“La ley chilena que declaró imprescriptibles los delitos sexuales contra menores en 2019, marcó un hito al reconocer a las víctimas un derecho vital: el tiempo para enfrentar el trauma. Las violencias sexuales, con frecuencia silenciadas durantes años, exigen un espacio para comprender, procesar y hablar. El concepto de “derecho al tiempo” elaborado por Vinka Jackson surge como una forma de asegurar el respeto a procesos individuales, permitiendo la reparación y el relato ante la justicia cuando las condiciones psicológicas estén dadas, sin importar los años que hayan transcurrido. “Derecho al tiempo: trauma y ética del cuidado” es una dedicada y valiosa reflexión en la que su autora -psicóloga y sobreviviente- promueve una posibilidad de gestión reparatoria colectiva con el propósito de apoyar la reconstrucción tanto personal como comunitaria, mediante el cuidado ético y con especial atención en las nuevas generaciones”
Comienza marzo, el año escolar, “el año” en realidad para todo y todos. Es una buena noticia partir este ciclo con la campaña “Cuidemos la Infancia”, organizada por Fundación Viento Sur en Chile, que ha convocado a organizaciones sociales, la comunidad, la ciudadanía, a sumarse en un cometido por la niñez, su bienestar, su desarrollo pleno, su protección y la prevención de abusos y violencias infantiles.
En 2022, la Defensoría de la Niñez compartió que un 62% de los niños y niñas en Chile viven violencias. Todavía, a diario, entre 50 a 75 niñas, niños y adolescentes sufrirán abuso sexual. En este siglo, cuesta continuar asimilando números que no son números, sino vidas de seres humanos pequeños y jóvenes, niñas y niños de hoy, y no olvidemos a los de ayer.
No sabemos en realidad cuántas personas adultas sobrevivientes de abuso sexual infantil viven hoy en Chile, o en el mundo. Pero cada año tomamos conocimiento de denuncias de víctimas que aun impedidas en su acceso a justicia debido a los plazos de prescripción, han compartido sus experiencias. Sobre todo, como una forma de llamarnos a despertar y a sostenernos activos en la prevención de estos abusos.
Con las nuevas generaciones sí podríamos llegar antes, evitar estos sufrimientos evitables, o detectarlos tempranamente, si realmente existe un mundo adulto atento e involucrado (lo han repetido hasta el cansancio organizaciones internacionales de salud pública). El mejor programa educativo o campaña de prevención “no será exitoso si no cuenta con la participación de los adultos y la comunidad” (CDC, EEUU).
“Cuidemos la infancia”, desde su plataforma digital para la comunidad , y en las actividades (una cada trimestre) que impulsará este 2023, aspira a nutrir ese esfuerzo colectivo, transversal, donde cada uno y todos podemos -con nuestras distintas historias, oficios, edades, sueños en común o disensos- encontrarnos igualmente en el cuidado. It takes a village, otra vez. Una y mil veces.
En abril, Mes internacional de la prevención del abuso infantil, se desplegará en CHile por primera vez la campaña de de los remolinos azules. Ya les contaremos más. Por ahora, invitarles con mucha esperanza, a visitar el sitio web www.cuidemoslainfancia.cl donde es posible encontrar una serie de recursos e información para familias, educadores, y la comunidad. Como parte de Derecho al Tiempo, tuve el honor de poder colaborar y redactar, entre otros contenidos, esta guía sobre abuso en el mundo digital y recomendaciones para su prevención :
ABUSO INFANTIL Y EL MUNDO DIGITAL
Un aspecto muy importante del cuidado y de la prevención de abusos infantiles está relacionada con el uso de tecnologías e internet. El progreso tiene muchos aspectos positivos e internet es una herramienta que, bien usada, puede ser un gran apoyo para aprender, crear, desarrollar talentos, fortalecer actividades escolares, y vínculos entre niños también, etc. Pero asimismo entraña desventajas y riesgos.
Muchos de nosotros hemos conocido casos relacionados con la exposición temprana a internet y el acceso accidental de los más pequeños a contenidos inapropiados para su edad –violencias, pornografía, inclusive imágenes o videos de niñas/os siendo abusados sexualmente, transmitidas en internet- y que pueden impactar seriamente el desarrollo infantil. Continuamente sabemos de experiencias de acoso, agresiones o cyberbullying sufridas por niños y adolescentes vía redes sociales, algunas, con desenlaces terribles.
No es fácil como padres y madres estar en todo, y el mundo digital puede percibirse abrumador, pero en colaboración con la escuela, otras familias, podemos cuidar mejor. Dejar solos a los niños y niñas frente a este desafío, aunque suene muy duro, podría entenderse como una forma de negligencia que puede causar gran daño.
Cada día la tecnología avanza a pasos agigantados, y aunque ya era parte de la escuela, con la irrupción de la pandemia de Covid y la educación online, el acceso al mundo digital ha mucho sido más rápido e intensivo para las nuevas generaciones. Como papás y mamás quizás sabemos menos que nuestros hijos, pero aun sin ser expertos tecnológicos, podemos ser capaces de acompañar la experiencia de nuestros hijos lo mejor posible.
Algunas recomendaciones básicas que quizás ya conocemos, pero que vale la pena recordar:
Tomar decisiones como familia o padres/madres en relación a cuándo, cómo, y bajo que reglas habrá acceso de dispositivos e internet para nuestros hijos. Conversar continuamente en familia sobre la importancia del cuidado y autocuidado en el mundo digital.
Proteger la privacidad de nuestros hijos, y también de nuestra familia: no compartir datos personales, dirección, teléfonos, el jardín o escuela a la que asisten nuestros hijos, etc.
Como adultos, evitar exhibir a niños y niñas en redes, abstenerse de publicar sus fotografías y si es necesario o inevitable hacerlo por algún motivo, entonces cubrir los rostros de los niños.
Demorar cuanto sea posible el acceso de niños y niñas a dispositivos, internet, y participación en redes sociales. A pesar de que esto es muy sabido, no es infrecuente ver a bebés con celulares en la mano –como un medio para entretener o “calmar”- y a niños pequeños viendo youtube, tiktok, o creando sus propias cuentas sin tener la edad mínima exigida por las propias plataformas.
Respetar edades recomendadas por los propios creadores de tecnologías, aplicaciones, plataformas de redes sociales, para el acceso de adolescentes.
Presencia y acompañamiento, enseñar: igual que cuando aprendieron a caminar, cruzar la calle, usar ciertos objetos, en el mundo digital también los niños necesitan de nuestra presencia y de tiempo para aprender.
Siempre, nuestro ejemplo es lo que más deja huella (cuánto pasamos conectados a internet, o si somos capaces de concentrarnos en otras actividades sin estar pendientes del celular, etc.).
Poner atención con nuestros propios teléfonos o dispositivos, dónde los dejamos, si quedan o no al alcance de los más pequeños, qué tenemos en nuestros historiales, etc. Hay incontables ejemplos de niños que han sido expuestos accidentalmente a contenidos traumatizantes
La exposición temprana y excesiva puede terminar causando trastornos en el desarrollo infantil, el aprendizaje, la salud mental; un aumento de conductas de riesgo, y un peligro real de victimización (por adultos predadores sexuales que irrumpen en juegos, chats, etc).
Si hay un computador en el hogar, ubicarlo en un área visible, no en dormitorios de los niños (lo mismo corre para la TV). Si hay tablets o celulares y niños son autorizados a usarlos, acompañar y supervisar su uso. Los celulares se retiran antes de dormir y durante la noche, la carga de baterías se sugiere que sea en un área sólo de acceso adulto (nunca donde duermen los niños).
Conversar con niñas, niños y adolescentes sobre beneficios y aspectos negativos de internet y del uso de dispositivos, y sobre formas de interactuar en redes sociales (cuando tengan edad para acceder a ellas, en la adolescencia).
Definir límites de tiempo, contextos, etc. para uso de dispositivos e internet, explicar por qué (el cuidado), y estar abiertos a ir revisando, dando más tiempos y/o actualizando reglas en conjunto con nuestros hijos/as, de acuerdo a necesidades de cada niño/a y de cada etapa. Es una buena idea, que ha funcionado en muchas familias, hacer una especie de “contrato” (* Aquí un modelo).
Compartir con los niños que hay compañías responsables –celular, internet, redes- y que éstas tienen reglas de uso pues es su deber también proteger a niñas y niños.
Conocer los criterios de acceso a computador, uso de celulares, etc. en los establecimientos donde estudian o participan de actividades nuestros hijos/as; y de casas que suelen visitar.
Revisar en conjunto las aplicaciones (o juegos) que son de interés de los niños, con un criterio previamente establecido y explicitado sobre la decisión -y descarga- que pasa por el VB de los padres/madres
Compartir con nuestra familia extendida (abuelos, tíos, primos, etc) nuestros criterios en relación a dispositivos e internet; y también podemos hacerlo con otras familias de compañeros/amigos de nuestros hijos. No siempre es posible coordinarse todos, pero puede haber respeto sobre las reglas de unas y otras familias en relación a sus niños y es importante conocer esos criterios y comunicarlos (por ej., “mi hijo tiene permiso de jugar estos juegos, estos no”).
Se sugiere no acotar el acceso a internet sólo para temas escolares (tareas): se puede permitir acceso a ciertos juegos, música, etc. y es importante ir aprendiendo a navegar, a distinguir entre información verdadera y falsa, y a interactuar con sus pares.
Es importante compartir con nuestros hijos sus momentos de juego; o buscar cosas juntos en internet, ver experimentos, lugares, cantar etc. Son momentos especiales, y hasta inolvidables.
Enseñar que nadie puede tomarles fotos o videos y menos publicar algo sin pedir autorización a sus padres/madres (una normativa vigente, corre para jardines infantiles, escuelas, e inclusive autoridades). Una buena forma de reforzar esto, es preguntando a nuestros hijos si nosotros –sus propios padres y madres- tenemos permiso de compartir sus fotografías en algunos eventos especiales (protegiendo rostros u otras señas distintivas como uniforme, por ej.).
Recordarles constantemente que siempre pueden recurrir a su familia si tienen dudas, si alguien los hace sentir mal, temerosos, o incómodos, o si sufren agresiones o acoso, o si otro niño (amigos, compañeros) lo está sufriendo.
Es fundamental hablar con nuestros hij@s de estándares de buen trato online y formas no violentas de enfrentar conflictos con sus pares (que pueden darse en chat de juegos, via whatsapp, redes).
Además de advertirles sobre no compartir sus fotos, información personal, contraseñas, etc, es importante decirles que nunca respondan a mails o mensajes amenazantes o agresivos; ni tampoco de personas desconocidas, por “amigables” que parezcan. Es importante hablar de riesgos.
Es muy importante ir recordando y repasando criterios y reglas de uso, felicitando las buenas prácticas y expresando nuestra disposición incondicional a ayudar. Si nuestros hijos/as no están seguros sobre cómo actuar, o sienten que cometieron un error asumiendo riesgos y se encuentran en problemas o sufriendo, deben saber que cuentan con sus papás y mamás.
UNA PREGUNTA MUY FRECUENTE: ¿A qué edad pueden tener acceso nuestros hijos niños a internet, dispositivos como celulares o tablets, o a redes sociales, en suma, al mundo digital?
Hay criterios internacionales y en base a evidencia, que han compartido asociaciones médicas, de salud mental y de protección de la niñez, que recomiendan categóricamente cero tiempo de pantalla hasta los dos años por lo menos. Luego, veinte a treinta minutos (una vez al día, o dos, máximo) para niños hasta 5 años, pensando por ejemplo estimulación de aprendizajes, videos y juegos didácticos. Cada año se puede ir agregando un poco de tiempo, paso a paso, y de acuerdo a la etapa, personalidad, características y circunstancias únicas de cada niña y niño. También hay expertos que recomiendan directamente evitar todo acceso a tecnologías (incluso la televisión) e internet hasta los seis años; otros hasta los 10, y personas como Bill Gates –fundador de Microsoft- que no permitieron a sus hijos tener celulares hasta los 14 años. Pero cada familia es única y distinta, y a veces por diversas necesidades o situaciones, la decisión que tomen puede ser antes de lo que se recomienda, y lo más importante ahí es conversar y establecer los estándares de cuidado y los límites en relación a cómo lo van a hacer.
No es primera vez que, desde autoridades, funcionarios del Estado o personeros con responsabilidad pública, se comparten mensajes revictimizantes para niñas, niños, adolescentes, y también para personas adultas mujeres y hombres que han vivido experiencias de vulneración sexual.
“No pueden quejarse las mujeres [en casos de violación] si han tomado unas copitas de más”, “una niña si está embarazada es porque es apta para ser madre”, “no puede haber imprescriptibilidad del abuso sexual infantil porque las mujeres son vengativas” como escuchamos en directo de un académico de la facultad de derecho de la Universidad de Chile, en tiempos del trámite legislativo por el fin de la prescripción. Son sólo algunos ejemplos, entre cientos de ellos, que habilitan agresiones y abusos sexuales –con o sin intención, pero no cabe como excusa el desconocimiento sobre tramas violentas- de paso justificando posiciones de no-responsabilidad o hasta la propia impunidad de crímenes que todavía hoy, con toda la evidencia acumulada, empeños y millones de personas movilizadas por transformar sociedades violentas, siguen arrasando las vidas de miles de humanos niños y adultos.
En Chile, las recientes declaraciones de un autoridad municipal, el concejal Iván Roca (UDI), inculpando a víctimas y potenciales víctimas de abuso sexual infantil, y relativizando daños y responsabilidades de quienes abusan, nos regresan por la fuerza a la reflexión sobre cuánto en realidad estamos dispuestos, como sociedad, a comprometernos con el cuidado de la niñez y frente a las violencias sexuales. Y cuánta responsabilidad –o accountability- estamos preparados para exigir a nuestras autoridades en este sentido, no importa cuántos años debamos sostener el esfuerzo.
Los abusos sexuales y las violaciones son una tragedia, y se suma al dolor de las víctimas, el de seres queridos y sus comunidades. También la angustia en las familias de quienes son imputados y sentenciados por estos delitos. El concejal Roca tiene a su hijo de 33 años en prisión, por la violación de una niña de 12 años, y es humano que se sienta abatido, pero el estándar esperable y exigible a una autoridad no admite ignorancia y menos desprecio de las leyes que rigen en nuestro país, muy claras en establecer el deber de protección a la niñez, así como en definir qué constituye abuso sexual infantil, junto a distinciones precisas, según edad, entre delitos de violación (hasta los 14 años) y estupro (luego de los 14).
El código penal en su artículo 362, es cristalino: toda relación sexual con un o una menor de 14 años es violación, y es así, porque no puede un ser humano niño o niña ejercer consentimiento a esa edad, menos cuando queda tanto camino de desarrollo evolutivo –25 años requiere la maduración del cerebro- para llegar a la adultez. El consentimiento se define, justamente, como una capacidad adulta.
Perdón que me detenga en esto pero es, creo, fundamental hablar de consentimiento y lo que entraña: manifestación de voluntad, capacidad de discernir y deliberar para tomar decisiones que afectan la propia vida -y de otros-, comprensión de derechos y deberes, y de consecuencias que pueden tener las acciones decididas, entre otros. No se reduce a los Sí y los NO expresados en el ámbito sexual, si bien se suele asociar el consentimiento, principalmente, a este ámbito. Es más, los países definen “edad de consentimiento” como aquella que debe tener una persona para ser considerada legalmente capaz de consentir en una relación sexual. En algunos, puede ser a los 14, a los 13, en Nigeria a los 11 tal como en otros países donde el horror del matrimonio infantil es permitido. En otros, el esfuerzo se dirige a aumentar la edad de consentimiento, a la luz de evidencias científicas.
