“La ley chilena que declaró imprescriptibles los delitos sexuales contra menores en 2019, marcó un hito al reconocer a las víctimas un derecho vital: el tiempo para enfrentar el trauma. Las violencias sexuales, con frecuencia silenciadas durantes años, exigen un espacio para comprender, procesar y hablar. El concepto de “derecho al tiempo” elaborado por Vinka Jackson surge como una forma de asegurar el respeto a procesos individuales, permitiendo la reparación y el relato ante la justicia cuando las condiciones psicológicas estén dadas, sin importar los años que hayan transcurrido. “Derecho al tiempo: trauma y ética del cuidado” es una dedicada y valiosa reflexión en la que su autora -psicóloga y sobreviviente- promueve una posibilidad de gestión reparatoria colectiva con el propósito de apoyar la reconstrucción tanto personal como comunitaria, mediante el cuidado ético y con especial atención en las nuevas generaciones”
Comienza marzo, el año escolar, “el año” en realidad para todo y todos. Es una buena noticia partir este ciclo con la campaña “Cuidemos la Infancia”, organizada por Fundación Viento Sur en Chile, que ha convocado a organizaciones sociales, la comunidad, la ciudadanía, a sumarse en un cometido por la niñez, su bienestar, su desarrollo pleno, su protección y la prevención de abusos y violencias infantiles.
En 2022, la Defensoría de la Niñez compartió que un 62% de los niños y niñas en Chile viven violencias. Todavía, a diario, entre 50 a 75 niñas, niños y adolescentes sufrirán abuso sexual. En este siglo, cuesta continuar asimilando números que no son números, sino vidas de seres humanos pequeños y jóvenes, niñas y niños de hoy, y no olvidemos a los de ayer.
No sabemos en realidad cuántas personas adultas sobrevivientes de abuso sexual infantil viven hoy en Chile, o en el mundo. Pero cada año tomamos conocimiento de denuncias de víctimas que aun impedidas en su acceso a justicia debido a los plazos de prescripción, han compartido sus experiencias. Sobre todo, como una forma de llamarnos a despertar y a sostenernos activos en la prevención de estos abusos.
Con las nuevas generaciones sí podríamos llegar antes, evitar estos sufrimientos evitables, o detectarlos tempranamente, si realmente existe un mundo adulto atento e involucrado (lo han repetido hasta el cansancio organizaciones internacionales de salud pública). El mejor programa educativo o campaña de prevención “no será exitoso si no cuenta con la participación de los adultos y la comunidad” (CDC, EEUU).
“Cuidemos la infancia”, desde su plataforma digital para la comunidad , y en las actividades (una cada trimestre) que impulsará este 2023, aspira a nutrir ese esfuerzo colectivo, transversal, donde cada uno y todos podemos -con nuestras distintas historias, oficios, edades, sueños en común o disensos- encontrarnos igualmente en el cuidado. It takes a village, otra vez. Una y mil veces.
En abril, Mes internacional de la prevención del abuso infantil, se desplegará en CHile por primera vez la campaña de de los remolinos azules. Ya les contaremos más. Por ahora, invitarles con mucha esperanza, a visitar el sitio web www.cuidemoslainfancia.cl donde es posible encontrar una serie de recursos e información para familias, educadores, y la comunidad. Como parte de Derecho al Tiempo, tuve el honor de poder colaborar y redactar, entre otros contenidos, esta guía sobre abuso en el mundo digital y recomendaciones para su prevención :
ABUSO INFANTIL Y EL MUNDO DIGITAL
Un aspecto muy importante del cuidado y de la prevención de abusos infantiles está relacionada con el uso de tecnologías e internet. El progreso tiene muchos aspectos positivos e internet es una herramienta que, bien usada, puede ser un gran apoyo para aprender, crear, desarrollar talentos, fortalecer actividades escolares, y vínculos entre niños también, etc. Pero asimismo entraña desventajas y riesgos.
Muchos de nosotros hemos conocido casos relacionados con la exposición temprana a internet y el acceso accidental de los más pequeños a contenidos inapropiados para su edad –violencias, pornografía, inclusive imágenes o videos de niñas/os siendo abusados sexualmente, transmitidas en internet- y que pueden impactar seriamente el desarrollo infantil. Continuamente sabemos de experiencias de acoso, agresiones o cyberbullying sufridas por niños y adolescentes vía redes sociales, algunas, con desenlaces terribles.
No es fácil como padres y madres estar en todo, y el mundo digital puede percibirse abrumador, pero en colaboración con la escuela, otras familias, podemos cuidar mejor. Dejar solos a los niños y niñas frente a este desafío, aunque suene muy duro, podría entenderse como una forma de negligencia que puede causar gran daño.
Cada día la tecnología avanza a pasos agigantados, y aunque ya era parte de la escuela, con la irrupción de la pandemia de Covid y la educación online, el acceso al mundo digital ha mucho sido más rápido e intensivo para las nuevas generaciones. Como papás y mamás quizás sabemos menos que nuestros hijos, pero aun sin ser expertos tecnológicos, podemos ser capaces de acompañar la experiencia de nuestros hijos lo mejor posible.
Algunas recomendaciones básicas que quizás ya conocemos, pero que vale la pena recordar:
Tomar decisiones como familia o padres/madres en relación a cuándo, cómo, y bajo que reglas habrá acceso de dispositivos e internet para nuestros hijos. Conversar continuamente en familia sobre la importancia del cuidado y autocuidado en el mundo digital.
Proteger la privacidad de nuestros hijos, y también de nuestra familia: no compartir datos personales, dirección, teléfonos, el jardín o escuela a la que asisten nuestros hijos, etc.
Como adultos, evitar exhibir a niños y niñas en redes, abstenerse de publicar sus fotografías y si es necesario o inevitable hacerlo por algún motivo, entonces cubrir los rostros de los niños.
Demorar cuanto sea posible el acceso de niños y niñas a dispositivos, internet, y participación en redes sociales. A pesar de que esto es muy sabido, no es infrecuente ver a bebés con celulares en la mano –como un medio para entretener o “calmar”- y a niños pequeños viendo youtube, tiktok, o creando sus propias cuentas sin tener la edad mínima exigida por las propias plataformas.
Respetar edades recomendadas por los propios creadores de tecnologías, aplicaciones, plataformas de redes sociales, para el acceso de adolescentes.
Presencia y acompañamiento, enseñar: igual que cuando aprendieron a caminar, cruzar la calle, usar ciertos objetos, en el mundo digital también los niños necesitan de nuestra presencia y de tiempo para aprender.
Siempre, nuestro ejemplo es lo que más deja huella (cuánto pasamos conectados a internet, o si somos capaces de concentrarnos en otras actividades sin estar pendientes del celular, etc.).
Poner atención con nuestros propios teléfonos o dispositivos, dónde los dejamos, si quedan o no al alcance de los más pequeños, qué tenemos en nuestros historiales, etc. Hay incontables ejemplos de niños que han sido expuestos accidentalmente a contenidos traumatizantes
La exposición temprana y excesiva puede terminar causando trastornos en el desarrollo infantil, el aprendizaje, la salud mental; un aumento de conductas de riesgo, y un peligro real de victimización (por adultos predadores sexuales que irrumpen en juegos, chats, etc).
Si hay un computador en el hogar, ubicarlo en un área visible, no en dormitorios de los niños (lo mismo corre para la TV). Si hay tablets o celulares y niños son autorizados a usarlos, acompañar y supervisar su uso. Los celulares se retiran antes de dormir y durante la noche, la carga de baterías se sugiere que sea en un área sólo de acceso adulto (nunca donde duermen los niños).
Conversar con niñas, niños y adolescentes sobre beneficios y aspectos negativos de internet y del uso de dispositivos, y sobre formas de interactuar en redes sociales (cuando tengan edad para acceder a ellas, en la adolescencia).
Definir límites de tiempo, contextos, etc. para uso de dispositivos e internet, explicar por qué (el cuidado), y estar abiertos a ir revisando, dando más tiempos y/o actualizando reglas en conjunto con nuestros hijos/as, de acuerdo a necesidades de cada niño/a y de cada etapa. Es una buena idea, que ha funcionado en muchas familias, hacer una especie de “contrato” (* Aquí un modelo).
Compartir con los niños que hay compañías responsables –celular, internet, redes- y que éstas tienen reglas de uso pues es su deber también proteger a niñas y niños.
Conocer los criterios de acceso a computador, uso de celulares, etc. en los establecimientos donde estudian o participan de actividades nuestros hijos/as; y de casas que suelen visitar.
Revisar en conjunto las aplicaciones (o juegos) que son de interés de los niños, con un criterio previamente establecido y explicitado sobre la decisión -y descarga- que pasa por el VB de los padres/madres
Compartir con nuestra familia extendida (abuelos, tíos, primos, etc) nuestros criterios en relación a dispositivos e internet; y también podemos hacerlo con otras familias de compañeros/amigos de nuestros hijos. No siempre es posible coordinarse todos, pero puede haber respeto sobre las reglas de unas y otras familias en relación a sus niños y es importante conocer esos criterios y comunicarlos (por ej., “mi hijo tiene permiso de jugar estos juegos, estos no”).
Se sugiere no acotar el acceso a internet sólo para temas escolares (tareas): se puede permitir acceso a ciertos juegos, música, etc. y es importante ir aprendiendo a navegar, a distinguir entre información verdadera y falsa, y a interactuar con sus pares.
Es importante compartir con nuestros hijos sus momentos de juego; o buscar cosas juntos en internet, ver experimentos, lugares, cantar etc. Son momentos especiales, y hasta inolvidables.
Enseñar que nadie puede tomarles fotos o videos y menos publicar algo sin pedir autorización a sus padres/madres (una normativa vigente, corre para jardines infantiles, escuelas, e inclusive autoridades). Una buena forma de reforzar esto, es preguntando a nuestros hijos si nosotros –sus propios padres y madres- tenemos permiso de compartir sus fotografías en algunos eventos especiales (protegiendo rostros u otras señas distintivas como uniforme, por ej.).
Recordarles constantemente que siempre pueden recurrir a su familia si tienen dudas, si alguien los hace sentir mal, temerosos, o incómodos, o si sufren agresiones o acoso, o si otro niño (amigos, compañeros) lo está sufriendo.
Es fundamental hablar con nuestros hij@s de estándares de buen trato online y formas no violentas de enfrentar conflictos con sus pares (que pueden darse en chat de juegos, via whatsapp, redes).
Además de advertirles sobre no compartir sus fotos, información personal, contraseñas, etc, es importante decirles que nunca respondan a mails o mensajes amenazantes o agresivos; ni tampoco de personas desconocidas, por “amigables” que parezcan. Es importante hablar de riesgos.
Es muy importante ir recordando y repasando criterios y reglas de uso, felicitando las buenas prácticas y expresando nuestra disposición incondicional a ayudar. Si nuestros hijos/as no están seguros sobre cómo actuar, o sienten que cometieron un error asumiendo riesgos y se encuentran en problemas o sufriendo, deben saber que cuentan con sus papás y mamás.
UNA PREGUNTA MUY FRECUENTE: ¿A qué edad pueden tener acceso nuestros hijos niños a internet, dispositivos como celulares o tablets, o a redes sociales, en suma, al mundo digital?
