Gracias 2012. O sólo gracias.

“Nuestro PGB no refleja la alegría de los juegos infantiles… no incluye la belleza de nuestra poesía… no mide nuestro humor ni coraje; nuestra sabiduría ni nuestros aprendizajes; tampoco nuestra compasión, o la devoción a nuestro país; mide todo, en resumen, excepto lo que hace a nuestras vidas, valiosas”. (Robert Kennedy, 1968)

Atardece el año, en toda latitud. Cae de sus ojos algo de sol, de noche, de lágrima y rocío. Todo a la vez.

31 de diciembre, como en cualquier día (un ejercicio y una responsabilidad de autocuidado) me lleva al repaso de verdades, las radiantes y difíciles; trayectorias humanas admirables, y otras que hacen temer y tomar distancia; proyectos hermosos que esperan, labores cumplidas, y también equivocaciones y aprendizajes; los buenos amores y buenas personas, o sus desventurados opuestos; quienes llegaron como regalo, y a quienes debimos dejar partir o pedirles claramente que lo hicieran; los afectos de padres y madres, hermanos, maestros, cerca de donde crecen los niños; las señas del cuidado responsable e íntegro, o su humano fracaso.

2012 fue todo eso y mucho más. Balances, tantos como personas habitamos este país. Y horas antes del paso al 2013, ojalá también las gratitudes. Por lo vivido, lo crecido, a pesar de todo, o justamente gracias a lo que fue el ciclo que termina. Este ciclo, o cualquiera. Cualquier día.

Confieso mi debilidad ante días como hoy. Me gustan los ritos, pasajes y bautismos, tránsitos entre etapas, así sea que ocurran en el lapso de una mañana a una tarde. Puede ser que me cueste instalarme en el tiempo y los vínculos, sin esas necesarias ceremonias de comienzo y de término. El cuerpo tiene sus marcadores, también las relaciones, o un año cualquiera: su inocencia, su adolescencia, sus muertes y transformaciones, sus renacimientos.

Observando el altar de cualquier era, encontrarse con semillas y flores secas, gloria y derrota. Entre adaptaciones, resiliencias y evoluciones: la constancia del amor y del dolor. Algún amor, o todos. Es tan versátil la experiencia del afecto. Desde el que sentimos por la vida, alguien elegido, o hijos, sobrinos, familias, y las amistades, o una causa de servicio que llena el alma. Del dolor, ahí está. We all know. Puede habitarnos en una herida vieja o nueva; en nuestras azoteas con sus fantasmas. O en intemperies y escombros de alma que ojalá nos hagan entender algo más de la compasión, y no correr peligro de llegar a considerar al prójimo como alguien o algo distinto de nosotros mismos.

Somos todos nuestras restricciones e injusticias (y nuestras pérdidas impronunciables), pero también somos nuestras virtudes, y nuestra gracia. No aquella inasible, de dioses que no se dan a conocer, sino la que viene como posibilidad en cada humano día. Sabemos que el sufrimiento puede teñir el cielo de una hora o una vida: somos esa fragilidad y esa angustia ante la sombra posible y no siempre previsible de nuestra circunstancia. Pero nuestra condición humana es más completa y es, todo el tiempo, el misterioso e indisoluble lazo entre nuestra fortaleza y nuestra vulnerabilidad. Ese vínculo que, no sé si será solo mi sensación, tiende a un punto de fuga o ceguera en la mirada que hacemos sobre aquello que es más urgente o terrible. Y también, puede ser quizás por prejuicio o prudencia, que no hablamos tanto de felicidad, o de esas virtudes, experiencias y relaciones enriquecedoras, prójimos admirables, o simplemente prójimos; el amor portentoso; el bienestar  posible.

Pienso en lo sencillo que resulta, en estos tiempos, acceder a toneladas de información sobre trastornos humanos, conflictos, disfunciones; tomos dedicados a la disección de traumas, miserias y espantos, y en cambio bastante menos material disponible –aunque va creciendo- para conocer la influencia de la gratitud, la camaradería, la risa o el buen humor en todos nuestros entornos y esferas de hacer. Sé que puede sonar casi demencial pensar en estos atributos ante realidades ominosas en una lista del horror que a veces parece interminable, pero si no clavamos el corazón en la vida y su bondad ¿entonces qué? ¿si no, cómo?

