infancia y DDHH

“No hay visión más horrible que aquella de un cuerpo humano no amado ni cuidado”, Corrie Ten Boom (1892-1983, escritora holandesa, relojera, activista por los DDHH y autoridad en la temática del perdón).

Las más graves violaciones a los derechos humanos de hombres, mujeres y niños de la historia de Chile, ocurrieron durante la dictadura militar iniciada con el golpe de 1973, bajo la responsabilidad de Augusto Pinochet. Ser partidario del general, es inseparable de sus crímenes. La cordura, el sentido común, nos protegen de confusiones, aunque algunos aseveren que es “perfectamente” posible ser pinochetista y condenar crímenes de lesa humanidad de los cuales fue responsable.

Cambiemos el personaje y escuchemos cómo suena la condena al genocidio de 6 millones de personas en el Holocausto, en alguien que se reconoce admirador de Hitler y el nazismo, o bien, un defensor de Stalin que lamenta profundamente la matanza de 20 a 60 millones de personas bajo su regla. No resiste. Podemos repetir el ejercicio con una larga lista de tiranos y genocidas, de distintas latitudes e ideologías, y es lo mismo. Ayer leí a alguien comparar esta declaraciones con las de un violador que reivindica sus crímenes como una “orientación sexual”. Recordé a un director de colegio que de un padre incestuoso y abusador sexual, señaló “pero estudió en Yale”. Las disociaciones dan para todo. Y más que temor -que uno igual siente-, lo que piden es atención. Cada día, todos los días.

Han sido días, estos últimos, de repasar supremacías perversas; deslealtades y delaciones entre hermanos; cuerpos vulnerados y osamentas sin sepulcro. El terror del Estado desplegado sistemáticamente sobre la ciudadanía, necrosando nuestra cotidianeidad sin importar qué adhesiones o rebeliones nos definían, o qué edad teníamos entonces. La memoria que jamás se borra.

A propósito de la apología realizada por la joven diputada Camila Flores al dictador Augusto Pinochet, recordé un acto de homenaje que se realizó en Santiago de Chile el año 2012, en el teatro Caupolicán. Por aquellos días, escribí sobre “bullying cívico”. Me rondaba un niño de 7 años que se había ahorcado meses antes en EEUU, víctima de bullying por largo tiempo en su escuela. Solo quiso “desaparecer para escapar” a los abusos de otros niños, sus “pares” que en un momento de la infancia se volcaron a atormentar a quienes eran más vulnerables o simplemente diferentes. Cuesta entender cómo puede el daño escalar hasta precipitar la muerte de un ser humano que apenas si comienza a vivir. Tampoco terminaré de entender cómo entre prójimos, en un mismo país, puede ser posible la tortura, la persecución y la muerte. Casi veinte años de tormentos en Chile para miles de compatriotas, otros treinta de convivencia democrática y nuevamente somos testigos de unos ciudadanos echando sal y ácido en heridas incurables de otros ciudadanos, y de la república. El presidente no dijo nada, y ese silencio ha sido estridente. ¿La democracia se cuida o no? ¿la salud cívica?

Es daño, y no “accidental”, si una sola mujer u hombre que sobrevivió a la tortura debe volver a experimentar el eco de una violación o de otras lesiones (así resucita la memoria); si un solo hijo o hija de detenido desaparecido debe re-habitar su duelo con mayor intensidad. Hay familias de todos los colores políticos que sufrieron por su gente. Hay familias inclusive de militares. En la tribu que somos todos los chilenos, lo que les pasa a unos, en alguna parte, nos toca a todos. Somos un solo cuerpo.

Crueldad, indiferencia, bullying cívico. Parece que no aprendimos nada del impacto que tuvo el acto del Caupolicán en 2012. Debió quedar atrás como un amargo recuerdo pero volvemos atrás, explicando –como muy bien lo hizo el psiquiatra Alberto Larrain- por enésima vez por qué las apologías al dictador revictimizan, violentan. Quizás falta tiempo todavía. ¿Otros cuarenta años, cuántas generaciones más? Sueño algo distinto, como muchos, para los que vengan. Nunca más lo que vivimos en la última mitad del siglo pasado.

Imposible olvidar días de invierno, muy oscuros, volviendo del colegio, nada especial, nada peligroso ni subversivo, pero desbordada de miedo porque era frecuente encontrarse con militares apostados entre los árboles que bordeaban el Canal San Carlos entre La Cañada y Echeñique. No tenían que moverse ni mirarnos a los ojos. Su sola presencia con metralletas en los brazos y las caras pintadas de negro, bastaba para intimidarnos, y nos rebelaba crecer así, pololear así, ir a la graduación de cuarto medio advertidos sobre los riesgos de ir camino a casa durante el toque de queda. Por supuesto, vivir la adolescencia en un país aterrado es un detalle ridículo en comparación a las atrocidades que otras personas vivieron. Adultos, ancianos, niños de todas edades, algunos, con meses de gestación apenas.

