeno a la Iglesia y las manos que lo perpetraron.
Francisco habla de coherencia, pero puede desdoblarse, negar abusos, decir una cosa y hacer otra, velar u homenajear a perpetradores y encubridores de crímenes, mientras abandona o desprecia a las víctimas. Es confuso. Es demasiada disociación. Hace mal.
Nos confunden, como en tantas historias de violencia y perversión psicológica donde se termina convenciendo a las víctimas de ser “culpables de algo”. Algo que las hizo “merecer” uno o más vejámenes por los que “reclaman” injustamente, “majaderas, quejosas, inestables”. Por estos días no faltan quienes acusan resentimientos, actitudes profanas o desquiciadas en sobrevivientes de ASI eclesiástico y ciudadanos -católicos también- que se resisten a participar acríticamente de la visita papal; que no pueden dejar de resonar con el espanto que sigue develándose.
En Chile estamos recién conociendo los testimonios de víctimas de los maristas. Francisco I insultó a feligreses de Osorno –mil veces gracias por no sucumbir, por insistir- quienes desde un comienzo rechazaron el nombramiento de un obispo involucrado en abusos. El Papa defendió su inocencia y hoy sabemos -gracias a una carta filtrada por la prensa- que estaba en pleno conocimiento de sus faltas (ver nota).
Los acontecimientos se van tomando las calles (que sigo añorando vacías y llenas de cercos blancos sin propósito), las ciudades, la prensa, el ánimo de una parte importante del colectivo. Mientras todo esto acontece, mujeres, hombres, jóvenes, sufren y recuerdan lo que padecieron de niños y adolescentes a manos de “representantes de Dios”, o de cualquier abusador/a.
Alguien me dijo hace unas semanas “ustedes –víctimas y profesionales de la esfera del abuso- están arruinando el momento, despertando odiosidades, por último si la gente no quiere ver es su prerrogativa”. Pero la resistencia no es caprichosa ni malintencionada, ni es contra un papa, una religión o una visita de Estado simplemente.
La resistencia es contra el abuso sexual infantil crónico, organizado, avalado por instituciones (y podrían ser religiosas, políticas, del Estado, como el caso de Sename) que siguen ignorando y descuidando a quienes ya vulneraron, mientras sí protegen a sus abusadores. Participar de esa energía, así fuera por una hora, me parece no menos que colusión, que endoso. No podría. Y duele ver que todavía tanta disociación sea posible en nuestro país.
Un país que cuida necesitaría considerar –para evitar- las posibles heridas que la negación de justicia inflige a sus ciudadanos. Un país que quiere actuar justamente, debería considerar las necesidades y demandas del cuidado como un asunto central de su vida y de su democracia. No hay justicia, trato justo, sin cuidado.
“Que los niños vengan a mí”, pero no para abusarlos. Esas palabras que vuelven y vuelven
Me sirve mirar con ojos de cotidiano, casi domésticos, para cuidar, para no perderme. Si supiéramos de un vecino que ha sido responsable, cómplice o encubridor de abusos sexuales a niños y jóvenes, ¿lo invitaríamos a comer a nuestro hogar, con nuestros hijos?, ¿le permitiríamos salir con ellos sin nosotros, medio día, o media hora? NO. Sería descabellado.
Tampoco incurriríamos en gastos millonarios para un festejo equis, si tenemos otras deudas, o imperativos como gastos médicos de nuestros hijos, de padres ancianos, en nuestras familias. El desembolso para la visita papal pudo venir del Estado (laico) o sólo depender de aportes de privados. Cualquiera su procedencia, el hecho es que se han destinado miles de millones de pesos a la realización de una sola actividad, sin segundas consideraciones frente a necesidades vitales que tenemos como país: la situación infernal en Sename, la salud de la niñez, el suicidio infantil, la pobreza y hacinamiento en la infancia temprana. No sería insensato haber esperado que el propio Francisco I, ejemplarmente, nos hubiese propuesto, o emplazado como país, a destinar lo que cuesta su visita en favor de los más pequeños o los más necesitados.
Aunque sean excesivos, los costos materiales siguen siendo muy inferiores a los costos morales de esta visita. Ahí no hay cómo realizar estimaciones (y es inconcebible que no haya cruzado por la mente de ninguno de los creativos que organizaron esta actividad). ¿Importa?