No se trata de ignorar o pecar de ingenuos ante el estado grave de muchas cosas, ni de querer olvidar el sufrimiento de la humanidad tomando cocacola (por eso del instituto de la “felicidad”) o leyendo libros de autoayuda. Pero sí podría tratarse de reclamar, y reapropiar todo lo bueno que también viene en nuestra especie y usarlo como arsenal de bien: propio, familiar, de nuestros seres amados, nuestras escuelas, barrios, instituciones, gobiernos, y hasta ejércitos inclusive (con todas las ganas que uno tiene de que no existieran ojalá). Sin esa voluntad benéfica, a la que considero completamente digna y valiente tanto como necesaria, no sé cómo uno sigue caminando.

Los que tenemos hijos, al menos sabemos que a no ser que queramos invitarlos al suicidio colectivo, debemos tratar de mostrar todo el tiempo el contrapunto sobre la vida, sobre lo vivo y lo posible de crear y hacer nacer: sea dentro de ellos (nuestros niños), o irradiando hacia su paisaje, y hacia su presente y futuro. No podemos solo repetirles cuánto se aprende en la lucha, la adversidad y el sufrimiento (que sí, por dios que se crece) sin recordarles y enseñarles cómo se aprende también en la belleza, el aprecio, todo aquello que la gratitud permite reconocer y hacer explícito. Y hasta multiplicar.

En las últimas décadas del siglo pasado, y en lo que llevamos de éste, los estudios, relatos y conversaciones sobre resiliencia han cubierto parte de esa necesidad humana de orientarnos a la luz, a conocer lo mejor de nosotros y no solo nuestras sombras, lo inadmisible, lo inacunable que llevamos dentro, carencias de cuidado y de amor, eso que dolió y dejó huella. Sin embargo, algo en el atributo de adaptación y reinvención desde la adversidad que nos regala la resiliencia, resuena de un modo diferente a la capacidad, también necesaria, de simplemente conceder y adaptarnos a lo agradable, lo alegre, lo bondadoso, lo suave. Hay una lista radiante que aquí podría ser muy larga también…

Por incomprensible que parezca, acomodarnos al bienestar o la alegría, no es tan natural y espontáneo como uno querría creer. He visto a chiquitos llegar a terapia “estresados” porque luego de años de precariedades y pesares familiares, no podían asimilar la llegada de un tiempo de bonanza, serenidad y alegría duraderas. También he conocido a adultos tan habituados históricamente –desde su infancia- a vivir con el pulso de fondo de la tristeza, la subvaloración, que a las señales y ofrendas del buen amor y la dicha, no pudieron responder o lo hicieron desde la emboscada: esa profecía de “no durará mucho”, “no me lo merezco”, que termina siendo cumplida las más de las veces. Lo he vivido, también, años atrás, y a veces, todavía paso por ahí cerca. Afortunadamente, con una alarma mejor templada que prontamente levanta la voz de advertencia y de conminación al gozo como si se tratara de un derecho digno de revolución francesa, a salvaguardar.

Si algo parece bueno, no desconfiemos de entrada, por favor. Observemos, conozcamos su pulso. Sin prisa, con atención. En un año, en una noche, apenas una hora, siempre hay mensajeros que anuncian lo que no oímos o no vemos, y que podría hacernos tan bien reconocer y descifrar. Un beso en la cocina puede ser el tremendo testimonio de amor y promesa renovada de estadía y lealtad, cuando las cosas han estado difíciles para uno, otro, o ambos miembros de una pareja. Ver dormir a nuestros hijos bien, más allá de rendimientos escolares o conflictos de cada etapa, es el recordatorio más irrefutable de lo bendito. O nuestros propios cuerpos, al despertar. Agradecer respirar, caminar, tomar el lápiz o abrazar: quienes han compartido de cerca con quienes no pueden hacerlo, o les ha resultado titánico dar un paso, o sentarse derechos, sabrán de qué  hablo.

