Guerras maternales

Lunes 23 Abril

En reciente entrevista a CNN, la estratega demócrata Hilary Rosen cuestionó al candidato republicano Mitt Romney por apoyarse en su mujer como supuesta experta en políticas públicas para el género.

La pregunta de Rosen -por la que ha debido disculparse en exceso, creo- fue sobre las competencias profesionales de la Sra. Romney que, hasta antes la campaña, solo había trabajado en su hogar, dedicada a la crianza de sus cinco hijos.

No se hicieron esperar las condenas y polémicas sobre la supuesta depreciación de la maternidad que habría realizado Rosen, conocida por su carrera en el ámbito público. Con una ferocidad casi comparable a la que despiertan los debates sobre derechos reproductivos, se levantaron trincheras entre “working moms” y “stay at home moms”, y los defensores -hombres y/o mujeres- de cada elección de vida. Hasta donde puede hablarse de “elecciones”, claro está.

Actualmente, a nivel global, más de 200 millones de personas se encuentran sin trabajo; es preciso crear al menos 80 millones de nuevos empleos y no se avistan cambios significativos antes de cinco años (fuente: OIT). En este contexto, el albedrío en la decisión de emplearse o no -o en lo que conocemos como diseño, planeación o desarrollo de carrera- no existe ni remotamente como posibilidad para una inmensa mayoría de personas, y mujeres en el mundo. Tampoco en nuestro país.

A pesar de inequidades salariales y otras discriminaciones (todavía, en países donde la contratación femenina se asocia negativamente a costes por permisos maternales y guarderías infantiles, como si fuera una falta grave y solitaria el tener hijos), trabajar es una necesidad para muchas mujeres-madres, con el consecuente desafío, o conflicto, en relación al cuidado de sus hijos.

La mejor alternativa -considerando variables de localización y costos asociados-, de sentido común y la más humana, es que sala cunas, jardines infantiles y programas post-jornada escolar (e inclusive durante el verano), estuviesen muy próximos y ojalá incorporados a los lugares de trabajo de las madres o padres.

No tengo el dato en Chile, pero en EEUU, menos de uno por cada tres niños (28.7%) cuenta con alguien en casa (contra el 52% de una generación atrás, según PEW Research Center y el Center for American Progress, 2012). En 44.8% de los hogares ambos padres deben trabajar, y otro 26% está a cargo de una madre/padre sol@.

La dependencia del cuidado extra familiar es inmensa pero destaca, por ejemplo, la misión de organizaciones como Bright Horizons (desde 1986) que promueve soluciones de cuidado para hij@s de emplead@s, auspiciadas por las empresas. Esta iniciativa, entre otros indicadores excelentes, ha significado que sobre 90% de trabajadores de compañías afiliadas exprese que la integración del cuidado al espacio laboral es un factor clave al momento de elegir y/o permanecer en su empleo, mientras 75% de los empleadores reconoce una influencia determinante en reducción del ausentismo y rotación, y aumento de la productividad.

Sería un gran logro el que estas corresponsabilidades se masificaran en Chile, conminando nosotros ciudadanos a que Estado, legisladores, y las propias empresas, se comprometan. Falta trecho, pero al menos una observa con optimismo algunos avances legislativos (por modesto e insuficiente que sea un postnatal de 6 meses), así como una creciente reflexión y debate sobre el Cuidado, sobre la necesidad de ajustar nuestras vidas adultas a los requerimientos de crianza/formación de nuestros hijos, y sobre el imperativo de abordar esta tarea de forma colectiva y holística, desde todos los estamentos de la sociedad.

Pese a los signos positivos, me ronda una sensación de frágil solidaridad y contención en materia de parentalidad y trabajo. La insistencia anacrónica e injusta en atribuir exclusiva o primordialmente a las madres, la responsabilidad del cuidado -y de su déficit-, y en sojuzgar sus decisiones (en la esfera donde lo familiar y lo laboral/profesional se intersectan), no es una falta masculina ni del patriarcado. Hoy en día, quienes más inclemente en hacer sentir culpables a las mujeres parecen ser, son, o somos, las propias mujeres.