Sigo preguntándome, como muchos, si era la visita del Papa algo constructivo a propiciar, lo más saludable cívicamente. ¿Una necesidad nacional?. La presidenta señala que es un honor para ella presentar a Francisco un Chile más justo e inclusivo. ¿Es que olvida a Sename? ¿A las víctimas de ASI eclesiástico? ¿A los 53 niños y niñas que diariamente viven abusos sexuales en nuestro país, todavía? Tanto el Estado Vaticano como CHile suscribieron -el mismo año- la Convención Internacional de derechos del niño. Ambos son imputables, de ambos es exigible el cumplimiento de compromisos de justicia y cuidado, indivisiblemente.
Mientras más envejezco, más respeto me provocan las palabras, más asombro, más pudor en mis intentos por valerme de su ayuda. No entiendo de qué “honor” hablan nuestras autoridades, menos cuando muchas de ellas han construido sus trayectorias políticas y de vida en torno a “la defensa de los DDHH”. ¿Dónde está aquí esa defensa?, ¿su consistencia?
Nada en relación al abuso sexual da para celebraciones en un país donde una y otra vez hay que sobreponerse a la frustración de que los mayores dolores infantiles sean tratados con una negligencia que se ha ido volviendo patéticamente esperable.
Sumando tensiones a nuestro sentido común, se ha publicado esta semana un registro nacional de 80 sacerdotes, religiosas/os (no más “hermanas”, “hermanos”, por favor) y diáconos denunciados por abusos sexuales (ver aquí la nómina y las fotografías). No están todos los nombres, pero nos debería permitir dimensionar –así sea en una mínima parte- la magnitud de los daños, y de nuestras omisiones, todavía (de otro modo nadie estaría en ánimo de festejo).
Espero que como cualquier registro de ofensores sexuales, el de la Bishop Accountability permita a tantas víctimas que aún no pueden hablar, reconocer a sus abusadores en la lista y encontrar la fortaleza y el apoyo para realizar sus denuncias. Espero, asimismo, que no sigamos leyendo equívocamente estas trasgresiones como “debilidad” sino como delitos resultantes de patrones de conducta que se han perpetuado en la Iglesia Católica. Espero, sobre todo, que nosotros adultos pongamos grabemos esos rostros y protejamos a nuestros niños y niñas con la mayor atención. ¿Qué ha dicho el Estado de Chile ahora que esta nómina es nuevamente pública? Nada.
El aire enrarecido del que hablaba al comienzo, es más que la soledad de muchos en el país que nos vio nacer: es la constancia sofocante de tanta impunidad en relación al abuso sexual infantil. Esta impunidad en tiempo pasado y presente que parece ser siempre menos importante que otras que sí se declaman “intolerables”. ¿Cuánto ha demorado, cuántas objeciones insidiosas ha enfrentado el proyecto de ley #derechoaltiempo, por ejemplo? Los plazos de prescripción del ASI sólo benefician a los abusadores y su impunidad.
La impunidad es la segunda pluma con que se escriben innumerables historias de abuso sexual infantil (la pluma principal es el horror). Miles recordamos años de años siendo testigos del afecto, admiración y confianza ciega que se prodigaba a nuestros abusadores: “qué buen padre/madre, qué abuelo/a más tierno, qué excelente marido, qué apoderado más colaborador, qué profesor más destacado, qué sacerdote más bondadoso”. Desde un código intraducible, intentábamos dar señas de una historia distinta de la oficial; desenmascarar la contradicción espeluznante: esa capacidad de lastimar, tan desmedida, de personas de quienes dependíamos y que contaban con nuestro afecto (más allá de cuán sórdidas y crueles se hubiesen revelado ante nosotros).
“No es quién ustedes creen”, “no es cómo ustedes dicen”. Esa rebelión íntima, cinco palabras repetidas al infinito, en tantos lugares y situaciones (silentes, pero a todo volumen en lo más profundo del cuerpo), son las mismas palabras que podrían describir una sensación visceral, abrumadora, que se reactiva viendo cómo se despliegan homenajes o agasajos a personas o grupos que han ocasionado daños inenarrables.
