¿Cómo recordarnos?

“Qué necesita un ser humano para no apartarse de sí. A qué distancia está mi mano de la gente que conocí… Por qué fingimos confusión, hasta acabar con la razón”. Silvio Rodríguez, Trovador.

No quisiera hablar de abusos sexuales, juro que me niego. Lo digo como mamá, una de muchas, y papás también, que por un día no querrían saber más sobre espacios y seres humanos que debieron ser protectores y no lo fueron; o sobre un país que debería tener –y aún no tiene completamente- a los hijos de todos como su máxima prioridad y brújula (y eso se deja sentir en muchos ámbitos).

Qué benévolo sería participar de menos diálogos en torno al abuso (soñando en que ya no hiciera falta hablar de ello) y, en cambio, en más conversaciones sobre creatividad, talentos, ejercicio progresivo de autogobiernos de los niños (con libertades y responsabilidades), o colaboraciones entre ellos y nosotros los grandes en proyectos de construcción de un lugar mejor, una escuela, o un país, una calle: nutridos con pequeños jardines artesanales, actos de arte por doquier, obras sociales mayores, en fin.

Imaginar por un momento diarios y noticieros con experiencias menos demoledoras  o urgentes, y en cambio conocer relatos que pudieran hacernos sonreír junto a nuestros niños:  nacimientos de jirafas, descubrimientos de nuevas especies botánicas, bosque de celtas y hadas, pergaminos milenarios con historias desobedientes, viajeros y tribus lejanas, las ciencias de lo minúsculo e invisible, juventudes y ancianidades del nuevo milenio, nuevas convivencias y rebeldías, las abundancias como mandato de consciencia, vida extraterrestre o pasiones y amores terrenos… todas esas historias que deben esperar muchas veces a que amainen otros huracanes de realidad.

Qué maravilla sería, también, que en nuestros distintos trabajos –orfebres, aseadores, ingenieros, ministros- hubiese más intercambios, y más periódicos, con el mundo de los niños. Que ellos y nosotros pudiéramos ir inventando nuevos y fantásticos lenguajes que dejen en estado de extinción a juicios y prejuicios, pero jamás al pensamiento crítico y sensible; crecer todos en la aceptación de diferencias de los demás, tanto como el aplomo en expresar íntegra y respetuosamente las propias preferencias; que se dejen oír voces con  futuro, poesía (falta más, falta siempre), y aire en las palabras, no murallas de bóvedas egipcias dentro del corazón (o fuera de él, aplastando al prójimo) que restrinjan preguntar, pensar, ingeniar,  compadecernos, ganar aliento para más vidas.

“Lo que quisiste ser”, canta Silvio. Lo que quisimos. ¿Es semejante hoy a eso que soñamos de niños, o jóvenes? ¿Se acerca lo que somos a esos primeros esbozos o declamaciones que hicimos alguna vez sobre nuestra identidad, o vocaciones? “Yo nunca…, yo siempre…”: ¿cuántas veces redactamos internamente esas frases jurándonos no capitular frente a ciertas situaciones, y cuántas otras nos prometimos fidelidad a ciertos valores, encantos, caminos? Y hoy, ¿somos lo que queremos ser?, ¿nos sentimos tranquilos en nuestra piel la semana que pasó, o este día, en esta hora?

En la memoria íntima, donde nadie más que nosotros tiene acceso, qué criaturas lucen la piel de lo que fuímos de niños, de adolescentes, de adultos y ancianos (porque todas las eras pueden cabernos en la biografía completa, sin importar nuestra edad, o caber en un solo día de lecciones). Qué voces internas nos arrullan o interpelan. Cuáles espejos han sido lavados o quedaron con salares tristes enquistados, o mohos paralizantes de nuevos bríos. Cómo recordarnos que intangible, indefinible, imposible de narrar, hay un algo dentro que nos acompaña y constituye, que nos recuerda -si queremos- la simpleza de una verdad tan exacta y compleja como la del ser vivo que cada uno es, del corazón que hace de eje y centro.

Ser mujeres, ser hombres, ser uno con nosotros, firmes ante errores o arrepentimientos tanto como frente a nuestros propósitos cumplidos y todo aquello que podamos sentir como bendiciones (desde nuestra salud y la de quienes amamos, a regalos inesperados, o proyectos magníficos). Ser, también, con otros: compañer@s de ruta de alguien amado, parejas, hijos, amigos leales, familias, alguna o todas las anteriores. O bien otros seres humanos lejanos o desconocidos que movilizan nuestros esfuerzos, ideas, oficios y luchas.