Existen diversos debates sobre grados de consentimiento, cerca de la mayoría de edad, y hay quienes proponen considerar a los adolescentes como adultos, o con mayor capacidad decisora, próximos al pasaje a la adultez. Hemos escuchado argumentos a favor de reducir la edad para votar, o para que se juzgue y condene a menores de edad infractores de ley, igual que a adultos. Otra línea de defensa, aun más espeluznante, ha venido desde movimientos públicos pro-pedofilia que buscan evitar la prosecución de pederastas. Pero también está la inquietud planteada por ciudadanos comunes y corrientes preocupados porque relaciones entre adolescentes donde el límite entre menor y mayor de edad en jóvenes que tienen, por ejemplo, 17 y 18, resulta problemático. Por eso, en países como EEUU, un número de estados ha adoptado reglas de excepción para quienes se aproximan a la mayoría de edad. Estas disposiciones conocidas como “leyes Romeo y Julieta”, señalan que dos personas adolescentes o jóvenes -donde una es menor y la otra mayor de edad- pueden legalmente tener relaciones sexuales en pleno uso de sus facultades y voluntad, si la distancia entre ellas es es de cuatro años o menos (como regla general). En algunos lugares, se contempla además -para diferencias muy en el límite o superiores a las ya definidas (por ejemplo, de cinco años, 16 y 21), una autorización legal de los padres, madres o custodios de la o el joven menor de edad. Nada de eso existe en Chile. ¿Debería ser contemplado? Es una pregunta que ha surgido en reflexiones de abogados, psicólogos, a propósito de cambios legislativos en otros países.
El concejal Roca, sin embargo, no plantea nada de lo anterior, sino que habla, equívoca y peligrosamente, además, de “relaciones consensuadas” entre adultos -sean hombres o mujeres- y menores de edad, sabiendo que son protegidos por la ley de perversiones como las que caben en su mirada de mundo: un mundo donde el problema no es la violación o las asimetrías y vínculos abusivos entre adultos y niños, sino cuerpos infantiles que se ven “más grandes” y causarían la “tentación” de “hombres que [en fin] son hombres”. En ninguna parte se deja entrever alguna inquietud del concejal por la indefensión, por las violencias sexuales y su impacto, o por las distorsiones que llevarían a adultos (o adultas) de 30 años, como su hijo, a pasar por alto leyes e imperativos éticos de cuidado para vulnerar a niñas de 12, o 14, que están todavía creciendo y construyendo sus identidades en sus mundos de infancia-adolescencia, tan distantes de los tiempos y lugares donde viven y se relacionan emocional, sexualmente personas adultas (con otros más cercanos a su etapa, obviamente mayores de edad).
Si de encerrar se trata ¿no debería dirigirse a otros la moción del concejal ? Tampoco eso aparece en sus declaraciones, revictimizantes para una niña, su familia, y dañinas para el cuerpo social. Mucho más en tiempos traumáticos como una pandemia.
Quizás desconoce el sr Roca –me cuesta imaginar cómo- la realidad del abuso sexual infantil en Chile y el mundo, las denuncias que se publican período tras otro en las noticias, y las múltiples advertencias en relación a conductas abusivas de pederastas solitarios u organizados en redes, algunas en el seno de instituciones que reconocemos como abusadoras crónicas (Iglesia Católica, organizaciones vinculadas a sistemas de protección, organizaciones deportivas, y un largo y desolador etcétera). Espero que alguien lo haya actualizado en estos días, y no sólo a él. Es hora que una diversidad de organismos o colectividades tengan no sólo la aspiración sino la exigencia de que sus representantes puedan realmente estar informados, alineados; más allá de marcos legales o índices de delitos, que sepan o se les pida formación en temáticas relativas al cuidado, al acompañamiento de las nuevas generaciones, a la prevención de violencias sexuales y de toda violencia. En países donde se ha amplificado la educación en desarrollo evolutivo y en trauma, ese sólo hecho ya se recibe en la población con eco humano, de esperanza, o reparador para muchos. “Un país que cuida” no es un mapa por ahí caminando solo y predicando el apoyo a la infancia o los más vulnerables. Somos las personas que lo habitan
Quizás con más información, jamás se le ocurriría a un funcionario público ni a nadie, hacer lo que hizo el sr Roca. Y desplazar la responsabilidad de una violación a las víctimas o potenciales víctimas niñas o niños, o a sus cuerpos, no es una confusión que simplemente pueda adjudicarse al estado emocional del concejal debido a la situación de su hijo de 33 años, en prisión, imputado por violación de una niña de 13 años. Tampoco es un malentendido, su idea de que es admisible un margen de exoneración a vulneraciones cometidas por hombres por el hecho de serlo simplemente, inculpando de paso a las niñas, o a sus familias, y asimismo a todos quienes somos parte de sociedades viviendo tiempos “demasiado liberales”.
El llamado al encierro y control de las niñas -no hay errores de comprensión de lectura-, cual objeto que se guarda bajo llave (como en tiempos de los cinturones de castidad y agradezcamos que el concejal no propone medidas más cruentas), y a una suerte de amparo para los hijos hombres adultos si “se relacionan con menores de edad” (como si eso fuera aceptable), es abusivo. Una perversión del ejercicio de autoridad, y una aberración, en suma, frente a la cual sólo cabe el más categórico reproche.
(Querría también, aprovechando este momento, apelar a los medios para no continuar dando tribuna al concejal y a que los contenidos ya publicados, por favor, vayan acompañados de una muy necesaria advertencia preventiva para víctimas y sobrevivientes de trauma sexual).
Sin embargo, no alcanzarán el reproche o el rechazo, si no se dan además las debidas acciones de rectificación que podrían ser iniciadas con la sanción del concejal, una toma de posición clara de su partido, y la remoción del sr. Roca del gobierno municipal de la ciudad de Lota, de paso anulando su opción de continuar el camino a la reelección.
No es un delito en Chile la incitación al abuso sexual infantil, o su relativización por parte de las autoridades en mensajes públicos que no son sino distorsiones garrafales del cuidado y protección de la niñez, y de los límites que procuran prevenir o bien sancionan vulneraciones sexuales, o cualquier vulneración a la infancia. Pero sigue siendo legal y éticamente exigible al mundo adulto respeto y responsabilidad en la salvaguarda de integridad y derechos de las personas niñas, niños y adolescentes menores de edad.
La Convención de derechos de la niñez y nuestras leyes (aunque no sean todavía marcadas a firme por una ética del cuidado) invocan un respeto por el derecho al tiempo de las nuevas generaciones de cachorros humanos mientras crecen: que puedan transitar sus etapas y terminar de construirse, sin saltos ni asaltos a su ser.
Han pasado unos días y las declaraciones iniciales del concejal sólo han sido empeoradas con sus explicaciones, aun fijas en la dinámica de inculpar a víctimas y potenciales víctimas, y de exculpar a los responsables de abusos sexuales. Por otro lado, aunque no sea sorpresa, enfurece la dilación y negativa de la UDI a tomar medidas, aun valorando y agradeciendo mucho la inmediata reacción de la ex ministra Isabel Plá (y más tarde, algunas declaraciones de otros personeros). Sin embargo, entre comunicados y comentarios más o menos enfáticos u oportunos, lo central es que la reparación no asoma por ningún lado. No todavía.
El concejal intacto, las candidaturas son lo único que prima, y así también nos aproximamos no sólo a elecciones sino a la redacción de una nueva constitución, todavía sin ley de garantías integrales, con una ley de educación sexual y afectiva saboteada, con un sistema de protección que sigue siendo recordado en tiempos de tsunami y dolor pero no en el cotidiano ni en clave de cuidado y florecimiento -cuando mucho en tónica de disminuir abusos y prodigar caridad, distinto a una ética del cuidado y compasión. Es más, todavía tenemos que explicar por qué una de las transformaciones más fundamentales e imprescindibles en la nueva carta magna, es el reconocimiento de niñas y niños como sujetos de derechos, ciudadanos, y personas humanas que, como en otras constituciones se consagra, tienen además la prioridad siempre en todo lo que atañe al sostén de sus vidas, en todo el territorio nacional y en todo asunto de interés nacional.
Espero que luego de las declaraciones del concejal que han suscitado toda clase de reacciones, no pase lo de siempre y vuelva la niñez a su lugar menos visible y audible, o condicionada su presencia a la voluntad del mundo adulto o a las voces de candidatos aspirantes a municipios, constituyente, la Moneda, o lo que sea, que hablarán mucho de la infancia en estos meses, algunos por primera o única vez. Afinemos los sentidos por favor, y démonos tiempo para revisar trayectorias y consistencias antes de dar el voto que en el caso de padres, madres, abuelos, etc., no es sólo nuestro sino que también pensando en los niños y niñas con quienes vivimos.
No escribo sólo como profesional de la esfera del cuidado y la reparación en trauma por abuso sexual. Tampoco me voy a detener en lo que significa a nivel íntimo, como sobreviviente ASI, escuchar las abominaciones declamadas por el sr Roca, casi calcadas de muchas otras que oía en boca del padre incestuoso o su círculo de explotación, en años de infancia y durante la pubertad. Sobre todo quiero terminar estas letras, como mamá de dos hijas, una adulta y una niña de 12 años, y como madre recibo lo que ha dicho el concejal de Lota, así como la defensa que de él hace su partido (la entiendo así y no valen los comentarios condenatorios si se le absuelve en la continuidad de su candidatura), con todas las alarmas activadas en mi ser. Es perturbador, y miro a mis hijas, a la chica y la grande, pero hoy sobre todo a mi hija menor, su cuerpo (suyo, suyo, suyo), sus búsquedas y sueños de 12 años, y es inevitable sentir miedo, un miedo profundo y conocido que no tendría por qué llevar instalado en carne y alma por estos días, a causa de una autoridad (como si no bastara vivir en un mundo patriarcal, abandonador de miles, su injusticia y violencias infligidas de tantas formas).
¿Cuántas mamás y papás se habrán sentido así, cuántas niñas de 12 años, muchachas, mujeres de cualquier edad?¿Cómo se habrá sentido la niña de quien tan desafectadamente habla el sr Roca, exponiéndola y revictimizandola? ¿Cuántos esperamos todavía alguna decencia y actitud justa de quienes tienen en sus manos la decisión de actuar ahora, y corregir? Parece que ni siquiera las elecciones próximas pesan mucho, o es que dan por descontada nuestra memoria fugaz.
Creo en la posibilidad de autoexamen y en los gestos de enmienda y restitución –que víctimas y comunidades agraviadas tienen todo el derecho de no acoger-, y creo en la posibilidad de arrepentimientos y segundas oportunidades (porque soy humana y también me ha tocado arrepentirme y contar con espacio para cambiar y hasta transfigurarme). Sólo insito en que en este caso, como en otros ya vividos, hay señales y actos que no pueden estar ausentes y que deben venir, imprescindiblemente, de autoridades y colectividades políticas, del estado, el gobierno municipal, así como de la sociedad (que es la que mayor resonancia y claridad ha expresado hasta aquí).
Chile ha avanzado en años recientes en leyes tan relevantes como Entrevistas Videograbadas y la Imprescriptibilidad del abuso sexual infantil, e intenta –pese a enormes obstáculos- continuar por ese camino, desde la comunidad, y/o desde el compromiso de parlamentarias/os que han propuesto iniciativas como bases comunes para la educación sexual (ahora en suspensión por 2 años), protección integral para víctimas de ASI, y fin de la prescripción para los delitos de violación (en protección de víctimas de toda edad, niñas, adolescentes y adultas). Creo que necesitamos urgentemente profundizar las conversaciones e instancias donde podamos seguir empujando legislaciones del cuidado, y también donde podamos como familias, barrios, escuelas, comunidades diversas, seguir creciendo. Educando y educándonos. Partir desde la infancia temprana, con la enseñanza y la vivencia de los derechos humanos, del cuidado como una ética de sostén de la vida propia y de unos junto a los otros, aspirando a relaciones humanas no violentas, posibles desde la niñez, y en la experiencia de una adultez desplegada en el ejercicio de consentimientos, en toda relación de naturaleza adulta, en entornos adultos, y entre adultos. Y aquí no sobra insistir ni cabe disculparse por la redundancia.
__
Imagen de articulo sobre programas para niños y niñas de 6to, 7mo y 8vo.
QUERIDOS PADRES Y MADRES: SUS HIJAS E HIJOS CON AUTISMO SON PERFECTOS Niños y niñas con autismo se expresan sinceramente, sin reparar en costos sociales. Lo sé, porque también soy autista.
Estimadas familias, padres, madres de hijos/as con autismo,
Ustedes son los elegidos. Sí, vuestro trabajo es guiar y apoyar a la criatura más dinámica, creativa, honesta y disciplinada del mundo. Felicitaciones.
Ser el padre o la madre de un niño o niña autista significa ser responsable de las necesidades y sentimientos desconocidos de todos. No es una tarea menor. Los niños y niñas con autismo encarnan las sensibilidades y pasiones de sus familiares, amigos, colegas, y amplificadas. Cuando despliegan sus estereotipias (“stimming”) en la fila del supermercado, para aliviar la frustración contenida, o sollozan sin control durante la cena porque no pueden dar con las palabras que expresen lo que sienten, o cuando se concentran en lo que aman durante horas hasta terminarlo, los niños y niñas autistas están desplegando sin vergüenza todo aquello que los demás temen mostrar.
Las personas en el espectro están aquí para vindicar lo que significa ser auténticos y verdaderos. Le dan otro sentido a estas palabras de moda que otros usan para justificar excesos de confianza o sus conductas para llamar la atención. Si logras sintonizar con un niño con autismo, probablemente lograrás sintonizar contigo mismo. Estos niños nunca te alejarán de la verdad de tu ser. Al contrario, te acercarán a ella.
Cuando los niños y niñas con autismo comparten lo que piensan, o se derrumban emocionalmente, o escapan del colegio, o no pueden dejar de hablar de aquello que los obsesiona, puede resultar ingrato y abrumador. Ellos se expresan con una crudeza que puede hacer templar los cimientos de la sociedad. La relación con ellos no es con una persona cuyo instinto social sea la mentira, conformidad o intimidación. Con los niños y niñas autistas es lo contrario –no mienten, no se conforman, no intimidan, no coaccionan- y su experiencia del mundo es mucho más desafiante por lo mismo.
Los niños y niñas autistas están programados para expresarse con total transparencia independientemente de las consecuencias sociales. Esto es muy portentoso y por lo mismo, necesita manejarse con cuidado y delicadeza. Tu niño, niña, necesita de tu protección porque pueden herir susceptibilidades y sentimientos de las personas. Las máscaras y apariencias de las personas, las mentiras urdidas cuidadosamente, no pasarán el escrutinio de una mente autista ni de su emocionalidad sin filtro. Esto es algo muy positivo, aun cuando sea inconveniente y difícil.
El deseo de ser percibidos como exitosos, sociables, y en control, daña a nuestra sociedad y nos separa a unos de los otros. Aun así, es mucho más probable que las personas tiendan a no escuchar o a silenciar a la persona autista que grita por ayuda. Muchas escuelas forzarán a sus estudiantes con autismo a aprender de la misma forma que los demás, en vez de apreciar su originalidad y el valor único de lo que pueden contribuir al aula. Y más de alguien intentará asegurarse de que aquellos en el espectro sean percibidos como un problema para no tener que de detenerse, reflexionar y asumir responsabilidad por sus elecciones y acciones en relación a esos niños/as.
Como padres y madres de niños y niñas con autismo, ustedes pueden ayudar a detener esto. Cada vez que ustedes defienden la franqueza y expresividad de sus hijos, están vindicando la honestidad y la libertad de expresión para todo ser humano.
Todos merecemos ser aceptados/as y todos necesitamos apoyos si queremos aprender, crecer y contribuir a la sociedad. Sin embargo, tu hijo/a sufrirán una enorme presión para cambiar y ser diferente, y enfrentarán situaciones en las cuales directa e indirectamente les harán saber que lo que ellos piensan y sienten, no tiene un lugar.
