Límites, preferencias, jardines personales y compartidos

El malestar es mundial. No basta con exigirle a los políticos, tenemos que transformar la ciudadanía para transformar el mundo.”(Mauricio Tolosa‏ @mautolosa, via twitter)

Hay días en que llueve torrencialmente (como en las montañas de mi retiro), y de todos modos una se siente inmersa en luces. Una red clara, casi alba, donde hay permiso de ser, reflexionar y crecer, gracias a otros prójimos que ni conocemos, pero que nos regalan sus lucideces, así no más, tan generosamente. Sin deuda. Con suave y firme ánimo de bien.

Ayer leía el artículo de una coach norteamericana sobre la autenticidad y la importancia de permitirnos ser, reinventarnos, darnos tregua, comunicar a los otros que las habitualidades en nuestras identidades y formas de hacer las cosas pueden cambiar: por auto respeto, auto cuidado, por responsabilidad en el ejercicio de nuestras dignidades personales y de nuestro derecho al bienestar.

El artículo quizás, para muchos, puede ser bastante simple y hasta un poco inclinado, en estilo, a manual de instrucciones, recetario, instructivo entre sentimental o esotérico, algo por ahí. Pero lo rescato tal cual rescato muchos escritos que son claros y aportan a algo que es de máxima importancia, creo que en general, pero sobre todo en lo relativo al camino y ámbito de quehacer de la terapia en abuso sexual infantil: el diseño de la propia vida y la definición de estándares y límites para ese diseño.

El diseño, autoría, gobierno sobre la propia vida, es siempre relevante, pero además es una gesta ineludible, luego de una experiencia de ASI. La expropiación/vulneración de los derechos de crecer, desarrollarse íntegramente, ser respetado como niño, joven y ser humano, confunde a la vida y la desvía de curso.

Hay imágenes que me sirven para explicar la irrupción del abuso sexual infantil en la biología y psicología de un niñ@: una, tomar a un@ pequeñ@ de meses que todavía no aprende a caminar (ni cuenta con músculos ni huesos para cumplir esa meta del desarrollo), y empujarlo cuesta abajo en una montaña, como si pudiera usar ya sus piernas para correr, sostenerse y saltar entre piedras. Ningún adulto en su sano juicio haría algo así. Ninguna criatura humana resistiría sin lesiones o fracturas.

Otra imagen más fuerte, que compartí alguna vez con una grupo de ofensores sexuales, es la de preguntarme cómo podría un león o un rinoceronte, intentar conducta de apareamiento con un conejo o una golondrina. Simplemente no puede ser. Esa imagen y respuesta de mi adolescencia, no ha perdido vigencia en su descarnada obviedad, hasta el día de hoy. Y sigue prestándome ayuda cuando ofensores sexuales o las propias familias de niños abusados parecen no poder o no querer comprender la magnitud y aberración de la experiencia -e intentan relativizarla según “gradaciones” sexuales, o los niveles de violencia que la acompañaron-. Hay cosas que los cuerpos grandes (de leones, rinocerontes, o adultos) simplemente no deben intentar hacer con cuerpos pequeños. Pequeños en edad y en huesos y en capacidad de asimilar experiencias.

Más sencillo aún, qué papá o mamá, o educador, querría agregar a la parrilla de programación infantil, en TV regular o cable, el canal playboy o alguno de pornografía, como si no hiciera diferencia entre Mickey Mouse, Dora la Exploradora, y los Pequeños Einstein.

No haré una larga presentación, no esta vez, sobre los efectos traumáticos y alteradores de por vida, sobre el sistema nervioso central, y sobre el psiquismo de las víctimas de abuso sexual infantil (ni sobre las huellas en el cuerpo físico, o sobre las muertes de niñ@s como resultado de esta experienica). Solo quiero establecer que la irrupción de la experiencia exige, más adelante, la tarea de retomar camino, desacatar lo que fue mal aprendido e impreso a fuego en el sistema, y hacer una vida ajena a mandatos de abusadores y abusos. Dentro de un perímetro, ojalá, de buenos tratos, cuidado, preferencias y términos propios (no ajenos ni determinados por otros), derechos y deberes bien dibujados. Una suerte de nueva ciudadanía personal, de nueva forma de habitarse y de co-habitar con otros, sin exponerse a nuevos saqueos; sin exponer a otros prójimos, tampoco.

