#Tribu

Mucho antes de comenzar a hablar de la #tribu, y alrededor de su fogata: silencio.

Casi cuarenta años pasaron (37 para ser exacta), antes de comenzar a cruzar camino y voces con mujeres de todas las edades que habían vivido experiencias semejantes a la que yo solo había compartido –hasta ese momento- con mi terapeuta y mis seres queridos más cercanos.

Fue en tiempos previos a la publicación de Agua Fresca en los Espejos, cuando contaba de qué trataba el libro en el que estaba trabajando (apenas la mención genérica y distante casi de “abuso sexual infantil y resiliencia”), que comencé a familiarizarme con un eco que luego se volvió manifiesto cotidiano: “a mí también me pasó; yo también lo viví”.

Algunas mujeres eran parte de mi vida desde siempre y, viniendo de ellas, fue una revelación inimaginable (¿cómo no me di cuenta antes?). A otras apenas las venía conociendo y fue sobrecogedor el que nuestros primeros intercambios tocaran de inmediato médulas existenciales que una habría pensado jamás llegarían a compartirse, o bien, solo luego de muchos años y no apenas horas de relación.

Cuando el texto vio la luz, al día siguiente de su presentación oficial en Santiago, comenzaron a llegar –y eso no se ha detenido, cinco años después- cartas y correos de lugares dentro y fuera de Chile. Pajarito por derecho propio, el libro siguió sus propios itinerarios, pidió permiso para cruzar puertas, quedarse en otros hogares, permanecer en mesas de noche junto a  lámparas y algún lápiz que completaba la historia de cada mujer y cada hombre que lo tomaba en sus manos y subrayaba pasajes que ya no eran parte de mi vida, sino de las suyas.

Cada día, nuevos testimonios. Cada semana, cada año. Decenas de personas escribieron sus propias historias y las compartieron conmigo, una completa desconocida, pero también una semejante.

Historias más difíciles, más valientes, tan hermosas de lo humana y veraces que son y ojalá algún día pudiera honrarlas en cuelgas de páginas que rodearan la tierra con sus éticas de la memoria, de la compasión, de la resiliencia y la agencia esforzada y tozuda de nuevas vidas. Tanto amor, a fin de cuentas: amor por respirar, por la dignidad e integridad (que aunque interrumpidas, juramos recobrar), amor por parejas e hijos a quienes se quería proteger y salvaguardar de nuestros fantasmas, amores por sí mismas construidos en bloques de cenizas y semillas que, poco a poco, como si convertidos en adobe, levantarían casas que duraran siglos.

A los encuentros epistolares, siguieron los encuentros en persona, sobre todo gracias al empuje para cumplir este sueño, de una mujer preciosa y lúcida (quien está tras del sitio www.inocenciainterrumpida.net ).

Reuniones, grupos de conversación, más mujeres y sus almas: espejos unas de las otras, no solo para cotejar y consolar reflejos de lo vivido (antes, y siempre en el presente), sino para acunarlos, y hasta agradecerles haber sido parte de la materia prima inexorable (y también, mucho más vasta), que dio lugar a las humanas que llegamos a ser.

Qué revelaciones en la arquitectura de ciertas lágrimas, de formas de reír también (un humor inocente y a veces negro e irreverente el que compartimos), y de crear lazos que aunque pasen años, sabemos están ahí, leales e inviolables, para el auxilio o el brindis por las vidas de unas y otras.

Por mucho tiempo, nos quedamos, todavía, en tenues pero determinadas zonas de silencio:  fraternidad invisible a otros prójimos fuera de nuestra #tribu. Quizás siempre temiendo un poco, o mucho, el juicio o escrutinio ajeno, esas preguntas inconfesables que otras personas podrían hacerse ante el incesto y los cuerpos violados, o esa lástima –que no es compasión ni solidaridad llena de fuerza- que aunque bienintencionada, no dignifica, sino que invalida. ¿Vergüenza? Siempre un poco ¿Culpa? También. Por algo en que no tuvimos responsabilidad. Ninguna. Moriré a los 50 o 100 años repitiendo lo mismo. Y debemos recordárnoslo de tiempo en tiempo. Hasta que sea cada vez menos. Y hasta que no sea necesario.

Aun en nuestras zonas de silencio, las direcciones privadas de nuestros encuentros (que se entregan una a una de las participantes), y el rito confesional solo entre nosotras compartido (y apenas con maridos, familiares u otras amigas), algo comenzó a suceder en los alrededores y, a la par, dentro de nosotras. Algo que puso en jaque el latido de fuga y anonimato que, hasta entonces, nos era conocido.