Sé todo esto porque soy autista.
Como niña y adolescente, todo lo que quería era ser como los demás. Hice todo lo que pude por doblegar mis impulsos naturales. Procuraba que mis colapsos ocurrieran estando sola en mi dormitorio para no agobiar a otros con el peso de mis emociones intraducibles. Entendía lo que las personas decían de manera literal, en vez de confiar en mis instintos. Sobre analizaba cada interacción social.
Vi la película “Clueless” y el show de televisión “Buffy the Vampire Slayer” una y otra vez. Practicaba gestos físicos, como sonreír y hacer contacto visual, en el espejo de mi dormitorio, y los “actuaba” en el colegio, las fiestas, la mesa familiar, la universidad, en citas y en distintos lugares de trabajo.
Pasé más de diez años en terapia sorteando diagnósticos equivocados (“estás deprimida”, “estás ansiosa”, “eres maniaca”, “sufres de un trastorno alimentario”, “necesitas ayuda con tu trastorno de adaptación”, “estás sufriendo ideaciones suicidas”) porque mi conducta derivaba de la creencia que había algo que andaba mal conmigo y que necesitaba compensar por mi defecto convirtiéndome en alguien que no era. Nunca pensé que sólo podía tener un diseño diferente al de otras personas y que luchar contra esto era una batalla perdida.
Su hijo, su hija, son perfectos. Sean escépticos si doctores, profesores, o miembros de la familia, les dicen lo contrario. Inclusive las personas con la mejor voluntad pueden estar desorientadas o desinformadas como para comprender a niños y adultos del espectro.
No ayuda que las definiciones de autismo sean clínicas y deshumanizantes. Cuando el establishment médico y científico sostiene una cierta narrativa, sobre un cierto tipo de personas, las desempodera a ellas y a todos a su alrededor. Lo que trato de decir es que nadie quería que su hijo/a sea percibido como desorganizado. Nadie quiere ser subestimado por otros, ni que su identidad sea sinónimo de rudeza e insensibilidad.
Por eso quisiera agregar un poco de brillo en la narrativa dañada. Realmente no hay necesidad de curar a los niños con autismo, disculparnos en su nombre, o transformarlos. Lo que necesitan de ustedes es que los escuchen con su corazón. Luego, que los acepten con sus formas de ser autísticas. Porque en cada oportunidad que ellos comparten sus necesidades, y cada vez que ustedes hacen lo mejor posible por honrar esas necesidades, estarán asimismo honrando las más profundas necesidades de esta sociedad.
Su hijo, su hija, pueden ser vocales, no vocales, agresivos, pasivos, extravertidos o introvertidos. No es lo que importa. Cuando quieren usar solo lino porque se siente más cómodo en la piel, están mostrándoles a ustedes cómo expresar sus propias sensibilidades y preferencias. Cuando pasan una tarde completa investigando cómo hacer ingeniería inversa para el acero de Damasco , ustedes están siendo invitados a ahondar en aquello que les provoca gozo, también. Y cuando son honestos contigo acerca de lo que piensan y sienten, la oportunidad que te presentan es de ser honestos con ellos, contigo y con otros.
Por encima de todo, cuando ellos dicen “no” y ustedes escuchan, ese no tiene el poder de liberarte a ti, y a todos alrededor.
___________
* Madeleine Ryan, escritora australiana, autora de “A Room Called Earth,”a publicarse este 2020.
“El mundo nunca está preparado para el nacimiento de un niño” (Wislawa Szymborska, poeta polaca)
Se supone que evolucionamos, nos confirmamos humanos, partiendo por el cuidado de nuestros cachorros. Mucho más en la adversidad, el peligro. Son tiempos de pandemia ¿cómo vamos a concurrir? En Chile se discute el postnatal de emergencia durante la pandemia. Pandemia, emergencia, postnatal: tres palabras claves que no deberían necesitar de inteligencias superdotadas para procesar el imperativo de proteger esas fragilidades. Al nacer, todas. En pandemia, todos.
postnatal y cuidado de la niñez en los siglos
En 1919, la OIT adoptó la primera convención de protección maternal para mujeres trabajadoras: 12 semanas de permiso pagado, divididas en partes iguales antes y después del nacimiento. Actualmente, la norma legal (ver informe OECD 2019) varía desde licencias limitadas y sin remuneración como en EEUU –aunque las empresas pueden definir otros beneficios-, hasta más de un año de licencias remuneradas e irrenunciables para madres y padres, seguidas de fueros laborales para ambos (asegurando el empleo y no-despido por determinados tiempos para proteger el cuidado de los infantes) como en algunos países escandinavos.
La trayectoria del postnatal, y de las maternidades, es inseparable de cambios de paradigma sobre el cuidado infantil, y de la percepción de los niños y niñas como personas humanas dignas de cuidados.
El cuidado de cada nueva generación de niños es la actividad más determinante y transformadora del curso de la humanidad. En nuestra historia evolutiva, partimos haciéndonos humanos en la mutualidad, cuidando a las crías de todos entre todos (no era sólo la madre), empujando juntos la supervivencia. Alguien alimentó, abrigó, alguien no dejó morir. La vida importó mucho antes de inventarle un nombre. Es triste imaginar en qué momento exacto cortamos ese lazo; cuándo comenzó la trayectoria de nacimientos y muertes de cachorros humanos, pero destituidos de humanidad. Siglos de existencias menos importantes que la de ganados merecedores de mayor dedicación por su evidente “utilidad”, y que no debieron sufrir, como los niños, la condena de un macabro y delirante “pecado original” que llevó a los adultos a doblegarlos, o “moralizarlos”, a toda costa y a todo martirio durante eras.
Hay crónicas sobre prácticas de “cuidado” de los niños en siglos pasados que son difíciles de leer, físicamente incluso una queda demolida. En Europa –cuna de tantos saberes y progresos-, en Francia ni más ni menos, las vidas de los niños y niñas son una historia de horror. La historiadora Elizabeth Badinter documenta casi dos siglos, entre 1700-1900, de sobrecogedora desafección por el destino de los bebés que, en su mayoría, eran delegados a nodrizas inmediatamente luego de nacer. Inmediatamente no es un decir: del canal uterino pasaban a la carreta que los llevaría a lugares, en general, muy alejados de sus familias. Si no morían aplastados durante la travesía, los sobrevivientes de éstas y otras vulneraciones en etapas sucesivas, podían continuar viviendo con extraños hasta sus 4 o 5 años de edad.
Las nodrizas eran mujeres que amamantaban y cuidaban a los bebés de otras mujeres, a cambio de un pequeño pago. Vivían en extrema pobreza y se responsabilizaban por decenas de niños –en desmedro de los propios- a quienes malamente podían nutrir o proteger. Muchos bebés eran maniatados y morían sofocados o bien esperando atención en colgadores (sí, ganchos de madera en murallas) cuyo objetivo era limitar su movilidad mientras las nodrizas realizaban múltiples quehaceres. Otros pequeños morían siendo sacudidos –para “hacerlos dormir”- o forzados a consumir alimentos sólidos antes de tiempo.
Edward Shorter, historiador de la psiquiatría, comparte recuentos sobre bebés dejados a su suerte, llorando y agonizando de inanición en colchones empapados de orina y heces. Las tasas de mortalidad infantil, en algunos territorios podía llegar al 90%. En el Paris de 1780, de 21.000 bebés nacidos, sólo mil permanecieron bajo el cuidado de sus propias familias. Los otros veinte mil fueron enviados lejos: no eran sólo hijos de la aristocracia o de madres que morían dando a luz, sino también de familias donde las madres trabajaban (ref: Mother of All Myths, Aminata Forna). En Norteamérica, no era tanto mejor la situación. Los hijos seguían siendo una carga, eran brutalmente golpeados, obligados a trabajar o, en el caso de los bebés de mamás esclavas, vendidos al nacer. Las mujeres eran percibidas como poco aptas física y moralmente para el cuidado, y los hijos e hijas dependían de los padres que inclusive, en casos de divorcio, conservaban su custodia.
La percepción de los niños, lentamente, comenzó a cambiar a fines del siglo XVIII (con aportes desde la ciencia médica, la literatura, y primeras activistas por la niñez), pero la Revolución Industrial horadó el cuidado una vez más: la explotación más brutal de los niños y niñas como trabajadores, la cesión de su custodia a la Iglesia Católica (como en Irlanda, recordemos), el aumento del aborto e infanticidio, el abuso a mujeres madres y hombres padres en trabajos rasantes en la esclavitud, escriben una historia de desesperaciones que quisiéramos fueran cosa del pasado. No lo son, no todas, no todavía.
madres y cachorros humanos hoy
Desde la distancia de este milenio, y pese a muchos avances que agradecer, sorprende que la situación de la infancia y de las madres, siga siendo vulnerable a incontables violencias y precariedades. Las carencias son continuas, los abusos de poder, las decisiones dañinas de terceros –deliberadas, en pleno uso de facultades- que resultan en vastos abandonos, desprovisiones de salud y muertes para los humanos niños y niñas y sus cuidadores. En este milenio, con todos nuestros progresos, cerca de mil mujeres mueren diariamente dando a luz, y un millón de bebés no sobrevivirá el día de nacido.
El patriarcado, el capital, el modelo. Tantos nombres para una sola presencia. Para algo que asusta y que debilita ante la certeza de que algo no está bien. Por algo estamos hablando de esto. Por algo seguimos contando heridas que se originan única y exclusivamente en la intención, la elección de otros. Porque siempre ha existido la posibilidad de elegir: cuidar o no cuidar, dañar, no dañar. Dejar que otros sufran no es un accidente ni un azar cuando es posible evitarlo y se decide no hacerlo.
Me doy el tiempo para estas letras porque, a pesar de todo, las heridas son un cable a tierra, cable a cuerpo y mucho más: pueden ser el lente y el instrumento que nos ayude a sanar, salir del tráfago, del daño, todas las veces que sea necesario rectificar rumbo hasta que el cuidado, tanto más y todo afín a la vida, sea el camino claro (no sé si llegaré a verlo, pero estoy convencida que cada empeño en esa dirección suma, y eso es motivo suficiente para perseverar).
En Chile se discute el postnatal de emergencia durante la pandemia. Pandemia, emergencia, postnatal: tres palabras claves que no deberían necesitar de inteligencias superdotadas para procesar el imperativo de proteger esas fragilidades. Al nacer, todas.
El postnatal de seis meses en Chile existe desde 2011. Pero la idea era anterior. Si la ley no pudo ser promulgada antes, fue por falta de acuerdo en criterios de inclusión universal. Las madres que no tenían contrato de trabajo –estudiantes, temporeras- no debían quedar marginadas, pero la ley finalmente se promulgó dejándolas fuera. A pesar de esa deuda ética pendiente, el aumento de 3 a 6 meses es un avance, aun cuando a muchas y muchos siga costándonos comprender la dificultad de consensuar el cuidado de los bebés y de la primera infancia como inseparable de la protección del vínculo con sus madres, y sus padres, sobre todo durante los primeros años de vida (los “primeros mil días”).
Las ciencias han sido clarísimas en definir esos años como críticos para el establecimiento del apego –suelo de resiliencias, aprendizajes, capacidades relacionales-, para el desarrollo cerebral y de una base inmunológica que permita mayor defensa ante enfermedades, y para la estimulación neurológica y social determinante de progresos en etapas sucesivas. No sé quiénes, en su sano juicio, pueden concluir que con 6 meses de cuidado una guagüita está lista para ser delegada a terceros cuidadores, por magníficos que sean. No se trata de ser insensato u obtuso, es claro que hay análisis insoslayables al momento de resolver qué modalidades de post natal son necesarias y posibles de habilitar como país. Pero estamos en una situación de emergencia sanitaria global, y el discernimiento no debería ser complejo frente a la protección de la vida bajo estas circunstancias.
La maternidad se ejerce en este país desde la indiferencia o la desvalorización de su función y rol social, de modo consistente con el abandono y devaluación de otras actividades ligadas al cuidado humano. Antes, durante y después de la pandemia, sigue siendo esa, para mí, la mayor raíz de crisis sociales y la mayor herida traumática que nos atraviesa. La displicencia frente al cuidado no es exclusiva de ciertos grupos, o de la gestión de esta pandemia –que aun con el cambio de la autoridad sanitaria, sigue siendo desoladora- o de determinados gobiernos, sino que la hemos sentido en otros abandonos y negligencias activas en años de democracia, desde su retorno en 1990. Hay mucho que necesitamos rectificar y sanar.
Por supuesto ha habido logros que valorar, en educación prescolar, apoyos parentales a la crianza –como Chile Crece Contigo-, o la existencia de la defensoría de la niñez. Sin embargo, distamos de contar con garantías esenciales –mínimas, no extraordinarias- para el cuidado de la infancia y la promoción de la maternidad. Las hostilidades y puntos ciegos para las mujeres madres, y las agresiones sociales, siguen siendo innumerables –inconsecuentes con un supuesto “apoyo a la familia, los niños primero, etc”- en materia de empleabilidad, condiciones de trabajo, seguridad y acceso a salud, respeto por nuestras trayectorias de vida.
Para una mayoría de empleadores, pese a derechos ciudadanos ganados –nada ha sido una concesión-, sigue siendo un “inconveniente” el tema del cuidado infantil y las madres. Postular a trabajos en plena edad reproductiva ya es difícil, y ni hablar de retomar un desarrollo de carrera digno luego de “bajarse del tren” para dedicarse de modo primordial a los hijos -con trabajos free lance- por algunos años.
En la catástrofe actual, progresos de inserción y desarrollo laboral que fueron lenta y arduamente conseguidos en décadas recientes, dicen los expertos, enfrentarán retrocesos de a lo menos diez años. Eso ya lo estamos viendo, la pérdida, precarización o inclusive abusos en muchos trabajos, junto al deterioro de nuestra salud física y mental en jornadas donde “doble” o “triple” no alcanzan a describir la magnitud de las exigencias y el desgaste que implica el trauma de la pandemia en nuestras vidas y nuestras actividades de cuidado. Otra palabra que se vuelve pequeña es “sobrehumana”, pero de ahí hacia arriba es la carga que están enfrentando las mujeres hoy dedicadas a sostener la primera línea en salud, la educación, y otros trabajos críticos en la emergencia (provisión de alimentos, seguridad, mantención de las ciudades, policías, etc.). Habría que apoyarlas. A todas.
Ya se ha advertido del riesgo adicional que corren los bebés menores de un año frente a enfermedades asociadas a covid19. En condiciones de no-pandemia, el 75% de las muertes infantiles ocurre durante el primer año de vida (WHO, OMS). ¿Cuántas muertes podrían evitarse si toda una sociedad está atenta y cuidando el primer año, y los “primeros mil días”, y los que sigan?
el cuidado en la EMERGENCIA
Una emergencia sanitaria como la que vivimos, necesita respuestas de un Estado capaz de discernir entre lo que cuida y lo que no, como mínimo. No puede el cuidado de los lactantes e infantes suplirse a costa de precarizar todavía más la situación de sus madres y padres. Es lo que propone el gobierno con su Proyecto de Ley de “Crianza Protegida”, presentado luego de negarse a patrocinar la extensión del postnatal que ha sido apoyada por sociedades médicas y de salud mental –y ha contado con el encomiable liderazgo y tesón de la diputada Gael Yeomans-, y que suma tres meses de espera en el parlamento. Tres meses.
Es incomprensible que, en vez de haber resuelto de inmediato la urgencia de los recién nacidos, el Ejecutivo haya elegido demorar –pensemos en lo que significa un trimestre en la vida de un lactante- para priorizar una moción que bajo al argumento de un beneficio más amplio –extensivo a cuidadoras y cuidadores de niños y niñas menores de 6 años-, exigiría acogerse a la ley de Protección al empleo, utilizando ahorros individuales del seguro de cesantía. No es posible aumentar el “gasto público”, nos dicen en nuestro país a ras de OCDE. Mientras no se entienda que el cuidado humano no es “gasto” sino inversión, estamos a la deriva.