Lo que es un inmenso acto y camino de sanación para quienes recorrimos un tiempo de ASI, y por específico e íntimo que parezca, no es tan lejano ni diferente a la responsabilidad compartida por todos, de hacerse cargo de las vidas.

Sin interrupciones, quizás en las etapas correspondientes, muchos seres humanos se desarrollan y se van habilitando para sucesivas fases de sus existencias. En este tránsito, reconocen derechos, deberes, y definen preferencias: qué les gusta y no hacer, comer, leer, etc; qué talentos de los que tienen, desplegarán; a qué vocación u oficio se dedicarán; qué opiniones o corrientes filosóficas, religiosas, políticas, los identifican; de qué forma participarán, o no, de la trama social o comunitaria; cuál pareja elegirán según sus afinidades; qué clase de familia sueñan, o qué vida, en qué hogar, con cuáles recursos.

La lista es considerable, y alimentada por tantas otras sub-listas que tal vez no llegan a explicitarse (o no de la forma en que a una le ha tocado trabajarlo en la propia terapia, o con las personas cuyos procesos una acompaña), pero que al igual que miles de riachuelos y manantiales sin nombre en los mapas, son determinantes para el gran río que terminan formando. Yo recomiendo hacer esas listas; llevar papel y lápiz dentro, en el alma, o muy físicamente, en la cartera, el velador, y no dejar ciertas cosas ser olvidadas o inexpresadas. Ayuda. Por dios que ayuda.

La primera vez que debí enfrentar la pregunta sobre mis preferencias en materia de cómo añoraba -y cómo NO quería, bajo ningún punto de vista- que fuera mi hogar (desde el color de un muro, hasta su pulso afectivo o su idiosincrasia, bohemia, conservadora, la que fuera), o mi trabajo, o la vida hacia adelante, o una pareja (por sacada de película Disney que pudiera llegar a parecer ese primer dibujo o declamación de añoranzas), creo que me paralicé. Excepto en materia académica -ramos preferidos, lecturas, carrera- y en la decisión fiera de tener una hija en un momento de la vida también feroz,no había hecho mayores diseños y ni siquiera había importado mucho lo que yo quisiera o no.

El ejercicio de la libertad no me era familiar en el recorrido personal, ni en el colectivo, habiendo crecido en un país en dictadura. ¿De dónde iba a aprender? Aun teniendo el privilegio y ventaja de un techo, educación de calidad y otras oportunidades -que proveen un marco favorable a las elecciones personales; elecciones que soy consciente ni siquiera existen para muchos niños que viven en la pobreza-, el espacio libre en el territorio del abuso era bastante limitado. Permitió algunas preguntas, pero pocas alas.

La libertad consciente comienza con nuestros niños, creo, al menos desde la primera vez de permitirles hacer pfffr, a modo de no, cuando no quieren comer más; o cuando en un rango de obligatoriedad -comer, bañarse, vestirse, etc-, vamos estableciendo márgenes crecientes de elección, opinión y luego decisión -¿los zapatos azules o los café?, ¿cuáles te gustan más?, hasta que en la adolescencia elige unos con rayas y dibujos rockeros, o anda descalzo-. Pasa por el cuidado, por el respeto, por las sutilezas y delicadezas que van permitiendo modular y dibujar perímetros corporales, emocionales, cognitivos. Es un trabajo importante, precioso, y para el que pocos nos sentimos completamente preparados. Y menos, cuando no fuímos parte de esa experiencia en su momento.

Durante más de una década de terapia, debí definir la cota y estándar para todo, me hicieron constantemente la pregunta ¿cómo quieres vivir, con quiénes?, tuve que mirar honestamente deseos a la luz de restricciones, reales o provenientes de mi propio paisaje interno. Intensivo quehacer. Y lo agradezco. Ese camino me permite decir hoy que mi vida es coherente con las definiciones y preferencias que yo he establecido para ella: en los cómo, los dónde, con quiénes.