Hay criterios internacionales y en base a evidencia, que han compartido asociaciones médicas, de salud mental y de protección de la niñez, que recomiendan categóricamente cero tiempo de pantalla hasta los dos años por lo menos. Luego, veinte a treinta minutos (una vez al día, o dos, máximo) para niños hasta 5 años, pensando por ejemplo estimulación de aprendizajes, videos y juegos didácticos. Cada año se puede ir agregando un poco de tiempo, paso a paso, y de acuerdo a la etapa, personalidad, características y circunstancias únicas de cada niña y niño. También hay expertos que recomiendan directamente evitar todo acceso a tecnologías (incluso la televisión) e internet hasta los seis años; otros hasta los 10, y personas como Bill Gates –fundador de Microsoft- que no permitieron a sus hijos tener celulares hasta los 14 años. Pero cada familia es única y distinta, y a veces por diversas necesidades o situaciones, la decisión que tomen puede ser antes de lo que se recomienda, y lo más importante ahí es conversar y establecer los estándares de cuidado y los límites en relación a cómo lo van a hacer.
“El mundo nunca está preparado para el nacimiento de un niño” (Wislawa Szymborska, poeta polaca)
Se supone que evolucionamos, nos confirmamos humanos, partiendo por el cuidado de nuestros cachorros. Mucho más en la adversidad, el peligro. Son tiempos de pandemia ¿cómo vamos a concurrir? En Chile se discute el postnatal de emergencia durante la pandemia. Pandemia, emergencia, postnatal: tres palabras claves que no deberían necesitar de inteligencias superdotadas para procesar el imperativo de proteger esas fragilidades. Al nacer, todas. En pandemia, todos.
postnatal y cuidado de la niñez en los siglos
En 1919, la OIT adoptó la primera convención de protección maternal para mujeres trabajadoras: 12 semanas de permiso pagado, divididas en partes iguales antes y después del nacimiento. Actualmente, la norma legal (ver informe OECD 2019) varía desde licencias limitadas y sin remuneración como en EEUU –aunque las empresas pueden definir otros beneficios-, hasta más de un año de licencias remuneradas e irrenunciables para madres y padres, seguidas de fueros laborales para ambos (asegurando el empleo y no-despido por determinados tiempos para proteger el cuidado de los infantes) como en algunos países escandinavos.
La trayectoria del postnatal, y de las maternidades, es inseparable de cambios de paradigma sobre el cuidado infantil, y de la percepción de los niños y niñas como personas humanas dignas de cuidados.
El cuidado de cada nueva generación de niños es la actividad más determinante y transformadora del curso de la humanidad. En nuestra historia evolutiva, partimos haciéndonos humanos en la mutualidad, cuidando a las crías de todos entre todos (no era sólo la madre), empujando juntos la supervivencia. Alguien alimentó, abrigó, alguien no dejó morir. La vida importó mucho antes de inventarle un nombre. Es triste imaginar en qué momento exacto cortamos ese lazo; cuándo comenzó la trayectoria de nacimientos y muertes de cachorros humanos, pero destituidos de humanidad. Siglos de existencias menos importantes que la de ganados merecedores de mayor dedicación por su evidente “utilidad”, y que no debieron sufrir, como los niños, la condena de un macabro y delirante “pecado original” que llevó a los adultos a doblegarlos, o “moralizarlos”, a toda costa y a todo martirio durante eras.
Hay crónicas sobre prácticas de “cuidado” de los niños en siglos pasados que son difíciles de leer, físicamente incluso una queda demolida. En Europa –cuna de tantos saberes y progresos-, en Francia ni más ni menos, las vidas de los niños y niñas son una historia de horror. La historiadora Elizabeth Badinter documenta casi dos siglos, entre 1700-1900, de sobrecogedora desafección por el destino de los bebés que, en su mayoría, eran delegados a nodrizas inmediatamente luego de nacer. Inmediatamente no es un decir: del canal uterino pasaban a la carreta que los llevaría a lugares, en general, muy alejados de sus familias. Si no morían aplastados durante la travesía, los sobrevivientes de éstas y otras vulneraciones en etapas sucesivas, podían continuar viviendo con extraños hasta sus 4 o 5 años de edad.
Las nodrizas eran mujeres que amamantaban y cuidaban a los bebés de otras mujeres, a cambio de un pequeño pago. Vivían en extrema pobreza y se responsabilizaban por decenas de niños –en desmedro de los propios- a quienes malamente podían nutrir o proteger. Muchos bebés eran maniatados y morían sofocados o bien esperando atención en colgadores (sí, ganchos de madera en murallas) cuyo objetivo era limitar su movilidad mientras las nodrizas realizaban múltiples quehaceres. Otros pequeños morían siendo sacudidos –para “hacerlos dormir”- o forzados a consumir alimentos sólidos antes de tiempo.
Edward Shorter, historiador de la psiquiatría, comparte recuentos sobre bebés dejados a su suerte, llorando y agonizando de inanición en colchones empapados de orina y heces. Las tasas de mortalidad infantil, en algunos territorios podía llegar al 90%. En el Paris de 1780, de 21.000 bebés nacidos, sólo mil permanecieron bajo el cuidado de sus propias familias. Los otros veinte mil fueron enviados lejos: no eran sólo hijos de la aristocracia o de madres que morían dando a luz, sino también de familias donde las madres trabajaban (ref: Mother of All Myths, Aminata Forna). En Norteamérica, no era tanto mejor la situación. Los hijos seguían siendo una carga, eran brutalmente golpeados, obligados a trabajar o, en el caso de los bebés de mamás esclavas, vendidos al nacer. Las mujeres eran percibidas como poco aptas física y moralmente para el cuidado, y los hijos e hijas dependían de los padres que inclusive, en casos de divorcio, conservaban su custodia.
La percepción de los niños, lentamente, comenzó a cambiar a fines del siglo XVIII (con aportes desde la ciencia médica, la literatura, y primeras activistas por la niñez), pero la Revolución Industrial horadó el cuidado una vez más: la explotación más brutal de los niños y niñas como trabajadores, la cesión de su custodia a la Iglesia Católica (como en Irlanda, recordemos), el aumento del aborto e infanticidio, el abuso a mujeres madres y hombres padres en trabajos rasantes en la esclavitud, escriben una historia de desesperaciones que quisiéramos fueran cosa del pasado. No lo son, no todas, no todavía.
madres y cachorros humanos hoy
Desde la distancia de este milenio, y pese a muchos avances que agradecer, sorprende que la situación de la infancia y de las madres, siga siendo vulnerable a incontables violencias y precariedades. Las carencias son continuas, los abusos de poder, las decisiones dañinas de terceros –deliberadas, en pleno uso de facultades- que resultan en vastos abandonos, desprovisiones de salud y muertes para los humanos niños y niñas y sus cuidadores. En este milenio, con todos nuestros progresos, cerca de mil mujeres mueren diariamente dando a luz, y un millón de bebés no sobrevivirá el día de nacido.
El patriarcado, el capital, el modelo. Tantos nombres para una sola presencia. Para algo que asusta y que debilita ante la certeza de que algo no está bien. Por algo estamos hablando de esto. Por algo seguimos contando heridas que se originan única y exclusivamente en la intención, la elección de otros. Porque siempre ha existido la posibilidad de elegir: cuidar o no cuidar, dañar, no dañar. Dejar que otros sufran no es un accidente ni un azar cuando es posible evitarlo y se decide no hacerlo.
Me doy el tiempo para estas letras porque, a pesar de todo, las heridas son un cable a tierra, cable a cuerpo y mucho más: pueden ser el lente y el instrumento que nos ayude a sanar, salir del tráfago, del daño, todas las veces que sea necesario rectificar rumbo hasta que el cuidado, tanto más y todo afín a la vida, sea el camino claro (no sé si llegaré a verlo, pero estoy convencida que cada empeño en esa dirección suma, y eso es motivo suficiente para perseverar).
En Chile se discute el postnatal de emergencia durante la pandemia. Pandemia, emergencia, postnatal: tres palabras claves que no deberían necesitar de inteligencias superdotadas para procesar el imperativo de proteger esas fragilidades. Al nacer, todas.
El postnatal de seis meses en Chile existe desde 2011. Pero la idea era anterior. Si la ley no pudo ser promulgada antes, fue por falta de acuerdo en criterios de inclusión universal. Las madres que no tenían contrato de trabajo –estudiantes, temporeras- no debían quedar marginadas, pero la ley finalmente se promulgó dejándolas fuera. A pesar de esa deuda ética pendiente, el aumento de 3 a 6 meses es un avance, aun cuando a muchas y muchos siga costándonos comprender la dificultad de consensuar el cuidado de los bebés y de la primera infancia como inseparable de la protección del vínculo con sus madres, y sus padres, sobre todo durante los primeros años de vida (los “primeros mil días”).
Las ciencias han sido clarísimas en definir esos años como críticos para el establecimiento del apego –suelo de resiliencias, aprendizajes, capacidades relacionales-, para el desarrollo cerebral y de una base inmunológica que permita mayor defensa ante enfermedades, y para la estimulación neurológica y social determinante de progresos en etapas sucesivas. No sé quiénes, en su sano juicio, pueden concluir que con 6 meses de cuidado una guagüita está lista para ser delegada a terceros cuidadores, por magníficos que sean. No se trata de ser insensato u obtuso, es claro que hay análisis insoslayables al momento de resolver qué modalidades de post natal son necesarias y posibles de habilitar como país. Pero estamos en una situación de emergencia sanitaria global, y el discernimiento no debería ser complejo frente a la protección de la vida bajo estas circunstancias.
La maternidad se ejerce en este país desde la indiferencia o la desvalorización de su función y rol social, de modo consistente con el abandono y devaluación de otras actividades ligadas al cuidado humano. Antes, durante y después de la pandemia, sigue siendo esa, para mí, la mayor raíz de crisis sociales y la mayor herida traumática que nos atraviesa. La displicencia frente al cuidado no es exclusiva de ciertos grupos, o de la gestión de esta pandemia –que aun con el cambio de la autoridad sanitaria, sigue siendo desoladora- o de determinados gobiernos, sino que la hemos sentido en otros abandonos y negligencias activas en años de democracia, desde su retorno en 1990. Hay mucho que necesitamos rectificar y sanar.
Por supuesto ha habido logros que valorar, en educación prescolar, apoyos parentales a la crianza –como Chile Crece Contigo-, o la existencia de la defensoría de la niñez. Sin embargo, distamos de contar con garantías esenciales –mínimas, no extraordinarias- para el cuidado de la infancia y la promoción de la maternidad. Las hostilidades y puntos ciegos para las mujeres madres, y las agresiones sociales, siguen siendo innumerables –inconsecuentes con un supuesto “apoyo a la familia, los niños primero, etc”- en materia de empleabilidad, condiciones de trabajo, seguridad y acceso a salud, respeto por nuestras trayectorias de vida.
Para una mayoría de empleadores, pese a derechos ciudadanos ganados –nada ha sido una concesión-, sigue siendo un “inconveniente” el tema del cuidado infantil y las madres. Postular a trabajos en plena edad reproductiva ya es difícil, y ni hablar de retomar un desarrollo de carrera digno luego de “bajarse del tren” para dedicarse de modo primordial a los hijos -con trabajos free lance- por algunos años.
