Radio La Clave – Combinación Clave 27/05/2015
Vinka estuvo junto a Beatriz Sánchez, Álvaro Escobar y Francisco Eguiluz con motivo del lanzamiento de su nuevo libro “Tod@s Junt@s”.
Vinka estuvo junto a Beatriz Sánchez, Álvaro Escobar y Francisco Eguiluz con motivo del lanzamiento de su nuevo libro “Tod@s Junt@s”.
Vinka fue entrevistada por Polo Ramírez en “Aire Fresco” para hablar de su nuevo libro “Tod@s Junt@s”.
Los colibríes pueden extraer el néctar de cientos de flores en un día. En un minuto pueden respirar 250 veces; más de mil latidos, su corazón.
El cuerpo de los recién nacidos humanos. Crecer. La resiliencia: energía de colibrí. También nosotros: cuidadores, madres y padres atentos y en constante movimiento (en alguna parte leí que los infantes pueden requerir atención o ayuda de sus progenitores cada cinco minutoss como promedio diario).
Miden entre 7 y 13 centímetros, los colibríes, y muchos pesan apenas lo que una moneda pequeña. Vuelan a velocidades exorbitantes para su tamaño (50 y algo kms/hora), y son capaces de batir sus alas hasta 70 veces por segundo.
Los vuelos gigantes de la pequeñez: cruzar de norte a sur una ciudad enorme, pasar días largos en salacunas, jardines, escuelas, horas que se suman a muchas otras en el tráfico detenido, el transporte público (donde la norma no suele ser ceder el asiento a los niños, o a sus ma/padres que los acompañan). Jornadas equivalentes a las nuestras, de adultos que trabajan, pero en cuerpos que miden la mitad de los nuestros, a veces un tercio, o menos.
Los colibríes tienen alas firmes, pueden emprender migraciones de hasta tres mil kilómetros y una especie cruza el Golfo de México (unos 800 kms) sin parar una sola vez, dos veces al año: primavera y otoño, aun con viento y lluvias. Los humanos también migran. O deben escapar.
Niños y familias, diásporas en todo el globo. Destinos planificados o intempestivos, sin tiempo de mirar los mapas porque arrecia el espanto. Los desiertos si hablaran; las barcas hacinadas y trémulas en alta mar. ¿Preguntarán algo los niños en estas travesías o sólo callan y confían en sus padres?
No sabemos de resiliencia, o muy poco en verdad, si nunca hemos vivido a la deriva o necesitado refugio; si jamás hemos debido temer no poder alimentar a nuestros hijos, o arroparlos antes del sueño. Un vaso de agua. Un vaso.
Los objetos más familiares, los actos más cotidianos –que solemos no ver como milagro-, en ausencia, son una herida mayor. La intemperie “bajo las estrellas” difícilmente puede ser mágica sintiendo el cuerpo frágil, en peligro. ¿Qué significará, ahí, el canto de un pájaro? No puedo imaginar si alegra; si duele.
El corazón de los niños. ¿Cómo late en el miedo, en la soledad, sintiéndose simplemente diferentes, o demasiado bajitos en un mundo enorme? Cuál es el pulso, la noche antes de cumpleaños o navidades, acariciando una mascota o viendo el primer arcoíris de sus vidas. ¿Y si escuchan a sus padres y madres discutir, o descubren que también los adultos, a veces, pueden llorar como niños? Latidos que exceden la capacidad del cuerpo que los contiene.
“Las mesas me pegan en el ojo”, “las parkas de los grandes me mojan la cara en el metro”, “hay sillas que necesitan una escalera”, “los grandes empujan y me pisan y en verano ‘no saben’ que duele más con chalitas”, “mi mamá da un paso, yo doy muchos y me canso”. Palabras de los niños. El mundo para quienes tienen tamaño de colibrí.
Diminutos, pero iridiscentes. Si bien algunos colibríes cuentan con pigmentos especiales, la mayoría debe su tonalidad a características de su plumaje que permite refractar la luz.
Vemos un ave tornasol, de tonos azul metálico, luego rojos, oh no, era verde: el más mínimo desplazamiento de ángulo puede resultar en cambios de color rotundos. Colibríes camaleónicos, teatrales, acaso y hasta se divierten en la travesura de confundir a quienes los observan intentando diferenciar una especie de otra.
Los humanos, iridiscentes…podríamos ser. Cada hora de un niño, cada día. También los adultos. Todxs cambiamos según ángulos de luz. Miles de veces, o millones, en horas apenas de un encuentro amoroso.
Jugar con las persianas en noches de plenilunio: cuántos retratos hermosos de nuestros hijos durmiendo quedan en la memoria; o de nuestr@ compañer@ desvistiéndose, cada final de jornada.
Caleidoscopios por doquier, si miramos con atención. Ver cada giro de luz: como hábito, como rito excepcional, como protesta. Da igual. Pero ver. Levantar la vista. Cuánto poder.
Los ojos de mi niña, su luz. Existen sólo en nuestro continente, los colibríes (entre Alaska y Tierra del fuego). ¿Ya vamos a nuestra otra casa? Entre el norte y sur de América, mi hija pequeña deja volar rizos y risas. Dulce. Arrebatada. Su fuego no termino de conocerlo.
También salvajes, los colibríes, si se trata de defender sus territorios de alimentación y sus nidos. Esa furia, tal vez como muchos, puedo entenderla, y hasta hacerla mía. Esa furia no puedo sojuzgarla.
Los colibríes usan ramas y hojas, y también seda de telarañas (telarañas útiles, o terribles, cada vez que las especies más pequeñas de colibríes quedan atrapadas). Cuesta creer que estas aves pasen el menor porcentaje de su existencia volando, y la mayor parte de su tiempo dedicado a anidar.
Nido. Hogar. Palabras que a muchos hombres y mujeres nos suenan a plegaria, alabanza. Nos deshacen la piel; de nuestros huesos podrían extraer pepitas de oro y gemas preciosas. Tornar la sangre y otros líquidos orgánicos, en néctar. Añoranza encantadora. Supervivencia (si caemos del nido, que alguien nos ayude a subir otra vez).
Un verso de Gabriel Mistral decía “si tú me miras, yo me vuelvo hermosa”. Si mi hogar me viera -mi verdadero hogar-, yo me sentiría un poco así también. Prisma de colibrí. Adoración de la vida, sin vendas, su esplendor y también sus pequeñeces, fisuras, desuellos, plumas recortadas.
No fueron siete días, pero cada siete podríamos crearnos, crear. Cincuenta millones de años, dicen, así tan antiguos los colibríes. Si tod@s llevamos átomos de todo, algo también llevamos de ellos. Eso me repetía de niña; quería ser. Todavía.
Prisma de colibrí. Para mirar a los niños y niñas, a mis hijas. Contar latidos de resbalín, de juntar letras, de nerviosismos en la puerta de la escuela el primer día de clases, de aprender a caer, a escribir en miles de páginas blancas.
Prisma de colibrí, para los pequeños y jóvenes que han debido vivir -sobre la demanda extraordinaria, ya, de crecer y de pasar de cachorros a adultos- experiencias de vulneración y nada me ha hecho más sentido en mis años de trabajo en la esfera del abuso sexual infantil que imaginar un lente especial que nos proteja a los adultos de vistas fragmentadas, “cámaras” lentas o rápidas, para poder mirar a cada niño y niña según su tiempo, su par único de alas, sus colores. Y esperar. Dejar convalecer. Recobrar la risa, como un trino.