El resto del mundo desarrollado atiende a otras razones y evidencias. En años recientes, James Heckman, Nobel de Economía (2000), ha promovido la inversión en primera infancia (ref, The Heckman Equation, Perry Preschool Project) como una herramienta contundente para el crecimiento económico y humano de las sociedades, debido a su valor preventivo y sus altas tasas de retorno en capital humano (aumento escolaridad y desempeño profesional, reducción de costos en salud, sistema penal, etc.). Ojalá esta racionalidad resuene con nuestras autoridades, ya que la ética del cuidado o la decencia humana mínima de concurrir por el más indefenso, no bastarían al parecer. No hasta aquí, pues miles de lactantes continúan expuestos a lo que ya está significando el forzado retorno laboral de sus madres, en plena pandemia, peligrando contagiarse ellas y sus bebés.
La situación de la guardería clandestina ligada a Fruna es un reflejo de la crisis de cuidado que se ha agudizado durante la emergencia sanitaria, llevando a respuestas deseperadas (Tammy Palma lo explica muy bien via RRSSS) que arriesgan las vidas de los niños, sus madres, padres, de las cuidadoras, de las familias de las cuidadoras, y así, hasta llegar a otras personas, a nuestras familias, a todos. Seguirá siendo un problema urgente a resolver el cuidado de los infantes prescolares, una vez que se apruebe la extensión del postnatal.
Por cada mes del año se vecen en promedio entre 7000 y 8000 permisos de postnatal (SuperIntendencia de Seguridad Social). El proyecto de ley de postnatal de emergencia superaría las 20.000 mujeres trabajadoras beneficiadas, durante este período extraordinario.
La situación necesita resolverse ya, sin más demoras indolentes ni desmoralizantes. La discusión sobre admisibilidad del PL de extensión del postnatal y su rechazo –en el peak de la pandemia, ni más ni menos- es un ejemplo de ello, aunque pueda entender la sobre precaución (vivimos contemplando la ingrata probabilidad del TC durante todo el trámite de imprescriptibilidad ASI). Las constituciones y las leyes no pueden entenderse disociadas de la humanidad que las creó, o del cuidado que hace posible la vida. Virginia Helds lo expresa mucho mejor: no puede existir la ley, la justicia, sin el cuidado, pues sin el cuidado ningún ser humano sobreviviría y no habría personas a quienes respetar.
En Nueva Zelanda, han transitado la pandemia sintiéndose un “team”, un equipo o colectivo, estrechamente unidos unos con otros, ¿cuándo fue la última vez que nos sentimos así? ¿Y si ésta fuera la ocasión, pensando en la protección de los cachorros humanos más-más pequeños?
El postnatal de emergencia no es un pedido excesivo ni estrafalario, sino del todo congruente con derechos exigibles -que ya son parte de nuestro marco legal- y con una ética del cuidado humano que, a pesar de todo, ha ido logrando abrirse paso en algunas de nuestras legislaciones. Recordemos Entrevistas Videograbadas e Imprescriptibilidad del abuso sexual infantil (gracias eternas a cada una y uno), Ley Sanna o la Ley del Cáncer: leyes modernas, en base a evidencias, y a lógicas de cuidado. Leyes que nos enorgullecen, que indican posibilidades de adhesiones distintas, más significativas (añoro), a un parlamento y un Estado que lleguen a linearse del todo con sostenes para la vida y bienes para la vida en común. Podemos seguir en esa dirección, claro que podemos.
Este martes y jueves próximos son instancias decisivas para el PL de postnatal (ver naexo pdf resumen). Mantengamos la atención al máximo por favor, abramos el tema en redes, escribamos un mail diario al gobierno si es preciso, todos, cada mujer, cada hombre, sin importar nuestras edades, o si somos madres, padres, abuelas y abuelos, tíos, de los más chiquitos. Podemos todos, igualmente, aportar al inicio de sus vidas. No es una causa sólo de sus mamás y papás, o de un grupo de parlamentarias y ciudadanos de buena voluntad. Somos todos, su círculo de cuidado. La aldea que acuna a sus cachorros, que quiere verlos sanos y vivos, y acompañarlos a crecer (#Ittakesavillage).
“Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma, y que les bastan nuestros cuentos para dormir.” Joan Manuel Serrat
Nunca he terminado de escuchar Esos Locos Bajitos sin bordear ese llanto de “no sé por qué”: alegría, nostalgia, amor y maternidades, la memoria de las hijas o las propias infancias que en nuestros cuerpos adultos, si los imaginamos como Matrioshkas, no serán necesariamente la última muñequita casi irreconocible (un poroto colorido) de la secuencia.
No sería capaz de escuchar a Serrat en estos días. Tampoco sé cómo he sido capaz de hacer lo mínimo. Confinamientos prolongados en la biografía y contrapuntos entre fragilidades y resiliencias –junto a un par de epidemias que me encontraron en los lugares menos indicados estos últimos 15 años- pensé serían un pedazo de suelo razonable desde el cual hacer frente a lo que venía. No sé si lo ha sido.
Fui de las que, al escuchar las primeras noticias sobre coronavirus, alzó orejas de ciervo, algo que confieso me cuesta poco (la hiper/atención es mi copilota). Mi marido se divirtió un poco a costa de mi alarma en febrero, pero pronto se sumó a los esfuerzos de salud: ambos somos grupo de riesgo, y la pequeña siempre, sólo por ser niña. Tres de tres en un solo hogar.
Cada semana transcurrida sin que un estornudo alérgico termine en fiebre y tos o más, ha sido un alivio, pero desgarrador. Es primera vez que lo verbalizo.
He sentido miedo cada vez que mi compañero debió salir a trabajar, y como muchas mamás con las que hablamos seguido, podría repetir en piano, nota por nota, la frecuencia respiratoria de la más chica. He disimulado, también, sentimientos jodidos (viva la bodega, el closet o la ducha donde desahogarse), y he agradecido de estas semanas el acurruque que, frente a la adversidad y lo incierto, puede afirmarnos tanto.
En el silencio de la ciudad, he escuchado más claramente la desafección. Queda en mi aire, lo ennegrece y agita, cada vez de repasar mensajes de las autoridades sanitarias. No necesito descifrar nada: las sanas alertas aprendidas en años, se han encendido con razón. Es tan insoslayable el conflicto de prioridades –y la derrota más frecuente es del cuidado cuando se trata del modelo-, tan inhóspito el trato, que no hay cómo ablandar la realidad. Me anima al menos no dejar de verla, no perderme, ser testigo.
Dibujar todos los días, si es preciso, el límite fiero de nuestro amor frente a quienes tratan de correrlo a punta de miedos y gaslighting para empujarnos a hacer lo que en todo el cuerpo sabemos que no debemos hacer: enviar a hijos e hijas hacia el virus, trasgredir el cuidado, traicionar los afectos. Y hasta la cordura.
La presión constante con los niños, los “regresos graduales, seguros”, etc., al trabajo de antes, a la vida de siempre (o parecida) es agobiadora, e irreal. Gaslighting, nada más. Con los niños, el corazón frío del adultocentrismo. El escaso respeto por sus tiempos, su trayectoria de cachorros.
El tiempo no camina hacia atrás; no está disponible para piruetas extrañas ni estancamientos, y menos para ser cómplice de negligencias de nadie. Tampoco de un gobierno, en ningún lugar del mundo (da para posteo aparte la diferencia entre liderazgos femeninos y masculinas durante esta pandemia).
Entre las incertidumbres que abundan, si una certeza tengo es que con la vida no se juega, y no voy a obedecer instrucciones que arriesguen daños o pérdidas deliberadas de salud y de vidas.
“Cruce la calle con el semáforo en verde, use cinturón de seguridad”, etc., ningún problema. Considere que pronto enviará a su hija junto a miles de niños, profesores, auxiliares, a las escuelas, en pleno peak de una pandemia que se proyecta hasta fines de este 2020: de ninguna manera. No quiero usar palabras más duras que me rondan. Pero las macero.
La protección de la integridad es un principio consagrado para todos, también para los niños. Primero los recursos legales. Luego no sé. Hoy finalmente tres ministros o ex ministros en Brasil se querellaron contra el presidente por negligencia genocida. Me deja pensando.
Por lo pronto tropiezo cada ciertas horas con este NO que ha sido el más rotundo y enfurecido que recuerdo en años, décadas incluso. La activación de la leona interior es decir poco. Son todas las madres del reino animal, los padres también, metidos en este cuerpo ni tan grande pero capaz de volverse estampida de cuidado ético y responsabilidad, cada vez que oye “regreso a….” y otras tonterías irresponsables, o lisa y llanamente criminales.
No puedo olvidar lo que ha registrado la memoria a un mes y algo de cuarentena en Chile. Tampoco los recuerdos recientes del 2019. La palabra mutilación es imborrable y lo será mientras viva. Las ausencias imperdonables, también, mientras viva.
Una siempre espera que, ante una situación desconocida o intimidante, que afecta a un planeta completo y las vidas de todos, podamos levantar la vista buscando a quienes más saben o más experiencia tienen, o más poder de decisión en pos del bien común. Sin ceder razón ni corazón, dejarnos guiar era una necesidad, sigue siendo.
Sin embargo, pese a toda buena disposición, me ha sido casi imposible confiar consistentemente en quienes no hablan con la verdad, y ocultan o ignoran lo que señalan los expertos, o bien lo incorporan de forma intermitente, lenta y confusa en decisiones donde lo que se juega es literalmente la vida o la muerte.
Trauma, oportunidades de cuidado
Qué oportunidad de construcción comunitaria, hasta aquí, tirada por la ventana. La relación cívica en Chile venía lastimada en lo más profundo, y lo que tocaba era -sigue siendo- mitigar desconfianzas para poder cuidar unos con otros, y no continuar reforzando separaciones ni abusos. Tantas tensiones a la sanidad que intentamos salvaguardar desde nuestras preguntas del cuidado humano, muy claras.
¿Cuida a la población, por ejemplo, el ocultamiento de datos en medio de una pandemia? No. Eso basta para desconfiar. Aunque la gestión del Estado hoy o sus resultados mañana, fueran satisfactorios en un número de aspectos –y algunos lo son- o así el ministro de salud fuera nobel de medicina, la falta de transparencia no puede pasarse por alto. Es autodestructivo hacerlo.
Sí puedo confiar todavía en epidemiólogos, profesionales de salud, y algunos organismos nacionales e internacionales que nos guían en base a datos y evidencias. Su constancia vigilante frente a la trayectoria de contagio, su disposición a sumar esfuerzos (aunque hayan debido interrumpirse por razones de consciencia que entiendo plenamente), son un factor tranquilizador y lo agradezco.
Prefiero la inteligencia y emoción bien equilibradas, las ciencias y el amor llevando las riendas, sin descartar a nadie. Lejos de manipulaciones que van siendo cada día más estridentes, y de la frivolidad que ha derivado en que miles de personas sientan -contra toda racionalidad, y justamente porque el momento es traumático- que es posible salir a tomar café, ir al mall o a la peluquería, o a paseos fuera de las ciudades, porque autoridades así lo han habilitado.
Las indolencias que se dejan sentir en el discurso público y las decisiones, u omisiones de la autoridad, nos fragilizan, física y mentalmente. No son un “detalle” para nuestra salud. Quiero tomar un momento para compartir que un sentimiento y un relato que se repite en sobrevivientes de maltrato físico grave y de abuso sexual infantil, es el de dispensabilidad. La vida devaluada en la violación, la golpiza, la humillación: fuera de la órbita del cuidado, llega un punto en que el sufrimiento es tanto, que hasta la muerte querría morir de pena acurrucada a un cachorro humano que siente que “no da más”.
Vidas, no vectores : “Hasta que se trata de nuestros niños”
Lo dispensable nos ha rondado este tiempo, no sólo a sobrevivientes, sino a todos. Necesitamos saber que nadie sobra, de ninguna edad. Que la vida se cuida porque eso es lo único digno y humano de hacer. Dejar de insistir en enfermedades previas o ancianidades para minimizar duelos; cansarse de una buena vez con la referencia a los niños como “vectores” y no como personas, solamente. Personas que pueden enfermar. Morir también.
Los índices de contagio y mortalidad infantiles pueden ser muy bajos, y un 1, 2, o 3% parecen tan invisibles como los propios niños en nuestras sociedades. Pero la CDC señaló muy recientemente que “niños y niñas de TODAS las edades están riesgo de contagio, si bien las complicaciones parecen ser algo más suaves en la población infantil que en la adulta, eso, según los limitados reportes disponibles en China y EEUU”, por cierto, dos países que distan de ser un ejemplo cuando el primero ha ocultado datos al resto de la humanidad, y el segundo ha diseminado información aberrante y arengado a su población a repeler medidas sanitarias a toda costa. De ahí el acto terrorista del pasado jueves 30 de abril en el Capitolio de Michigan. Menos mal nadie salió herido.
Pero pensaba en la policía,protegiendo la sede de gobierno, a los civiles y a la Gobernadora retenidos en el primer piso del edificio, en tanto desde el segundo un grupo delirante apuntaba sus armas al hall central. Oficiales arriesgando sus vidas por esos ciudadanos también -que no quieren ser protegidos-, y por ellos llevando más riesgo toavía a sus hogares, a sus niños. Justamente, el 19 de abril recién pasado, murió la única hija de una policía y un bombero de Michigan, ambos servidores públicos y trabajadores esenciales.
Skylar era una niñita sana y llena de energía. Tenía 4 años al momento del contagio de covid 19 al que siguió una meningitis, la conexión a un ventilador -cumplió 5 años sin saber- y luego de casi un mes hospitalizada, su cuerpo no pudo más.
Su abuela reflexionaba en la partida: “te dicen que los números son bajos”, y casi creemos que es menor el peligro, que no va a tocarnos, “hasta que se trata de tus niños”.
No es la primera muerte infantil por covid 19 ni será la última en EEUU ni en el mundo. En Chile no ha ocurrido ninguna todavía, y ruego que siga siendo así. Los adultos resistimos muchas cosas, pero el límite más delicado y más intenso suelen ser nuestros hijos e hijas. No llegaremos a verlos como “vectores” o vectores bajitos, solamente, cuando vamos entendiendo mejor la magnitud y alcance de la pandemia.
La CDC ha dejado muy en claro que los niños pueden no sólo contagiarse y ser asintomáticos, sino que pueden también sufrir las peores consecuencias. También desde el Reino Unido, el llamado es a no bajar la guardia. La Soc. de Cuidado Pediátrico Intensivo (PICS, en inglés) y el NHS han advertido –y alertado- el incremento de un número pequeño de casos durante ya tres semanas, de niños con covid19 que presentan cuadros inflamatorios multi-sistémicos. ¿Cómo evolucionarán? ¿No merecen máxima atención?
En Chile, mientras tanto, un presidente, ministros de salud, de educación, siguen con la venda en el alma. “Hasta que se trate de nuestros niños”.
Elecciones y acciones urgentes en pos del cuidado y sostén de la vida
Nos hablan desde el futuro, quienes han vivido la peor parte de esta experiencia en otras latitudes. Nos piden cuidar. Los niños son vulnerables por su etapa simplemente; siguen estando expuestos a diversos contagios –coronavirus no es lo único-, y a enfermedades como el sarampión frente al cual la cual podrían no contar con mínimas defensas debido a la alteración de los calendarios de vacunación. También su salud mental sufre con el encierro, con la preocupación por seres queridos y abuelos, con el estrés por la escuela -en la nostalgia por sus compañeros, o la lid con las clases a distancia- o la angustia que perciben de sus padres, y en un entorno que se pregunta o teme por el futuro, mucho más, si el presente se siente a duras penas sostenido.