En la catástrofe actual, progresos de inserción y desarrollo laboral que fueron lenta y arduamente conseguidos en décadas recientes, dicen los expertos, enfrentarán retrocesos de a lo menos diez años. Eso ya lo estamos viendo, la pérdida, precarización o inclusive abusos en muchos trabajos, junto al deterioro de nuestra salud física y mental en jornadas donde “doble” o “triple” no alcanzan a describir la magnitud de las exigencias y el desgaste que implica el trauma de la pandemia en nuestras vidas y nuestras actividades de cuidado. Otra palabra que se vuelve pequeña es “sobrehumana”, pero de ahí hacia arriba es la carga que están enfrentando las mujeres hoy dedicadas a sostener la primera línea en salud, la educación, y otros trabajos críticos en la emergencia (provisión de alimentos, seguridad, mantención de las ciudades, policías, etc.). Habría que apoyarlas. A todas.
Ya se ha advertido del riesgo adicional que corren los bebés menores de un año frente a enfermedades asociadas a covid19. En condiciones de no-pandemia, el 75% de las muertes infantiles ocurre durante el primer año de vida (WHO, OMS). ¿Cuántas muertes podrían evitarse si toda una sociedad está atenta y cuidando el primer año, y los “primeros mil días”, y los que sigan?
el cuidado en la EMERGENCIA
Una emergencia sanitaria como la que vivimos, necesita respuestas de un Estado capaz de discernir entre lo que cuida y lo que no, como mínimo. No puede el cuidado de los lactantes e infantes suplirse a costa de precarizar todavía más la situación de sus madres y padres. Es lo que propone el gobierno con su Proyecto de Ley de “Crianza Protegida”, presentado luego de negarse a patrocinar la extensión del postnatal que ha sido apoyada por sociedades médicas y de salud mental –y ha contado con el encomiable liderazgo y tesón de la diputada Gael Yeomans-, y que suma tres meses de espera en el parlamento. Tres meses.
Es incomprensible que, en vez de haber resuelto de inmediato la urgencia de los recién nacidos, el Ejecutivo haya elegido demorar –pensemos en lo que significa un trimestre en la vida de un lactante- para priorizar una moción que bajo al argumento de un beneficio más amplio –extensivo a cuidadoras y cuidadores de niños y niñas menores de 6 años-, exigiría acogerse a la ley de Protección al empleo, utilizando ahorros individuales del seguro de cesantía. No es posible aumentar el “gasto público”, nos dicen en nuestro país a ras de OCDE. Mientras no se entienda que el cuidado humano no es “gasto” sino inversión, estamos a la deriva.
El resto del mundo desarrollado atiende a otras razones y evidencias. En años recientes, James Heckman, Nobel de Economía (2000), ha promovido la inversión en primera infancia (ref, The Heckman Equation, Perry Preschool Project) como una herramienta contundente para el crecimiento económico y humano de las sociedades, debido a su valor preventivo y sus altas tasas de retorno en capital humano (aumento escolaridad y desempeño profesional, reducción de costos en salud, sistema penal, etc.). Ojalá esta racionalidad resuene con nuestras autoridades, ya que la ética del cuidado o la decencia humana mínima de concurrir por el más indefenso, no bastarían al parecer. No hasta aquí, pues miles de lactantes continúan expuestos a lo que ya está significando el forzado retorno laboral de sus madres, en plena pandemia, peligrando contagiarse ellas y sus bebés.
La situación de la guardería clandestina ligada a Fruna es un reflejo de la crisis de cuidado que se ha agudizado durante la emergencia sanitaria, llevando a respuestas deseperadas (Tammy Palma lo explica muy bien via RRSSS) que arriesgan las vidas de los niños, sus madres, padres, de las cuidadoras, de las familias de las cuidadoras, y así, hasta llegar a otras personas, a nuestras familias, a todos. Seguirá siendo un problema urgente a resolver el cuidado de los infantes prescolares, una vez que se apruebe la extensión del postnatal.
Por cada mes del año se vecen en promedio entre 7000 y 8000 permisos de postnatal (SuperIntendencia de Seguridad Social). El proyecto de ley de postnatal de emergencia superaría las 20.000 mujeres trabajadoras beneficiadas, durante este período extraordinario.
La situación necesita resolverse ya, sin más demoras indolentes ni desmoralizantes. La discusión sobre admisibilidad del PL de extensión del postnatal y su rechazo –en el peak de la pandemia, ni más ni menos- es un ejemplo de ello, aunque pueda entender la sobre precaución (vivimos contemplando la ingrata probabilidad del TC durante todo el trámite de imprescriptibilidad ASI). Las constituciones y las leyes no pueden entenderse disociadas de la humanidad que las creó, o del cuidado que hace posible la vida. Virginia Helds lo expresa mucho mejor: no puede existir la ley, la justicia, sin el cuidado, pues sin el cuidado ningún ser humano sobreviviría y no habría personas a quienes respetar.
En Nueva Zelanda, han transitado la pandemia sintiéndose un “team”, un equipo o colectivo, estrechamente unidos unos con otros, ¿cuándo fue la última vez que nos sentimos así? ¿Y si ésta fuera la ocasión, pensando en la protección de los cachorros humanos más-más pequeños?
El postnatal de emergencia no es un pedido excesivo ni estrafalario, sino del todo congruente con derechos exigibles -que ya son parte de nuestro marco legal- y con una ética del cuidado humano que, a pesar de todo, ha ido logrando abrirse paso en algunas de nuestras legislaciones. Recordemos Entrevistas Videograbadas e Imprescriptibilidad del abuso sexual infantil (gracias eternas a cada una y uno), Ley Sanna o la Ley del Cáncer: leyes modernas, en base a evidencias, y a lógicas de cuidado. Leyes que nos enorgullecen, que indican posibilidades de adhesiones distintas, más significativas (añoro), a un parlamento y un Estado que lleguen a linearse del todo con sostenes para la vida y bienes para la vida en común. Podemos seguir en esa dirección, claro que podemos.
Este martes y jueves próximos son instancias decisivas para el PL de postnatal (ver naexo pdf resumen). Mantengamos la atención al máximo por favor, abramos el tema en redes, escribamos un mail diario al gobierno si es preciso, todos, cada mujer, cada hombre, sin importar nuestras edades, o si somos madres, padres, abuelas y abuelos, tíos, de los más chiquitos. Podemos todos, igualmente, aportar al inicio de sus vidas. No es una causa sólo de sus mamás y papás, o de un grupo de parlamentarias y ciudadanos de buena voluntad. Somos todos, su círculo de cuidado. La aldea que acuna a sus cachorros, que quiere verlos sanos y vivos, y acompañarlos a crecer (#Ittakesavillage).
“Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma, y que les bastan nuestros cuentos para dormir.” Joan Manuel Serrat
Nunca he terminado de escuchar Esos Locos Bajitos sin bordear ese llanto de “no sé por qué”: alegría, nostalgia, amor y maternidades, la memoria de las hijas o las propias infancias que en nuestros cuerpos adultos, si los imaginamos como Matrioshkas, no serán necesariamente la última muñequita casi irreconocible (un poroto colorido) de la secuencia.
No sería capaz de escuchar a Serrat en estos días. Tampoco sé cómo he sido capaz de hacer lo mínimo. Confinamientos prolongados en la biografía y contrapuntos entre fragilidades y resiliencias –junto a un par de epidemias que me encontraron en los lugares menos indicados estos últimos 15 años- pensé serían un pedazo de suelo razonable desde el cual hacer frente a lo que venía. No sé si lo ha sido.
Fui de las que, al escuchar las primeras noticias sobre coronavirus, alzó orejas de ciervo, algo que confieso me cuesta poco (la hiper/atención es mi copilota). Mi marido se divirtió un poco a costa de mi alarma en febrero, pero pronto se sumó a los esfuerzos de salud: ambos somos grupo de riesgo, y la pequeña siempre, sólo por ser niña. Tres de tres en un solo hogar.
Cada semana transcurrida sin que un estornudo alérgico termine en fiebre y tos o más, ha sido un alivio, pero desgarrador. Es primera vez que lo verbalizo.
He sentido miedo cada vez que mi compañero debió salir a trabajar, y como muchas mamás con las que hablamos seguido, podría repetir en piano, nota por nota, la frecuencia respiratoria de la más chica. He disimulado, también, sentimientos jodidos (viva la bodega, el closet o la ducha donde desahogarse), y he agradecido de estas semanas el acurruque que, frente a la adversidad y lo incierto, puede afirmarnos tanto.
En el silencio de la ciudad, he escuchado más claramente la desafección. Queda en mi aire, lo ennegrece y agita, cada vez de repasar mensajes de las autoridades sanitarias. No necesito descifrar nada: las sanas alertas aprendidas en años, se han encendido con razón. Es tan insoslayable el conflicto de prioridades –y la derrota más frecuente es del cuidado cuando se trata del modelo-, tan inhóspito el trato, que no hay cómo ablandar la realidad. Me anima al menos no dejar de verla, no perderme, ser testigo.
Dibujar todos los días, si es preciso, el límite fiero de nuestro amor frente a quienes tratan de correrlo a punta de miedos y gaslighting para empujarnos a hacer lo que en todo el cuerpo sabemos que no debemos hacer: enviar a hijos e hijas hacia el virus, trasgredir el cuidado, traicionar los afectos. Y hasta la cordura.
La presión constante con los niños, los “regresos graduales, seguros”, etc., al trabajo de antes, a la vida de siempre (o parecida) es agobiadora, e irreal. Gaslighting, nada más. Con los niños, el corazón frío del adultocentrismo. El escaso respeto por sus tiempos, su trayectoria de cachorros.
El tiempo no camina hacia atrás; no está disponible para piruetas extrañas ni estancamientos, y menos para ser cómplice de negligencias de nadie. Tampoco de un gobierno, en ningún lugar del mundo (da para posteo aparte la diferencia entre liderazgos femeninos y masculinas durante esta pandemia).
Entre las incertidumbres que abundan, si una certeza tengo es que con la vida no se juega, y no voy a obedecer instrucciones que arriesguen daños o pérdidas deliberadas de salud y de vidas.
“Cruce la calle con el semáforo en verde, use cinturón de seguridad”, etc., ningún problema. Considere que pronto enviará a su hija junto a miles de niños, profesores, auxiliares, a las escuelas, en pleno peak de una pandemia que se proyecta hasta fines de este 2020: de ninguna manera. No quiero usar palabras más duras que me rondan. Pero las macero.
La protección de la integridad es un principio consagrado para todos, también para los niños. Primero los recursos legales. Luego no sé. Hoy finalmente tres ministros o ex ministros en Brasil se querellaron contra el presidente por negligencia genocida. Me deja pensando.
Por lo pronto tropiezo cada ciertas horas con este NO que ha sido el más rotundo y enfurecido que recuerdo en años, décadas incluso. La activación de la leona interior es decir poco. Son todas las madres del reino animal, los padres también, metidos en este cuerpo ni tan grande pero capaz de volverse estampida de cuidado ético y responsabilidad, cada vez que oye “regreso a….” y otras tonterías irresponsables, o lisa y llanamente criminales.
No puedo olvidar lo que ha registrado la memoria a un mes y algo de cuarentena en Chile. Tampoco los recuerdos recientes del 2019. La palabra mutilación es imborrable y lo será mientras viva. Las ausencias imperdonables, también, mientras viva.
Una siempre espera que, ante una situación desconocida o intimidante, que afecta a un planeta completo y las vidas de todos, podamos levantar la vista buscando a quienes más saben o más experiencia tienen, o más poder de decisión en pos del bien común. Sin ceder razón ni corazón, dejarnos guiar era una necesidad, sigue siendo.