En una película hermosa, “Restless”, una joven amante de la naturaleza contaba de una especie de pajaritos  que cantaban cada día al constatar que estaban vivos (porque al atardecer, con la puesta del sol, había una sensación de muerte). No sé qué tan científico será, o cuál será el ave específica, pero me pareció en verdad que el argumento era suficiente para ese canto, y para muchos otros más. Nuestros cantos.

En mi esfera de trabajo no hay cómo omitir o adjetivar el dolor (y tampoco la maravilla de la resiliencia y de la capacidad de reinventarse de seres humanos pequeños y grandes). Como ciudadana, me basta leer noticias y conversar con otros ciudadanos como yo, para sentir recogerse el corazón con esa impotencia de no saber por dónde una podría plegarse y ayudar significativamente a cambiar una realidad. Esa misma sensación se expande hacia la tierra con tristezas superlativas que a todos nos tocan: la muerte de tantos niños en el mundo (Syria, un kindergarten completo en EEUU, otros colegios en Chile), y hace apenas unas semanas, la violación masiva y la muerte por heridas internas indescriptibles de una joven india tal cual podría ser mi hija, o la suya. No parece haber morada para inocencias ni consuelos. Ni descanso. Pero a pesar de todo esto, uno pide que Dios, o lo que sea el Bien en la esencia de la vida, tenga piedad de nosotros y nos permita de todos modos, despertar con un canto, y sin soberbia pero tampoco con timidez o temor a ser indolentes con otros, poder valorar y agradecer y declamar todo lo bueno que existe en nuestras vidas.

Yo quiero dar gracias. En esta oportunidad, especialmente, a todos los que este año trataron, y tratan ardua, delicada y humanamente por poner luz sobre la infancia de nuestro país (y en toda latitud). Agradezco no solo desde la ética universal del cuidado, sino también porque en esa generosidad y compromiso de tantos –padres y madres, abuelos, tíos, adultos y jóvenes, y aquí incluyo a los estudiantes que se la han jugado por el futuro de las nuevas generaciones-, tocan directamente el presente y futuro de mi hijita más chica, así es que es como mamá, muy íntimamente, que agradezco. Y doy gracias también por las comunidades educativas en Santiago y regiones, y por los educadores, maestros y profesionales y trabajadores de todos los campos que cuidan y se proponen continuar abriendo y sosteniendo espacios, este 2013, para que los niños desplieguen sus sueños y sus talentos, guiándolos con alegría, respeto, dádiva y buen juicio (que no es igual a juzgar).

Gracias, especialmente, porque a pesar de lo difícil del año, y a pesar de mesianismos irresponsables y llamados a la turba -producto quizás del desconcierto o el miedo-, sean muchos todavía los profesores comprometidos sin reparo ni retrocesos, con su estatura noble en el cuidado y formación de nuestros niños. Me tocó ver en el jardín infantil de mi hija menor, a un profesor de Tae Kwon Do realizando la presentación más linda de fin de año con niños y niñas muy chiquitos. Orgullosos y tranquilos los papás: de nuestros peques, y de que nuestra elección de jardín hubiese sido la que fue. Porque toda la estridencia y clima de terror instalado por algunas personas y/o medios en materia de abuso infantil, no hicieron mella a la convicción de que educadoras y educadores tienen un aporte que realizar, que hombres y mujeres adultos podemos ser modélicos y relevantes en la vida de los estudiantes más pequeños, y que no era preciso cambiar nada, porque las cosas se estaban haciendo bien, porque el equipo de educadoras y profesores colaboradores (en actividades como ballet o tae kwon do) denotan su respeto y afecto por los niños con una constancia irrefutable, y porque el voto de confianza es compartido en comunidad, conversando sobre ocupaciones y preocupaciones, queriendo hacerlo bien, y siempre mejor.