En Chile, sobre 71% de los niños, niñas y adolescentes viven experiencias de violencia física, psicológica, y de abuso sexual (Unicef, 2012). Según el Ministerio Público (2014) un niño o niña sería abusad@ cada 33 minutos. Desidia de alas, la nuestra. “El interés superior del niño” suena vacío. Anuncios de ley son eso, “anuncios”. Ver para creer.
También en nuestro país, hace unos días, la expulsión de un niño de 5 años de su colegio, por ser transgénero (ver). Sus padres apoyan su ser niña. No la escuela. Un nido menos. Un abandono que se suma a miles.
Anteayer, otra invocación a vulnerar, a separar: un alcalde de la capital (ver) proponía cárceles para niños y sentencias más duras para menores de edad que infrinjan la ley.
Nada dice el alcalde sobre las causas que llevan a niños y adolescentes a colgar de estas cornisas; nada sobre su abandono, sus obstáculos o miserias (en un país donde sobre el 40% de la riqueza se concentra en menos del 10% de sus habitantes). Nada sobre educación, exploración de talentos, apoyo a las familias que cuidan (o intentan cuidar) a esos niños.
¿Creerá alguien, en su sano juicio, que un ser humano que no termina de crecer, sea capaz de decidir un buen día “ok, voy a involucrarme en robos y crímenes cuando grande para así tener una vida buena y feliz”? Por favor. Es imposible hablar de “discernimiento” sin que éste haya recorrido, etapa tras etapa, un camino provisto de cuidados imprescindibles, y de oportunidades para desarrollarse plenamente.
Prisma de colibrí, no sólo ante el sufrimiento, sino ante toda experiencia de la niñez, cada giro lumínico que da cuenta de cuerpos y psiquis que crecen, capacidades diferentes y talentos que necesitan cielos y suelos benévolos para ir tomando su lugar. Los sueños y amores de los niños, ¿cómo cambian el cuerpo, las voluntades? El conmovedor y portentoso time-lapse de la vida en su transcurso. Valiosa, toda vida, de todo niño y niña que crece. Mis hijas, los suyos. Nuestros.
Quizás haga falta un prisma de colibrí para mirar el propio recorrido también. El de los adultos.
Cada uno y su consciencia, su lugar en el colectivo. Y los seres amados, el compañero o compañera de ruta, cada familia, las buenas amistades. Cuánto nuevo podríamos reconocernos de belleza, si nos mirarámos con ánimo de ave. Cuantos juicios menos ante defectos que no necesitan ser arrinconados ni azuzados con palos y púas (la responsabilidad sólo se repliega así; también el cariño). Cuánta mayor precisión, también, para poder identificar daños, predadores; detenerlos. Cuidar. Cuidarnos todos.
Quizás también, prisma de colibrí para un país cuando se nos vuelve difícil ver tonos boreales, desinteresados. El zumbido hacendoso de alas que cuesta escuchar si las palabras mienten, ofenden o dicen nada (ese son fastidioso), o si la estridencia de una ley del más fuerte (o más astuto) agobia y genera encono, más que ganas de volar y cantar.
Nostalgia de nuestra iridiscencia. Tanta nostalgia. Pero sin pesadumbre. Cuerpo de colibrí (mi animal totémico, me dijeron alguna vez), tarde o temprano, bajo los ángulos de luz que cambian, cambiar nosotros. Y de una buena vez, todo lo demás.
nota: Foto Mural, iniciativa de adolescentes del colectivo “Arte y Libertad” (Sename, CRC), basado en el libro de niños “Mi cuerpo es un regalo”, para promover en su comunidad el cuidado de los niños. Punta Mira Sur, Coquimbo, Chile.
ps. Katia Cardenal, del duo nicaragüense Guardabarranco, “Colibrí”
Fotografía del título: 7D Test
1. Una historia real.
– Estoy convencido de que el padre xxxx jamás tuvo una conducta impropia. Cuántos retiros compartimos en la playa y nunca vi algo extraño. Imposible que haya abusado de nadie.
– ¿Y cómo era la vida en la casa de retiros?
– ¿De qué estás hablando?
– Por ejemplo, la hora de acostarse o levantarse, el uso del baño…
– Todo tranquilo. Jamás vi algo raro.
– ¿El padre xxxx se paseaba en pijama, ropa interior o con la toalla en la cintura al salir del baño?
– ..sí… pero nosotros también nos paseábamos así.
– ¿Qué edad tenían ustedes?
– Once años.
– ¿y el padre xxxx?
(Silencio)
– Tu hijo tiene 11. ¿Estaría ok si el sacerdote a cargo de un retiro se pasea en calzoncillos? ¿O un jefe/a scout, o un profesor?
– (silencio)…. Quiero pensar que es parecido a andar en traje de baño
– Parecido. Pero NO igual.
(Silencio mayor)
2.
Esta fue una conversación que sostuvimos con un amigo de mi generación hace no mucho tiempo. No era la intención desmoralizarlo pero sí compartir preguntas en voz alta; reflexionar, juntos, sobre el cuidado.
Los límites de lo privado, lo público, lo íntimo, si no les dedicamos atención, no se dan por generación espontánea, ni son tan sencillos de dibujar, proteger o defender y uso esta palabra – “defender”- con la mayor carga de intención en un país donde un niño o niña es abusad@ cada 33 minutos (según datos de Ministerio Público).
Vamos a algo más cotidiano: el saludo de beso al que muchos niños son obligados, en pos de una supuesta cordialidad que debería pasar por decir buenos días/tardes/noches, por favor y gracias, pero que no tiene nada que ver con el número de besos o de personas besadas por día, por mandato, más encima. Llevamos años y todavía hay que explicar este estándar de respeto una y otra y otra vez. Pero a cualquier edad, no siempre es bien recibida la franqueza de un NO ni éste nos es tan fácil de expresar: “Puedo hacer esto que me pides, pero no lo haré, declino” (sin más excusas o argumentos), o bien “no voy a hablar de esto porque es personal (no “secreto”, “confidencial” o “de alta seguridad”: sólo “personal”), y una aclaración más sensible, pero necesaria: “no somos amigos (ni ‘amiguis’), somos conocidos y está bien. La amistad toma tiempo, y experiencias que no hemos compartido todavía”. No es fácil, queremos ser precisos y también sensibles; un equilibrio que las más de las veces lleva esmero.
No se trata de ser quisquillosos, caprichosos, hoscos, desconfiados, extremistas, antisociales, “enrollados” (y hay otro término vulgar muy usado en Chile) o sólo “fríos”, una calificación casi automática y muy recurrente cuando se trata de cuestionar –y en realidad, invalidar- el derecho a poner límites ejercido por otras personas, sean niños o adultos. Se trata de respeto, de cuidado mutuo, de reconocernos dignidad y al menos la libertad, si otras son más escasas, de trazar preferencias en cómo nos relacionamos y cómo expresamos nuestra cercanía con otros. En relación a los niños, este respeto es vital para su construcción como personas, y puede además hacer toda la diferencia en materia de prevención de abusos.
Reflexioné mucho sobre esto en “Agua Fresca en los espejos” (abuso sexual infantil y resiliencia) a propósito de confusiones que me acompañaron gran parte de mi niñez y vida adulta y que sólo viene a dilucidar lejos de mi país, en mi segundo hogar (EEUU), donde los “sí” y los “no”, para mi sorpresa, la mayor parte del tiempo (no la menor, y por cierto hay excepciones espantosas como en todo lugar del mundo) eran igualmente aceptables, valiosos y tenían un solo significado, inequívoco, sin necesidad de segundas lecturas y sin derecho a interpretaciones antojadizas.