Sin embargo, pese a toda buena disposición, me ha sido casi imposible confiar consistentemente en quienes no hablan con la verdad, y ocultan o ignoran lo que señalan los expertos, o bien lo incorporan de forma intermitente, lenta y confusa en decisiones donde lo que se juega es literalmente la vida o la muerte.
Trauma, oportunidades de cuidado
Qué oportunidad de construcción comunitaria, hasta aquí, tirada por la ventana. La relación cívica en Chile venía lastimada en lo más profundo, y lo que tocaba era -sigue siendo- mitigar desconfianzas para poder cuidar unos con otros, y no continuar reforzando separaciones ni abusos. Tantas tensiones a la sanidad que intentamos salvaguardar desde nuestras preguntas del cuidado humano, muy claras.
¿Cuida a la población, por ejemplo, el ocultamiento de datos en medio de una pandemia? No. Eso basta para desconfiar. Aunque la gestión del Estado hoy o sus resultados mañana, fueran satisfactorios en un número de aspectos –y algunos lo son- o así el ministro de salud fuera nobel de medicina, la falta de transparencia no puede pasarse por alto. Es autodestructivo hacerlo.
Sí puedo confiar todavía en epidemiólogos, profesionales de salud, y algunos organismos nacionales e internacionales que nos guían en base a datos y evidencias. Su constancia vigilante frente a la trayectoria de contagio, su disposición a sumar esfuerzos (aunque hayan debido interrumpirse por razones de consciencia que entiendo plenamente), son un factor tranquilizador y lo agradezco.
Prefiero la inteligencia y emoción bien equilibradas, las ciencias y el amor llevando las riendas, sin descartar a nadie. Lejos de manipulaciones que van siendo cada día más estridentes, y de la frivolidad que ha derivado en que miles de personas sientan -contra toda racionalidad, y justamente porque el momento es traumático- que es posible salir a tomar café, ir al mall o a la peluquería, o a paseos fuera de las ciudades, porque autoridades así lo han habilitado.
Las indolencias que se dejan sentir en el discurso público y las decisiones, u omisiones de la autoridad, nos fragilizan, física y mentalmente. No son un “detalle” para nuestra salud. Quiero tomar un momento para compartir que un sentimiento y un relato que se repite en sobrevivientes de maltrato físico grave y de abuso sexual infantil, es el de dispensabilidad. La vida devaluada en la violación, la golpiza, la humillación: fuera de la órbita del cuidado, llega un punto en que el sufrimiento es tanto, que hasta la muerte querría morir de pena acurrucada a un cachorro humano que siente que “no da más”.
Vidas, no vectores : “Hasta que se trata de nuestros niños”
Lo dispensable nos ha rondado este tiempo, no sólo a sobrevivientes, sino a todos. Necesitamos saber que nadie sobra, de ninguna edad. Que la vida se cuida porque eso es lo único digno y humano de hacer. Dejar de insistir en enfermedades previas o ancianidades para minimizar duelos; cansarse de una buena vez con la referencia a los niños como “vectores” y no como personas, solamente. Personas que pueden enfermar. Morir también.
Los índices de contagio y mortalidad infantiles pueden ser muy bajos, y un 1, 2, o 3% parecen tan invisibles como los propios niños en nuestras sociedades. Pero la CDC señaló muy recientemente que “niños y niñas de TODAS las edades están riesgo de contagio, si bien las complicaciones parecen ser algo más suaves en la población infantil que en la adulta, eso, según los limitados reportes disponibles en China y EEUU”, por cierto, dos países que distan de ser un ejemplo cuando el primero ha ocultado datos al resto de la humanidad, y el segundo ha diseminado información aberrante y arengado a su población a repeler medidas sanitarias a toda costa. De ahí el acto terrorista del pasado jueves 30 de abril en el Capitolio de Michigan. Menos mal nadie salió herido.
Pero pensaba en la policía,protegiendo la sede de gobierno, a los civiles y a la Gobernadora retenidos en el primer piso del edificio, en tanto desde el segundo un grupo delirante apuntaba sus armas al hall central. Oficiales arriesgando sus vidas por esos ciudadanos también -que no quieren ser protegidos-, y por ellos llevando más riesgo toavía a sus hogares, a sus niños. Justamente, el 19 de abril recién pasado, murió la única hija de una policía y un bombero de Michigan, ambos servidores públicos y trabajadores esenciales.
Skylar era una niñita sana y llena de energía. Tenía 4 años al momento del contagio de covid 19 al que siguió una meningitis, la conexión a un ventilador -cumplió 5 años sin saber- y luego de casi un mes hospitalizada, su cuerpo no pudo más.
Su abuela reflexionaba en la partida: “te dicen que los números son bajos”, y casi creemos que es menor el peligro, que no va a tocarnos, “hasta que se trata de tus niños”.
No es la primera muerte infantil por covid 19 ni será la última en EEUU ni en el mundo. En Chile no ha ocurrido ninguna todavía, y ruego que siga siendo así. Los adultos resistimos muchas cosas, pero el límite más delicado y más intenso suelen ser nuestros hijos e hijas. No llegaremos a verlos como “vectores” o vectores bajitos, solamente, cuando vamos entendiendo mejor la magnitud y alcance de la pandemia.
La CDC ha dejado muy en claro que los niños pueden no sólo contagiarse y ser asintomáticos, sino que pueden también sufrir las peores consecuencias. También desde el Reino Unido, el llamado es a no bajar la guardia. La Soc. de Cuidado Pediátrico Intensivo (PICS, en inglés) y el NHS han advertido –y alertado- el incremento de un número pequeño de casos durante ya tres semanas, de niños con covid19 que presentan cuadros inflamatorios multi-sistémicos. ¿Cómo evolucionarán? ¿No merecen máxima atención?
En Chile, mientras tanto, un presidente, ministros de salud, de educación, siguen con la venda en el alma. “Hasta que se trate de nuestros niños”.
Elecciones y acciones urgentes en pos del cuidado y sostén de la vida
Nos hablan desde el futuro, quienes han vivido la peor parte de esta experiencia en otras latitudes. Nos piden cuidar. Los niños son vulnerables por su etapa simplemente; siguen estando expuestos a diversos contagios –coronavirus no es lo único-, y a enfermedades como el sarampión frente al cual la cual podrían no contar con mínimas defensas debido a la alteración de los calendarios de vacunación. También su salud mental sufre con el encierro, con la preocupación por seres queridos y abuelos, con el estrés por la escuela -en la nostalgia por sus compañeros, o la lid con las clases a distancia- o la angustia que perciben de sus padres, y en un entorno que se pregunta o teme por el futuro, mucho más, si el presente se siente a duras penas sostenido.
Tampoco las violencias se detienen en nombre de ninguna calamidad ni virus.
Los abusos sexuales continúan, el consumo de pornografía infantil (en video y streaming con niños que han sido secuestrados o son traficados y explotados por redes siniestras) se ha triplicado en países como Filipinas, Tailandia y Cambodia. No tenemos otros datos, pero números hórridos o no, sabemos de estos horrores y los vivimos aquí también. Tuvo que existir Hualpén para recordar, una vez más, el voto de cuidado y no abandono que continuamente incumplimos como sociedad.
No se trata de alarmar ni ser pesimista. Estamos dotados de razón y pensamiento precisamente para momentos como el que atravesamos, donde de pura ansia de vivir necesitamos también reconocer el peligro y actuar con realismos y sin temor de hacernos preguntas, ni de expresar consensos y disensos respetuosa y asertivamente, cuidando, aun en lo inhóspito, valores comunitarios y democráticos.
Ojalá llegue el momento de no necesitar volver continuamente a visibilizar la grieta donde se nos sueltan de las manos miles de niños y niñas, y los perdemos también. Por eso antes, el círculo de cuidado, todo el tiempo, pandemias o no, que no haga diferencia. Cuidando entre todos (palabras antiguas y entrañables, aunque sean usadas hoy en esloganes vacíos de agencias estatales escasamente activas o éticas en el cuidado).
El cuidado, los apegos, los afectos, los vinculos de respeto, la incondicionalidad, el consuelo, el aliento y apoyos mientras crecen niños y niñas, son factores de salud, de resiliencia, y necesitan de cultivo, tiempo, desprendimientos, la atención continua de los adultos cercanos y de la comunidad.
Confundimos tal vez resiliencias, con resistencias al maltrato y a cualquier adversidad. Niños y niñas son dúctiles, vitales, quieren jugar, seguir adelante, y puede hasta parecer que son de goma como canta Serrat. Pero no lo son. Considerarlos sólo como transmisores o vectores de covid19, lentamente los deshumaniza y permite que se haga más fácil descuidarlos durante la pandemia. Las tasas de covid 19 y mortalidad en la infancia pueden ser bajas, pero por favor, no lleguemos ni por un segundo a verlas como insignificantes. No esperemos a comprender la magnitud de esta pandemia, la responsabilidad irrecusable de los Estados -o la negligencia criminal de algunos, rasante en lo eugenésico-, ni sigamos perdiendo tiempo precioso para responder con la urgencia de cuidado que necesitamos fortalecer, “hasta que se trate de nuestros niños”.
Comparto este recurso luego de muchas dudas y mucha espera, para no abrumar, y respetar el tiempo de asimilar esto nuevo y difícil que nos toca vivir como humanidad.
Como todos, he sido testigo y receptora del alud de información, primero sanitaria, indispensable, para la prevención del contagio por coronavirus, y luego, un constante flujo de tips, recursos y actividades para sobrellevar períodos de confinamiento que nos está tocando enfrentar de distintas maneras, compartiendo un hilo común en la preocupación por el cuidado
Hay una minoría de personas -por distintos motivos: tipo de actividad, condiciones contractuales, etc- que pueden quedarse efectivamente en sus hogares. Otras no pueden hacerlo y entre ellas están quienes trabajan en salud, funciones críticas, fuerzas armadas, etc. Para los NNA que son hijos e hijas, nietos, sobrinos, de adultos que salen a cuidar a la comunidad, “allá afuera” -trabajadores municipales, de la salud, transporte, científicos, bomberos, carabineros, docentes, incluso autoridades, entre otros-, la pandemia se vive distinta desde la preocupación por sus seres queridos y ayuda mucho que puedan sentir o ser testigos de expresiones colectivas de aprecio y gratitud por esa entrega.
La gratitud es fuente de resiliencia. Los niños y niñas en general se benefician -y aprenden- viendo nuestros actos de gratitud, y esos actos pueden ir dedicados a ellos también, en cada hogar, cada espacio. Ojalá las autoridades, asimismo, destinaran tiempo para enviar mensajes de aprecio a los niños y niñas, y/o para recibir sus preguntas y sugerencias (han salido ideas muy buenas durante el confinamiento). En algunas instancias -desde la defensoria de la niñez, colegio médico- se ha dado este ejercicio del cuidado. Se necesitan MAS. 🙂
Desde las familias, papás, mamás o terceros al cuidado de los niños, estamos tratando de hacer lo mejor que podemos para responder al desafío de estos días. A las necesidades de cuidado habituales, se ha sumado apoyar sesiones de clases a distancia (con todo lo que eso ha implicado en presiones para docentes, niños y familias, considerando además, las desigualdades que también aquí nos alcanzan), contener, animar, ayudar al reemplazo de juegos que antes eran con amigos y en el exterior por otras actividades. Se sugieren muchas “para aprovechar”, he leído, “la oportunidad de recreación y de hacer cosas nuevas” en el confinamiento. Una invitación que puede volverse, a veces, hasta una presión.