Aferrarse a la cordura a como dé lugar. Entender que esto no tiene nada que ver con “el amor al prójimo”. Nada.
Una paciente, muchos años atrás, enfrentó uno de sus más graves relapsos traumáticos con ocasión de la muerte de su abusador y de la concurrencia de toda la familia a su funeral. Y sí: todos sabían de los abusos. Traición del amor, del cuidado. Ni de niña ni de adulta hubo solidaridad. Ella fue la única que se restó de la despedida. El abusador, jamás pasó un día en la cárcel, o en tribunales siquiera. Después de la develación, nadie lo encaró, nadie le quitó el saludo ni dejaron de invitarlo o de permitir que otros niños pasaran tiempo con él. Nadie…nada. A la víctima, en cambio, le reprocharon su “falta de perdón”, su “quedarse pegada” en el tiempo. Después del funeral, ella rompió con su familia extendida. “Puedo perdonar, pero no puedo seguir con ellos”. Cómo no entenderla.
Una puede abrirse al perdón no como sinónimo de exoneración, olvido, o reconciliación, sino como una forma de liberación. Pero una cosa es la reflexión sobre lo inexpiable, o el perdón a nuestra condición humana inescapable, o la contemplación de diversas versiones de una persona (quien para algunos fue verdugo, para otros fue “ser querido”, capaz de “buenas obras” inclusive), y otra muy distinta es la renuncia a la consciencia personal, al autocuidado.
Si alguien sufrió de cáncer, no va de paseo a Chernobyl. Y Si alguien sobrevivió un terrible accidente automovilístico, no le regalamos entradas para ver carreras de fórmula uno o cuatro o mil (soy una ignorante en materia de autos). El sentido común nos ayuda a protegernos, a prevenir daños, a mitigar secuelas con afán de repararnos, de ayudar a restablecer equilibrios, lograr justicia, no olvidar a otros.
Conozco a una señora en EEUU que tenía una foto de Juan Pablo II autografiada (lo conoció en persona) en la entrada de su casa. Cuando Francisco I visitó el país, me contó que el retrato estaba en bodega. “Son demasiadas las víctimas”, demasiada la ignominia. Gesto pacífico de reproche, de cuidado ético.
Luego de los abusos que comenzaron a develarse desde fines de la década de los ochenta, en EEUU se han cerrado capillas, colegios, el diezmo se redujo a niveles siderales y se dejó sentir la mengua en la feligresía así como el reproche ciudadano a una Iglesia que todavía parece más empeñada en ocultar y negar sus patrones de conducta más destructivos (ver “El abuso nuestro de cada día”). Quizás no le importa, o no lo suficiente, que la continuemos asociando con “abuso sexual”, “redes de pedofilia”, “perversión”, y “peligro”. Porque es un peligro convivir con instituciones que habilitan abusos y a abusadores (que mayoritariamente siguen en el sacerdocio o bien gozando de prolongados períodos de “retiro espiritual”).
¿Qué consecuencias ha enfrentado la iglesia Chilena, los abusadores, sus encubridores? ¿Qué cambios radicales ha vivido en su ética del cuidado para con las nuevas generaciones? Todavía no existe obligación de denunciar los abusos definidos como “debilidad”, “pecado o acto impuro” y no como el crimen y vulneración de DDHH infantiles que son.
No es toda la Iglesia, por cierto. Pero aunque reconozcamos un trabajo que sí refleja los valores de la compasión, el auxilio, el amor al prójimo, y valoremos a comunidades de personas justas y lúcidas –sacerdotes y religiosas también-, todas ellas no alcanzan para revertir los daños ni para devolver la confianza, o para impedir nuevos abusos. No alcanzan.
“Se necesita de toda una aldea, todo un pueblo, para criar a un niño”. Para abusarlo también: inolvidable el refrán africano y las líneas del film Spotlight. Podríamos agregar, todo el tiempo, “para hacer justicia, para ayudar a reparar, también se necesita de todo un pueblo”.