Demasiadas conversaciones sociales (o íntimas), lejos de fortalecer a las mujeres-madres y sus hij@s, terminan agregando piedras y cruces a sus espaldas. Lo veo y escucho a diario, y quizás yo misma sea parte de este fenómeno cuando pido actuaciones a la altura que exige la prevención del abuso sexual infantil. Pero como muchas mujeres, también me siento agobiada, culpable y la “peor de todas” cuando se nos conmina a desarrollar la maternidad de una cierta manera “ideal” (ecológica, por ejemplo) que no siempre, por buena voluntad que se ponga, es compatible o viable de realizar.

Un ejemplo es la campaña por la lactancia, a la que adhiero, pero a la que también temo cuando veo predicciones casi de conducta antisocial para los niños que no fueron amamantados, y una sutil dosis de hoguera medieval para aquellas madres que no cumplieron con su deber. Yo una de ellas, por razones de salud, con mi primera hija (hoy de 24 años, apego seguro, capaz de amar y cuidar a otros). Viví años de culpa por mis opciones profesionales de la adultez joven (cuyo curso alteré en favor de la maternidad) y ahora, madura, este sentimiento regresa vestido de blanco, como esa leche que nos evadió a mi hija y a mí en los inicios del vínculo. No ha lugar.

Cuánta más culpa podemos hacernos sentir, me pregunto. Concedo en que hay mujeres más orientadas a su carrera que al hogar, y entre ellas, se cuentan madres muy comprometidas, así como muy desapegadas. Conozco a mujeres que no tienen más opción que salir de sus casas a trabajar, pero que felices se quedarían cerca de sus hijos. Otras que pueden optar por el hogar, lo hacen 24/7, sin feriados ni mucho apoyo en el cuidado de sus familias. Algunas, aun permaneciendo en casa, delegarán la crianza, y mucho del ejercicio del afecto por los niños, en la figura -y buen corazón- de nanas y niñeras. Son solo algunas puntuaciones de una realidad -el ejercicio materno- que es sumamente diversa, además de compleja.

Porque es complejo y profundo (y eso no resta belleza ni portento) gestar, estar embarazada casi un año, parir, alimentar, cuidar, desvelarse y vivir al borde de la fatiga, sentir que se nos hace agua la sangre con cada dificultad de nuestras crías, mientras en paralelo debemos hacernos adultas, nutrir relaciones, y estar en el mundo (con o sin empleo, con mayor o menor participación social y ciudadana, con mayor o menor vida emocional-espiritual, con mucha o poca salud o resiliencia).

Cada mujer dibuja de forma única las coordenadas de su experiencia materna, aun con semejanzas que nos hermanan y que deberían ojalá permitirnos, antes de juzgar, por lo menos hacernos la pregunta de cómo o por qué será que otra mujer -sola o acompañada de una pareja, y siempre siendo una familia con sus hijos- ejerce su maternidad de la forma en que lo hace.

No nos hace bien desgastarnos en justificaciones y batallas en el afuera, si ya por dentro sentimos que se libra una guerra, que puede ser más o menos descarnada, entre nuestra vocación materna y todo lo demás que debemos vivir, o que añoramos.

El debate Rosen-Romney que se ha dado en EEUU no es tan distinto del que llevamos dentro, o del que se refleja en la mirada externa -a veces vigilancia, no vigilia, que es atenta y reverente- sobre nuestro ejercicio materno en Chile.

Con un poco menos de criticismo, juicios y verdades absolutas, quizás podríamos dotarnos de un espacio donde sentirnos menos solas y más habilitadas en nuestra maternidad (junto a los padres y a todos quienes ejercen el cuidado); y donde no tengamos que enfrentarnos sino hacer frente -y es muy distinto- a dilemas, conflictos, carencias y tantas dudas que encontramos en el camino. En un espacio así, podríamos compartir con mayor confianza nuestros pequeños milagros y victorias, también.


Fotografía del título: Mother and child