La mejor sorpresa, fue que los niños no fueran obligados a aceptar que los tocaran adultos (palmadas, pellizcos “tiernos”, cosquillas, nada), y que los padres y madres explicitaban esa expectativa si no era respetada. Una mayoría de adultos, además, adhería a términos muy precisos de relación física, emocional y social con los más pequeños y jóvenes. Y no: no estaban excluidos el cariño y la sensibilidad en estas interacciones.
Aprecio, afecto, uno siente por los niños, y por sus alumnos, específicamente, y éste puede expresarse de distintas maneras (hay decenas de ellas que no involucran contacto físico). También apertura al diálogo y confianza, siempre de la mano del respeto, en hogares y escuelas, y todo lugar. Por eso las preguntas a mi amigo. Porque, como a muchos de quienes leen, no se me habría ocurrido jamás, como psicóloga o profesora (ni como mamá, en mi casa), pasearme en paños menores delante de niños o adolescentes, alumnos, o compañeros de mis hijas. ¿Cómo un sacerdote podía perderse tanto? Mi amigo, recordaría que, de niño y adolescente, nadie fue muy exacto en relación a qué esperar de los adultos. Es muy cierto.
Mi amigo de la historia iba con sus pares, fuera de Santiago, de campamento con el sacerdote. Sus padres no les hacían mayores recomendaciones excepto “portarse bien”, “hacer caso”, “no hacer travesuras”. Dependían totalmente del sacerdote, estaban bajo su responsabilidad (o a merced suya, también). Y no, no abusó de mi amigo, pero su estilo de interacción sí era inapropiado y de contornos difusos: muy “amistoso”, “juvenil”, “siempre con muestras de afecto”, “más relajado que nuestras familias”, “como un hermano mayor, un papá buena onda”. El problema es que él no era nada de eso: era un sacerdote adulto, una figura de autoridad, y también un cuidador. Años después se conocerían las denuncias por su conducta impropia y abusos sexuales a adolescentes y adultos jóvenes.
De entre esas denuncias, espacios como la cama fueron mencionados como un lugar de “acercamiento”, o invasión deberíamos decir. ¿Qué motivo podría, seriamente, justificar que un sacerdote llegara a tenderse o a dormir en la cama de muchachos bajo su responsabilidad, o entrara a lavarse los dientes en el momento en que estos tomaban una ducha? Sólo veo la imposición de una intimidad que no debió ser.
No será igual ni comparable, ir a la playa con el sacerdote o profesor en traje de baño, y compartir una cabaña con el mismo señor en calzoncillos (o sostén y calzones si hubiese sido una profesora) o bien, semi desnudo con una toalla a la cintura. Estas prendas son marcadores diferentes, y sólo con verlas en un armario, evocamos imágenes de actividades o espacios públicos, y otros privados –donde nos vestimos, desvestimos-; distintos unos de otros. ¿Qué le “dice” a un niño o niña, ver a su maestr@ en shorts en el contexto de un paseo? Poco y nada. ¿Qué puede comunicar la imagen de los mismos adultos/as en ropa interior, ligera o desnudos?, ¿qué límites se trasgreden, cuáles confianzas, o bien, qué expectativas imprecisas o incorrectas de cercanía pueden quedar en el aire? No es ya tan categórico el “poco y nada”.
El espacio público y el espacio privado no deberían suscitar confusiones. Sin embargo, éstas se dan inclusive entre adultos. Y para los niños puede ser mucho más difícil establecer precisiones.
3.
Fue inevitable recordar la historia de mi amigo con la cual comienzo este posteo, el día del estreno de “El Bosque de Karadima” –y gracias a Matías Lira porque un film así se haya realizado en nuestro país-.
Ése fue un día duro. Nunca es fácil enfrentar libros o películas que tratan sobre tragedias como el abuso sexual para quienes lo hemos vivido, en cualquier entorno. Es casi inevitable que el cuerpo en algo resuene, y recuerde.
Quizás lo más duro de todo, ante una película como la que se estrenaba, era conectarse con lo que han vivido y sentido niños, jóvenes, personas a quienes queremos. Ese día, pensaba en James Hamilton, en Juan Carlos Cruz y en tantos otros seres humanos que se vieron atrapados en relaciones abusivas largas y devastadoras con sacerdotes, “mentores espirituales”, o con religiosas, y no sólo de la Iglesia católica, sino de cualquier religión (y ninguna, ni siquiera el budismo, se exime de denuncias).
En la Iglesia Católica, los sacerdotes se hacen llamar “padres”, las religiosas “madres” o “hermanas” (y ya basta, más aún si la historia de abusos continúa escribiéndose). Esto es una imprecisión riesgosa que no debemos avalar más: NO SON padres ni madres, no de esos niños (y de nadie, en general, excepto quienes hubiesen tomado los votos después de enviudar y tener hijos. Ignoro si existen casos así). Más aún, desde la fe, estas personas, hombres y mujeres, son casi la encarnación divina sobre la tierra. ¿Qué estatura pueden llegar a tener para un niño o niña? ¿Cuánto poder?
Recuerdo de mi infancia, aún vinculada a la Iglesia –debido a mi familia-, lo que representaba el “padre” Larraín para todos los vecinos del barrio. Era un líder, y un buen hombre, y no obstante, ignorábamos si era posible pedir su ayuda o intercesión ante daños en nuestras familias, o viceversa. No sabíamos si podía o debía ser alguien habilitado para cuidar. Y más allá de doctores y enfermeras, bomberos y carabineros, no nos hablaban mucho de “cuidadores”. Tampoco del cuidado, en realidad.
Recuerdo mi propio rito de confesión, antes de la primera comunión. Éramos citados a una cierta hora, esperábamos en la oficina parroquial, y ahí nos iba a buscar el sacerdote para ir a otro edificio, tras la Iglesia, donde había un pequeño confesionario que a él le quedaba estrecho: se veían sus pies, rodillas, manos, y en cualquier momento podía asomar la cabeza, para preguntarnos algo (y hasta para sentirse menos claustrofóbico, ahora que lo pienso). Las citaciones eran cada dos horas. Nadie nos acompañaba, nadie interrumpía, no había nadie cerca. El sacerdote podría haber hecho lo que hubiese querido con nosotros (no fue así, menos mal), y lo habría protegido el peso de su figura de autoridad, su ser “padre”, y el secretismo que marcaba la confesión. Tanto era así, que al salir y regresar a la oficina, cuando tratábamos de comentar algo a nuestra profesora de catecismo -cómo nos sentimos, una característica del lugar, o cuántos rezos nos habían dado como penitencia- ella nos decía “esto es entre ustedes y Dios”.
4.
Para los cachorros humanos, el riesgo jamás debería estar asociado a alguien a quien se ama, de quien se depende y en quien se confía sin condiciones, y en realidad, casi sin más alternativa.
La vida de cada niñ@ que nace depende de cuidadores adultos, y una necesidad central para la supervivencia es llegar a distinguir entre quienes cuidan, y quienes no. Éstas son distinciones imprescindibles para todo ser vivo que puede enfrentar algún peligro.
El “acierto” en reconocer a los “grandes” que protegen, alimentan, cobijan, aumenta la posibilidad de seguir vivos. El “error” o la confusión –imaginemos a un patito siguiendo a una mamá zorra o murciélago- puede costar demoras importantes, carencias, sufrimientos que pudieron ser evitables, o la propia vida.
Una película hermosa, basada en una historia real (Fly Away Home, aquí, ver clip), cuenta la historia de una niña y unos gansos que al nacer, la reconocen como “mamá”. El “error”, enternecedor, de todos modos necesitará enmienda: los pequeños, para sobrevivir como gansos, deben aprender a volar y migrar como todos los de su especie.