Agradezco también, aunque cueste y sea lento o difícil, tanto camino avanzado por el respeto a la diversidad y el diseño de vida preferido de nuestros niños y nuestras familias. Queda mucho por hacer pero lo que está lográndose en Chile en materia de derechos para las parejas y familias homosexuales, anima e inspira a levantar algo azul, un cerco de agua o estrellas, para darse mayores bríos y protegerse, también, de prejuicios y discriminaciones que hacen perder energía y que confío irán disolviéndose en el tiempo y ante la evidencia de lo que ya no se puede detener.

No puedo terminar sin dar las gracias, con todas mis voces y mis vidas, a mi mundo cercano. Amigos y amigas que me perdonaron este año de ausencias, mientras ellos, con su sola presencia, llenan mi vida de flores y música; mujeres y hombres que nutren, enseñan, me guían, contienen, y con quienes escribimos relatos inolvidables que espero algún día poder reunir en un solo gran libro. A mis pacientes, por su confianza, el camino recorrido semana a semana, la honestidad y la valentía, tanto amor en movimiento. Ustedes son maestros. Maestras. Como las hermanas de #tribu con quienes, desde otro espacio, hemos hilado en seda y lana las infancias, heridas, cumbres soñadas, otras logradas, sabidurías, tantas pero tantas preguntas aún sin respuesta (quizás nunca) y un concepto de lo “acunable” que se multiplique desde nosotras a nuestras vidas y quienes las acompañan.

También gracias a todas esas personas que ni siquiera conozco en vivo y en directo pero que en mensajes, cartas, correos y en las redes sociales también han enriquecido la trayectoria de este año y son parte de los vínculos entrañables. Y gracias, no puedo olvidarlo, a todos los jóvenes y adultos que escriben en blogs y otros medios compartiendo lenguajes de lucidez y de cuidado. Y a los periodistas extraordinarios que, del mismo modo luminoso y mesurado, contribuyeron a la conversación colectiva sobre la ética del cuidado y la prevención del abuso infantil, velando por quienes leían, escuchaban, y por mi propia familia, tratando el tema con dignidad, sin sensacionalismos escabrosos, y con humanidad.

Por último, gracias infinitas a mi marido y mis hijas, intemporales, omnipresentes, los pilares del hogar que puedo ser y abrir a otros también. La búsqueda que comenzó en mi niñez, es la búsqueda siempre. Quizás porque el primer hogar, el del cuerpo, demoró tanto en reconocerse habitable, habitado por mí. Quizás por mi nomadismo incorregible. Quizás porque no hay otro sentimiento que me oriente mejor en situaciones y con el prójimo, que ese de “como si llegara a casa”.

El hogar es amparo, espacio de danza y de recogimiento, refugio y altar y mesa donde compartir, es salto dichoso de corazón celebrando egresos de carrera (Diamela) y de jardín infantil (Emilia), es primer rayo de sol y es primera estrella de cada día  y noche, es conversar de madrugada y vibrar en la médula con la felicidad del compañero (o sus angustias), es cocinar todos juntos, y es tenernos paciencia y espera, es ropa ordenada y desordenada, es termómetros y paños fríos para la fiebre, es ternura y es deseo, es entusiasmo y también extenuación; es juguetes y libros y sábanas, es estar en el hemisferio sur y en el norte, es compartir lo que tenemos y podemos con otras personas, es tomar decisiones difíciles y otras sencillas (todas pensando en el mayor regalo para cada uno), es cuidarnos mutuamente y es alentarnos a volar… es todo lo acunable y lo que yo, ni un milagro más ni uno menos, necesitaba en esta vida. Gracias a mi family porque el amor de ustedes, y el que reciben de mí y me dejan sentir por cada uno, es el eje de mi estadía y mis recorridos a mis casi 45 años. Me encantaría tener otros 45 más a su lado.

Solo eso por ahora. Bendiciones. Y gracias.

…Y tres canciones sobre el hogar de regalo:

Cinematic Orchestra, to build a home

Phillip Phillips, HOME

Radical Face, Welcome Home


Fotografía del título: Thank you