silencios elegidos

Vine a explorar el naufragio/Las palabras son propósitos/ Vine a ver el daño que fue hecho/ y los tesoros que han perdurado. —Adrienne Rich

 

Es muy personal cómo vivimos emociones en rupturas y duelos. La semana pasa recordé mucho a Sharon Olds (que debe estar en sus 80), poeta prolífica que esperó 15 años para publicar Salto del ciervo. Este poemario sobre su divorcio, ocurrido después de más de 30 años de matrimonio (su pareja se enamoró de alguien y se fue con ella), recién vio la luz cuando sus hijos dejaron de ser niños.

La pausa fue larga, pero todavía su duelo se siente muy fuerte en el libro. Los poemas de la despedida, las estaciones de su duelo: leyéndola sentía que podía tocar su corazón, como si quince años no hubiesen transcurrido. Escribí sobre su libro el 2013, en el Post; osbre su silencio elegido. En tiempos en que todo ya era y sigue siendo inmediato y público, Olds explicó su espera y vindicó -en entrevistas de ese tiempo- su intimidad afectiva, y un “mío” (mi universo, mi nido, mis víncylos) de la mano de un ejercicio de voz que igual fue una voz con soberanía. Y tiempo.

Tiempo no desde la concesión en clave “calladita más bonita” (o “buenita”) ni como “sacrificio” por la prole. Sí fueron compromisos del cuidado. Y sí fue una elección muy personal. Recuerdo haber hablado de Olds y sus opciones, en sesiones del año 2013 a propósito de otro libro que había leído donde se planteaba para sobrevivientes adultos de abuso sexual infantil el derecho a “zonas de silencio” definidas en sus términos. Muy lejos, por cierto, de silenciamientos impuestos, y mudeces aprendidas en la infancia que dejaron huella y dificultaban el vínculo con lo silente.

De adulta, mi actitud frente al silencio, así fuera elegido, un acto de consentimiento por cuidarme o cuidar (sí, también: a mis hijas, mientras crecían) solía ser incómoda, con sospecha, como si estuviera casi traicionando algo, o retrocediendo en vez de avanzar. Creo que si pude hacer otro aprendizaje, fue porque en los años de terapia de abuso, como paciente, fui muy cuidada en mi tiempo y límites para relatar lo vivido. Nunca fue retraumatizante, y no significa que no doliera evocar o verbalizar lo vivido, sino que siempre hubo esperas y ninguna insistencia en que yo volviera sobre la historia y sus detalles -a no ser que yo quisiera o necesitara hacerlo- porque eso sí retraumatiza y daña. Puede parecer una obviedad señalar ese respeto, pero no son pocas las personas que cuentan vivir en sus terapias esa presión, o bien con otros profesionales, por ejemplo abogados que sin considerar la vulnerabilidad ni derecho al tiempo, aceleran procesos de testimonio y hasta apariciones públicas de sobrevivientes y entrevistas en medios para crear “climas” de opinión y “empujar” casos en la justicia, sin contemplar el costo moral y retraumatizante que pudiera tener para las víctimas.

también en mis decisiones sobre cómo abordar esa experiencia con otros -ojalá no por décadas- y especialmente con mi única hija entonces, si llegaba el momento en la vida de hablar (siempre pensé que si era preciso, sería en su mayoría de edad y no antes).

No sólo fui acogida en el relato y sus tiempos, sino también en la forma de ir dando con una voz mía, con sus tonos, fugas, desafinaciones, etc, pero toda mía, incluidos silencios que fui reconociendo poco a poco como propios -el bosque fue un gran maestro al enseñarme los suyos- sin ansiedad ni temblor, solo un testigo íntimo; el compañero que me ayudó a soltar la presión de “tener que decir”; y aprender a  decir “no sé”, a hablar cuando se puede y quiere, y a descubrir que no sólo el espanto y la inhumanidad pueden ser inenarrables, sino los amores, bellezas, o experiencias conmovedoras para las que no hay palabras ni voz. Eso “íntimo” que defendía Olds, y que he ido entendiendo -y falta aún- con el paso de los años.

.no digo que deba ser igual en todas (disclaimer), pero en mi vida aprecio que desde silenciamientos tempranos de niñez y lo indecible del ASI, se pueda llegar después, tropiezos y todo, a una voz con espacio para elegir (distintos motivos, momentos) sus silencios, acogerlos