Quienes cuidan, lo hacen para dar alas a las generaciones más jóvenes en el cuidado de sus propias vidas, cuando terminen de crecer.
Maravillosamente, en las relaciones de apego seguro, de vínculos y límites claros, de afectos y lenguajes precisos entre adultos y cachorros (la ternura, el amor), se da que los más pequeños pueden confiar en nuestra protección y presencia: saben que si sienten hambre o sed, serán saciadas; que si sienten soledad o temor, serán acunados y consolados; y si alzan la vista, nos encontrarán, mientras ellos aprenden a caminar, hablar, trepar, etc.
Inclusive antes de las palabras, los más pequeños aprenden a tenernos fe, confianza: cada vez que sus llantos, gorjeos, y todo sonido, opera como “llamado” y señal para quienes los cuidamos. Ellos reconocen nuestras voces también (poco a poco timbres distintos, inflexiones, tonalidades), y al llegar las palabras, otro paisaje de confianzas se expande: lo que decimos, nuestros niños lo escuchan, lo atesoran, nos creen.
Tanto nos creen, que pese a no saber nada –porque TODO es nuevo al llegar a la vida y durante muchos años-, nuestros hij@s comerán lo que les demos (sin temer intoxicaciones), cruzarán la calle tomados de nuestras manos (confiando en que esas moles que son autos y microbuses para ellos, no representan peligro) o aceptarán que deleguemos su cuidado en completos extraños como, por ejemplo, el o la pediatra que los examina o con docentes de párvulos en jardines infantiles, y profesores de básica, al comenzar la escuela.
Nos creen, también, completamente, –y esto es de la mayor delicadeza- si decimos de alguien que “no es bueno” ni confiable, o aunque no lo digamos, percibirán nuestra emoción al respecto de esa persona y se guiarán por esa señal.
Si nuestras palabras y gestos reflejan malestar ante la fotografía o presencia de alguien merecedor de desconfianza, qué bien. Pero es preciso poner atención, especialmente en casos de separación entre parejas de padres/madres (y me refiero a toda la diversidad de familias posible), en el cómo nos vinculamos con esa experiencia de ruptura y distancia, y en el cómo nos referimos a ex-parejas que jamás serán ex-padres ni ex-madres.
Nuestras palabras, emociones, aprensiones, los niños las reciben con un valor de verdad absoluta, por mucho tiempo. Es nuestra responsabilidad ser muy precisos y cuidadosos con esas “verdades”.
5.
Niños y niñas aprenden de nosotros. Nos miran sin saber sus ojos cuántos millones de haces de luz e imágenes nuestras quedarán registradas en lo más profundo de sus seres: como una suerte de batería o nube de la cual saltan diminutos relámpagos que ponen en acción conductas, movimientos, gestos, elecciones, emociones. Ahí estamos nosotros, grabados para bien o para mal, sean o no conscientes nuestros hijos de nuestras huellas.
Una chiquita que sufrió maltrato físico de su padre a los meses de nacida (luego nunca más), siempre se preguntaba mientras crecía, por qué sentía tanto miedo si “él nunca me ha hecho nada; nunca me ha pegado”. Otro pequeño se fascinaba con el olor a lavanda, y era capaz de percibirlo a distancia, toda su niñez. Era la flor favorita de una abuela a quien no recordaba pues falleció cuando él tenía apenas un año de edad, pero con la que pasaba casi todas sus tardes.
Nosotros mismos, en la adultez, ¿cuántas veces nos detenemos sorprendidos al sentir que estamos diciendo algo de una forma o en un cierto tono que no nos pertenece, pero que luego recordamos sí era característico de uno de nuestros padres, abuelos, o maestros?
Hay “lecciones” que conservamos a consciencia, con plena memoria, y con gratitud o rechazo según nos hayan sido de utilidad o nos hayan restringido y hecho sufrir. Cientos más, sólo se abrieron paso en nosotros: psiquis, sangre, órganos, neuronas, alquimias, y ahí quedaron, para fortalecer nuestras vidas, o para dejarnos ir, casi sin darnos cuenta (o sin sentirnos capaces de evitarlo) en direcciones dolorosas. A cualquier edad.
No basta llegar a la adultez para borrar o debilitar un registro grabado a nivel profundo, en nuestro sistema nervioso, en toda nuestra biología.
Sin mucha empatía ni conocimiento, habrá siempre personas que cuestionan y juzgan a las víctimas: “pero si tenía 17, o 30 años”, “¿cómo no iba a darse cuenta de que estaba mal, metiéndose en la boca del lobo?”. Ésos son argumentos inservibles para un organismo que ha vivido relaciones abusivas y perversas de larga duración (y esta reflexión da para otro posteo). El horror tiene otra dinámica, otro tejido, otras células inclusive, y una memoria que se impone, desde evocaciones traumáticas, o mecanismos para apaciguar angustias indecibles. Desde aquí es posible explicar el que muchas víctimas hasta se movilicen en dirección del abuso, del abusador, o de situaciones que puedan replicar la trasgresión, porque para el organismo eso es menos devastador que la “espera” aterrada del próximo daño que ya “sabe” ocurrirá, como ha ocurrido muchas veces, pero sin un “cuándo” exacto.
6.
La confianza de los niños en el cuidado y en distintos cuidadores, se cruza con su supervivencia, su integridad. ¿Y nosotros los adultos? No existimos separados del cuidado y también vale preguntarse dónde ponemos nuestra confianza, nuestra fe; en quiénes; por qué. Dónde, los límites. Dónde, nuestro consentimiento.
Me parecen preguntas de la mayor importancia: dan cuenta de nuestra responsabilidad en el examen de espacios seguros, y también de flancos expuestos y vulnerables. ¿Cómo podríamos enseñar a nuestros niños de cuidado y autocuidado, si vamos a tientas o nos dejamos tratar mal, abusar, robar, engañar una y otra vez, por personas cercanas, o por el propio Estado?¿Cómo podríamos proteger a los más pequeños, si no nos cuidamos nosotros?
Aunque trate de separarlo, no concibo el deseo de prevenir o reprochar abusos infantiles, sin el compromiso y la disposición a cuestionar nuestras propias relaciones, contextos, convivencia, qué nos pasa con el poder, las instituciones. Nuestras conductas pueden alimentar o restar fuerza a posibles abusos; todo importa, nuestros sometimientos y rebeliones, la memoria y la ceguera que quizás nos habitan o nos ahogan, y tantas preguntas. Aun a riesgo de soledades y rupturas, no se puede renunciar a ellas. No quiero. Es una cuestión de vida.
Mi cuerpo me pertenece (versión traducida al español de “My body belongs to me“).
Cuidado y Estándar en relación física adultos-niños, límites, derecho a decir NO y derecho a ser escuchados, prevención abuso sexual infantil.
No es infrecuente -por el contrario, ha sido por demasiado tiempo lo más común- que las experiencias de incesto y abuso sexual infantil que niños y niñas viven dentro los confines del propio hogar, en el círculo de una familia y su red más cercana, no sólo sean invisibles, sino muchas veces negadas, pasiva o activamente, incluso años después de ocurridas.
Hemos oído hasta el cansancio, cuestionamientos a los testimonios de niños y niñas víctimas, y a la memoria de mujeres y adultos que develan muchos años o décadas después de lo vivido, sus experiencias de vulneración a manos de seres queridos.
