opalescencia (homenaje a Pierre Dubois, archivo El Post 2012)
Recuerdo tiempos adolescentes de mirar tanto desamparo en la patria. Recuerdo a Elicura cantando, la Plaza de Armas, esa primera vez de ir sola a una protesta en el centro. Recuerdo también la primera experiencia de represión y a un sacerdote parado delante de mí, tan cerca que habría podido oír su corazón latir. Trató de mediar con la fuerza policial. Fracasó. Después solo trató de protegernos, contagiándonos de calma y sirviendo él mismo de escudo humano, como hicieron muchos otros sacerdotes de ese tiempo: indeleble en la retina, Pierre Dubois en La Victoria.
Se decía de sacerdotes como él que debían dedicarse a otras cosas, que la misión pastoral iba por otro lado. Dios para mí ya era lejano (una resolución de la niñez para salvaguardar mi cordura), pero los dichos y actos de Jesús –muchos de los cuales atesoré como lecciones valiosas de humanidad- se volvían presentes y reales en hombres de ese tiempo como el padre Pierre Dubois, Andre Jarlan y muchos otros que se apostaron a acompañar y tratar de cuidar a los más vulnerables (a todos por igual, sin distinciones). No solo entonces, sino en cualquier época.
Confieso que cuando tomé conocimiento de la muerte de Pierre Dubois el pasado viernes 28 de septiembre, y aun sin ser parte de la Iglesia que él encarnó del modo más decente y compasivo que puedo imaginar, me sentí no solo triste sino extrañamente sola. Como si desde un lugar siempre indefenso y pequeño (que quizás nos permanece a los adultos, sin importar nuestra edad), se activara el riesgo de un abandono que racionalmente no es, no debería ser. Pero es y lo es más cuando han envejecido y van ausentándose figuras claves de cuidado en un sentido colectivo general y, específicamente, dentro de la Iglesia. Una Iglesia que en los últimos años, sobre todo, ha sido responsable –debido a la revelación masiva de abusos sexuales a niños y adolescentes- de inmenso dolor e indignación en muchos países, incluido el nuestro.
Quizás como a muchos puede pasarles, admito que hay nombres y presencias en la Iglesia –de Chile y a nivel global- que no siento ni remotamente vinculables al sentimiento de respeto y credibilidad que vienen asociados a la figura del Padre Dubois. Pero luego repaso oficios y esfuerzos de tantas mujeres y hombres que sí viven en constante revisión y actualización de amores y cuidados a la luz del mensaje de Cristo. Entonces, y en un cruce con otros procesos de estos meses y desafíos de esta semana en particular, vino de regalo (y consuelo) una palabra.
Opalescencia. Ópalo. Dicen que es la única gema capaz de refractar los rayos de luz y traducirlos en todos los colores del arco iris. Cuentan también que su composición descansa en vacíos para dejar pasar la luz; intersticios entre esferas minerales microscópicas que lejos de condensarse o apretar –como uno imaginaría necesita la piedra-, permiten holgura y espacio. Espacios donde quizás podrían acumularse polvo y residuos imperceptibles a nuestra vista; y espacios que permiten irradiar reflejos multicolores.
Inevitable evocación del centro de nuestro propio corazón humano; la infinidad de su entramado de células, venitas y sangre y esa irrenunciable memoria corporal donde se registran dolores (las lesiones debidas a tristezas y pérdidas han sido, y hace tiempo, científicamente verificadas), yerros, y júbilos también. Gratitudes: en ese latido quiero quedarme. No arriesgarme a la torpeza cada vez de querer expresar una condolencia. Mejor, en la opalescencia que somos, esa posibilidad de luces, dignidades y actos de bien, compartir nuestras gracias y esta despedida.