La comisión Valech acreditó que 2200 niños, niñas y adolescentes menores de edad sufrieron prisión o tortura bajo la dictadura militar. Durante el primer gobierno de S. Piñera, un informe actualizado al 2011 –que agregaba más de nueve mil víctimas- establecía que entre septiembre de 1973 y marzo de 1990, las víctimas “reconocidas” de violaciones a sus DDHH llegaban a 40,018 personas, y entre éstas, se contaban al menos 80 niños. El “reconocimiento” oficial como víctima era conferido a quienes sufrieron detención y/o tortura por agentes del estado o personal a su servicio; desaparición forzada o ejecución por agentes del estado o personal a su servicio; secuestro o intentos de asesinato por razones políticas. No fueron considerados exilios, desintegraciones de familias completas, exoneraciones y cesantías, enfermedades –-crónicas, discapacitantes y/o letales muchas de ellas-, o quizás miles de denuncias  que no llegaremos a conocer porque el trauma impide a las víctimas verbalizar lo vivido, hasta el día de hoy. Tampoco hemos terminado de saber qué sucedió con hijos de mujeres embarazadas que fueron detenidas y desaparecidas. ¿Nacieron esos niños o fueron asesinados junto a sus madres? Y si nacieron ¿dónde están, a quienes fueron entregados en adopción, y dónde?

La joven diputada pinochetista tiene la edad de mi hija mayor. De la diputada no sé mucho, ni de su infancia, su juventud, o desde dónde se construye como la persona que conocemos. Pero sé que no creció en dictadura, mi hija tampoco, y ninguna de las dos, ni con la mayor solidaridad, podrá llegar a dimensionar –menos mal- lo que significó habitar ese tiempo en general, ni lo que fueron esos años en la carne y hueso de las víctimas. Yo tampoco, a mis cincuenta, me siento capaz de comprender más que una modestísima parte de esas experiencias. “Crímenes de lesa humanidad” es una definición de la crueldad en lo más grueso, pero no cubre todo, no cabe todo. Eso sí lo entendí siendo muy joven.

Lo he compartido antes en posteos y el Agua fresca: mi experiencia como aprendiz en el equipo de salud mental liderado por la dra. Paz Rojas (DITT, Codepu). Ese tiempo me permitió recién comenzar a dimensionar los crímenes cometidos en dictadura, así como mis limitaciones frente a las historias inhumanas, sobrehumanas (no sé cómo definirlas) que relataban los sobrevivientes. Hombres que de niños sin querer informaron dónde estaba su papá que luego desapareció. Mujeres en cuyas casas se detuvo el tiempo, las sillas, la cocina que no permitía preparar algo distinto, así lo “distinto” fuera una gota de mostaza extra en la receta de siempre, porque todo se sentía una traición. Papás o mamás consumidos por la culpa de no haber celebrado un solo cumpleaños de hijos que llegaron a adultos esperando el fin de una ausencia quizás para el próximo año y “entonces sí, ahí vamos a festejar”, ahí sí, no se sentirá extraña la vida, ni una trasgresión la gratitud por ella. No sé cómo podríamos definir esas desposesiones; las preguntas que hicieron sombra y demolieron a tantos adultos y niños de ese tiempo. En medio de pérdidas inconcebibles ¿cuánta vitalidad, cuánto júbilo, cuánto deseo, cuántas evoluciones podían permitirse quienes sobrevivieron, o quienes nacieron y crecieron en familias marcadas por el duelo, el miedo?

Muchos pequeños, a días del golpe, comenzaron a aprender a callar y a temer sus propias voces. Hijos de los perseguidos por el dictador, pero también hijos de funcionarios de las fuerzas armadas en esos años. Niños cuyas historias todavía no escuchamos y no pienso sólo en hijos de carabineros o soldados nobles que se negaron a participar del exterminio de sus compatriotas. Me refiero a niños cuyos padres sí apoyaron la dictadura –y esperaban igual adhesión de sus hijos, castigando severamente el disenso-, o que aun en desacuerdo con lo que ocurría, por supervivencia eligieron continuar sus carreras militares, callando contradicciones, vergüenzas, aprensiones, y sacrificando en esa tensión perenne, las infancias de sus hijos. Cuán difícil pudo ser para hijos de agentes de la dina o la cni que no podían, físicamente no podían, abrazar ni tocar a sus niños porque se sentían “asquerosos” y al mismo tiempo aterrados de renunciar o desertar. Algunos de esos hijos sólo entenderían de adultos el porqué de lo que registraron –y sufrieron- como rechazo siendo niños, agobiados por la pregunta sobre qué fue lo que hicieron, “tan malo”, que merecía el trato gélido de sus progenitores. Son historias que una ha conocido en años de trabajo –partiendo por el DITT-, historias que en tramas perversas hilan dolores de los niños, su desprotección y abusos sexuales infantiles que no habrían sido detenidos, así hubiesen sido gritados desde un cerro.