Al dolor original, demasiadas veces se suma el peso de la negación de lo vivido no sólo por personas cercanas y la propia familia de las víctimas de incesto, sino también por sus comunidades, los medios, y hasta expertos o personas con tribuna pública que invalidan o juzgan la memoria y hasta la cordura de los y las sobrevivientes de incesto y ASI (de cualquier edad) infligiendo nuevos sufrimientos, y apelando -tácita o explícitamente- a nuevos silencios, en desmedro de todo el colectivo. Si nos negamos a ver, a escuchar, son las nuevas generaciones a quienes más arriesgamos.
Realizar campañas de sensibilización y educación pública en torno al abuso sexual infantil, no es fácil. Tocar el tema con precisión, responsabilidad e impacto es un enorme desafío. Queremos compartir la iniciativa de la organización no gubernamental DIF Zapopan, en México.
Esta campaña logra poner en evidencia, con enorme acierto, que estas terribles situaciones pueden sucederse demasiado cerca, sin que por ello los demás se den cuenta. Sus poderosos anuncios, ideados por Publicis México, muestran con (literal) transparencia, la realidad que pueden vivir muchos niños en las los lugares más comunes de una casa, a manos de personas cercanas.
Fuente: Merca2.0
Cuatro meses en nuestras vidas, y en las vidas de nuestros hijos e hijas. Cuatro meses en la clase gobernante chilena.
La brecha que separa los mismos cuatro meses de inicio de un año. Cuánto han crecido nuestr@s niñ@s, ¿cuánto, nuestro país?
Remontémonos apenas a los meses del verano en el hemisferio sur: ¿cuántos chiquitos se largaron a caminar?, ¿qué palabras nuevas aprendieron o qué conversaciones increíbles sostuvimos?, ¿qué libros leyeron/leímos juntxs?, ¿cuánt@s que no se atrevían, aprendieron a nadar o a mirar bajo el agua?, ¿y entre los adolescentes: quién besó por primera vez, quién salió a pasear con sus amig@s hasta algo más tarde de la puesta de sol?, ¿cuántos se preguntaron por su futuro, justo antes de comenzar un 4to, o un 3º y hasta un 2º medio?
Muy recientemente, en algún lugar de California, se descubrieron 30 nuevas especies de moscas (no es mi insecto favorito, en realidad casi ninguno lo es, excepto las mariposas) y cada año se descubren especies nuevas bajo el mar, en la tierra, por doquier.
Más cerca nuestro en Costa Rica, se da la bienvenida a una especie de ranitas llamadas “de cristal” (por su transparencia, ver artículo y video).
Meses antes, en enero, las noticias hablaban de un profesor de filosofía en MIT quien habría desarrollado una nueva teoría del tiempo: una donde no sólo el espacio-tiempo del pasado-presente-futuro coexistían, sino donde al momento del bigbang se habrían originado dos universos, uno espejo del otro, moviéndose en direcciones opuestas, pero con las mismas leyes físicas. Quizás lo explico pésimo, pero prometo es cautivante.
¿Y nuestra clase gobernante, en qué universo habita: qué respiran y proponen, qué conversaciones interesantes abren en diálogo con sus ciudadanos, qué sueñan si es que recuerdan qué sentido tenía la visión de un país bueno y la premura por alcanzar el mayor bienestar de todos?
Alucinamos en un mundo donde cada semana pueden ocurrir descubrimientos y compartirse ideas que nos dejan mirando ni siquiera hacia el espacio, sino a un punto inclusive doméstico, donde nos sentimos casi capaces de levitar. Y aunque muchos sólo podamos dimensionar o entender una mínima parte de lo que las ciencias nos muestran, la limitación no resta placer a la sensación de estar inmersos en un misterio gigantesco, infinito sobre infinito sobre infinito de posibilidades y vericuetos donde encontrar la vida en sus más distintas versiones de esplendor o desafío.
En esos mismos meses de enero a la fecha, el recuerdo agrio de las noticias que no se detienen, ni esas palabras odiosas como “boletas” (qué manera de escuchar “boletas” y a diario, pff) o corrupción.
En estos mismos meses, ¿qué aprendieron nuestros niños y niñas, qué historias cuentan?
La mía más chiquita, aprendió a leer y escribir –fue la última de su grupo de compañeros, en Chile como en EEUU – y muchos apoderados nos miraron con cierto reproche por no poner mayor presión. Pero ella necesitaba tiempo y también, garantías de que continuaríamos leyéndole sus cuentos favoritos (argumento con el cual defendió largamente su digna opción por el analfabetismo).
Esta noche de domingo, perdió un diente mientras dormía, y llegó a contarme a las 2am. No logró descansar (de pura alegría) hasta las 4. En mi desvelo, me quedé pensando en nuestra conversación y los recuerdos que hizo de sus dientes ya caídos (en 2013 y 2014) y toda una historia sobre el hada y un bosque lleno de dientes de leche que juegan como niños, gozosos, sin echar de menos a sus hermanos dejados en la boca donde nacieron.
Recorrimos en menos de dos horas de madrugada (bien invertidas, aunque mañana lunes agonicemos), este primer tramo del año y podría, en mi chochera, llenar un cuaderno con historias. Si preguntara a otros papás y mamás sobre qué recuerdan de este primer trimestre, seguramente también tendrían cientos de relatos sobre experiencias nuevas (hermosas y también difíciles) para sus hij@s de distintas edades.
Luego pensé en niños que no cuentan con familias, o duermen, mientras escribo, en hogares de protección, o bien, en sus propios hogares pero igualmente necesitados de protección. Cuatro meses que pueden hacer toda la diferencia entre ser abusado una vez más, o en recobrar alguna semblanza de niñez. Fue ahí que recordé al profesor de filosofía del cual leí en enero, y me fui a buscar la noticia (leer, inglés) de los dos universos.
Acaso la analogía ni siquiera venga a lugar, pero mi sensación fue inevitablemente de doble existencia, tiempos destemplados, enemigos: por un lado, un continuo donde nuestros niños continúan transitando etapas y creciendo hacia los hombres y mujeres que serán; sin detenerse sus vidas.
En otro mundo, un grupo considerable de adultos dilapidando el tiempo de la nación y el de nuestros hijos e hijas, viviendo como si no hubiese presente o futuro más allá de sus narices y corrupciones, y de las excusas o mentiras con que intentan encubrir lo que ya está a la vista de todos.
Junto al “sálvese quien pueda”, ahora debemos atestiguar, más encima, esfuerzos torpes (patéticos) y hasta amenazas con tal de no ceder control, mientras intentan reorganizarse (para que nada cambie) y maquillar -no sanar, como es preciso- la herida que han infligido. Una herida que es colectiva, y también personal.
Yo, aunque trate de modular la frustración, sé que la herida la siento, como muchos de mi generación, porque compromete el presente y futuro de nuestros hijos, sus vidas, su educación, el poder beneficiarse, tod@ niñ@ sin excepción, de oportunidades incomparables en un nuevo siglo y milenio (¿se habrá dado cuenta la clase mandataria de todo lo fascinante que entraña esta era?), si la nueva generación fuera una prioridad.
Un poema de amor inolvidable, repetía un verso sobre el tiempo suspendido (“time was away and somewhere else”), la gratitud a un dios o el bien (“God or whatever means the good”), por hacernos sentir que el tiempo puede detenerse, los relojes, los mercados, las guerras, el viento en el desierto, todo sin aliento por un instante, frente a la belleza del amor.
Era un poema para dos el de MacNeice, pero alcanza para muchos otros amores. Y asimismo su tiempo detenido: para agradecer las vidas de nuestr@s hij@s, en cada hogar, cada paisaje de este país, cada comunidad. Es un tiempo detenido cargado de esperanza, de afecto. Otros tiempos paralizados son sólo irresponsables, o hasta crueles.