Tampoco las violencias se detienen en nombre de ninguna calamidad ni virus.
Los abusos sexuales continúan, el consumo de pornografía infantil (en video y streaming con niños que han sido secuestrados o son traficados y explotados por redes siniestras) se ha triplicado en países como Filipinas, Tailandia y Cambodia. No tenemos otros datos, pero números hórridos o no, sabemos de estos horrores y los vivimos aquí también. Tuvo que existir Hualpén para recordar, una vez más, el voto de cuidado y no abandono que continuamente incumplimos como sociedad.
No se trata de alarmar ni ser pesimista. Estamos dotados de razón y pensamiento precisamente para momentos como el que atravesamos, donde de pura ansia de vivir necesitamos también reconocer el peligro y actuar con realismos y sin temor de hacernos preguntas, ni de expresar consensos y disensos respetuosa y asertivamente, cuidando, aun en lo inhóspito, valores comunitarios y democráticos.
Ojalá llegue el momento de no necesitar volver continuamente a visibilizar la grieta donde se nos sueltan de las manos miles de niños y niñas, y los perdemos también. Por eso antes, el círculo de cuidado, todo el tiempo, pandemias o no, que no haga diferencia. Cuidando entre todos (palabras antiguas y entrañables, aunque sean usadas hoy en esloganes vacíos de agencias estatales escasamente activas o éticas en el cuidado).
El cuidado, los apegos, los afectos, los vinculos de respeto, la incondicionalidad, el consuelo, el aliento y apoyos mientras crecen niños y niñas, son factores de salud, de resiliencia, y necesitan de cultivo, tiempo, desprendimientos, la atención continua de los adultos cercanos y de la comunidad.
Confundimos tal vez resiliencias, con resistencias al maltrato y a cualquier adversidad. Niños y niñas son dúctiles, vitales, quieren jugar, seguir adelante, y puede hasta parecer que son de goma como canta Serrat. Pero no lo son. Considerarlos sólo como transmisores o vectores de covid19, lentamente los deshumaniza y permite que se haga más fácil descuidarlos durante la pandemia. Las tasas de covid 19 y mortalidad en la infancia pueden ser bajas, pero por favor, no lleguemos ni por un segundo a verlas como insignificantes. No esperemos a comprender la magnitud de esta pandemia, la responsabilidad irrecusable de los Estados -o la negligencia criminal de algunos, rasante en lo eugenésico-, ni sigamos perdiendo tiempo precioso para responder con la urgencia de cuidado que necesitamos fortalecer, “hasta que se trate de nuestros niños”.
En la actual pandemia, con períodos de cuarentena en distintos países, la preocupación por la situación de víctimas que debido al confinamiento, están hoy mucho más vulnerables a sufrir abuso sexual infantil (ASI) encendió las alarmas prontamente.
Los incrementos mayores de ASI, en la pandemia, se han registrado en los hogares de las víctimas –donde ocurre la inmensa mayoría de estos delitos-, en sistemas de protección, y a través de internet.
Chile, covid 19 y abuso
En Chile, la emergencia nos encontró muy poco, o nada preparados. La cuarentena escolar se anunció el último domingo de marzo y al día siguiente niños y niñas estudiantes ya no fueron más a la escuela, no salieron a jugar, no acompañaron a nadie al almacén.
La ausencia de los niños se ha dejado sentir en muchos lugares del país, mucho más que la de los adultos. Nosotros contamos con salvoconductos para salir a la calle por períodos de 4 horas por necesidades impostergables (atenciones de salud, compra de medicamentos en farmacias, abastecimiento), y estos períodos en el exterior ya han permitido en otros países, por ejemplo, que algunas víctimas de VIF, asimismo confinadas junto a sus agresores –e impedidas de usar el teléfono-, pidan auxilio en sus salidas. Un aprendizaje desolador, necesario, que nos orienta, y ya Chile ha iniciado la campaña #Mascarilla19, palabra clave para activar el protocolo de denuncia y apoyo, cuando las víctimas de VIF la usen en las farmacias.
Los niños y niñas no van a la farmacia.
El anuncio de la cuarentena escolar, a muchos nos detuvo el corazón. Sabemos que, para una mayoría de las víctimas de abuso sexual infantil e incesto, es fuera de los confines de sus familias y hogares donde encuentran refugio y regazo emocional. Muchas/os sobrevivientes no habríamos llegado a adultos de no ser por el afecto y aliento de nuestros educadores, inclusive sin conocer nuestras historias. Pero si hubiese sido posible develar, muy probablemente habría sido junto a ellos.
En Chile, los números hablan alto y claro: unos 50 (basado en denuncias) a 75 (cifra negra estimada) niños, niñas y adolescentes son vulnerados cada día. A lo menos, segun datos de Ministerio Público, un niño o niña cada 30 minutos y fracción. En cuarentena estos abusos sexuales no quedan congelados. Es más: podrían aumentar dramáticamente.
Si lo inescapable marca a fuego la experiencia del ASI, con mayor razón en condiciones de confinamiento mandatario, con estresores como la incertidumbre, temor (presente y futuro), junto al aumento del consumo de alcohol que es un detonante mayor de violencias físicas, psicológicas, y sexuales contra los niños. Con toda esta información a la mano, podríamos habernos preparado mejor. Todavía podríamos.
De otros países, hemos conocido información relevante en relación a cómo se está expresando la denuncia del ASI durante cuarentenas. Por ejemplo, en EEUU, en Texas y Pennsylvania, durante el primer mes, éstas se redujeron drásticamente en un 50%, no porque hubiera menos casos, sino porque los niños y niñas estaban en casa y los adultos que habitualmente realizan la denuncia –profesores, personal de salud, etc.- no tenían mayor interacción con ellos.
Por otro lado, desde RAINN (Rape, Abuse and Incest National Network, USA) se compartía que, por primera vez desde su fundación, entre marzo-abril de 2020, más de la mitad de los llamados de S.O.S. fueron realizados directamente por niños y niñas en cuarentena. Un 79% de las víctimas denunció abusos cometidos por un adulto viviendo con ellas en su hogar, y un 67% identificó a un familiar directo, sanguíneo (padres, abuelos, tíos, hermanos, primos) como responsable de las agresiones. Incesto. Posiblemente la clase de ASI más compleja de conversar, más resistida. El espejo más desfigurado a enfrentar.
En el discurso público es ensordecedora la ausencia de diálogos significativos y no-revictimizantes en relación al incesto. Hemos escuchado a lo largo de los años a personalidades destacadas, en ciencias inclusive, descalificando a las víctimas o banalizando la problemática. Peor es el endoso o justificación velada y no tanto al incesto -emocional, físico- que se desliza en diálogos supuestamente intelectuales (entrevistas, conferencias, hasta libros) que quizás por presentarse así, son recibidos sin mayor cuestionamiento ni objeción. Otro riesgo del gaslighting que nos asuela. Pero existen algunos espacios colectivos seguros donde sostener conversaciones significativas. Y necesitamos más, muchos más.
De lo que sí tendemos a hablar y encontramos en los medios frecuentes referencias y condenas, es sobre delitos sexuales extrafamiliares: la pedofilia, noticias durante décadas sobre abusos crónicos de la Iglesia, sistemas de protección, el deporte, las más diversas instituciones expuestas en sus violaciones a la infancia, el abuso sexual y los predadores que habitan la internet.
Internet: mayores riesgos de abuso sexual para infancias y adolescencias
La internet ha estado presente, hoy más que nunca: en el desafío de la educación (y las fascinantes oportunidades que ha abierto la web), de la conectividad como derecho humano de todo niño y niña –una prioridad, hemos aprendido en esta crisis-, junto al potencial de daño asociado al mundo digital. Fake news, manipulación de consciencias, cyberbullying, acoso sexual, producción, distribución y difusión de pornografía infantil, tráfico de niñas y niños, abusos sexuales y explotación comercial infantil, todo vía internet.
En 1998, hubo más de 3,000 reportes de imágenes de abuso sexual infantil en internet que al 2008, habían superado los 100,000.
En 2014, los reportes superan el millón por primera vez.
En 2018 hubo 18 millones de reportes que incluían más de 45 millones de imágenes y vídeos marcados (tags) como abuso sexual infantil (datos compartidos por el National Center for Missing and Exploited Children, EEUU).
Un 9% de niños, niñas y adolescentes entre los 10 y 17 años reciben requerimientos sexuales en internet (algunos incluyen proposiciones de encuentros en persona), y al menos un 23% es interrumpido por pornografía mientras navegan la web (Darkness to Light Foundation).
La IWF (Internet WorldFoundation), reportó en 2017 que cada 7 minutos se difundían en internet imágenes y/o videos (a veces transmisión en vivo) de niños y niñas siendo abusados sexualmente. En dos años, al 2019: cada 1 minuto y fracción.
La internet oscura tiene sitios de pornografia infantil con millones de seguidores y algunos exigen membrecías anuales (con pagos adicionales por acceso a contenidos específicos, o especiales). Los buscadores de internet como google, o RRSS tienen el deber de reportar si encuentran imágenes, videos o enlaces peligrosos, pero no están obligados a buscar o realizar esfuerzos activos por detectar contenidos que salvarían a más de un niño.
La situación se agrava a tal velocidad que ni legislaciones, ni esfuerzos de las policías ni agencias de inteligencia dan abasto.
En la investigación del NYTimes, un agente de Seguridad Nacional –la agencia que se ocupa de todo tipo de amenazas, incluido el terrorismo- señala que hoy en día uno de cada diez agentes ha sido asignado a investigar exclusivamente, tiempo completo, casos de abusos/explotación infantil, pero incluso con más apoyos, “seguimos siendo aplastados”. Se necesitan muchas más manos, energías, más recursos.
Esta verdadera plaga de horrores excede nuestras capacidades, pero aunque erradicarla prezca casi imposible, mientras más colaboraciones se establezcan entre Estados, compañías de tecnología y telecomunicaciones, policías y agencias de inteligencia (sí, suena terrible pero se necesita su involucramiento en esto), y organizaciones de la sociedad civil que están recibiendo denuncias, se pueden lograr resultados como, por ejemplo, la eliminación de un cuarto de millón de imágenes (dato de IWF) de niños y niñas. Puede parecer diminuto triunfo, pero son vidas que llevarán un poco menos de carga, de terror, un poco menos de inseguridad, sólo un poco, pero importa. Claro que importa.
Volver a pedirnos, unos a los otros, no sólo atención y disposición a denunciar, sino algo tan accesible, tan simple, como evitar subir imágenes de nuestros hijos, hijas, estudiantes (y si se comparten, cubrir los rostros, cuidar de que no puedan ser identificados lugares de residencia o escuelas de los niños/as y adolescentes, no compartir nombres, edades, etc.).
Las precauciones no son excesivas y organismos expertos insisten en que se requiere una actitud todavía más responsable, adulta y realista en asumir estas realidades para amplificar los esfuerzos por transformarlas a favor del cuidado, y la resistencia contumaz a los abusos sexuales infantiles vía universo digital.
En el contexto actual, países como Filipinas, Tailandia, Cambodia, han denunciado un aumento de la demanda de streaming y/o videos de ASI que exhiban “mayor acción, mayor violencia” (torturas), debido a reclamos de usuarios “por aburrimiento y desgaste de contenidos antiguos o repetidos”. Solo en Filipinas se calcula que la distribución y consumo de pornografía infantil se ha triplicado en 3 meses de pandemia por covid 19.
Estando en Chile, todo parece lejano, pero también somos parte del cauce que permite que imágenes y videos de niños y niñas llegue a manos de abusadores y sus redes. Perdón la dureza, pero vamos contra el tiempo hace mucho ya, y una mayor agilidad y atención, una mayor madurez -individual y social- son urgentes. Mil veces por favor.
En la actualidad, sería irresponsable omitir que mucho del material compartido en internet provisto por las propias familias, no se limita a las miles y miles de imágenes de sus hijos que padres suben a la web y pederastas acopian en archivos personales (“candid shots”). Existen familias que abusan y explotan sexualmente a sus niños, y comercializan filmaciones de estos abusos.
De acuerdo a datos de Darkness to Light Foundation (EEUU), alrededor de un 75% de las víctimas de pornografía infantil viven en su casa al momento de ser retratadas/filmadas por sus padres y madres, o por terceros que cuentan con autorización parental. También estas vulneraciones se denuncian en residencias de los sistemas de protección infantil y en “hogares de acogida” (foster homes, foster families, que reciben a niños para cuidado transitorio, con apoyo económico estatal).
Existen ya miles de sobrevivientes que han alcanzado la adultez, sumando a las secuelas del trauma sexual de la infancia, la angustia constante de saber que las atrocidades que sufrieron y fueron capturadas en fotografías y filmaciones, aún circulan en el universo digital. He compartido camino, a lo largo de mis años, con mujeres que de niñas fueron filmadas en formato Betamax, luego VHS, cintas jamás recuperadas.
Con la irrupción de internet y luego de los smartphones -5 billones de usuarios, más que personas con acceso a agua potable- es casi imposible dimensionar el alcance digital de crímenes sexuales contra niños que representan “ una parte en realidad muy pequeña, si bien significativa, del problema mayor”. Sigue siendo el abuso sexual intrafamiliar -y entre sus números sombríos, 30 a 40% es entre menores de edad de una familia- , en mundos cercanos y de confianza de los niños y niñas, el de mayor prevalencia.
Desafíos y necesidades
Necesitamos una tregua, un claro de luz imperdonable, algún lugar desde dónde poder hablar de cómo el respeto, cómo el cuidado puede mutar y malversarse en abuso de poder, abuso de poder sexual, estallido de vidas y cuerpos pequeños, su tejido perforado por cuerpos adultos, la propia sangre muda, inconmovible, totalmente desencajada, ¿qué lugar es éste, estos cuerpos, este hogar, y el afecto por qué araña, y rompe, no tenía que ser de otro modo, sin gritos ni llantos callados, otra blandura, otra risa como de plaza y pajarito?, cómo puede ser, cómo llegamos ahí, cómo desacatamos esa orfandad que termina siendo mucho más derrumbe y más ruinas que sólo para sus victimas y victimarios. Levantamos ciudades y países sobre esa destrucción, cavamos un poquito de tierra, y ahí estan las fosas de generaciones y generaciones. Otros seguimos vivos y no queremos que los cachorros deban caminar sobre deshechos, desdichas. Es otro deseo para ellos. Vital, infinita y apasionadamente vital
La pandemia por covid 19 ha expuesto no sólo la urgencia de actualizar la educación de este milenio, sino también el abordaje de estrategias formativas y de prevención-denuncia-intervención y reparación de violencias contra niñas y niños, particularmente las violencias sexuales.
Pasar de un día para otro del aula física al aula virtual, durante la crisis por corona virus, ha sido un enorme desafío para cuerpos docentes, familias y estudiantes. Sin embargo, este tránsito, según he podido constatar en estas semanas, no ha sido mayormente acompañado por la necesaria orientación sobre qué hacer si una víctima de ASI pide SOS (Save Our Souls) a los profesores en el chat privado o por whatsapp, durante clases a distancia.
¿Usaremos los mismos protocolos de siempre, o se ha pensado o explicitado alguna variación adecuada a este contexto? Carabineros de Chile continúa con sus números 147 (para llamadas de niños y niñas) y 149 (fono familia), y existen otras líneas de ayuda, pero es urgente pensar en una mayor variedad de formas de denuncia, entendiendo que es difícil e improbable que las víctimas, aun con acceso a telefonía móvil, lleguen a marcar un número antes de ser sorprendidas por sus abusadores, quizás con qué consecuencias para esas niñas y niños.