Conocí hace unos días a un taxista que soñó ser abogado o cientista político y, por distintos motivos, no pudo estudiar. Entonces se volcó entero al amor por su mujer y al estímulo de dos hijos hombres que, gracias al padre-proveedor de esa familia, no solo estudiaron en la universidad las carreras que soñaron (uno humanista y el otro, científico), sino que ambos resultaron ser inquietos políticamente y capaces de desplegar importantes liderazgos por la causa estudiantil en sus entornos. “Salió distinto el plan, pero salió”, me dijo el taxista con orgullo, voz fuerte, y contagiosa alegría.

A muchos puede habernos pasado que planeamos una cierta vida, y terminamos viviendo una distinta y, no obstante, completamente coherente. Estoy segura de que este sabio señor del taxi habría puesto inmenso tesón y entusiasmo en el estudio de esas carreras que soñó, tal cual con ese mismo corazón elevado, se apostó a otros amores y demandas. Y no estoy haciendo una apología al consuelo, la resignación o el conformismo. Tampoco este hombre la haría y sigue pensando que más adelante, quizás él pueda arreglárselas para estudiar lo pendiente. Pero más allá de lo que sea su futuro, él ha sido y es un hombre que está en paz consigo; y me atrevo a decir, feliz. Feliz. Qué palabra inmensa, palabra-arcano, palabra-mapa… palabra que podríamos declamar como un derecho también.

Este encuentro me dejó pensando sobre mi propia vida, y sobre las vidas de mis seres queridos o de algunas personas que conozco y que constantemente están juzgándose por lo no-logrado, reprochándose por no haber sido más persistentes en seguir ciertas rutas, o por sentir actualmente que no cumplen con sus expectativas, o las de terceros. Yo los miro y los veo nobles, generosos, inquietantes (ganas de seguir conociéndolos), queribles, admirables desde tantos ángulos, muchos más que aquellos convencionales o mandatarios por no sé quién (¿la sociedad, el mercado, los credos?). Cuando pienso en ellos, o en el día que están ausentes, sé que los recordaré con integridad. Así como los hijos del señor del taxi lo recordarán a él como hombre y como padre. O como mis niñas, tal vez, puedan evocarme el día en que ya no las acompañe. ¿Cómo nos recordaríamos nosotros mismos? ¿Qué diríamos de nosotros, nuestras vidas, si en otro mundo u otro cielo nos preguntaran?

Bendición que el tiempo no termina. Que estemos aquí todavía. Los balances no están finalizados y tienen margen para nuestro desacato y creaciones, aunque ojalá no para nuestro autoengaño: que la lucidez revele lo que sea necesario, por mucho que duela, y nos deje ver sin apelaciones todo aquello que necesita ser corregido o sanado. Pero también que la luz se deje caer clara y valiente sobre todo lo que es bello, esperanzador, cargado de dignidad y amable intención.

Termino, inevitablemente, en la revisión de huellas íntimas y otras colectivas. Lo personal, pequeños paraísos o carencias, se guardan en reposado silencio. De lo colectivo, decir que no dejaré que esta semana me demuela a pesar de haber concluido con la revelación (apoyada por grabaciones privadas y chocantes) de los abusos sobre adolescentes del Obispo de Iquique, o la confirmación de las denuncias por ASI sobre 3 chiquitos de 3 años en un jardín infantil de la red Integra.

Por el contrario, este domingo voy a clavarme con todas mis fuerzas en lo que destella e irradia del encuentro, el pasado miércoles, con educadores de una comunidad educativa destacada por su ética del cuidado; o el viernes, con educadoras de párvulos inspiradas en la definición de una visionaria identidad como “maestras de niños pequeños de este siglo”, o ayer sábado con padres y apoderados en un Seminario organizado por la Vicaría de la Educación que no ahora, sino desde hace muchos años, está trabajando en el tema de prevención ASI. Prójimos que hacen de la memoria un lugar que anima y enaltece, y que permite casi tocar y oler la piel de un tiempo mejor, para los niños y para nosotros también.


Fotografía del título: Remember