Es fines de abril y continuamos –perdón la insistencia, pero es de no creerlo- sin proyecto ley, o un draft de proyecto de protección integral para la infancia. Y que nos digan que posiblemente el 21 de mayo se anunciaría algún avance, no es suficiente mientras en múltiples esferas poco cambia significativamente para la niñez.
Mientras tanto, la más reciente encuesta Casen informa sobre un 20% de niños y niñas viviendo en la pobreza (ver nota), de los cuales, los más vulnerables pertenecen al grupo de 0 a 3 años. Nada muy distinto de lo informado por el Observatorio de la niñez y adolescencia, 3 años atras. Hasta cuándo: hasta que ellos quieran, o nosotros nos rebelemos de una buena vez.
Atestiguamos una danza de millones entre empresarios, políticos, y una hipoteca transversal de almas al diablo, desde la derecha a la izquierda. No sé si estas personas no tienen niños, o no les importa, o desborda la soberbia de asumir que sus hijos jamás jamás sufrirán, ni carecerán de oportunidades como los hijos de otras personas.
Y siempre ha sido doloroso, pero hoy es aún más imperdonable hablar de pobreza y desprotección de la infancia, a la luz de todo lo que sabemos y nos causa desconfianza.
El 2014, la Pdta y el Consejo de la Infancia prometieron varias veces que “en unas semanas”, “a fines de equis mes” (siempre 2014) se contaría con el proyecto. Este año, el recién asumido Pdte del Senado, Patricio Walker, se comprometió a que el 2015 será el año de la LEY (no del borrador ni la encuesta online) y del Defensor del Niño. No olvidemos estos compromisos.
En serio, no podemos continuar en esta amnesia que es autodestructiva y que luego nos ahoga de impotencia, en gran parte, por nuestra propia responsabilidad en permitirnos omisiones y distracciones como ciudadanos.
Y garantizar el interés superior y de la protección integral de la infancia, es la superficie mínima, esencial (y largamente adeudada) desde la cual desplegar la convivencia con los ciudadanos niños. Repito: una superficie mínima.
Ya hace mucho debimos comenzar -desde un Estado garante de los DD de sus niños- a movernos en otras direcciones: de las artes, la cultura, las ciencias, la educación inclusiva y expansiva, el cómo todo niño y niña sin excepción puede llegar a soñarse a sí mism@ en este país (y el mundo),y desde qué proyectos de vida.
El agua es todavía musgosa. No es el agua que necesitamos. Y van 25 años.
Miramos hacia otros países que ahondan en el cuidado colectivo de la infancia, o reformulan la manera de aprender y de hacer a los niños protagonistas en su proceso (como está haciendo Finlandia, al cual tanto se toma como estándar). Varios gobiernos se empeñan en alentar talentos infantiles y juveniles (y también los empresarios, existan o no reconocimientos o beneficios tributarios por apostarse a iniciativas que promuevan el desarrollo de la infancia).
En otras latitudes, el tiempo es uno, y no doble o en direcciones opuestas, como parece ser en Chile estos últimos meses.
Si nuestra clase política, empresarial, quiere continuar en su universo estancado, es su prerrogativa, más allá de cualquier opinión nuestra, o de cualquier reproche y juicio de valor (o procesos en la justicia). Pero por favor establezcamos el límite para que no se sientan con derecho a continuar malgastando como ludópatas, nuestro tiempo y el de nuestros hijos.
Cuando la niebla se disipe, cuando nuestro estupor nos permita extender brazos y piernas y descansar del desencanto para luego correr (o volar), esperemos que surjan y se apoyen liderazgos nuevos, diversos, encariñados con la comunidad. Y que quienes han hecho mal uso y abusado de su poder, se hayan retirado, dimitido, o hayan sido desvinculados de sus cargos (y quienes deben seguir gobernando, lo hagan con menos arrogancia y mayor cuidado).
Que otros tantos nos permitan un sano y reparador silencio de sus voces (que no dan ganas de continuar escuchando porque aunque queramos, no podemos creerles) y que quienes puedan, así sean pocos, se vuelquen en acciones de enmienda, restitución, y ojalá reencantamiento desde la voluntad franca de recordar y re-conectarse con todo aquello que nos exprimió felices la energía, a fines de los ochenta, con el horizonte de una democracia cercana.
Eso que soñamos juntos y juntas, si hay espacio-tiempos que efectivamente coexisten, bien podría estar aquí con nosotros todavía, hoy.
No quiero creer que hayamos perdido toda inocencia o la intención de hacer algo bueno y magnífico de este país que no es enorme (aunque su longitud complique nuestras comunicaciones y sensación cotidiana de proximidad) y que por lo mismo nos permite mayor ductilidad para toda clase de sueños y emprendimientos. Quizás, hasta acercar dos universos diferentes, con sus tiempos por ahora disociados, para hacerlos coincidir en uno solo. Un tiempo: que valore cada día,un mes, o cuatro. O un cuarto de siglo.
Hace poco este 2015, la neurobióloga Beatriz Luna (ver 2011, “Teenage brains”, National Geographic), ratificó la conclusión de que la adultez humana –y la madurez del cerebro que la avala- no se alcanza antes de los veinticinco años de edad (leer artículo). Justo lo que llevamos de democracia. Para nosotros adultos, no es poco tiempo. Para lxs niñxs, es mucho, mucho más.
Cuántas generaciones hemos abandonado ya por acción, omisión, silencios, desencantos, y votaciones no-reflexivas. No tenemos otro cuarto de siglo para dejar a su suerte.
El 11 de marzo recién pasado, podríamos pensarlo así, comenzaron otros veinticinco años, página buena para el lápiz de tod@s en esta historia. ¿Qué haremos con cada uno de estos próximos años, y con el actual? Es una pregunta fantástica y llena de amor. A pesar de todo lo feo y vulgar de este ciclo, se siente increíble poder vocalizarla, tocarla con esta sed, y vibrar enter@s con el deseo de hacerla nuestra, ahora sí del todo. Ahora sí.
Digna rosa es el nombre de una población en la comuna de Cerro Navia en Santiago. Su nombre, inevitable, evoca a la flor del Principito. Al partir, un ramo de rosas de regalo que me acompaña, ahora, mientras escribo.
Nos reunimos cerca de cien personas: padres, madres, abuelos, y docentes prescolares. En día sábado, se valora especialmente la voluntad de querer reunirse –sin mirar relojes, con plena atención- para conversar sobre la ética del cuidado como una fuente de protección y empoderamiento para nuestros niños (desde el día que nacen), y también como un marco efectivo desde el cual materializar la prevención del abuso sexual infantil (o responder en procesos de detección, intervención y reparación del mismo).
Debo este regalo a un pequeño jardín infantil, con una historia inmensa de veinte años de relación con la comunidad. “Tricahue” es un proyecto educativo Montessori que además tuvo la generosidad de convocar a monitores y educadores de otros proyectos y poblaciones.
En general, admito mi preferencia de encuentros especialmente dedicados a familias, y otros, diferenciados, para educadores (sobre todo para promover la confianza de preguntas que más de una vez los pa/madres no harán en presencia de l@s profesores de sus hijos). Pero aquí, la combinación de voces resultó un trino.
Las proposiciones de la ética del cuidado, acompañadas de “Mi cuerpo es un regalo” no sólo fueron hilándose para relevar la protección amorosa y maravillada de las vidas de los niños y niñas (sus cuerpos, mentes, su emocionar), desde el círculo adulto que contiene y nutre.
