Abuso sexual y toda salud
Una suele escuchar “está deprimido”, “vivió un trauma en la ni;ez”, y aun cuando esas palabras sean dignas de la mayor atención y seriedad, queda algo en su eco que no nos llega a remecer con la fuerza -y es casi como recibir un golpe- de nombres como “cáncer”, “carcinoma”, o inclusive “biopsia”.
Jamás olvido una frase que leí en algún libro, antes de mis treinta, y situó bajo otra luz el sufrimiento psicológico y su alcance, especialmente en la niñez y proyectado hacia etapas sucesivas: “la depresión (y el trauma psicológico) era a la psicología, lo que el cáncer a la medicina”. En el abuso sexual infantil lo médico, nos elude (excepto cuando deja lesiones evidentes, o enfermedades o infecciones de transmisión sexual que no son parte de la niñez. En lo impensable: niñas embarazadas por violación, no deberían serlo).
Es la dimensión del trauma psicológico la que prepondera, no obstante el asalto haya acontecido en el cuerpo, y en realidad, en el ser completo: cuerpo-mente-emociones-vínculos. Por eso no hablamos sólo de “trauma psicológico”, sino de un trauma que afecta a la integralidad del ser: con secuelas médicas, al sistema inmune, en estructuras y funciones del cerebro, en la mayor prevalencia de ciertos cánceres en víctimas ASI, etc.
El daño tiene su puerta de entrada lo corporal, eso nunca podemos olvidarlo. Allí se asienta también. El cuerpo fue violado, el cuerpo, abusado. El “hogar primario”. Un espacio de memoria que responde con el cuerpo completo frente a lugares, olores, roces, a veces el estímulo menos esperado y más anodino puede desencadenar la fuga, el sobresalto, el estupor e inmovilidad.
Fue el cuerpo el violado, el abusado, y por eso más preocupa que en nuestro país, la mirada y las intervenciones no sean integrales desde la salud, sabiendo que no basta con la psicoterapia de reparación (por más determinante que sea como factor de ayuda) para sanar la herida. Es más, es frecuente que en Chile se omita la recomendación inmediata -post diagnóstico concluyente de ASI, y/o durante terapia- del cuidado y trabajo corporal con las víctimas. En todo lugar posible (hogares y escuelas, entre los principales)
Es el cuerpo el lugar donde la seguridad necesita regresar, la certidumbre del cuidado disponible, la posibilidad de autocuidado y autogobierno -por modesto y diminuto- sobre el propio transcurso, funciones, movimientos. Es fundamental que familias de las víctimas niños y niñas, profesores, cuidadores, velen por la realización sistemática de actividades físicas (ballet, disciplinas orientales, yoga, deportes, caminar a diario, por último). Recursos enormemente reparadores -asimismo el teatro, la Impro-, no pueden ser olvidados.
Existen estudios que señalan que aun sin intervención psicológica, y sólo con trabajo corporal y de movimiento (por eso la danza es un espléndido recurso), la remisión de síntomas puede alcanzar al 30% y hasta 50% durante el primer año, post develación/detección (y ser un factor protector de por vida). No olvido otro estudio en Inglaterra, de unos diez años ha, donde se señalaba similar remisión de síntomas en los primeros seis meses post-develación, si al momento de ésta, el adulto 1. escuchaba al niño, 2. le creía (sin condiciones, sin ponerlo en duda, aun cuando después el adulto bien podía recabar más antecedentes por su cuenta), y 3. expresaba una voluntad de intercesión y protección inmediata, para distanciar al abusador. Inclusive en casos donde ese distanciamiento demorara (por procesos de justicia y fracaso en la respuesta de servicios de protección infantil), para el niño o niña ya había quedado registrada la intención inequívoca del adulto/a cuidador, y eso era determinante. Lo anterior, junto a respuestas integrales del sistema de atención en salud y la educación, con profesionales muy bien preparados para facilitar y promover procesos de reparación de las víctimas niños/as y adolescentes.
El abuso sexual hace mucho es reconocido y tratado como un problema urgente de la salud pública, en otros países. En EEUU, recientemente este 2016, sólo en ítemes médicos y de terapia durante la adultez, se señaló un promedio de gastos de 1 millón de dólares por víctima como un argumento más en defensa de legislar la imprescriptibilidad, ya en trámite en el estado de California. En diversos períodos, de igual modo, se han estimado los daños y costos para educación, salud, la productividad nacional, etc., de la pérdida del “potencial pre-abuso” de las víctimas de ASI. Ascienden a billones de dólares, y puede ser un argumento al que no quisiéramos recurrir, pero si es capaz de despertar la atención de Estados, responsables de la política pública, ministros de hacienda, y otros, bien vale la pena comenzar a realizar estimaciones en Chile a ver si desde ahí -luego de todas las imploraciones desde los DDHH, la psicología del trauma, la protección de la niñez- es posible transmutar la desidia habitual en urgencia.