Lucha sorda entre las heridas y el peligro, estos días. Las células vivas, la vida, su compañía infatigable. La rebelión, el disenso, la desobediencia con una realidad imposiblemente festiva: no es amargura, no es resentimiento, sino todo lo contrario. Se lo he dicho a varios pacientes y sobrevivientes con quienes hemos conversado estas semanas: el ruido interno es una invocación de amor a la vida, a la vida vivible, a la restauración del orden después del daño. Al autocuidado.
La reparación pasa por restituir un sentido de eficacia o agencia personal, de poder (autogobierno, autocuidado, una vida preferida), de seguridad consigo y en relación a los otros y al entorno. Un principio o cometido ineludible de las intervenciones terapéuticas en violencia sexual es que el cuerpo pueda aprender que el peligro ha pasado y vivir en la realidad presente, sin la constante sensación de indefensión, de “a merced de”, o de que el abuso sexual poco y nada importa. Ni sus heridas.
La herida moral del abuso sexual y otros traumas no necesita ser escarbada ni puede ser borrada a punta de papel lija o ácido. No por su carácter “moral” o “psicológico” se puede descuidar: rasmillarla, pasarla a llevar, se siente en todo el cuerpo (que codifica el ataque, ineludiblemente, en clave física). Ahí la memoria.
Un neurobiólogo escribió “recordar no es menos que re-encarnar”. Para sobrevivientes de trauma severo, las señales de peligro –que para otros hasta pasarían desapercibidas o pueden ser irrelevantes- pueden desencadenar estrés tóxico, irrupciones dolorosas de la memoria, sin que la señal necesite ser semejante o comparable a algún dato o detalle de la propia historia: basta que algo se sienta amenazante para la integridad (rota muchas veces, reconstruida otras tantas).
El sufrimiento psicológico activado -una vez más- no cederá hasta que el riesgo de desintegración desaparezca; hasta que un sentimiento de seguridad pueda ser recobrado de alguna manera. ¿Necesitamos explicar más?
Seis mil millones de palabras dicen que existen en el mundo y todavía faltan tantas (para el amor, la belleza, el tormento, las pérdidas). No habrá jamás cómo explicar todo; cómo anticiparnos o contener todo. Nunca contaremos con relatos realmente completos del abuso sexual. Nadie quiere escucharse, ni en el fondo de su alma, detallando todo lo vivido, y las versiones, de alguna forma, siempre rasarán lo telegráfico (en comparación al volumen real de la experiencia). No hay un idioma para traducir el cuerpo violado. No hay cómo describir lo que es vivir en ese cuerpo algunos días.
Me cuesta escribir, decir. Son días rasantes en la alexitimia, el silencio, el desconcierto de una memoria que rechaza procesar la imagen y presencia de un pontífice, obispos, tantos otros que acompañarán sin mayor contrición. Podrían encarnar a todas, todos los abusadores en esta hora.
Querría equivocarme, sorprenderme, y alegrarnos juntas en unos días por la noticia de algún gesto verosímil -y con soporte en actos concretos- que comience a dar cuenta de una sensibilidad y voluntad por fin diferentes e ininterrumpidas, de parte de la Iglesia en relación al abuso sexual. La esperanza es cauta. Escasa. Pero si no hay gestos de la Iglesia o de su líder, entonces sueño que ojalá seamos nosotros los que contribuyamos a escribir un guión más conectado con la realidad, sin disociaciones, sin negaciones, durante estos días.
Las presencias, los gestos, los actos de apoyo a las y los sobrevivientes -no creamos que nada es pequeño o demasiado modesto-, una palabra, todo suma. Todo puede ayudar a sanar, a reescribir este tiempo, a desacatar tanto daño, con ojos claros, con amor a firme.
Soy pésima para recordar autores (desde joven), pero no olvido versos, frases radicales, capaces de cambiar un momento o la vida de ahí en adelante. Alguien dijo, una mujer estoy casi segura, que si bien no podíamos “causar” la luz, al menos podíamos tratar de situarnos en la trayectoria de su haz. La rebeldía estos días, es cuidar ese lugar: en medio de la luz…en medio de nuestra cordura
(inconcluso)
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Lecturas complementarias, abuso sexual infantil e iglesia
1. La mala espera , 2014 (patrones de conducta y dinámica ASI eclesiástico)
2. Guiar pero en serio, 2015 (crítica a protocolos de denuncia de abuso sexual, iglesia de Chile)