El cerebro humano suele inclinarse a actividades que recompensan; si podemos hacer cosas interesantes y entretenidas durante este período, qué bien que existan recursos en cantidades para ello. O sólo darle tiempo a lo más simple, lo más significativo, lazos y afectos, interacciones -en el hogar, por telefono, y otras formas- con familias y amigos. Y podríamos hacer nada también, dejar entrar la pausa, mirar por la ventana, o dejarnos estar aburridos o “chatos”, que también tiene su sentido, sirve, acaso más en sociedades donde el tiempo siempre parece “faltar” cuando en realidad sólo está desbordado -y cansado- intentando hacer caber más de lo que el cuerpo de sus minutos, horas y días, puede contener.
Es un derecho del cuidado, un signo de amor y autogobierno como familia el poder respetar nuestros ritmos y límites frente a agobios de antes y otros nuevos; tratar de protegernos de sentimientos de culpa y reproche que sólo nos minan. Aceptar que algunas cosas podemos hacerlas y otras no, en un período donde no se interrumpen responsabilidades y exigencias de provisión y protección para sostener nuestras vidas y de nuestros seres queridos y comunidades, al tiempo que nos constantamos vulnerables y la pandemia hace surgir miedos muy humanos y diversas preocupaciones -que nos consumen mucha energía también- en función de lo que va ocurriendo con el contagio, la intensificación de esfuerzos para “aplanar la curva”, y lo que se avizora para el tiempo que siga, de recuperación, de replanteamientos.
Chile venía desde octubre de 2019 viviendo un estallido social y un trauma país con pedidos vitales, con duelos de DDHH, con necesidades de transformación y también de reparación, ineludible, de un tejido que es nuestro, pero que es parte de una urdimbre mayo, con la humanidad que hoy enfrenta la pandemia, en todo lugar, con la incertidumbre que también es compartida, sobre cómo se escribe este 2020, el porvenir.
El futuro no es sólo el que imaginamos desde nuestros lentes más angustiados o entusiastas (mirando desde el dolor del planeta hasta la posibilidad de autos voladores y casas idem). Es también la relación con un virus (el actual u otros, siempre han estado en nuestra historia), que nos recuerda que no somos invencibles y que necesitamos y nos fortalecemos en relaciones vitales: con otros humanos, nuestra comunidad, todos los seres vivos.
Interdepedencias y fragilidades, así como necesidades humanas, y resiliencias y colaboraciones, se ven más nítidas junto a cielos, mares, valles, calles en distintas latitudes donde nuestra ausencia ha permitido a la tierra una pausa. Claro de luz, aun en medio de los duelos que junto a los actos de amor y de cuidado, necesitamos honrar también.
Un pedido especial que me gustaría hacer es a la prudencia en la información que sitúa a adultos mayores o personas con enfermedades previas como los más vulnerables o con posibilidad de morir. Todas las personas de todas las edades podrían afectarse con el virus y todos tenemos que cuidarnos. Apena escuchar a autoridades o inclusive médicos apelar a la tranquilidad social señalando que el virus sobre todo es peligroso para los mayores de 80 años. Una cosa es plantear un hecho que ha sido observable, y otra usarlo a modo de paracetamol social. Ese tipo de discurso, que han escuchado fuerte y claro demasiados niños y adolescentes, ha sido generador de mucha angustia (y ha producido descuidos en poblaciones más jóvenes, al sentirse menos expuestas al peligro).
Por cierto, la muerte es siempre una posibilidad, poco hablamos de ella, pero también la salud y la resiliencia lo son y hemos visto a personas de muy distintas edades -y hasta mayores de 90- recuperarse. La conversación principal con los más pequeños no es quiénes morirán o cómo “nos están matando (aludiendo a lideres corruptos, o fuerzas oscuras tras las pandemia)”, sino sobre la vida,
Desde nuestras ventanas no deja de emocionar ver la llegada de la primavera en el norte, o del otoño en el sur, junto a todos los animales que han salido a explorar, en el sosiego de nuestros poblados. Podemos seguir hablando, insistentemente, de la vida. Sin “dorar la píldora”, sin negar la realidad. Vuelvo a lo que E. Fromm decía al terminar la IIGM -y no me imagino lo que puede haber sido asimilar un holocausto que ni siquiera terminaba de revelarse en toda su atrocidad-, que las nuevas generaciones necesitan adultos acompañantes, sobre todo contagiosos del amor de vivir. No adultos maníacos, no hiperventilados ni hiperkinéticos, tampoco románticos, esotéricos, o haciendo de todo una oda o un tratado filosófico. Sólo instalados, un día a la vez, en las ganas o el aprecio por el vivir, la vida en sus distintas manifestaciones (y son tantas menos mal, de las que podemos valernos para poner atención en ella). Me ha llamado la atención escuchar de algunas mamás y papás que viven en departamentos sin patios ni mucha vegetación cercana a la vista, que sus hijos pequeños han pedido “traer más plantitas cuando esto termine”. Mientras tanto, si no hay tierra o una maceta, han recurrido al experimento del algodón húmedo envolviendo un poroto, o bien han pintado árboles y recortado flores de papel, que luego han pegado en las murallas. O visto youtubes de pajaritos e insectos yendo de aquí allá en medio de bosques y llanos floridos. Amor de vivir. Por ejemplo
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Con la mejor intención -porque también soy mamá y humana y esta situación no me deja intacta en lo absoluto- va este material. Los contenidos ya son familiares, seguramente, pero la insistencia va en ayudar a situar nuestra atención en algunas esferas que son clave en el cuidado, con acciones que están a nuestro alcance en general, a las que podemos dedicar ratitos en distintos días, pensando sobre todo en prevenir o disminuir el estrés tóxico y la ansiedad -frente a eventos o circunstancias donde no tenemos mucho control, ni muchos recursos previos para orientarnos- que no sólo pueden impactar nuestro estado emocional o psicológico (e incluso aumentando las posibilidades de estallidos emocionales o agresivos en el hogar), sino de modo inseparable nuestra salud física, y sistema inmune.
Y perdón que insista, pero es muy difícil comprender que todavía en la respuesta de los Estados a la emergencia, no se incluya como un pilar determinante, la salud mental de la población y de los trabajadores de salud y de apoyo en funciones críticas. Entre los traumas colectivos de mayor impacto están las pandemias, lo hemos leído en los textos y no nos había tocado vivirlo, pero es tiempo de preparar la respuesta para ahora ya, y para el tiempo venidero.
Por lo pronto, cada comunidad, cada país, y cada familia están tratando de hacer sus mejores esfuerzos. Como familias, además, conocemos a nuestros seres queridos, lo suficiente al menos -desde la pregunta de ¿qué cuida más, en este momento?- como para ir tomando el pulso y desplegando acciones conocidas y otras nuevas para apoyar y contener a los más pequeños y los adolescentes.
Con o sin pandemia, a veces tenemos instancias familiares para “botar el estrés” que serán aun más necesarias en el encierro, desde ejercicios de respiración, hasta bailar y cantar, saltar sobre un cojin, gritar fuerte unos segundos (a ver quién dura más) 🙂 , etc. En la cuarentena de estos días, la hora de los aplausos para agradecer a quienes están en la primera línea del cuidado puede ser de gran apoyo. En esta familia, nos ha servido mucho con la más pequeña: salir al balcón, aplaudir fuerte, silbar, gritar braaaaavoooo. Es duro el encierro para los niños, hay casas sin patio, departamentos sin balcón, y el juego al aire libre -el ir a la plaza- no es sustuible fácilmente por alternativas entre 4 paredes. El movimiento necesita su cauce y conforme pasan los días, quizás se deberá pensar alguna medida especial pensando en las nuevas generaciones (que no fueron consideradas por la autoridad, cuando sí se pudo hacer para las mascotas).
No sabemos cuánto puede durar este tránsito pero sabemos que no será eterno, y para los niños es fundamental la regulación de noticias justamente para evitar esa sensación de no-final que se refuerza con el flujo ininterrumpido de información. Explicitar la noción de lo temporal, lo transitorio, contribuye además a que, una vez superado un evento o ciclo traumático (las pandemias lo son), los niños se recobren mejor.
Todavía estamos aprendiendo; entendiendo esta experiencia, las evidencias que son dinámicas, en Chile, y otros países. Por ahora nuestros pilares son las ciencias, el conocimiento, la corresponsabilidad y la solidaridad. Y sabemos que dependemos de las decisiones y experticias de otras personas, autoridades, científicos, médicos, etc (y ojo con lo que comentamos sobre estas figuras, porque las denostaciones o expresiones de desconfianza pueden aumentar la angustia de los más pequeños), en la respuesta a la pandemia o el logro por ejemplo, de una vacuna. Pero aunque nuestro radio de acción como ciudadanos comunes y corrientes sea más acotado, sí tenemos poderes.
El poder de actuar pensando en el bienestar y cuidado de unos y otros; de respetar las recomendaciones sanitarias que nos han entregado, y de favorecer y compartir disposiciones en el apoyo a los niños y niñas, mientras vamos encontrando la forma de adaptarnos, día a día, manteniendo lazos de afecto, de comunidad; dando espacio a lo que sentimos, sin negar abatimientos ni alegrías esperanzadas (un factor de salud, como también el humor resiliente), hasta terminar de navegar este tiempo. #JuntosnosCuidamos
En momentos difíciles, de mucho miedo, de sentimientos en clave de montaña rusa –tanta alternancia entre dolor, miedo, esperanza, desesperanza-, de estrés agudo y de trauma y re-traumatización, han sido innumerables los aportes que desde profesionales de la salud mental se han compartido (usémoslos) para poder navegar esta etapa que no se gestó de un día para otro, y que no sabemos cuánto puede durar. De ahí que continuemos en las reflexiones y proposiciones –que no son estáticas, sino dúctiles- para poder acompañar a los niños y niñas, sin olvidar nuestras propias emociones, y la necesidad de cuidar nuestra integridad y nuestras energías para poder seguir respondiendo a quienes más nos necesitan.
Algunas sugerencias que complementan las ya que ya compartimos en días previos (junto al grupo Miradas en este enlace, muy bueno):
Aunque pueda estar de más, vale explicitarlo: guagüitas, infantes, y en general niños y niñas, no deberían participar de manifestaciones públicas a las que deciden asistir sus padres/madres, en un de consentimiento, que los niños no tienen. A condiciones de peligro, se suman estresores como el ruido, el calor, la multitud, y la posibilidad de perderse. Si no hay con quien dejarlos, pueden tomar turnos en las familias (como en tiempos del No, recuerdo) para que algunos asistan en nombre de los otros, y siempre haya quien se quede en casa con los niños.
