Conserjes

En el edificio donde vivimos, hay tres caballeros que trabajan en el turno diurno de conserjería, y uno en la noche. Sus nombres son Hugo, Richard, y dos de ellos se llaman Fernando. No nos conocemos hace tanto, apenas llegamos en diciembre del año pasado a este lugar, pero desde el primer día han sido vértices y marcadores de un jardín invisible donde mi hija de 4 años, Emilia, ha sido bien cuidada.

A Emilia le expliqué que ellos ayudaban a cuidarnos a todos en el edificio, esta “casa grande” donde había muchas “casas pequeñas”, cada una con su familia. Y aunque no vivían aquí –difícil para ella entenderlo- y también tenían sus familias y sus casas, a ellos les importaba mucho que especialmente los más chiquitos y los más viejitos (muchas personas mayores en nuestra comunidad), estuvieran bien.

Conversé con este clan de 4 caballeros desde nuestra mudanza, sobre la necesidad de que mi niña fuera siempre cordial y respetuosa con cada uno  –ella estaba aprendiendo a distinguir entre buenos días, tardes, y noches- , pero no necesariamente sonriente o demasiado cercana. Necesitaba tiempo para que de “extraños” y personas nuevas en su mundo cotidiano, ellos pasaran a ser conocidos. Lo comprendieron muy bien y me ofrecieron su apoyo.

Se volvió una rutina amable y un juego también, la práctica de los saludos y la distinción sobre qué momento del día era: “Buenos días don Hugo”, “Buenas tardes don Richard”. Al comienzo, muchas veces, entre cansada, somnolienta o sencillamente con algo de maña, Emilia no querría saludar. Ellos me guiñaban el ojo, y le decían “está bien, después, otro día”. Al pasar el tiempo, sería cada vez más espontáneo el intercambio. En muchas ocasiones, al entrar al edificio concentrada en una conversación conmigo, mi niña recordaría en el ascensor (casi llegando a nuestro piso) que había quedado debiendo su saludo. Entonces, me pedía devolvernos al primer piso para completar el ritual.

Cuando Emilia comenzó a mostrar una disposición estable de saludos, risas e intercambios con más palabras -y siempre conmigo de puente-, don Fernando (el de día) se animó a mostrarle a la gatita que siempre ronda por estos lares y le enseñó a tocarla con prudencia, apenas rascando su cabeza, para no exponerse a rasguños. Por las tardes, don Fernando (de la noche), le indicaría a Emilia el montículo amarillo que apenas se ve (para no tropezar) y luego le regalaría una imitación de pato Donald, también ritual. Hoy en día, mi hija no cruza hacia el ascensor sin esa música de fondo.

Estos 4 caballeros han conocido a Emilia aprendiendo a andar en bicicleta, saliendo feliz de paseo, refunfuñando porque no quería regresar de la plaza, o llorando porque se pegó contra algo. Ella, a su vez, los ha conocido como adultos preocupados, respetuosos, amables y protectores.

Fue un día sábado de encontrarnos solas, que el círculo de cuidado quedó completamente dibujado para mi niña. Yo escribía desde antes del amanecer y Emilia aún dormía. Mi marido salió relativamente temprano a visitar a su madre, me despedí de él  y fui a la ducha. Apenas había tomado el jabón cuando sonó el teléfono, y a lo lejos, desde la contestadora, oí su voz. Pensé que podía ser urgente y salí en toalla y descalza a contestar.

Conducta de riesgo y serias consecuencias: resbalé, caí sin alcanzar a poner las manos por delante, y me golpeé fuerte contra el suelo, todo el cuerpo.  Lloré o grité (no recuerdo), Emilia despertó y nada podía hacer para ayudarme. No sé cuánto demoré en incorporarme, pero apenas me puse de pie, ya estaba sonando el citófono. Era don Hugo. Iba bajando la escalera cuando escuchó mi caída y trató de tocar la puerta y hablarme, pero no me di ni cuenta. Llamaba ahora para saber si estaba bien, si necesitaba que viniera, le dije que ya estaba de pie, que un millón de gracias (y en verdad me conmovió). Emilia muy atenta, al colgar el citófono, me pregunta quién era y al contarle de don Hugo, me interrumpe con un ¿era para cuidarte porque te caíste y te hiciste un “bubu”?

En el diccionario de la RAE, conserje se define como la persona que tiene a su cuidado la custodia,  limpieza, y llaves de un edificio o establecimiento público.  No habla de los habitantes de esos lugares, pero también estamos “a su cuidado”: niños, jóvenes y adultos también.  Somos todos parte de una comunidad;  un clan pequeño en medio de una ciudad demasiado grande.  Emilia pregunta por el hijo de don Richard, o si está enfermo don Hugo (que tiene varios problemas de salud, y no sé cómo ella se dio cuenta), si la gatita de don Fernando (de día) está bien, o dónde es que duerme don Fernando (del turno de noche) si no hay camas en el lobby del edificio. Detalles que me dejan notar su reciprocidad, y la emergente ética de cuidar que ella misma está sumando a tantos otros aprendizajes que acompañamos no solo  su familia o sus tías en el jardín, sino tantos otros adultos buenos.

En una reciente entrevista a un medio escrito, y hablando sobre estos últimos meses en Chile y el aumento en denuncias de ASI, me preguntaron cómo no andar con el corazón a saltos, viendo posibles abusos y abusadores por doquier. Yo reflexionaba, también, sobre la posibilidad de reconocer “cuidadores”: padres y madres, abuelos y familias completas comprometidas y dispuestas a conversar y crecer en el cuidado; educadores queriendo precisar sus estándares de acercamiento y vinculación con sus estudiantes; adultos en las plazas mirando con mayor dedicación los juegos de los hijos de todos; cajeras, como una muchacha en Jumbo, defendiendo a los niños que reclaman porque alguna persona pasa y los toca –aunque sea afectuosamente- sin su permiso;  pastorales, grupos scouts, trabajadores y profesionales de distintas áreas, universitarios,  hasta alcaldes, queriendo aprender sobre prevención y sobre cómo habilitar y empoderar a los niños y adolescentes en sus derechos y soberanías.

Gestos que se multiplican, personas que cuidan en todos lados -como don Hugo, Richard, y dos Fernandos- y se alzan claras y dignas de confianza en la tribu donde crecen nuestros niños. Aquí sí hay jardín, lámparas encendidas. Y motivos de gratitud.


Fotografía del título: A corner of my back garden