No hay forma de dar cuenta de todo lo vivido, todas sus llagas, pero es necesario tratar de conocerlas, visualizarlas. Para crecer, para no repetir, para cuidarnos y cuidar lo que vamos construyendo; no para estancar el alma de esta tierra aferrándola a cenizas y desgarros que cada nueva generación deba heredar, todavía, y para siempre, con la misma desesperación y dolor, la misma impotencia y furia, temor o valentía, nada de lo que todavía pueda atravesar a generaciones más viejas, excepto el amor, el respeto, cada antídoto posible contra la indiferencia y el odio…si podemos conversar, o ponernos de acuerdo sobre ciertas cosas; si podemos pedirnos, por favor, reflexionar sobre historias que lejos de ser un motivo para ahondar cismas, nos ayuden.

En tiempos de secundaria, nuestra profesora de Ciencias Sociales y Economía, exonerada de la UTE, amiga de Patricio Manns -una rareza en un colegio simpatizante al régimen militar-, nos pidió a un grupo de alumnos que fuéramos comprensivos con un compañero, con su rabia ventilada a veces de la forma más insultante y agresiva. Su familia había perdido gran parte de su patrimonio durante la reforma agraria y la sola mención de los presidentes Frei Montalva o Allende bastaba para sacar lo peor de él. En los scouts, una dirigente nos pidió consideración a quienes no disfrutábamos mucho de escuchar cintas de Víctor Jara (amando sus temas instrumentales, y reverenciando sus luchas, la verdad es que no nos gustaba su voz). Teníamos una compañera para quien esa música era significativa por su padre exiliado a quien prácticamente no conocía. Nos sumábamos al canto un rato, por ella y nunca entendimos esos pedidos de cuidado como imposiciones, sobreprotección o represión de nuestra libertad de expresión y opinión. Se trataba de respeto, acogida, aun sabiendo que nuestra empatía siempre sería incompleta no habiendo vivido ciertas experiencias. Podría ser igual ahora, cuando se trata de evitar consecuencias severas de estrés post traumático a víctimas de la dictadura, y de paso no quedar expuestos a esta sensación de desconfianza, de estupor, de fragilidad ante algo sombrío que se despoja de sus máscaras, defendiendo su libertad o “diversidad” en la democracia que debimos revivir luego de casi veinte años de coma impuesto por un dictador que todavía desde la tumba, nos sigue separando.

El 2006 no terminó de morir. Recuerdo que veníamos llegando a Chile por fiestas de fin de año, y mi hija mayor escuchó la noticia. Debió repetírmela varias veces, hasta creerle. Luego nos quedamos en un silencio largo, y no tuvimos el impulso de salir o celebrar (por respeto a sus familiares niños sobre todo), pero el corazón sí sintió mucho alivio al constatar el hecho de que el mal tiene algún fin, que no dura para siempre; y no fuimos nosotros, pero sí la vejez y la muerte pudieron detenerlo.

Habrá quienes todavía incurran en esfuerzos de resucitación imposibles, en autoengaño, y bien podríamos coincidir en que existe una multitud de versiones posibles hasta en el más oscuro de los seres humanos, y tiranos, dictadores, genocidas y asesinos en serie, han sido descritos en biografías como poseedores de dimensiones inauditas, invenciones, hobbies artísticos, emprendimientos, y hasta caridades o “afectos” especiales para con ciertas personas. Pero eso no los absuelve, y en Chile, 40,018 víctimas, 2200 niños, 200 mil exiliados, los escasos números con que contamos, no permiten relativismos ni segundas interpretaciones en relación a Pinochet. No se trata de un asunto de libre expresión de opiniones, así lo han definido otras sociedades civilizadas que han antepuesto el cuidado y el autocuidado, y que sancionan actos y discursos que incitan al odio o la negación. ¿Necesitamos también de esas leyes?

A pesar de nuestro pasado difícil, y de un presente que no es como lo necesitamos, qué ganas de mirar a Chile desde la decencia del sentido común, sin lógicas de empate o reciprocidades retorcidas. Si esta tierra hablara –desde su convalecencia, su memoria y su necesidad de sanación- la imagino pidiendo buenos tratos, delicadeza para cuidar lo que hoy tenemos, y quizás sea ingenuo esperar decoro o compasión de algunas personas, pero hay esperanzas, y estándares que no tienen por qué ser desistidos en virtud de crueldades pasadas. O presentes.