En todo este periodo -durante y posterior al fin del estado de excepción- examinar cotidianamente el influjo e impacto de los medios (radios, televisión, redes sociales) y las noticias que ahí se difunden, así como las interpretaciones que se intencionan o refuerzan (mostrar saqueos, heridos), ahondando sentimientos de temor e impotencia. No tenemos control sobre muchos aspectos del momento fragilizado que vivimos, pero definitivamente sí podemos modular el acceso y exposición a medios de los niños. Niños pequeños (0-6) no deberían ver noticias del todo. Estas no se diseñan ni se piensan, en general, desde el cuidado de la población adulta, y menos consideran las necesidades de la población infantil. Aun tratándose de adolescentes, y más si están interesados en su realidad, es distinta la conversación con sus adultos queridos que nutre, vs el monólogo muchas veces abrumador de una TV encendida todo el día, que termina siendo un factor considerable de estrés –ya agudo- y fatiga psicológica y emocional. Lo mismo corre para los adultos, por ejemplo en relación a redes sociales. Examinar ese impacto también en nosotros, y autocuidarnos -no es indulgencia, es responsabilidad con la propia salud y supervivencia-, por ej. modulando horarios, seleccionando cuentas, bloquear otras,etc.
No es indolencia social, ni un motivo para autocastigarse, el intentar continuar con actividades de la vida cotidiana o que son importantes para los niños cuando se pueda (entendiendo que hay días en que será difícil o imposible), adaptándose a las condiciones presentes. Por ejemplo, en este estado de excepción, una familia me compartió imágenes del cumpleaños de su hija adolescente que estaban en desarrollo cuando se informó el primer toque de queda con menos de una hora de anticipación. Los invitados se quedaron a dormir e incluyeron un tiempo de tocar cacerolas (con permiso de sus respectivas familias y familia anfitriona) y de conversar sobre lo que pasaba.
Del mismo modo, puede ser un factor de angustia el que desaparezcan otros temas de conversación. Temas que tienen un lugar en la vida cotidiana de niños y adolescentes. Justamente los jóvenes nos han dado una hermosa lección de resiliencia, cuando en manifestaciones pacíficas levantan carteles que no dejan fuera la alegría, el ingenio, la crítica social con ironía o humor. Los sentimientos de culpa paralizan, deprimen, y hacen sufrir. Muchos adultos recordamos el “tú no te comes la comida, y en Africa [eran los 80, Etiopìa indeleble] hay niños muriéndose de hambre”, a lo que seguía la sensación terrible de no poder tragar, o a duras penas, con la culpa múltiple de tener alimento, de no comer, de no poder salvar a nadie en Africa, de ser un niño que vive mientras otros morían. Es hermoso enseñar en cada experiencia, y una crisis social como la actual también abre ese espacio de diálogo ético, cívico. Pero en la pregunta de qué cuida más –en un país con nuestros índices de depresión y crisis de salud mental- tal vez podemos encontrar formas de hablar con los niños de cuidado del prójimo, justicia, solidaridad, etc, que no necesiten recurrir a la culpa (que también a los adultos nos puede demoler y enfermar) ni a sentencias o afirmaciones que sojuzgan, y en cambio nos valgamos de proposiciones, preguntas, datos, conocimientos sobre otras realidades, en clave de “te invito a conversar” y te escucho (y de aprendemos juntos).
Si es posible, ayuda valerse de anécdotas o historias que se van conociendo en la comunidad, de signo positivo, es decir que reflejen afectos, apoyos mutuos, creatividades, disposiciones de cuidado (y no olvidar compartir, también, con hijos adolescentes, canales e info crítica para pedir ayuda si la necesitan). Lo comunitario, el sentimiento de pertenencias, solidaridades, apoyos mutuos, es un gran factor de apoyo y resiliencia para adultos y niños. Debió bastar la historia evolutiva, el saber acumulado por nosotros en el vivir, pero qué bueno que vino la evidencia científica a recordárnoslo y ponerle su timbre de “verdadero, ergo atendible”: sin involucramiento del colectivo –en el cuidado, las colaboraciones, la responsabilidad compartida de unos por otros (los hijos de todos), el respeto a iguales dignidades y derechos de las personas, aun en condiciones de disparidad inclusive-, no hay iniciativa (programa) de prevención de violencias contra la infancia, de prevención del abuso sexual infantil, como ejemplo muy concreto, que pueda aspirar a ser exitoso.
En sintonía con lo anterior, se recomienda la lectura de cuentos con los más pequeños, y priorizar por aquellos con relatos interesantes/estimulantes/tranquilizadores, y ojalá donde sean protagónicos personajes niños, niñas –de la vida real o ficticios- que están haciendo algo (énfasis en el hacer): desde mirar flores, jugar, compartir con seres queridos, pintar, hacer travesuras, ayudar, hacer amigos (humanos y animales), etc, conectados con un presente que vitalice, no que desespere (aqui un enlace que puede ser util, TodosJuntos). Contar cuentos sirve también para que los niños puedan hablar libremente, y nosotros escucharlos con toda atención, o bien para sentirse cómodos si no necesitan hablar ni quieren, pero sí pueden contar con la voz de sus papás y mamás que acuna, contiene, seguriza, “hace cariño”.
La música, las artes, formas de expresión como el dibujo y/o la escritura, por ejemplo, pueden ayudar a los niños y niñas a comunicar lo que sienten, o simplemente agregan regocijo y/o reducen el estrés. Esto corre también para los adultos, si nos permitimos participar de estas actividades junto a los niños que además disfrutan y hasta se sorprenden de ver que podemos hacer cosas como ellos (y de paso, puede hacernos bien), o aprender de instrumentos, canciones, corrientes musicales (unas magníficas, y otras, bueno, nos plegamos no más J). En palabras de un neurobiólogo cuyo nombre no recuerdo, lo opuesto a la depresión no es la felicidad sino el juego.
Recordar que las emociones habitan un cuerpo, que las vivencias influyen en la forma en que se registra la experiencia y encarnarán los recuerdos en este cuerpo. Es importante en momentos y períodos estresantes, que niños y niñas puedan realizar con mayor razón actividades que involucren lo corporal pues ayudan a templar, conectar, apropiar, reducir el estrés. También son presencia, y diálogo desde el cuidado, actividades tales como bailar con ellos, cantar en voz alta juntos, jugar en familia, dibujar con ellos, ver monitos o series sentados juntos, abrazarse, el descanso compartido también, esencial, o si es posible realizar ejercicios de respiración (y yoga, con un tutorial de unos minutos en el celular).
Hay diversas interacciones donde los cuerpos “conversan” por nosotros, que son muy necesarias para los niños, y también para los adultos. Frente al estrés agudo, y la vivencia traumática nuestros cuerpos también se alteran, se desregulan, se ven expuestos a sentimientos de temor, fatiga, dolor, rabia, que pueden ser muy intensos y abrumadores. Las actividades con nuestros hijos, y también por cuenta propia, ayudan a mitigar. Y además “comunican” a nuestros cuerpos que no están desamparados, que no necesitan quedar paralizados.
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Trauma y autocuidado/cuidado:
El contrapunto de cuidado y autocuidado, su danza, es una y es cotidiana. El cuidado de hijos, padres ancianos, seres queridos, no tiene pausas, pero sin autocuidado es tan sencillo como que no podemos cuidar. Lo primero es lo primero. La situación es muy demandante, en lo físico, lo anímico, y el reciclaje de energias se hace dificil en el sobresalto de este período. Si en condiciones de relativa normalidad, la tarea de cuidar es grande, en condiciones anormales, sostenerla -y sostenerse uno, mientras contiene a los niños- nos puede hacer sentir excedidos.
El autocuidado cobra especial relevancia en momentos como el actual, traumatizante para la mayoría de la población, y particularmente para adultos que vivieron y sufrieron en dictadura; o que son sobrevivientes de violencias como el abuso sexual infantil, maltrato físico, abusos de consciencia, violación, VIF: o que han vivido otras experiencias devastadoras, o de duelo reciente.. Y es toda la población quien siente la perturbación de estos días en los cuales hemos vivido duelos por personas muertas, heridas, abusadas, violentadas.
Cuando a la preocupación por el presente que nos embarga, se agrega el peso de experiencias pasadas, historias traumáticas personales/familiares, de generaciones completas, hay dolores que pueden reactivarse al hablar con niños y adolescentes, y generar resistencia o mucha ansiedad sobre cómo abordar el diáologo sin traspasarles nuestro peso, y a la vez, sin quedar debilitado uno. En general, con los niños, una distinción que ayuda y que no nos elude es el límite entre vidas, entre historias y etapas de los adultos y aquellas de los niños y niñas que tienen su bitácora, su transcurso, sus identidades y su camino propio en el siglo y milenio en que les toca vivir, con las personas y la comunidad que acompañan sus años de crecimiento.
Sin embargo, si sentimos que por nuestra historia no podremos contenerlo bien, lo que mas cuida entonces es pedir apoyo para sí, y/o para con los niños. No dudemos en hacerlo: hay personas que han sobrellevado situaciones límites –crisis de panico, o bien no salir de la casa por temor al saqueo a algunas horas, y a las balas de militares en otras- sin llamar a nadie. Pedir apoyo puede costar, compartir carencias -y cada uno tiene las propias y no nos quitan dignidad- y sabiendo que es difícil, ojalá podamos poner mayor atención cada uno en sus vecinos, amigos, conocidos, que quizás con un llamado o visita nuestros, se abren a contar lo que están viviendo y salir del ahogo y la soledad, junto con resolver situaciones concretas.
Palabras, dialogo y cuidado:
¿Qué cuida más, a cada uno? ¿Qué necesita cada niño, cada niña y adolescente? La relación de amor y de cuidado toma en cuenta etapas del desarrollo, aprendizajes, repasos constantes de lo ya aprendido en períodos recientes junto a la aventura de lo nuevo que incesantemente. La oportunidad de crecimiento es para nosotros también.
En el amor, todo es cuerpos y palabras, escribió Joyce Carol Oates y es la frase que me acompañará hasta el último día. Quiero dedicar unas líneas a las palabras que no son “algo abstracto”, o accesorio, sino determinantes en el registro de la experiencia y lo que llegue a ser la memoria de este período para los niños.
Cómo nos referimos a otros es muy distinto en el espacio adulto del diálogo, que frente a los niños o en conversaciones con ellos. Las palabras pueden agregar agitación, miedo, odios, o ayudar a serenar, sentirse menos nervioso, más cobijados. ¿Qué palabras usamos? para expresar emociones, u opiniones, para calificar conductas de otras personas -o para describir a esas personas, a veces de modos encarnizados e inmutables quizás-, son elecciones que van a propender al cuidado también, o bien favorecer el estrés.
Es importante señalar que no se trata sólo de explicar en palabras de niños, que ellos puedan comprender (poeque perfectamente pueden relacionarse con definiciones tales como “el más malo/mala de todos”, “asesino”, “no les importa nada la gente”, etc.), sino de apoyarnos en aquellos nombres que comuniquen sin tensión, con intención de evitar sustos o angustia en nuestros niños. y aunque no lo notemos incluso, también en nostros.
Como papás y mamás -y los docentes también- sabemos que la dimensión educativa es indivisible de nuestros actos en años de crecimiento, pero en períodos de crisis como la actual (con alto potencial y/o efecto traumatizante) es importante detenerse a pensar cómo juega un rol esa dimensión, con el centro puesto en cada humano niño y niña, y lo que ellos necesitan, las formas en que ellos pueden procesarlo. Aquí, lo formativo, incluso más que los contenidos específicos-, es la vivencia de cómo se navega un momento difícil, acompañado de presencias cariñosas, seguras e incondicionales.