Asimismo, tendimos un puente entre toda vida humana –de cualquier edad-, su “hogar primario” en el cuerpo, y los vínculos con el mundo. El cuerpo propio y el cuerpo de la comunidad, inseparables en la vida de toda persona, pequeña o grande.
Habitamos un barrio, territorio, un país: nos afecta, para bien o para mal, lo que ahí ocurre. Influye en nuestra salud (pensemos en el aire que respiramos todos, solamente), bienestar, oportunidades, calidad de vida, proyectos de vida, felicidad.
No somos indiferentes ni inmunes a nuestro hábitat. Si el sistema educacional se deteriora (y mengua la imaginación de los niños y niñas), a todos nos impacta. Si hay una crisis económica en nuestro país (o en el continente, o el mundo), lo mismo. En relación al cuidado, la comunidad también tiene un peso determinante.
La comunidad no sólo cuida directamente, sino que nos contiene o debilita en nuestras formas de cuidar: si hablamos a nuestros niños de su derecho a la salud y no es posible acceder a atención oportuna y de calidad en cualquier hospital, se produce una brecha.
Si las plazas están abandonadas y sucias, si el aire está contaminado, si el transporte funciona mal y no podemos llegar a horas humanas y razonables para acompañar a nuestros hijos, o verlos antes de dormir: más honda la brecha.
Si como pa/madres elegimos una crianza respetuosa y bien tratante, y en nuestros entornos se validan los gritos o golpes a los niños junto a su obediencia ciega (y nadie intercede en defensa de un niño), es muy posible que nos cuestionen continuamente, y por más seguridad que tengamos en nuestras elecciones, se volverá un esfuerzo o una lucha (y una soledad, más de una vez), a lo menos dar explicaciones constantemente acerca de nuestra ética para cuidar. Eso sucede más o menos de modo frecuente con el tema de los saludos en nuestro país, y de modo transversal.
La cordialidad, esencial para la convivencia, no está en cuestionamiento. Pero podemos enseñar a nuestros niños a decir por favor, gracias, y especialmente buenos días/tardes/noches, sin que ello implique obligatoriedad en dar besos a medio mundo, indiscriminadamente. Hay otras formas de saludar. Es más: hasta pueden inventarse unas nuevas. Los adolescentes lo hacen todo el tiempo. He visto a niños chiquitos, con espacio y pausa promovidos por sus ma/padres, hacer lo mismo.
Los niños aprenden a caminar, hablar, leer, poco a poco. Lo mismo ocurre con sus formas de expresar simpatía, afinidad, o cariño por alguien; en establecer sus límites de cercanía o distancia física. Necesitan tiempo para conocer, reconocer y establecer sus preferencias. Y aún así, habrá días en que se sientan menos inclinados inclusive a ser muy demostrativos con nosotros, sus papás y mamás.
Qué forma de empoderarlos: si pueden decirnos “después”, “no ahora”, o “no” a quienes más los amamos y respetamos, podrán sentirse con mayor confianza para poner sus límites en otros entornos, con otras personas. Cuando no estemos cerca nosotr@s (y no podemos, es una realidad, estar 24/7 por 18 años).
Ahora, ¿cómo se vive esto en nuestra realidad? Nos falta. Uno suele escuchar a los adultos destacar a los niños “buenos”, “qué amor, se da con todo el mundo como si los conociera de siempre, y es la primera vez!”, “qué amable, qué servicial, qué bien-enseñado”. No da para loas.
La respuesta saludable es justamente la que es más injustamente evaluada: “hosco”, “tímid@”, “poco sociable”, escucho a decir a algunos adultos de niños y niñas que no quieren besar, o que se repliegan y se apegan a su papá o mamá (o abuelos), cuando un desconocido intenta un acercamiento sea para darles un beso, tocarles el pelo o apretarles las mejillas (¿qué sentiríamos nosotros de adultos, si alguien nos pellizca de la nada?).
Observemos si hay quiénes preguntan a los niños y niñas ¿cómo puedo saludarte, o de qué manera?, o sencillamente imponen un beso o abrazo. Pongamos atención si los adultos miran con reproche a nuestros hijos e hijas cuando no saludan como ellos esperan, o si son comprensivos, los felicitan, y junto a l@s pequeñ@s, a sus mamás y papás: “qué bien que su hij@ cuide sus límites”, y no sólo ante personas desconocidas, sino conocidas también. Cuánto bien nos haría esa empatía y solidaridad.
Es difícil resumirlo todo, pero la jornada fue de diálogos sinceros, extraordinariamente abiertos y agudos al reflexionar sobre la diversidad y riqueza del cuerpo humano, y lo determinantes que somos los adultos en la clase de relación e interacciones físicas que establecemos con los niños, tanto como en torno a las dificultades y reservas (también miedos) que despiertan cuando se trata de la educación en afectividad/sexualidad de nuestros hijos e hijas, y a las emociones que nos acompañan cuando apenas imaginamos la posibilidad de un abuso, y más aún, cuando debemos enfrentarlo como una realidad.
Interacción física, besos en la boca, compartir las camas o no, la desnudez propia y de nuestros niños (y nuestra propia relación con la sexualidad y corporalidad de nuestra etapa adulta); los delicados equilibrios a preservar y promover en la enseñanza de derechos, preferencias y límites (junto a la pausada y progresiva adquisición de un sentido de responsabilidad), lo que es frecuente y no en los juegos sexuales de los más pequeños; las explicitaciones que necesitamos hacer, aun cuando jueguen en contra de nosotros mismos (poder decir y practicar el NO, saber que no siempre la verdad de los adultos es absoluta; no se debe “hacer caso” ciegamente a todos los adultos, entre otras), la fina e indispensable urdimbre de la privacidad (germen de la intimidad), la vitalidad y las aprensiones ante el deseo, la vitalidad, el entusiasmo de vivir que podemos alentar -¿podemos o no?- cuando más de una adversidad es parte de nuestra vida cotidiana.
Durante todo el taller habitamos el doble tiempo en que se mueven las vidas de los niños: lo que hacemos a los 3 meses de vida, el primer año, o los cuatro de edad, cómo afecta la salud y bienestar de un pequeño ahora, y cómo se proyecta hacia los 10, 13, 16 y mucho más allá.
Nuestro amor y cuidado tienen un poder atómico, de magma, génesis infinita.
¿De qué manera convive nuestro amor y nuestras ganas de que nuestros hijos tengan las mejores vidas posibles, con nuestro temor ante frustraciones o sufrimientos que podrían actuar como impedimentos, y muy reales? Las preguntas compartidas son de una resonancia inconmensurable para la vida de cada niño y niña, de sus familias, y de toda una comunidad.
No es separable un amor de otro, una plétora de otra. (Si lo entendieran nuestras autoridades, si sintieran un enorme amor por sí mism@s (no vanidad), el país, o por su esfera de trabajo –amar la política por ella, no por la gallina de los huevos de oro-, cuán beneficiados nos veríamos como comunidad). Tampoco son separables del todo, distintos abusos.
El abuso sexual converge en la columna dolorida de muchos otros abusos. Una columna que es imprescindible poder reconocer para poder cuidar, autocuidarse. Hay criterios muy específicos para orientar acciones de prevención, y habilitarnos en la detección y respuesta ante el abuso sexual, junto a caminos que todos podemos recorrer junto a niños y niñas, durante su reparación.
Aun corriendo el riesgo de ser majadera: la reparación NO depende solamente de terapeutas, el niño, y su familia. La reparación es colectiva: ocurre en aulas, escuelas, en el sistema de justicia (durante procesos de investigación y juicio ante denuncias por ASI), y en todo lugar donde un niño o niña que ha sido víctima, puede encontrar posibilidades de protección, hospitalidad, confianza, contención, apoyo, reconocimiento, aliento, encuentro con sus pares, juegos, alegría.