No ha sido fácil, por ejemplo, en algún momento, perder personas queridas en el camino. Porque yo me fui o abandoné (y a veces, en el yerro, faltas que tengo pendiente reparar), o porque yo les pedí irse y jamás regresar, en función de disonancias importantes con mi alma, o de lesiones, escasas gentilezas. Tampoco fue fácil hacer elecciones riesgosas en los oficios y apostar a escribir, y a la práctica privada, en vez de continuar haciendo carrera en una multinacional. O cambiar de territorios geográficos, algo que nunca es solo geográfico, o no solo en el afuera. Porque La geografía interna cambia en cada movimiento, decisión y acto de dibujo, cuidado y re-cultivo del jardin que uno es, que lleva, al que vuelve cada día cual templo de refugio o descanso o para la acción de gracias.

Cualquiera el cometido, hay un ejercicio de soberanía, y de contrapunto incesante -y creo, obligatorio, inescapable- entre lo que puedo, debo y quiero hacer. La ciudadanía conmigo, esa a la que necesito nítida, clara, o lo más robusta que pueda ser, antes de juzgar o intervenir mi forma de estar en el mundo.

Porque no puedo pedir a otros, aquello que no soy capaz de pedirme y/o prodigarme yo misma. Porque la empatía y perdón que he aprendido conmigo, para avanzar, tienen que ser posibles de desplazarse hacia los demás. Porque el mundo que sueño no puede ser solo una declamación vacía, sino tener su correlato, o su aproximación y exploración, en el pequeño mundo de mi hogar y mis relaciones, en la forma de disponer o compartir mis recursos, mi capacidad creadora. Porque aquello que me causa indignación y ganas de cambiarlo todo afuera, en mi país o el planeta, debe de alguna forma estar resuelto en mi propia vida. Y si no lo está o tengo dudas y demasiadas preguntas, entonces espero, o admito mi confusión, o mi propio tejado de vidrio, mis vergüenzas y faltas.

Si a pesar de todas estas consideraciones y actos de consciencia -a veces certeros, otras a medio lograr- igual resulta que fracaso o me caigo o actúo de forma incoherente, al menos tengo la seguridad y consuelo de no haber improvisado, de haber ido con tanto cuidado como puedo, que no es equivalente a cobardía ni capitulación… es cuidado, por mí, por otros, por el tejido invisible donde tengo la sensación de que todo va quedando registrado y podría tener tanto consecuencias virtuosas como destructivas. Nuevamente, para mí o para ún prójimo, o muchos, mis propias hijas que adoro y habitan los mismos territorios humanos, junto a todos.

Esta danza entre ciudadanía personal y colectiva, los equilibrios necesarios a los que nos invita y desafía, me resonó fuerte cuando leí hoy en twitter la reflexión (de @mautolosa) con que comienzo este posteo. No veo a los políticos o a los banqueros -ni a muchos líderes o autoridades de gobiernos, religiones, etc- como garantes ni agentes portentosos de transformación, aunque no descarto que muchos de ellos se hagan preguntas, tomen consciencia y se arriesguen a proponer giros inimaginados en bien de los demás (como en EEUU cuando el año pasado los millonarios firmaron una carta pidiendo al Pdte Obama un alza en sus impuestos).

Codicias, inercias y miedos imponen restricciones. Pero no pueden sostener por mucho más tiempo una realidad donde persiste el hambre, los genocidios (en Africa, el mundo árabe, hoy, ahora) o no se ve salida -no antes de cinco años- para más de 200 millones de personas sin trabajo (según la OIT, ver link).

Quizás cada uno, yo misma, no seamos o no nos veamos con el peso suficiente como para hacer contrapeso a este flujo de acontecimientos. Pero muchos, millones de nosotros sí, en ciudadanías personales y colectivas responsables y despiertas… como dijo otro tuitero (@Baron__rojo): “Aquellos que nadan contra la corriente empiezan a encontrarse y formar cardúmenes. Cada dia somos mas”. Con esa imagen, no es posible perder esperanza. Ni una pizca de lucidez, tampoco.


Fotografía del título: Big and small