Con los más pequeños, generalmente conversaremos en una clave distinta, con palabras simples y frases más breves, en respuestas acordes a su edad, ánimo y capacidad de comprensión (y atención, en lapsos muy cortos). Entonces, no recurriremos a referencias históricas o explicaciones –por simples que sean- que sabemos no están en condiciones de procesar todavía, ni en lo cognitivo ni en lo emocional (vale preguntarnos. “¿es necesario qué sepa tanto detalle?”). Con niños de más edad, o adolescentes, las conversaciones serán distintas y es útil el cuestionamiento acerca del qué, el cómo y/o si el relato de la historia pasada –del país y/o personal- contribuye a gestionar el estrés, o bien a exacerbar la angustia (y muchos otros sentimientos) en este momento presente de exceso y agitación. Suficiente es saber que un presidente realiza afirmaciones –así sean corregidas luego- como “estamos en una guerra”, y ver militares estan en las calles, para sentirse en completo peligro.
Más allá de las elecciones de cada familia en el contenido -y de inseguridades que sintamos o de nuestros errores e imprecisiones-, lo que más influye y lo que más recordarán los niños, es la emoción y el afecto que acompañan nuestros dichos, el tono que se deja traslucir en nuestras palabras –cuáles elegimos, qué fortalecen- y hasta en nuestra voz. La confianza en el cuidado que transmitimos y deja huella más gentil en la memoria (incluso cuando se trata de eventos dolorosos o traumáticos).
Acerca de la memoria
El momento fragilizado y anormal que estamos viviendo tendrá un término aunque no sepamos cuando exactamente. Pero la experiencia de estos días que ya suman una semana, dejará algún registro en la memoria de semanas, meses y tal vez años por venir. Han sido días anormales, de toque de queda, de helicópteros nocturnos (nadie puede dormir), de presencia de tanques en las calles, de saqueos (recordemos lo traumático que fue en el terremoto del 2010, para los niños que atestiguaron estos eventos), incendios, balas disparadas cerca del hogar (o hacia su interior, como ha ocurrido en muchos barrios). También han sido días de no ir al colegio –o muy pocas horas- de ver a los papás y mamás llegar más temprano, etc.
La vivencia actual de trauma, junto a las emociones que acompañan, serán parte de la menoria, pero la experiencia será vivida y grabada y recordada de maneras distintas, y aquí un factor determinante serán los sentimientos de indefensión.
Ssoledad, impotencia, fragilidad, la sensación de no tener escapatoria ni auxilio posible, o en tres palabras, “a merced de” el daño y el peligro. La indefensión. Quizás esta historia lo explique mejor: un reconocido neuropsiquiatra, Bessel Van der Kolk, que ha dedicado su vida a estudiar y atender a pacientes traumatizados (y con TEPT) cuenta que luego del desastre de las torres gemelas, un niño de 5 años testigo de la tragedia, dibujó una réplica exacta del derrumbe, pero agrega una cama elástica para que las personas pudieran saltar de los edificios contando con un lugar donde aterrizar a salvo, por si llegaba a ocurrir algo así otra vez.
Vemos que la experiencia traumatizante existió y el niño tiene un registro vívido de lo que atestiguó. Pero le da un sentido, desde su mirada, su creatividad si quieren, y ese sentido es que si llega a repetirse no será igual porque agregando una cama elástica se salvará la gente. Así puede seguir adelante. ¿Cómo?, nos preguntaremos. De partida, los niños tienden naturalmente a seguir siendo niños (en medio de catástrofes naturales, es sobrecogedor ver cómo los más pequeños quieren a pesar de todo, jugar), porque el cerebro humano, funciona desde la prioridad de la supervivencia. Y de forma muy resumida, esta prioridad lo orienta a buscar la forma de satisfacer necesidades vitales (alimento, cobijo, descanso, protección, etc.) y a generar la energía para lograrlo, mientras en paralelo, sostiene y gestiona un sistema de alerta que le advierte de peligros que deben ser enfrentados mientras comanda las acciones necesarias para alcanzar sus objetivos. Pero el quiebre se produce cuando se vive una discrepancia entre necesidades y acciones (por ej, si un niño necesita cobijo, su llanto es el pedido, y le responden con golpes).
Es tremendo y delicado trabajo (maravilloso, también) el que realiza el cerebro, el cuerpo humano, para sostenerse en la vida. Pero en eventos de trauma, no podemos dejar a la naturaleza sola. Estamos cuidando. Nuestras intercesiones, cariño, presencias, pueden cambiar completamente la historia para un niño.
Para el niño de las torres gemelas, por ejemplo, poder dibujar lo ocurrido con una nueva alternativa (espontáneamente o ayudado por la pregunta o proposición de agregar algo distinto, suyo, al registro), favorece que su cuerpo, su psiquismo, no quede paralizado –con sensación inescapable- en el trauma. Con niños más grandes y adolescentes, quizás ayudará la expresión escrita o el diálogo contenedor que pueda dar espacio a ciertas preguntas –cuando nos compartan sus preocupaciones y quejas sentidas frente a lo que se vive-, sin forzarlas, pero en clave de:
¿te parece dedicar un minuto a pensar cómo _ _ _ _ podría haber sido/ser distinto, cómo podría hacerse mejor?,
¿si pudieras hablar con _ _ _ , qué le dirías?, etc.
Escuchemos, porque en estas respuestas –el ejercicio de articularlas, independientemente del contenido- hay un movimiento que propicia en el cuerpo, una sensación de menor indefensión. Adicionalmente, los juegos de roles –con muñecos, o actuando en familia-, pueden ser útiles. No olvidemos que el juego es, para los niños, su herramienta principal para aprender, y para crear y re-crear su mundo y hacerlo una vivencia. Su vivencia.
Si pudiera proponer una sola premisa para recordar en estos días, de forma constante, contumaz ojalá, es que a mayor sentimiento de indefensión mayores serán el estrés tóxico y el sufrimiento en el presente, así como su impacto hacia el futuro, en la memoria, y nosotros podemos ayudar a que ese impacto sea menor. Se puede recordar un momento o período estresante y traumático –los terremotos, por ejemplo- como una parte de la historia de vida de la niñez (no es TODA la historia), pero es muy distinto quedar atrapado en un pasado que vuelve una y otra vez, y provoca en cada regreso dolor, y la sensación abrumadora de que no puede quedar atrás y estará ahí siempre.
Por eso es tan importante poder ofrecer presencias, acogida, escucha, cariño, etc. Por amor, humanidad, y porque es lo que corresponde hacer en relaciones de cuidado, y también, para reducir la indefensión que el cuerpo vive y podría seguir viviendo después. Todos nuestros actos de cuidado, de la forma más deliberada y hermosa, contravienen y desobedecen para transformar, el destino de una fractura (que puede luego sanar, o trizarse hasta el último límite imaginable) y su memoria viva.
Las recomendaciones compartidas, vale insistir mil veces, son muy generales, y cada niño es único, sus historias de vida, los contextos. En casos de trauma previo, el desafío será mayor. Pienso también, en niños con necesidades especiales (ojalá los especialistas puedan también orientarnos pronto). En niños que están en Sename y que pueden estar viviendo muy complejas experiencias –que se suman historias precias de traumas y vulneraciones- a la par de la preocupación por sus seres queridos. Y en niños que están por nacer, o han nacido en estos días, o tienen apenas meses de vida, y no están exentos del estrés agudo que se está viviendo, como tampoco se eximen sus madres. Las necesidades de cuidado siempre han sido las mismas –y lo que vivimos como país tristemente refleja cuántos vacíos de respuesta han horadado vidas en treinta años de democracia- pero ahora en crisis, nos piden más.
No sé cómo terminar este escrito, la voz estos días no es fácil sacarla, el cuidado guía, pero las emociones son muchas y no quiero tropezar con palabras (o acciones) que debiliten lo que amo, lo que creo, o que alimenten lo que no quiero, lo que me indigna. Llevo años conversando –en cursos, escritos, libros, medios- sobre fracasos del cuidado que son colectivos, y oportunidades que asimismo necesitan, inexorablemente, de todos en la enmienda. Juntos podemos hacer mucho más, una y otra vez volvemos sobre ese aprendizaje (la misma ley de imprescriptibilidad del abuso sexual infantil, promulgada este año, fue un ejemplo de ello). La esperanza es saber acumulado de siglos de especie (sabiendo que es posible transformar realidades), y una energía que vitaliza, que mueve. ¿A quién le sirve que renunciermos a ella, o la dejemos palidecer? Es nuestra para usarla, para ponerla al servicio del vivir, del cuidado que se vuelve rebelión cuando todo lo que nos han dicho es que prioricemos producir, acumular, salvarnos solos.
Me afirmo en la esperanza de que al fin estamos entendiendo en Chile, y tal como dice Bernardo Toro, que estos son tiempos donde o nos cuidamos, nos salvamos juntos -seres humanos, la naturaleza, todo lo que vive-, o nada (el habla de perecer, pero ese verbo no me gusta). Gracias por estar.
(pensando en Luciano, especialmente, que llegó al mundo justo en estos días 🙂 ).
Gracias especiales, en el crecimiento y el aporte a mis reflexiones, a colegas ps. Ignacio Fuentes, Constanza Quintanilla y Rodrigo Venegas. A Criando Contigo
En un máximo de 72 horas a partir de mañana lunes 10 de diciembre de 2018 debe abandonar Chile, el abusador sexual John Joseph Reilly, conocido también como John O’Reilly en Chile *.
Poca atención ha merecido a nivel público, hasta aquí, el que diciembre sea un mes decisivo, y muchos nos preguntamos si la iteración a veces exasperante de los medios en torno a una diversidad de hechos –relevantes como anodinos-, concederá tiempo relevante a comentar y reflexionar en torno al abuso sexual infantil y la expatriación de uno de los sacerdotes y líderes más reconocidos de la Legión de Cristo, agrupación religiosa fundada por Marcial Maciel, otro abusador sexual de niños y adolescentes. La coincidencia no puede pasar inadvertida, es imposible. Como tampoco se puede soslayar la pregunta angustiante sobre niños y niñas que continúan educándose en instituciones de la legión.
Han pasado seis años desde las denuncias por abusos ocurridos en el colegio Cumbres, y cuatro desde el juicio que en octubre de 2014 declaró culpable a John O’Reilly como “autor de delitos reiterados de abuso sexual a menor de edad, condenado a la pena de cuatro años y un día de presidio menor en su grado máximo, la de inhabilitación absoluta perpetua para cargos y oficios públicos y derechos políticos, y la de inhabilitación absoluta para profesiones titulares mientras dure la condena, y a la pena accesoria de sujeción a la vigilancia de la autoridad durante los diez años siguientes al cumplimiento de la pena principal y la de inhabilitación perpetua para cargos, oficios, o profesiones ejercidos en ámbitos educacionales o que involucren una relación directa y habitual con personas menores de edad”. En 2015 el Senado de la República acordó revocar la nacionalidad por especial gracia, y el Ministerio del Interior y Seguridad Pública dispone su abandono del país, cancelando su permiso de permanencia definitiva (que había sido otorgado con fecha 10 de diciembre de 1985 mediante Resolución Exenta N° 861).
El pasado mes de noviembre pasado Reilly terminaba su condena. Irrisorios cuatro años y un día de pena remitida -ningún minuto de cárcel- como sanción por el abuso sexual reiterado de al menos una de dos hermanas víctimas (la prueba no permitió demostrar los abusos de la mayor “más allá de toda duda razonable”). Pero eran dos niñas, y quizás cuántas más cuyas denuncias no llegaron a conocerse luego de que el caso llegara a la justicia.