Si por cada niñ@ que devela ASI, otros 5 a 7 permanecerán en silencio y no sabremos ¿cuántos niños con quienes interactuamos cada día podrían beneficiarse de nuestro cuidado, nuestra actitud respetuosa, nuestra alegría en el trato?
Pero adicionalmente a las herramientas propias que se comparten en un taller en torno al ASI, hay otras y muy poderosas que actúan como factores protectores y de prevención, y todas ellas provienen del cuidado ético:
Los derechos, la concepción de lo justo que ellos entrañan, lo que sabemos “está bien”(y no se trata de morales específicas: sabemos que el hambre no está bien, que la violencia, sólo mencionar dos ejemplos que nos son prístinos, no importa la historia o ancho de pupila de nuestros ojos), o el valor de todo lo vivo sobre la tierra (y en el espacio, no sabemos cuánto aún): éstas son formas perdurables y profundas de promover el autocuidado y el cuidado mutuo en los niños y las comunidades, yo lo creo así (y es sólo mi experiencia, no tiene por qué ser así para todos). Mucho más portentosas, que la sola insistencia sobre el espanto, males y tragedias –que no están bajo nuestro control- que se vinculan al vivir (y todos a una cierta edad, ya sabemos bastante de esto), o a un determinado entorno o momento de la historia.
Desde la luz se perciben más, muchos más matices de luz y también de sombra; no así desde la oscuridad: desde ahí, la luz puede encandilar, y hasta doler, pero es menor o casi inexistente la fineza para distinguir brumas y negruras, sus gradaciones.
Desde la luz, más importante aún, es posible observar y sentir gratitud, merecimiento, por igual para todo ser humano, de una vida buena, cuidada, abundante. Desde la magnitud de lo vivo y su riqueza, la exactitud para percibir desviaciones se agudiza y fortalece, y asimismo, la energía para desacatar escaseces y obstáculos, con todo amor.
Una educación con el centro en la maravilla y la plétora, en la imaginación, la reflexión, las preguntas, el discernimiento (un poquito más cada año mientras crecen nuestros niños) no sólo apunta a cielos altos, sino que además atenta, en realidad, contra la supervivencia de un sistema incompatible con el cuidado y respeto por toda vida, e incompatible también con el amor (y sólo observemos las exigencias de las cadenas productivas y su indolencia general –son escasas excepciones- para con nuestras necesidades de cuidar a nuestros niños, ancianos, parejas, cuando más nos necesitan).
Me quedo pensando, una y mil veces, qué entendemos por humanidad, una vida buena, y qué entendemos por obediencia, subordinación, complacencia, sumisión. ¿Por qué esas palabras las siento rondar tan cerca, en tanto lugar? Se habla de disciplina, normas, sanciones, y en el subtexto me cuesta encontrar afecto, comprensión, paciencia, respeto sobre todo. Igual respeto para todos: grandes y chicos, seres humanos iguales.
Mientras criamos, los papás y mamás estamos moviendo pequeñas piezas de ajedrez en nuestro corazón, casi todos los días. Las inquietudes no cesan: “lo estaré haciendo bien o mal”, “cuánto es poco, o demasiado, cuál es el equilibrio”, “si le hablo de ser feliz quizás se vuelve un irresponsable o hedonista, pero si no le hablo, escondo el agua para un sed sana y justa”, “si le doy alas, por ahí se estrella o se quema vivo como Icaro, pero si no se las doy, por ahí la desesperanza torna las venas de mi hijo o hija, en ramitas secas”. Uf.
Puede que no tenga ningún fundamento, no más allá de mi propia experiencia de vida, pero dar me parece tanto más sencillo y coherente que no-dar; tanto más natural y delicioso seguir el instinto del amor por nuestros hijos, que objetarlo, resistirlo, cercarlo.
La vida se mueve hacia adelante, todo el tiempo: nos herimos y cicatrizamos, nos quedamos en cama resfriados y ya pronto queremos estar en pie, sentimos hambre, sed, o ganas de caminar, bailar, acariciar, de buscar calor o sombra fresca, y allá vamos. El movimiento es hacia el vivir, el bienestar, no hacia sus opuestos.
Podríamos quizás, mirando a la vida, otros seres (los mamíferos: increíble) , perder un poco de temor, confiar un poco más y atrevernos a transmitir a nuestros niños que ellos, sus existencias y su dignidad como personas son un tesoro y no menos. Sin dejar de lado la honestidad de advertirles, o contarles (y nuestra experiencia tiene mucho valor para la nueva generación, así lo señalan en uno y otro estudio) que más de una vez no podrán ejercer su albedrío pleno pero sigue siendo una fortaleza poder reconocer “lo que no está bien”, lo que no les hace bien, y escuchar esa voz interna seguriza infinitamente más que no escucharla. Por ejemplo, ante abusos, o malos tratos.
Quizás en más de una ocasión nuestros hijos no podrán objetar o desacatar la instrucción de una autoridad (con la que ellos disientan, o a quien encuentren injusta), o responder a una ofensa, y pienso en la adultez, en situaciones de hiperdependencia de un trabajo, cuando no es posible llegar y decir “renuncio” porque hay una familia que depende de nuestro ingreso.
Pero sentir el eco interior de “esto no es justo, puedo equivocarme pero el buen trato no es renunciable, y sólo por cuidarme a mí, a mis hijos, mi pareja, me lo voy a bancar por esta vez, o por este tiempo. A futuro espero tener mucha más libertad”, es una asertividad que aunque sea sólo íntima, no pierde su consistencia como pilar de dignidad, ni su energía para ser declarada en voz alta en muchas otras oportunidades y contextos.
En distintos volúmenes, en distintas formas –con palabras, con emoción, desde el cuerpo- el punto es poder contar con una voz propia. Reconocerla y encariñarnos con ella en la niñez, para que se quede con nosotros la vida entera ojalá.
La riqueza del taller y conversatorio de hoy se suma a gratitudes por innumerables encuentros en que he tenido la fortuna de participar. Lo que aprendí quizás podré recién ordenarlo y ser capaz de ponerlo en palabras en unas semanas, o quizás meses, pero sí tengo claro que casi cien personas terminamos la jornada compartiendo la sensación de que “Yo te quiero, yo te cuido” es lo que querríamos escucharan nuestros niños de nosotros –en actos y palabras- durante todo el tiempo de su infancia y juventud, para en algún momento, firme y claro, reconocer nosotros en sus voces un “YO me quiero, YO me cuido”. Ese amor, indispensable y pilar de todos los demás.
Documentos disponibles:
* Desarrollo de la sexualidad, algunos estándares de conductas a observar entre los 0-6,7 años
Fotografía del título: Buganvilias, Población Digna Rosa, Cerro Navia.
Un grupo de jóvenes del CRC de Coquimbo (Centro de Régimen Cerrado), denominados “Arte y libertad”, pintaron un mural inspirado en las ilustraciones del libro “Mi Cuerpo es un Regalo”, de Vinka Jackson. La obra se encuentra en uno de los muros perimetrales de la Junta de Vecinos Blanca Esperanza (Carlos Brito 2667), en el sector de Punta Mira Sur, Coquimbo. En el lugar además hay una plaza de juegos y colinda con la quebrada.
Línea Telefónica de ayuda para Niños, Niñas y Adolescentes.
Llama de forma confidencial y gratuita al 800 116 111 de cualquier teléfono y a lo largo de todo Chile.