La salud, como un todo, es inmensamente afectada por el trauma de abuso sexual. Daños perdurables (de largo plazo o permanentes) en estructuras y fisiología del cerebro, en mecanismos de atención, memoria y aprendizaje infantil (y hacia la adolescencia y adultez); alteración de dinámicas de alerta, noción del tiempo, respuesta al estrés/peligro (que el organismo reconoce aunque cognitivamente los niños no puedan procesarlo así), de adquisición-extinción del miedo, entre otras consecuencias a nivel neurobiológico. Hoy en día, gracias a progresos en imagenología (resonancias, por ej) es posible contar con evidencia concreta –y difícil de disputar- del daño del ASI.
Otras consecuencias conocidas : afecciones perdurables y frecuentes entre las víctimas, como el estrés post traumático y la depresión (entre 50-70% de las víctimas intentan suicidio, más de una vez). Trastornos vinculares, del ánimo, la personalidad. Problemas sexuales. Los abusos son un ataque masivo, integral.
En la niñez y adolescencia el organismo reconoce su irrupción. Aunque su víctima no pueda identificar el peligro ni responder ante él, llevamos millones de años en las células, un repertorio de especie para responder en favor de continuar vivos, un “radar” que no necesita palabras ni una declaración previa del estilo “estoy en peligro, tengo en frente a un león o un tiburón, debería escapar, esconderme o defenderme”. Una guagüita no puede anticipar el daño a su sistema digestivo -o el riesgo de muerte- que puede representar un huevo frito o una copa de vino, o que la dejen sola en la playa, o encerrada en un auto. El abuso sexual adulto tampoco será decodificado como “peligro” o trauma. Pero el organismo sabe que peligra, sentirá estrés, o dolor, o que está bajo amenaza de algo que por confuso que resulte, claramente no está en el radio
frío, hambre, y responderá conforme. El abuso sexual, lo sexual adulto amenazando la integridad y desarrollo de un cachorro humano, también puede resonar como
Seguramente ningún adulto cuerdo haría algo así, y aunque lo hiciera, otros adultos no dudarían en interceder. Pero con o sin ayuda, el organismo trataría de responder, buscar ayuda. Bajo estrés, en peligro o sufriendo, los cachorros humanos van a llorar, buscar con la mirada a algún cuidador cercano, o si pueden hablar o caminar, actuarán en busca de auxilio. Pero de alguna manera expresan un llamado y expectativa de cuidado de otros que responden -o deberían responder- al imperativo de especie de asegurar el sostén y supervivencia de los más indefensos.
En el abuso sexual infantil, junto al registro del peligro -en una situación de total dependencia vital como es la de los niños en relación al mundo adulto del cual es parte el abusador-, queda una huella que será más o menos profunda según las características, intensidad, frecuencia del abuso, y/o dependiendo de la edad, historia, características únicas de cada víctima. “Si fue sólo una vez” es una afirmación que significa nada porque para un niño o niña un evento de ASI puede ser tan dañino y dejar secuelas tan perdurables o más tal vez, que para otro niño o niña que lo vivió en más de una oportunidad o durante años. Observemos cuán distintas son las resiliencias en la niñez. No podemos establecer un patrón único. Una “métrica” exacta. ¿Y cómo podríamos? Sería de una soberbia infinita creer que podemos definir cómo o cúanto debe sufrir cada ser humano enfrentado a diversas adversidades o tragedias.
Antes de cumplir 30, en EEUU conocí el primer caso de una mujer con historia de incesto y ASI prolongado en la niñez, que sufría de cáncer a la vagina. Me costó creer cuando colegas mayores me comentaron que, en su trayectoria profesional, junto a diversas complicaciones ginecológicas y reproductivas de las sobrevivientes de ASI, se habían encontrado con este cáncer en alguna menor proporción, pero todavía muy semejante al de CA de útero y mamas. No sabía a esa edad, jamás habría sido imaginable para mí, un cáncer de la vagina. Quizás si hubiera estudiado medicina. Pero era la primera noticia. Y no sería la última.