Dos niñas. Mil veces, las dos. Mi cercanía con el caso desde el inicio, me permite realizar esta afirmación con toda serenidad y convicción, y el paso del tiempo sólo ha fortalecido el crédito que di y sigo dando a los testimonios de ambas hermanas, sus experiencias; a su camino de reparación junto a padres amorosos y valientes (y hay que serlo, frente a un abusador vinculado a grupos poderosos) que lograron balancear la indispensable resiliencia que un proceso de esta magnitud exige también a los adultos, al tiempo que viven un duelo devastador por sus hijas. No ha sido fácil ser testigo -como psicóloga, ciudadana y mamá- del efecto de las conductas desplegadas por J. Reilly (y muchos de sus seguidores) durante la investigación del caso, durante el juicio, y desde su condena en adelante. Conductas que revictimizan y amedrentan, que deberían ser prevenidas, interrumpidas o sancionadas si la justicia adhiriese a un marco de cuidado ético, y no cediera –como lo hace con regularidad- a la lógica perversa de “no es constitutivo de delito, no quebrantó ninguna ley”. Delito o no (y la revictimización debería serlo), los daños han continuado.
JJ Reilly cumplió su pena siendo vecino de sus víctimas, residiendo en la misma comuna, a cuadras apenas de distancia. No pasaron dos meses, y la prensa compartía imágenes del sentenciado en la misma comunidad donde la familia de las niñas veraneaba por décadas. Todos hechos archiconocidos por el sacerdote. Pero su indolencia fue ininterrumpida, y a la par, la revictimización de las niñas (lamentablemente, reforzada por personas y medios que han publicado entrevistas del agresor sexual y hasta sus anuncios de posibles libros).
No puedo describir, en este contexto, lo doloroso y arduo que puede ser para un niño llevar un proceso de reparación, expuesto constantemente a evocaciones traumáticas. Cómo puede convalecer la memoria, cuando una víctima sabe que su agresor adulto no sólo circula libremente, sino que lo hace en lugares cercanos. Hoy se agregan medios y redes sociales y los niños pueden escuchar comentarios de su caso en cualquier lugar, incluidos espacios con sus pares. No hay descanso. Hay quienes dicen “la familia debió cambiar de casa, o de ciudad, y hasta de país para no exponerse”, pero no siempre se puede, aunque la idea ronda a muchos padres y madres que por lo demás no tendrían por qué hacer nada. Lo lógico sería que el abusador se mantuviera lejos, en la cárcel. Pero si cumple una pena remitida o es liberado de prisión, ¿no deberían especificarse ciertos criterios exigibles de forma de proteger el proceso de las víctimas?
Nuestra democracia, nuestro sistema de justicia, hace mucho necesitan transformaciones radicales en lo que a procesos legislativos modernos se refiere. Cuidado ético, evidencia científica, consulta a expertos en psicología del trauma, neurobiología, medicina. Las secuelas del trauma por abuso sexual infantil así lo exigen. Entender de una vez que las leyes necesitan estar al servicio de seres humanos, y que no sólo tipifican delitos o establecen sentencias, sino que informan, enseñan, son agentes de cambio (o erosión) cultural.
La forma de definir agravios horribles a la integridad de seres humanos niños, la sanción que corresponde a cada delito, las consideraciones que debe involucrar la aplicación de justicia (recordemos entrevistas videograbadas): todo está construyendo o destruyendo nuestro presente y futuro, nuestra convivencia, la posibilidad de evitar estos daños a nuevas generaciones, y de reparar las heridas de niños y niñas a quienes no pudimos auxiliar antes, pero con quienes podemos recorrer un camino íntegro de reparación. Parte esencial de esa reparación es que los abusadores asuman responsabilidades. Que las sanciones se cumplan. Que podamos proteger a las víctimas mientras terminan de crecer, regresan a su infancia y consolidan su reparación.
RESPONSABILIDAD. Categóricamente. Del abusador y de sus cómplices o encubridores. No hablamos de venganza, desquite, ni de arriesgar por un segundo, consentir con la turba que como sociedad corremos el riesgo de levantar o dejar que otros levanten, en casos de abuso sexual. No basta apoyar buenas causas o ser nobles en la defensa de las víctimas de abusos, si al final vamos a terminar recurriendo a la violencia -la que sea- o a los mismos métodos del abusador. Lo he dicho antes y lo reitero: antes me clavaría de regreso a los peores años de mi niñez, que conceder con la energía destructiva del abuso, sus formas veladas, sus escaramuzas, sus lenguajes, sus seducciones y manipulaciones (y no, ni por la mejor causa, “el fin justifica los medios”), sus indolencias, sus lógicas perversas, su inhumanidad. Nada más alejado de lo que posibilita la reparación de las víctimas. Pero sí necesitamos asunción de responsabilidades. Si hasta aquí ha sido magra la aplicación de justicia en el caso O’Reilly ¿Qué señales contundentes y adultas podemos esperar ahora? ¿Cumplirá nuestro sistema de justicia con la expulsión del agresor sexual, de manera oportuna y eficaz?
Habrá presiones, quizás hasta extorsiones e intimidaciones, y de seguro recursos legales de última hora. Pero queremos, necesitamos confiar en el Estado. El Vaticano ha demorado de manera vergonzosa en establecer una sanción para J. Reilly, si es que algún día se pronuncia. Ya es demasiado tarde y ninguna medida exculpa el trato inmisericorde que por años la Iglesia tanto en CHile como en Roma dio a las víctimas del sacerdote legionario. La justicia no puede entonces fallar, ni a las víctimas ni al país. Es mucho lo que se arriesga, en protección de la niñez y en la confianza -ya muy escasa- de la ciudadanía en el derecho y aplicación de las leyes. El decreto de revocación de residencia permanente del Ministerio del Interior en 2015, expresa claramente los motivos por los cuales este agresor sexual no debe continuar en Chile. Durante la investigación que antecedió al juicio, la pericia psicológica concluyó categóricamente que este abusador no debía trabajar con niños, NUNCA MÁS, por el peligro que representaba (aquí nota sobre informe psicológico). ¿No debería en algo pesar este diagnóstico? La iglesia chilena no dice nada, aun cuando ya ha han sido expulsados sacerdotes como F. Karadima o C. Precht.
O’Reilly ha sido inhabilitado de por vida -y hay que ver cómo se verifica esa medida- para ejercer funciones vinculadas a la niñez, pero siguen siendo un problema aquellas instituciones que omitieron que “algo raro” sucedía, o que sabían de los abusos y los encubrieron, y aun después de develaciones y sentencias, no respaldan a las víctimas, interfieren con su reparación, y encima sostienen vínculos con agresores condenados de quienes podemos hasta desconocer abusos de otras víctimas. ¿Por qué esas instituciones gozan de impunidad pese a su comportamiento cómplice? ¿Podría considerarse a lo menos una negligencia que todavía niñas y niños sean confiados en su educación a entidades que actúan de esta forma? y de ser así, ¿correspondería interceder por estos niños, legislar, contemplar medidas protección para los niños que continúan en instituciones como las descritas?
Recordemos que el abuso sexual infantil no llega a ser reiterado y crónico sólo por la compulsión del perpetrador, o de un círculo de pedófilos. El abuso necesita de entornos que lo sostengan, lo permitan pasiva o activamente, negando, callando, encubriendo o sacrificando niños, antes que enfrentar responsabilidades. ¿Qué posición hemos tomado como sociedad a este respecto? En EEUU la matrícula en colegios católicos bajó drásticamente conforme se iban develando los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. El efecto aquí no se deja sentir, o no todavía. Pero no podemos ya decir que la información no está disponible, o las historias desgarradoras que no terminan de contarse para ayudarnos, sobre todo, a despertar y apostarnos al cuidado y la prevención de estos crímenes horribles contra niños y niñas que a todos nos lesionan.
Los abusos dejan heridas múltiples, primero en las víctimas, sus vidas, y en sus familias y comunidades, pero también en el tejido social que supura cada vez que sabemos de la recurrencia de las agresiones sexuales de adultos contra los cuerpos más indefensos; y en los sobrevivientes, que reviven el estupor de cada vez que saben de otras víctimas –y sus carencias de justicia y cuidado. Es un desuello, siempre, saber que la impunidad vive entre nosotros, en violaciones tan graves a nuestra humanidad. Sabemos que una sentencia de cien, doscientos años, o mil, no alcanza, pero tampoco podemos asimilar un “cero años” o un “cuatro años y un día” de pena remitida, en esencia, algo así como un régimen de libertad con inconvenientes que, en el fondo, nos dice que el abuso sexual de un niño poco importa. No, cuando nuestra justicia no considera siquiera un tiempo justo de ausencia del abusador para que la víctima, de manera protegida, convalezca y pueda retomar su vida.
Ausencias de justicia. También de educación, de salud, todos los organismos que desde el Estado deberían concurrir completamente en el cuidado de la infancia, el apoyo y reparación de las víctimas, la PREVENCIÓN como una tarea urgente. Es una epidemia de abuso sexual infantil la que enfrentamos.
No es menos que una urgencia sanitaria si cincuenta niños son abusados a diario, y esos son los casos que llegan a ser denunciados. Entre 2012 y 2017, veinticuatro mil denuncias de delitos sexuales, casi dos informes Valech y permanecemos impertérritos. Más de 70% de esas denuncias corresponden a niños, niñas y adolescentes menores de edad. Del total de embarazos por violación, 66% corresponde a niñas y adolescentes menores de 18, el 12% son menores de 14 años y el 7%, menores de 12. Un 90% de estas víctimas son violadas por familiares o conocidos, y en el 44% de los casos, repetidamente (A. Huneeus, Epidemiología del Embarazo por Violación, 2016).
¿Por qué esto no ha sido una prioridad para nuestro Congreso Nacional, autoridades, los propios presidentes y presidenta que hemos tenido? Contamos con un Instituto de DDHH, una subsecretaría de DDHH, y hasta el ministerio de justicia pasó a ser de “justicia y derechos humanos”. Han sido progresos valorables, pero no olvidemos que en la defensa de esos derechos, los últimos suelen ser los niños.
La intención de cambio declarada en “los niños primero” tiene una potencia conmovedora y energizante para una democracia, pero no puede arriesgar quedar como un pálido slogan. Con precisión, con visión, y con amor, eso siempre, la expatriación del abusador sexual John O’Reilly es una oportunidad también, de reforzar esa intención, y ser consistentes, cueste lo que cueste, con el compromiso de protección de la infancia en Chile. Esperamos así sea.
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* Es la fecha con la que contaba Gendarmeria, pero hoy lunes 10 se ha informado que la defensa del abusador esperaría la audiencia judicial de cumplimiento de condena para ver sus opciones legales. No es una práctica habitual y suena redundante necesitar que se convoque formalmente una audiencia más -luego de haber concluido una pena- para que te digan básicamente “sí, usted cumplió su condena”, pero no es ilegal y nuevamente la justicia excluye lo ético y sacrifica el cuidado de las víctimas y su proceso de reparación. Como decimos en Chile, esto se trata sólo de “estirar el chicle”, de “ganar tiempo” , ese tiempo que debería estar del lado de las víctimas, y no amparando a abusadores. Hoy, a uno que inclusive celebra y recibe agasajos por su cumpleaños. Qué desconsuelo nuestro país. No sé ya qué decir