Por otro lado, actores fundamentales como deberían ser los medios de comunicación, sobre todo la televisión, tampoco han asumido un rol como sería esperable (pensemos solamente cuánto demoró la adhesión de los canales a la urgencia de contar con una TV educativa). No se trata de saturar la conversación en torno a abuso sexual infantil en clave sórdida o morbosa como suele darse en algunos matinales. Tampoco sirve y menos perdura, el interés súbito en estas tragedias para valerse de ellas como argumento de regreso apresurado a trabajos y escuelas (en pos de la economía, el consumo, y consumismo también) en pleno peak del virus, cuando durante años no se han desplegado mayores agencias en la tarea de prevención y educación comunitaria.
Lo que sí necesitamos de los medios, y en todo ámbito, son conversaciones articuladas, serenas, qu.e se valgan de evidencias disponibles para compartir conocimientos y favorecer un aprendizaje colectivo que nos permita sostener el cuidado, el auxilio, la denuncia, y la prevención del ASI en toda época, y hoy, durante esta pandemia. Un pequeño subtítulo o anuncio en una esquina de la pantalla con números telefónicos de denuncia, o un mensaje favorable al cuidado de la niñez, los buenos tratos, la no-violencia, ya sería un aporte. Algo así de sencillo, podría hasta salvar una vida.
Son tiempos de incertidumbre en muchos sentidos, de sentirnos frágiles. Quizás una oportunidad de este ciclo sea cultivar otros corajes y resistencias amorosas. Por ejemplo contra el abuso infantil. “No tengas miedo” (su vínculo entrañable con Agua Fresca en los Espejos) es el film del director español Montxo Armendariz sobre la tragedia del incesto. Es más un llamado, un pedido amable, que una conminación. No tengas miedo. Una invocación a decir, con la confianza de que alguien escuchará del otro lado. Una persona, o una sociedad completa.
No tengamos miedo de hablar, ahora que lo necesitamos más que nunca. Si sentimos temor, tratemos de todos modos. Llevemos el miedo en nuestros brazos, ayudémosle a respirar, mientras nosotros tratamos de sacar algo de voz.
Hablar con otro u otros de tema horribles nos cuesta, claro que sí. Podemos sentir temor a no ser escuchados, no ser acogidos, o ser juzgados de distintas maneras. No es un lugar cómodo, pero si pensamos en el servicio que puede prestar una palabra o un diálogo con vecinos o familiares acerca del abuso sexual infantil, en la semilla de consciencia o de cambio de actitud, o en que, de alguna forma, incluso un niño o una niña, así fuera sólo uno, vea su sufrimiento interrumpido, quizás el temor pasa a segundo o último plano, y la próxima vez nuestra voz tendrá un poco más de aplomo, y otro poco cada vez, hasta casi olvidar que alguna vez el silencio pudo parecernos más albergue que el cuidado.
Comparto este recurso luego de muchas dudas y mucha espera, para no abrumar, y respetar el tiempo de asimilar esto nuevo y difícil que nos toca vivir como humanidad.
Como todos, he sido testigo y receptora del alud de información, primero sanitaria, indispensable, para la prevención del contagio por coronavirus, y luego, un constante flujo de tips, recursos y actividades para sobrellevar períodos de confinamiento que nos está tocando enfrentar de distintas maneras, compartiendo un hilo común en la preocupación por el cuidado
Hay una minoría de personas -por distintos motivos: tipo de actividad, condiciones contractuales, etc- que pueden quedarse efectivamente en sus hogares. Otras no pueden hacerlo y entre ellas están quienes trabajan en salud, funciones críticas, fuerzas armadas, etc. Para los NNA que son hijos e hijas, nietos, sobrinos, de adultos que salen a cuidar a la comunidad, “allá afuera” -trabajadores municipales, de la salud, transporte, científicos, bomberos, carabineros, docentes, incluso autoridades, entre otros-, la pandemia se vive distinta desde la preocupación por sus seres queridos y ayuda mucho que puedan sentir o ser testigos de expresiones colectivas de aprecio y gratitud por esa entrega.
La gratitud es fuente de resiliencia. Los niños y niñas en general se benefician -y aprenden- viendo nuestros actos de gratitud, y esos actos pueden ir dedicados a ellos también, en cada hogar, cada espacio. Ojalá las autoridades, asimismo, destinaran tiempo para enviar mensajes de aprecio a los niños y niñas, y/o para recibir sus preguntas y sugerencias (han salido ideas muy buenas durante el confinamiento). En algunas instancias -desde la defensoria de la niñez, colegio médico- se ha dado este ejercicio del cuidado. Se necesitan MAS. 🙂
Desde las familias, papás, mamás o terceros al cuidado de los niños, estamos tratando de hacer lo mejor que podemos para responder al desafío de estos días. A las necesidades de cuidado habituales, se ha sumado apoyar sesiones de clases a distancia (con todo lo que eso ha implicado en presiones para docentes, niños y familias, considerando además, las desigualdades que también aquí nos alcanzan), contener, animar, ayudar al reemplazo de juegos que antes eran con amigos y en el exterior por otras actividades. Se sugieren muchas “para aprovechar”, he leído, “la oportunidad de recreación y de hacer cosas nuevas” en el confinamiento. Una invitación que puede volverse, a veces, hasta una presión.
El cerebro humano suele inclinarse a actividades que recompensan; si podemos hacer cosas interesantes y entretenidas durante este período, qué bien que existan recursos en cantidades para ello. O sólo darle tiempo a lo más simple, lo más significativo, lazos y afectos, interacciones -en el hogar, por telefono, y otras formas- con familias y amigos. Y podríamos hacer nada también, dejar entrar la pausa, mirar por la ventana, o dejarnos estar aburridos o “chatos”, que también tiene su sentido, sirve, acaso más en sociedades donde el tiempo siempre parece “faltar” cuando en realidad sólo está desbordado -y cansado- intentando hacer caber más de lo que el cuerpo de sus minutos, horas y días, puede contener.
Es un derecho del cuidado, un signo de amor y autogobierno como familia el poder respetar nuestros ritmos y límites frente a agobios de antes y otros nuevos; tratar de protegernos de sentimientos de culpa y reproche que sólo nos minan. Aceptar que algunas cosas podemos hacerlas y otras no, en un período donde no se interrumpen responsabilidades y exigencias de provisión y protección para sostener nuestras vidas y de nuestros seres queridos y comunidades, al tiempo que nos constantamos vulnerables y la pandemia hace surgir miedos muy humanos y diversas preocupaciones -que nos consumen mucha energía también- en función de lo que va ocurriendo con el contagio, la intensificación de esfuerzos para “aplanar la curva”, y lo que se avizora para el tiempo que siga, de recuperación, de replanteamientos.
Chile venía desde octubre de 2019 viviendo un estallido social y un trauma país con pedidos vitales, con duelos de DDHH, con necesidades de transformación y también de reparación, ineludible, de un tejido que es nuestro, pero que es parte de una urdimbre mayo, con la humanidad que hoy enfrenta la pandemia, en todo lugar, con la incertidumbre que también es compartida, sobre cómo se escribe este 2020, el porvenir.
El futuro no es sólo el que imaginamos desde nuestros lentes más angustiados o entusiastas (mirando desde el dolor del planeta hasta la posibilidad de autos voladores y casas idem). Es también la relación con un virus (el actual u otros, siempre han estado en nuestra historia), que nos recuerda que no somos invencibles y que necesitamos y nos fortalecemos en relaciones vitales: con otros humanos, nuestra comunidad, todos los seres vivos.
Interdepedencias y fragilidades, así como necesidades humanas, y resiliencias y colaboraciones, se ven más nítidas junto a cielos, mares, valles, calles en distintas latitudes donde nuestra ausencia ha permitido a la tierra una pausa. Claro de luz, aun en medio de los duelos que junto a los actos de amor y de cuidado, necesitamos honrar también.
Un pedido especial que me gustaría hacer es a la prudencia en la información que sitúa a adultos mayores o personas con enfermedades previas como los más vulnerables o con posibilidad de morir. Todas las personas de todas las edades podrían afectarse con el virus y todos tenemos que cuidarnos. Apena escuchar a autoridades o inclusive médicos apelar a la tranquilidad social señalando que el virus sobre todo es peligroso para los mayores de 80 años. Una cosa es plantear un hecho que ha sido observable, y otra usarlo a modo de paracetamol social. Ese tipo de discurso, que han escuchado fuerte y claro demasiados niños y adolescentes, ha sido generador de mucha angustia (y ha producido descuidos en poblaciones más jóvenes, al sentirse menos expuestas al peligro).
Por cierto, la muerte es siempre una posibilidad, poco hablamos de ella, pero también la salud y la resiliencia lo son y hemos visto a personas de muy distintas edades -y hasta mayores de 90- recuperarse. La conversación principal con los más pequeños no es quiénes morirán o cómo “nos están matando (aludiendo a lideres corruptos, o fuerzas oscuras tras las pandemia)”, sino sobre la vida,
Desde nuestras ventanas no deja de emocionar ver la llegada de la primavera en el norte, o del otoño en el sur, junto a todos los animales que han salido a explorar, en el sosiego de nuestros poblados. Podemos seguir hablando, insistentemente, de la vida. Sin “dorar la píldora”, sin negar la realidad. Vuelvo a lo que E. Fromm decía al terminar la IIGM -y no me imagino lo que puede haber sido asimilar un holocausto que ni siquiera terminaba de revelarse en toda su atrocidad-, que las nuevas generaciones necesitan adultos acompañantes, sobre todo contagiosos del amor de vivir. No adultos maníacos, no hiperventilados ni hiperkinéticos, tampoco románticos, esotéricos, o haciendo de todo una oda o un tratado filosófico. Sólo instalados, un día a la vez, en las ganas o el aprecio por el vivir, la vida en sus distintas manifestaciones (y son tantas menos mal, de las que podemos valernos para poner atención en ella). Me ha llamado la atención escuchar de algunas mamás y papás que viven en departamentos sin patios ni mucha vegetación cercana a la vista, que sus hijos pequeños han pedido “traer más plantitas cuando esto termine”. Mientras tanto, si no hay tierra o una maceta, han recurrido al experimento del algodón húmedo envolviendo un poroto, o bien han pintado árboles y recortado flores de papel, que luego han pegado en las murallas. O visto youtubes de pajaritos e insectos yendo de aquí allá en medio de bosques y llanos floridos. Amor de vivir. Por ejemplo
—-
Con la mejor intención -porque también soy mamá y humana y esta situación no me deja intacta en lo absoluto- va este material. Los contenidos ya son familiares, seguramente, pero la insistencia va en ayudar a situar nuestra atención en algunas esferas que son clave en el cuidado, con acciones que están a nuestro alcance en general, a las que podemos dedicar ratitos en distintos días, pensando sobre todo en prevenir o disminuir el estrés tóxico y la ansiedad -frente a eventos o circunstancias donde no tenemos mucho control, ni muchos recursos previos para orientarnos- que no sólo pueden impactar nuestro estado emocional o psicológico (e incluso aumentando las posibilidades de estallidos emocionales o agresivos en el hogar), sino de modo inseparable nuestra salud física, y sistema inmune.
Y perdón que insista, pero es muy difícil comprender que todavía en la respuesta de los Estados a la emergencia, no se incluya como un pilar determinante, la salud mental de la población y de los trabajadores de salud y de apoyo en funciones críticas. Entre los traumas colectivos de mayor impacto están las pandemias, lo hemos leído en los textos y no nos había tocado vivirlo, pero es tiempo de preparar la respuesta para ahora ya, y para el tiempo venidero.
Por lo pronto, cada comunidad, cada país, y cada familia están tratando de hacer sus mejores esfuerzos. Como familias, además, conocemos a nuestros seres queridos, lo suficiente al menos -desde la pregunta de ¿qué cuida más, en este momento?- como para ir tomando el pulso y desplegando acciones conocidas y otras nuevas para apoyar y contener a los más pequeños y los adolescentes.
Con o sin pandemia, a veces tenemos instancias familiares para “botar el estrés” que serán aun más necesarias en el encierro, desde ejercicios de respiración, hasta bailar y cantar, saltar sobre un cojin, gritar fuerte unos segundos (a ver quién dura más) 🙂 , etc. En la cuarentena de estos días, la hora de los aplausos para agradecer a quienes están en la primera línea del cuidado puede ser de gran apoyo. En esta familia, nos ha servido mucho con la más pequeña: salir al balcón, aplaudir fuerte, silbar, gritar braaaaavoooo. Es duro el encierro para los niños, hay casas sin patio, departamentos sin balcón, y el juego al aire libre -el ir a la plaza- no es sustuible fácilmente por alternativas entre 4 paredes. El movimiento necesita su cauce y conforme pasan los días, quizás se deberá pensar alguna medida especial pensando en las nuevas generaciones (que no fueron consideradas por la autoridad, cuando sí se pudo hacer para las mascotas).
No sabemos cuánto puede durar este tránsito pero sabemos que no será eterno, y para los niños es fundamental la regulación de noticias justamente para evitar esa sensación de no-final que se refuerza con el flujo ininterrumpido de información. Explicitar la noción de lo temporal, lo transitorio, contribuye además a que, una vez superado un evento o ciclo traumático (las pandemias lo son), los niños se recobren mejor.
Todavía estamos aprendiendo; entendiendo esta experiencia, las evidencias que son dinámicas, en Chile, y otros países. Por ahora nuestros pilares son las ciencias, el conocimiento, la corresponsabilidad y la solidaridad. Y sabemos que dependemos de las decisiones y experticias de otras personas, autoridades, científicos, médicos, etc (y ojo con lo que comentamos sobre estas figuras, porque las denostaciones o expresiones de desconfianza pueden aumentar la angustia de los más pequeños), en la respuesta a la pandemia o el logro por ejemplo, de una vacuna. Pero aunque nuestro radio de acción como ciudadanos comunes y corrientes sea más acotado, sí tenemos poderes.
El poder de actuar pensando en el bienestar y cuidado de unos y otros; de respetar las recomendaciones sanitarias que nos han entregado, y de favorecer y compartir disposiciones en el apoyo a los niños y niñas, mientras vamos encontrando la forma de adaptarnos, día a día, manteniendo lazos de afecto, de comunidad; dando espacio a lo que sentimos, sin negar abatimientos ni alegrías esperanzadas (un factor de salud, como también el humor resiliente), hasta terminar de navegar este tiempo. #JuntosnosCuidamos
“Todavía hay que exigirle esto a la angustia: no querer nunca que el niño se calle”. Georges Bataille.
El año pasado se promulgó en nuestro pais, la ley de imprescriptibilidad del abuso sexual infantil. Contando con el apoyo transversal de sobrevivientes, sociedad civil, del Ejecutivo y el Congreso Nacional, este hito –el cambio más importante en el derecho penal chileno, en años- fue y sigue siendo histórico y significativo en el reconocimiento del derecho a justicia de las víctimas de abusos.
A partir de 2019 y en adelante, no corren más plazos que además de inhumanos a la luz del tiempo del trauma, habían asegurado la impunidad de los abusadores, y la revictimización y abandono de los sobrevivientes. Y de todos. Porque no es sólo en materia de justicia que tiene valor una ley como la imprescriptibilidad. También declara una voluntad de autocuidado social, de protección de las nuevas generaciones, y de prevención de abusos que hace mucho son una emergencia de cuidado humano y de salud pública en Chile.
Por eso más cuesta entender qué motiva la propuesta de indicación en el proyecto de garantías integrales para la niñez, sobre “deberes de obediencia y respeto” de los niños a los padres, que por lo demás, y por opinable que sea, existe en el código civil desde su origen (siglo XIX) en disposiciones relativas a potestades y cuidado personal.