Más que disposiciones genéticas (muchas pacientes no tenían historia de este tipo de cáncer en sus familias, y tampoco de cáncer al pulmón, que se observa también y en sobrevivientes ASI no-fumadoras), en el momento del diagnóstico -en diversas edades, muy jóvenes o adultas mayores, y aun viviendo vidas elegidas y buenas- , las propias mujeres significaban la enfermedad como parte de una historia que había dejado su huella en el cuerpo entero. Ellas lo “sabían”, lo “sentían”. Sin importar cuánta energía hubiesen ellas dedicado a esfuerzos por sanar, completar sus terapias, cuidarse, llevar vidas saludables, etc, la noticia del CA evocaba una suerte de “derrota” final del abuso, y esa intrusión, era más inmediata y más pesada como carga, que el peligro de estar enfrentando una enfermedad de alto riesgo, o terminal, al momento de recibir el diagnóstico.
Da para un posteo largo y aparte, pero vuelvo a lo señalado en entradas pasadas, una y otra vez: la necesidad, desde muy temprano en la vida, y no sólo en algunas especialidades médicas, de integrar la pregunta acerca de experiencias de abuso sexual infantil, de violencia sexual y agresiones sexuales (a cualquier edad), en atenciones de salud. No sólo como un elemento de cuidado ético para adaptar el trato, los tiempos, u otras condiciones de realización de la prestación (médica, o dental también, por favor que se recuerde, porque las bocas son forzadas sexualmente en muchos casos de ASI), sino como un antecedente fundamental de la salud. Tan importante como saber si existen antecedentes de diabetes o CA en las familias, o cuántas cirugías ha vivido un niño/a o adulto/a, la pregunta sobre violencia sexual necesita ser realizada y su respuesta, muy tomada en cuenta.
El trauma del abuso sexual infantil y las consecuencias del estrés tóxico (exposición repetida a peligro, abusos, adversidad, durante la niñez) se proyectan hacia la vida entera. No es para desatar la alarma, porque esto lo sabemos, y por lo mismo en terapias se recomienda por ejemplo SIEMPRe realizar actividades físicas (dimensión corporal de la reparación es irrenunciable), es decir, por el resto de la vida, y ejercer autocuidado emocional, psicológico, relacional. Esto es tan importante como para un paciente que logró derrotar el cáncer, el cuidar su alimentación, realizar controles médicos oportunos, y no ir de paseo a Chernobyl o Fukushima. Las relaciones tóxicas, abusivas, o sencillamente extenuantes, no vitalizadoras, ambiguas, etc para victimas de abusos, pueden ser tan dañinas como la exposición a radioactividad para un paciente de cáncer
Necesitamos como sociedad re-evaluar y ponderar a la luz de toda nueva información y evidencias aportadas desde las ciencias, cuál es la extensión y alcance de los daños a los que han sido expuestos por años las víctimas de abuso sexual infantil en sus hogares (entre 80-90% de los casos), escuelas, comunidades religiosas, y/o en centros dependientes del Estado (hablamos de Sename, en Chile, o en cualquier sistema de protección).
aqui el link http://www.ted.com/talks/nadine_burke_harris_how_childhood_trauma_affects_health_across_a_lifetime#t-228335
Este Ted provee un argumento contundente más para pensar en la necesidad de dar una solución a la imposibilidad de denunciar por plazos inadecuados e insuficientes que impone la prescripción en nuestro país. El acto de voz, de develación, de denuncia, la sensación sobre todo de que no se está solo y hay un colectivo que cuida y escucha, es UN TREMENDO factor de reparación y sanación.
Daños a estructuras y funciones del cuerpo (incluido el cerebro) quizás no serán todos reversibles, pero serán todavía peores, es lo más probable, en una comunidad que deniega acceso a justicia por motivo de los plazos. Por otro lado, el margen de bienestar puede expandirse significativamente cuando se cuenta con la certidumbre del cuidado ético, del no olvido social, de la no impunidad. De la voluntad de un país y un Estado en proteger y responder a quienes son más vulnerables y vulnerados.
El tedtalk está en inglés pero con opción de susbtítulos al español. Recomiendo verlo y compartirlo, no habla sólo del trauma de abuso sino de la huella que dejan diversas adversidades superiores a la capacidad de respuesta en la niñez ante lo que se reconoce como “peligro” en una etapa donde la supervivencia, el sostén y cuidado de la vida, y el “perseverar en el vivir” son lo principal. El mayor valor de este recurso es demarcar de forma inexorable el vínculo -en base a evidencias científicas- entre el cuidado a la niñez y la salud de toda una vida, y lo inseparable del ser, cuerpo-mente-emocion, y de su bienestar biológico-psicológico. De verdad, no se lo pierdan por favor.