El problema con dicha indicación, en primer lugar, es que arriesga confundir premisas que ya han sido consensuadas en relación a la garantía y no sujeción de los derechos de seres humanos niñas y niños a ningún tipo de condicionamiento. Es incomprensible que en una discusión parlamentaria todavía tengan cabida distorsiones al respecto; y peor aún, cuando éstas pueden impactar gravemente la protección de la niñez frente a abusos de todo tipo.
Ojalá quienes, así sea por un segundo, lleguen a contemplar la moción de obediencia debida como viable, recuerden que bajo ese argumento, miles de víctimas infantiles han vivido vejámenes físicos, emocionales, de consciencia, sexuales, y los siguen viviendo.
A diario, unos cincuenta niños, niñas y adolescentes sufren abuso sexual en Chile; uno cada media hora aproximadamente (hasta cuándo debemos repetirlo). Por favor escuchemos las historias de mujeres y hombres sobrevivientes y reflexionemos a tiempo, el legislador y como sociedad, sobre el peso que pueden tener ciertas decisiones.
Cuántos perpetradores de incesto, cuántos líderes religiosos o de sectas, y sacerdotes que se hacen llamar “padre” todavía, o cuántas figuras de autoridad en los más diversos espacios (educación, salud, deportes, escultismo, etc.), podrían valerse, reforzadamente, del argumento de la indicación señalada para continuar violando vidas, obligando silenciamientos o exigiendo a los más indefensos -que no pueden reconocer la perversión de ciertos mandatos de “obediencia y respeto”- someterse a lo que impone el adulto abusador sexual.
De Agua Fresca en los Espejos, abuso sexual infantil y resiliencia, en “Primeros encuentro bàrbaros”
Georges Bataille dijo “Todavía hay que exigirle esto a la angustia: no querer nunca que el niño se calle”. Nunca. Los silencios aterrados, la aquiescencia, las sumisiones, desamparan. Otras herramientas son las que cuidan: la escucha, el diálogo, las preguntas, las preferencias y límites que pueden vocalizarse. La adhesión a una ética de responsabilidad donde el respeto es incondicional, de la mano de la protección. La ternura, de la mano de la dignidad.
Retrocesos o avances, abusos o cuidado, ¿qué vamos a elegir propiciar?
Más que nunca hoy es necesario contar con programas contundentes de prevención de abusos y promoción de buenos tratos–que sumen a familias, escuelas, comunidades-, y con educación comprensiva en sexualidad, afectividad y relaciones humanas en todo ciclo escolar (desde prekinder). Ésta ha demostrado una y otra vez ser un tremendo factor protector: en prevención, y en la detección temprana o develación de abusos sexuales (aquí una experiencia cercana y reciente ), así como para la salud y bienestar de niños y adolescentes en doble tiempo, presente y futuro.
En Chile, las ausencias formativas en sexualidad humana se han reflejado, por ejemplo, en un aumento alarmante del VIH en la última década. Afortunadamente, al fin se está discutiendo un proyecto de ley para establecer bases comunes en la materia, pensando en todos los establecimientos educacionales. Algo que sin duda deberíamos recibir como una buena noticia.
El derecho a información vital para la salud, bienestar, autocuidado y cuidado, desarrollo del consentimiento, etc., es un derecho de los niños, niñas y adolescentes, y desde nosotros, un acto de cuidado ético, de amor, de celebración de sus vidas, de transmisión de un sentido de maravilla, también.
La relación dependiente de la infancia-adolescencia con el mundo adulto es inexorable, y también lo es la asimetría de poder y disparidad que entraña. No necesitamos propuestas regresivas ni opresivas que arriesguen aumentar peligros, desventajas, trasgresiones y soledades para los niños y los jóvenes.
Lo que sí necesitamos es observar, decidir cómo podemos habitar las asimetrías inevitables, en nuestros vínculos de cuidado, para que además de honrar imperativos de protección, podamos acompañar y apoyar el crecimiento y desarrollo pleno de cada humano niño, niña. Una trayectoria que, por supuesto, integra aprendizajes progresivos –según cada edad- en responsabilidades, autonomías, deberes, mutualidades en el respeto, cuidado relacional, que son indispensables en la construcción de nuestra humana convivencia.
Mi cuerpo es un regalo, de V. Jackson Ilustraciones de Marianela Frank.
Violaciones de derechos humanos a niños, niñas y adolescentes.
Comenzando estas letras no sé qué más habrán mostrado las noticias, y podría cada palabra terminar siendo en vano. Lejos del país la voz se repliega, se desvela enmudecida, como si la ausencia limitara su derecho a decir, a sentir la desgarradura, o la esperanza en un Chile que esperábamos conocer desde el retorno de la democracia -y lo hemos hecho, pero muy poco todavía. Lo que falta no puede ser más a costa de seguir vulnerando a los más indefensos (y a nadie). Ni a costa de más carencias.
No eran 30 pesos, sino 30 años.
La misma edad de tantos jóvenes que hoy están pidiendo una transformación profunda. La misma edad de mi hija mayor que se suma en lo que nunca imaginamos: explicar a la más pequeña de la familia, en el nuevo milenio, la historia en verbo presente de una rotura del pais. Esta historia de estos días, de sus orígenes, o los muchos años vividos con sensación de “no puede ser” -para mí, comienzos de los noventa- ante formas de ir haciendo las cosas que hacían avizorar una avalancha en “el futuro”.
Ese futuro que es hoy, finalmente, y del que duele hablar, con nuestros fracasos, desigualdades bestiales, nuestras heridas viejas y todas las nuevas que hemos sumado en menos de un mes. Esa llaga que ojalá nunca logre ser más fuerte que el deseo de una vida buena, digna como la democracia debió desde un comienzo, sembrar para todos. Como aún podría hacerlo.
Quisiera ser más vieja o más sabia o más arrojada. En medio del trauma que se está viviendo -sin saber todavía cuánto deberemos reparar y por cuántos años- no he podido esbozar más que algunas proposiciones e insistencias que dicen relación con la niñez. La de hoy y la de antes; lo persistente, lo íntimo, lo delicado del vínculo que siento las úne, o debería, en los esfuerzos por responder a este tiempo y el venidero.
Como muchos, crecí en el Chile de la dictadura. Aun sin saber de sus torturas y silencios, se sentía poco cercano ese país para los niños. No invitaba cualquier día a celebrar algo a la plaza, sin miedo, sin pasar por el kiosko del barrio leyendo titulares sobre “enemigos” y una guerra que parecía no terminar nunca. Recuerdo mirar con pena y rabia los jardines del Congreso donde solía ir a jugar, antes del golpe, y la reja que nos separaba. Tantos otros símbolos -la bandera, el escudo, el himno, cosas que recién aprendía- iban imprimiéndose a pulso marcial, tan ajeno al latido de la infancia. Los actos cívicos de cada lunes eran una rutina forzada y desprovista de emoción; sólo sentía calor, o frío parada en el patio, y muchas ganas de irme a clases. Ni en el aula ni en ninguna parte se hablaba mucho del país ni de sus niños.
Muchos crecían en Chile, y otros fuera, en países donde llegaron a refugiarse con papás y mamás aterrados después de haber logrado salvar la vida de los suyos en el contexto del golpe militar. Tantos niños perdieron a sus personas más amadas; o aprendieron una palabra horrífica como “desaparecido”, primero en español, y luego, quizás con cuánto esfuerzo, en los idiomas del exilio. Eso si se animaban a contar algo de sus vidas, olvidando los ruegos de sus padres: mejor callar, cuidarse, no confiar. El aire donde lo dicho y lo no dicho espesaban todo. Una palabra podía costar la vida. Cómo respiraban esos niños y niñas, nunca sabré.
Otros niños eran hijos de familias adherentes a la dictadura, o de funcionarios de las fuerzas armadas. No todos crecieron “como si nada”. Hubo hijos cuyos padres, aun contrarios al golpe, por miedo continuaron trabajando en empresas estatales o en carabineros, el ejército, la Fach. En esos hogares, el imperativo de callar también se hizo parte de infancias y dinámicas familiares donde la autopreservación y el tratar de llevar una vida “lo más normal posible” –en la anormalidad absoluta de una dictadura- escribieron las biografías de cientos de niños y adolescentes.
Más difícil imaginar las vidas de niños hijos de agentes de la DINA y la CNI. ¿Cómo los abrazaban esos padres, o madres, de vuelta de una sesión de tortura. o los abrazaban siquiera, alguna vez? Alguna idea tengo de expresiones de supuesto afecto de padres disociados, capaces de atormentar y vejar, y luego comer, dormir y hacer muchas otras cosas sobre ruinas y sangres cotidianas. En el equipo DITT de Codepu, no olvido la historia de un ex agente de la Dina que convulsionaba ante cualquier tacto de sus hijos, su mujer. La piel se volvió su enemiga (lo mínimo pensará más de alguien), la memoria de otros niños vivía ahí, pero Sus hijos no sabían; sólo sintieron de sus padres rechazo y descariño.
¿Cómo crecieron esos hijos, qué esfuerzos enormes hicieron para alzar sus identidades, diferenciarse, cuestionar sus vínculos, o asimilar que a pesar de todo, querían sostener el cariño o algun vinculo con esos padres? Como psicólogos hemos conocido a esos adultos cuyas infancias fueron también marcadas por la dictadura aunque poco y nada se las incluya en el examen de ese tiempo y del trauma que a todos –de distintas maneras- nos alcanzó.
En CHile y lejos del país, hubo experiencias infantiles que seguramente fueron determinantes en cuánta indefensión o resiliencia haya acompañado el tránsito a la juventud y adultez de generaciones que además de un país en dictadura, debieron vivir abusos sexuales infantiles -que continuaban como hasta el día de hoy-, y maltratos físicos en tiempos en que el castigo corporal era naturalizado como “disciplina” (sólo hace 2 años se promulgó la ley que sanciona esa violencia), o devastamientos psicológicos, y tantos otros sufrimientos enormes en cuerpos pequeños.
En el trabajo de la esfera ASI, hemos podido escuchar relatos del trauma sexual infantil de mujeres y hombres que aman que sus hijos crezcan en democracia y que no obstante todavía hablan como pidiendo perdón por las vidas de sus progenitores (no abusadores) durante años de la dictadura: familias que no quisieron saber nada y siguieron con sus vidas, otras ausentes en el cuidado y dedicadas a la resistencia en clandestinidad, madres y padres de movimientos de extrema derecha e izquierda, agentes del terror del Estado, integrantes de las FFAA, personas que profitaron del dolor de esos años. Por más que estemos claros en que no podemos ser condenados por los actos de nuestros ancestros (yo ni siquiera podría estar escribiendo aquí si así fuera), no es fácil llevar esas historias en los cuerpos y sus amores, o no amores.
Hijos e hijas de adultos en un país herido, madres y padres que vivieron daños, que los sufrieron, los infligieron -o ambos-, que pudieron cuidar, que no pudieron, que se involucraron o se distanciaron de la realidad (o trataron), que abrieron la conversación acerca de esos años, o esperaron a la democracia, o nunca lo hablaron. Parte del despertar de Chile es también dando cuenta del pasado de las infancias que puede enseñarnos a no omitir ninguna en el presente, y hacia el futuro.
En estos días de estrés agudo, de trauma y retraumatización severa, he pensado mucho en los niños que desde distintos hogares, regiones del país, y vidas de sus familias y propias, están siendo testigos de este ciclo. Hay niños que ya han sufrido adversidades terribles y trauma- en la pobreza, la precariedad, el abandono social- mucho antes, y niños que por primera vez han sentido miedo viendo tanques por las calles -consistentes con el anuncio de posible “guerra” del propio presidente del país donde ellos crecen-, o la represión de carabineros contra personas desarmadas, incluyendo a niños, o bien la desafección de esos mismos funcionarios en saqueos e incendios en muchos barrios.
Pienso en adolescentes cuyas familias sufrieron terriblemente en dictadura, y cuyos padres y madres y abuelos recuerdan en tiempo real, sus pérdidas y duelos, o el terror de esos años. Niños y niñas de distintas familias, con padres y madres que trabajamos en distintos oficios, también en el gobierno, las fuerzas armadas, organismos de derechos humanos, empresas, almacenes, hospitales, la misma casa, tantas labores distintas.
Hijas e hijos niños que aman a adultos cuidadores y significativos entre quienes también se cuentan los muertos y heridos que llora Chile en estos días, y las casi doscientas personas que han sufrido la pérdida de un ojo, o ambos, en traumatismos que sólo pudieron ocurrir porque los disparos fueron directo a sus caras, como si no nos perdonaran el despertar, el abrir los ojos como sociedad. Es mutilación (advertencia preventiva antes de abrir enlace a NYT), no es sólo de una parte del cuerpo, sino de vidas enteras. La violación que se repite, asaltos sexuales denunciados donde no cabe ninguna consideración que no sea la del daño deliberado, criminal, de integrantes de la policía -que no son todos, pero como si lo fueran- contra niños, jóvenes, y mujeres (y terror de estado son tres palabras que cuesta pronunciar, volver a pronunciar, pero no encuentro otras).
Quizás los niños no entienden conceptos como tortura, derechos humanos, abusos de poder, desigualdad, humillaciones sostenidas. Pero los cuerpos sí sienten, vivencian, no pueden evitar estar atentos a otros cuerpos –de sus familias, del país lastimado, incendiado, tratando de transformarse- y por eso ha sido constante y loable el esfuerzo de muchos trabajadores de salud y educación, en compartir sus saberes, sus tiempos de atención, acompañar de distintas formas. Análisis desde distintas disciplinas, testimonios de vida, son un apoyo para navegar esta tormenta cerca de tanto roquerío.
¿Cómo acoger, escuchar, conversar, explicar? Hay tantas maneras. Sin embargo lo primero a cuidar son los límites que distinguen los mundos adultos e infantil, las experiencias de unos y otros, y el derecho de los más pequeños y jóvenes a ser protegidos desde el respeto, inseparable, a su psiquismo, sus procesos, su tiempo de crecer, según cada etapa y lo que necesita.
Como familias y docentes en el fondo sabemos cómo, desde el el afecto, orientar nuestras interacciones y nuestros dichos. Podemos hacerlo bien y siempre la pregunta de ¿qué cuida más? aporta precisiones. En medio de lo violento se siente sobrehumano pedirnos más, pero los más chicos nos miran, dependen de nuestro aplomo durante y después. Todo el tiempo.
Parte de nuestro cuidado y de la distinción de límites entre mundos y edades, se refleja en en el pedido, por ejemplo, de no llevar niños a marchas ni manifestaciones -no sólo en contexto de toque de queda corre esta apelación- en las cuales la sola multitud puede resultar angustiante, sofocante (es verano casi) y agotadora para los niños, y donde objetivamente se corren peligros. La violencia desbordada de fuerzas policiales, y civiles también (desde saqueos hasta delirantes vestidos de amarillo disparando a los vecinos), no distingue entre cuerpos adultos y de niños. La decisión de cuidar recae sobre nosotros.
En la primera marcha de millones, hubo “performances” que movilizaron a la defensoría de la niñez a presentar denuncias por abuso infantil (exponer a niños a presenciar actos sexuales entre adultos). A los disparos, lacrimógenas, golpes, se suman otras situaciones en las que no siempre podremos cuidar. Ha habido niños heridos, adolescentes detenidos, abusados sexualmente. La defensoria de la niñez ha realizado un trabajo tremendo y al límite de las capacidades humanas (no hay cómo agradecer lo suficiente). La soledad ha sido estremecedora porque ante violaciones de DDHH de niños, las autoridades de gobierno no han estado todavìa a la altura esperada. Añoro ver junto a la defensora, a ministras, subsecretarias, a parlamentarias/os del lado que sean, que deberían más que nunca estar llamando a proteger a todas las personas, a la democracia que juraron servir desde el Congreso. Durante días de días no hubo voces para pedir el fin de las mutilaciones o condenas a abusos sexuales (aunque sí a la represión en Hong Kong), ni intercesiones de cuidado que hubiesen sido vitales. Palabras que lo habrían sido, tambièn.
En casi un mes, las palabras capaces de levantar o consolar, vinieron de otros lugares. En el casa, la escuela, donde los niños pasan mucho tiempo en general, aunque actualmente las jornadas puedan haber variado. ¿Qué se habla en la sala, el patio, qué guía han prodigado los adultos, cómo acogen los relatos de los niños, qué contrapuntos es posible compartir, qué ejerciciosde cuidado?
Hay niños y niñas en cada aula que son hijos de papás y mamás y familias muy diversas. Estarán las que apoyan la movilización social, y habrá otras que no, que la viven con temor. Hay familias esperanzadas en cambios posibles, otras familias muy afectadas por sus seres queridos, porque han sido heridos, o detenidos, o porque perdieron su trabajo en el contexto de esta crisis. Familias que votaron o no por el actual gobierno, que trabajan en salud (con todo el estupor de lo que han asistido en las urgencias), que tienen integrantes que son militares o carabineros/as, o funcionarios del estado, o líderes políticos (con toda la distancia, el descrédito, y la indignación que transversalmente ha expresado la ciudadanía). Seguro olvido ejemplos, pero el empeño de no perder atención es contumaz.
Para los profesores es una situación muy desafiante, ardua, hay escuelas que han sido agredidas, otras que en medio de esta crisis han enfrentado además experiencias que hacen todo más doloroso (como la muerte de un compañero con cáncer, o de un profesor querido). La vida no tiene pausa, el calendario llega casi al final del año escolar, en tanto ha habido que sumar sesiones especiales de contención, reflexión, etc, en muchas escuelas, a instancias de los propios docentes preocupados. Pero asimismo hemos conocido de jardines infantiles donde niños juegan a “el que no salta es equis…” o repiten consignas como “el pueblo unido jamás será vencido” que han suscitado legítima preocupación (como puede generarla, y mucho mas, el adoctrinamiento religioso de los más pequeños). Afuera el país sangra y esto puede parecer menor, pero cada acto de cuidado desde el más modesto, excepcional, al más cotidiano o valiente y solidario -como los profesores del Manuel de Salas que hicieron un cerco de cuidado para evitar la agresión policial a sus estudiantes, y son tantos más- suma.
En el terremoto del 2010, Jorge BArudy nos hizo pensar en las hijas e hijos de personas que robaron televisores y fueron identificadas, y en cómo lo vivieron esos niños. Saqueadores, policías, derecha-izquierda-centro, lo que digamos sobre los adultos no deja indemnes a los niños. Entre adultos podemos decir tantas cosas, pero ¿qué cuida más cuando se trata de cachorros humanos que están creciendo?
Sabemos que hay niños y niñas que han vivido desde más cerca o bien, con menos información los sucesos de este tiempo; que han atestiguado y participado de los caceroleos con ánimo alegre o con temor (el sonido es ensordecedor para algunos), que han visto u olido el humo de bombas lacrimógenas y/o de atentados incendiarios; niños que pasaron días y noches del toque de queda encerrados porque en sus barrios saqueaban y los adultos no querían dejar sus casas solas ni siquiera para ir a comprar pan en la mañana; niños que desde que recuerdan viven entre disparos; niños que hoy ven que los carabineros disparan hacia sus hogares (¿cómo volvemos a enseñarles que si se pierden deben pedir ayuda a esas personas?). Niñas y niños que llegaron a llegaron a Chile escapando de realidades traumáticas en sus países. Niños y adolescentes que viven en residencias de Sename. Son tantas historias niños y familias. Son tantos lugares.
Los niños se mueven, transitan, escuchan lo que se conversa en cada espacio (aunque la televisión esté limitada y no lean noticias, esas conversaciones cotidianas de otros, sin querer, informan). Bromas, denostaciones violentas, predicciones horrorosas, relatos sobre un país que ha dañado, sigue dañando y que tendrá mucho por reparar. Si los adultos sentimos el agotamiento, físico y mental, así como las alertas del cuerpo amplificadas en la protección de nuestros seres queridos ahora y mañana, ojalá podamos recordar que cuando comentamos o nos desahogamos con niños cerca, estamos incidiendo también en sus sentimientos de mayor o menor indefensión y en cómo se vive y registra la experiencia actual en la memoria.
No se trata de mentir ni negar nuestro sentir. Hay días en que el bramido nos supera, en que hay que esperar el sueño de todos para llorar sin que los niños nos vean. Pero si vamos a conversar y debemos realizar un reproche ético podemos hacerlo en clave de acciones, conductas. En terapia de trauma por abusos sexuales, por ejemplo, es diferente conversar en torno a una afirmación acerca del abuso cometido “es un acto deplorable, inhumano, criminal” y todos los adjetivos imaginables, a centrarse en el abusador o los abusadores como “unos miserables, animales, depravados, etc.
Las violencias ocurren en relaciones, no en el aire. Las víctimas no son impermeables a lo que se diga de quien abusa, porque en una mayoría de los casos, se trata de personas significativas -y por quienes se ha sentido, siente cariño- y aunque las víctimas no tengan ninguna culpa, nunca, ronda la pregunta dañina de ¿por qué a mí?, ¿pude hacer algo para salvarme, pedir ayuda, o evitarlo? No querríamos pasar a llevar esa herida. Ni impedir la posibilidad de ese espacio donde la falibilidad y la fragilidad de la condición humana, luego de quiebres mayores, todavía nos permita seguir escribiendo la historia, en compañía de otros, en términos propios (consentidos, y ya no impuestos por la fuerza). Si todo se tiñe de lo violento y lo perverso, ¿cómo seguir adelante, en qué mundo?
Llevado a las circunstancias actuales es distinto decir “la violación a derechos humanos es inaceptable, el Estado no puede dañar, asesinar, vulnerar a sus ciudadanos, a las personas, etc” que decir “el presidente es desde un inepto a un criminal, los parlamentarios unos infelices aprovechadores y cómplices, los militares y carabineros todos asesinos, los saqueadores unos delincuentes que ojalá terminen muertos mientras hacen destrozos, los cuicos tal o cual, los flaites esto o lo otro”: todos ejemplos de cosas que una ha escuchado o leído en estos días, pero no sólo en estos días.
La carga de las palabras y definiciones adultas de la realidad no tenemos cómo medirla, cómo observarla en psiquismos todavía en desarrollo –ojalá contáramos con visión de rayos equis- pero en el contexto de la relación inexorable de dependencia infantil, los cachorros humanos registran la indefensión de estar no “al cuidado de” sino “a merced de” un mundo adulto peligroso e inescapable con personas a cargo a quienes temer y solo temer.
En el posteo anterior (El cuidado no tiene pausa) señalamos que el factor determinante en cómo se experimenta y recuerda una vivencia traumática es el sentimiento de indefensión –la percepción, emoción- que la acompañe. La neurobiología es clara al respecto y los conocimientos que aporta son indispensables como guía. También los saberes que vamos gestando y compartiendo en comunidad.
Relatos de cuidado mutuo, de posibilidades, de intentos colectivos -fallidos, insistentes, opinables, descartables algunos, promisorios, todos los intentos- para encontrar soluciones. La apelación no es a valerse de optimismos delirantes y menos de invocaciones a “seguir adelante” al fragor de impunidades y olvidos que sólo agregarán daño. El sostén de la vida sólo pide cuidado responsable: de la generación que está creciendo, en tiempos que no dejan de ser percibidos en extremo vulnerables -a nivel planetario y de las comunidades y países donde crecen los niños, hoy el nuestro- y que afectan a niños y niñas de distintas maneras.
Hemos llegado tarde en muchos sentidos, y es imposible dimensionar cómo y cuántas generaciones han vivido las escaseces y desamparos que no detuvimos en treinta años o que hicimos más graves, más crueles.
Establecer responsabilidades no necesita de comparaciones cargadas de odio, o muy faltas de amor. Se puede recordar qué hizo y no cada quien, y a la vez buscar cómo acoger y responder a todas las carencias -sin dejar de respetarlas todas, sin hacerlas competir- en tanto nos disponemos a hacerlo mejor, no como un acto de humanidad mínimo, sino como una urgencia hoy de vida o muerte que no se puede evadir. Como un acto soberano de amor por el vivir, también.
Como colectivo la indefensión también nos hiere y paraliza, nos confunde. En el desconcierto o la precipitación adulta (bienintencionada o egomaníaca) podemos dañar el momento que ofrece una oportunidad de cambios hace mucho necesarios, de bien común, de bienes para la vida, voluntades de cuidar y de evitar sufrimientos que sí son evitables y que se han dado por aceptables porque un crecimiento en código económico terminó siendo más importante que el crecimiento de seres humanos cachorros, y de seres humanos adultos (que no paran de crecer) en una comunidad de casi veinte millones de personas.
Reventaron las carencias, la falta de cordura que detectamos en el condicionamiento de necesidades humanas vitales al lucro, al “mérito” (perverso), y definidas como una carga (un “gasto” más que una inversión, una siembra, una actividad de cuidado que beneficia a toda la comunidad). Los seres humanos no somos un lastre. Nuestras vidas, las de nuestros niños, no lo son. Chile puede despertar pero el Estado no sale de su letargo, su hechizo ante el modelo. ¿Qué teme tanto, qué ambición lo enferma al punto de abandonar el cuidado del modo en que lo ha hecho? ¿Sería muy descabellado pensar en animarlo a otro coraje, entre todos?
No sé si alguien está escuchando, radicalmente escuchando esa voz que ya venía elevando su volumen hace mucho, por décadas. Pero desde la distancia, y con las ignorancias que todavía me limitan (lo que me falta por aprender, lo que nunca me ha tocado vivir), no olvido que la pasión por sobrevivir y por vivir son la fuente primordial, y una energía presente más que nadie en los niños. Si estuviéramos actuando como ellos, pensando realmente en ellos, quizás ya iríamos encaminados en salidas a esta crisis.
Necesitamos escuchar siempre, pero hoy de modo más intenso, más deliberado, lo que tienen para decirnos los niños y adolescentes. Mi hija menor me contaba que hablando con su mejor amiga en Chile, había aprendido una nueva palabra en español: “Vandalismo”. Según ella lo entiende, es lo que hacen las personas que están rompiendo robando, incendiando, y también los militares que disparan, y el presidente y el congreso “who are totally careless”. Completamente descuidados, en el momento en qué más habría que cuidar a la gente. Me pregunta si no hay una entidad mayor a la cual presidente y congreso respondan (también pregunta por impeachments y otros mecanismos que son parte de su realidad acá). Se adelanta y se responde sola, “es la gente ¿cierto?, y también los niños”. Quiero decir que sí con más convicción, pero un sí con suficiente amor espero baste por ahora.
Adrienne Rich, pensadora norteamericana (QEPD) decía que si realmente queríamos transformar una sociedad brutalizada en una donde las personas vivieran con dignidad y esperanza, debíamos comenzar por empoderar a los más indefensos y carentes de poder. Inevitable pensar en cada paso de los niños. Violaciones a sus derechos humanos han sido sistemáticas en años de democracia, niños en Puchuncaví, niños mapuche, todo el tiempo la historia desolada de niños y niñas en Sename, decenas de informes y las denuncias de los propios funcionarios y los niños que no han llegado, no realmente, al corazón adulto en 30 años, con 7 gobiernos, 2 de una coalición, y 5 de la que, abriendo el retorno democrático, suscribe la Convencion de derechos del niño, en 1990, y que sola suma 24 años de nuestros treinta. Casi un lustro, un cuarto de siglo, cuántas generaciones de niños. Se habla de nuevo pacto social. Partamos por ahí.
Ante lo que hoy están viviendo todos los niños en nuestro país, lo que atestiguan y no pueden controlar, ¿cómo cuidamos la trayectoria que no se interrumpe, el ser que sigue gestándose? Con todo lo que podamos: con presencia, con diálogo, con políticas públicas, acelerando leyes que pueden proteger, con gestos cada uno y cada comunidad, con afecto, con empeño, aun cuando muchas veces debamos admitir que no tenemos todas las respuestas ni certezas, pero nos abrimos a la posibilidad de buscarlas, de encontrarlas, junto a todos, junto a otros aun en el disenso.
Si logramos desde el cuidado coincidir en unos centimetros de aspiración, de deseos de mejor vida, me la juego por atesorar esos centímetros y partir desde ahí construyendo más. Separados no se puede. Y me ronda y ronda cuánto tiempo sobre estos treinta años, deberemos sumar ahora para sanar el trauma de este tiempo.
Todavía no comenzamos a enmendar siquiera lo ilegítimo que no dejó de ser al volver a la democracia; en salud, educación, en un sistema de pensiones que para muchos fue impuesto con amenaza de despido, y que hoy sigue condenando a miles de adultos mayores a vivir a duras penas (mientras otros gastan y derrochan y hasta se divierten a costa de esos esfuerzos honrados, y no, no es rencor, es memoria, nada más).
Si nuestro país,nuestra democracia fueran un cuerpo, qué llagas nos mostrarían, qué huesos adoloridos. Los índices del país a ras de OCDE no cuentan vidas, infancias truncadas, desesperanzas letales, estallidos desesperados de niños y jóvenes cuyos cuerpos no podrían siquiera levantar la primera piedra o el primer fósforo si sintieran que tienen un presente o futuro vivible, digno, que habitar (y no, no es exonerar violencias ni responsabilidades, de ninguna manera, tampoco las nuestras).
La vida en comunidad, el amparo mutuo, la fraternidad, la interdependencia del cuidado, se han estrellado por demasiados años contra la desidia, la codicia, los abusos de poder y privilegios, todo aquello que termina ahondando la sensación de vidas dispensables, de un prójimo que casi ha terminado sintiéndose, en muchos sentidos, tan lejano como quisieron hacernos sentir en dictadura (y claro, si el modelo sigue siendo el mismo). Pero no es así, y ya algo se ovilla de tristeza o vergüenza esa indolencia en clave de “algunos por sobre los otros”, “nosotros vs los otros”, “los buenos y los malos, los deplorables, los jamás redimibles”, que ha dejado a nuestra democracia tan frágil como la hemos visto. Tan ávida de cuidados que no sólo no pueden esperar, sino que piden mucha generosidad y será difícil en la trizadura que sentimos, claro que sí, pero qué hacemos entonces, cómo seguimos un día más si no podemos detener la edad, la vida de cada uno, y sobre todo de los más pequeños (que siguen naciendo en estos días, siguen yendo a la escuela, siguen tratando de encontrar o dibujar su lugar en el mundo).
Podemos poner nuestro ser a disposición de lo que exigirá el cuidado a partir de este ciclo, eso se deja sentir, quiero creer que no habría los millones de personas que han expresado su deseo de cambio, si no fuera por esa energía tan llena de deseo de vivir, la única vida que se tiene, sin que nuestras vulnerabilidades sean motivo de temor, de angustia por no poder cuidar, cuidarnos.
Los niños de hoy no vivieron los tránsitos -no es uno sino muchos, y diversos, y dolorosos- que muchos de nosotros sí atestiguamos, entre dictadura y democracia. Tampoco conocen de procesos, de puentes entre una y otra época, puentes que no terminamos de cruzar (o de honrar, llorar, recorrer con pasos y no a saltos) quizás porque antes de darnos cuenta ya los habíamos dado por inservibles, o hasta derrumbables. Pero sin ellos hay trayectorias que sencillamente no se pueden realizar. Y si no podemos volver a tenderlos todavía, tal vez podamos al menos persistir, aun entre tantos duelos, desconsuelos y ojalá esperanzas, en la pregunta de cu[antos puentes necesitaremos, cuánta falta nos harán ahora si de nuestro cuidar juntos -no separados, si hemos aprendido algo- siguen dependiendo las nuevas generaciones. Creo que toda la falta del mundo.