En nuestro país, poco a poco, se abría el tema del abuso sexual infantil: con mayor o menor dignidad (o sensacionalismo), estaba en los diarios, la televisión, las radios (tremenda fuerza en ponerlo sobre la mesa), y luego en el vagón del metro, en reuniones, en la sala de espera, o en nuestros propios hogares a la hora de conversaciones familiares de final de la jornada.

La fuerza que conminó a nuestro país a conversar de ASI ha sido muchas veces una fuerza de dolor, desconcierto, indignación. También de solidaridad con niños y familias que atraviesan la experiencia. En otras venas, la sangre es más difícil y ha estado habitada por miedos, desconfianzas, profecías lóbregas sobre daños irreparables, minusvalías de alma, o incompetencias –supuestamente- heredadas del abuso por sus víctimas y sobrevivientes. Creencias que no son siempre precisas, y menos irrevocables.

La patria aumentó su superficie y su memoria histórica. Se revelaron biografías y territorios arduos de mirar y reconocer en su vecindad con las vidas de todos, los hijos de todos: la posibilidad del daño corporal sobre indefensos;  la sexualidad humana (portentosa, vulnerable, compleja, llena de vericuetos de luz o de ciénaga que también podrían venir con ella); las relaciones filiales y la pureza que las elude muchas veces; la desigualdad y el poder (no solo entre adultos y niños, sino entre todos). Demasiado. Somos solo humanos. Lúcidos, inquietos, pensantes, pero solo humanos. ¿Cómo hacer caber todo esto en nuestros corazones, almohadas, jardines y plazas? ¿Cómo explicar a los demás, ciertos parajes que solo se conocen bien si se han vivido, y no desde los libros? ¿Cómo hacer descargos por lo que no éramos, e infundir esperanza al mismo tiempo, sin descuidar el sentido de urgencia y condena que debía animar al colectivo, y ojalá, sin tener que recurrir a las voces propias, protegidas u ocultas de por vida entre páginas de viejos diarios de vida y cajitas íntimas bien cerradas con llave?

Un coro de adultos que ya venía expresando su voz, comenzó a crecer. Más mujeres, y más hombres, en sus mundos cercanos, primero, y luego saliendo de sus fronteras seguras, decidieron atestiguar lo vivido: para humanizar, para sanar, y sobre todo para advertir a otros prójimos sobre daños posibles (la sombra que viene con lo humano, también) y sumarlos a la gesta de evitar nuevos quiebres en las vidas más pequeñas de la manada humana.

Dentro de este coro, siempre más mujeres, muchas más, de todas las edades y de todas latitudes. En espacios como El Post, o en las redes sociales, iban asomando: primero de espalda, como una pintura antigua bañada de luz de ventana sobre los huesitos de la columna vertebral; luego sus caras, sus voces de cuerpo entero, altas, nítidas y dignas. Una vez más: “yo también, y yo, y yo…”. Bajo la luz y a plena vista de otros prójimos, la #tribu.

Era un “a mí también me tocó vivir lo mismo”, tan distinto del de años atrás, cuando no solo en correos y cartas, sino también en encuentros íntimos o masivos como ferias del libro y seminarios, se acercaban las hermanas de experiencia y en un susurro de segundos y milenios, compartían lo vivido. No se malentienda: en esos susurros había vientos huracanados y sustancia gruesa de la tierra. Pero eran susurros todavía. También de los hombres, que no solo venían a atestiguar lo vivido cuando pequeños y/o adolescentes, sino también –muchos de ellos- a preguntar cómo apoyar, o cómo regalarle más alas a mujeres amadas que habían pasado por la experiencia del ASI, eras atrás.

Un querido amigo le dijo alguna vez a un parlamentario que quienes habíamos vivido historias largas de abusos y silencios habíamos también ganado –en el recorrido- resiliencias casi de nivel extraterrestre y que puestas al servicio del país, serían como bulldozers empujando hacia el futuro. Nos reímos, emocionamos, y luego me quedé pensando que sí, parece que sí….

Efectivamente esa energía de supervivencia y porfía de vivir y ser felices, luego de un trauma tan invasivo de todas las esferas (como solo puede ser una irrupción en el tiempo más nuevo y enternecido de las personas), si hubiese sido pasada por cedazo, habría llenado millones de vasos con un tónico similar al jugo de zanahoria con naranja que mi querida nana Filomena me obligaba a tomar a diario, cuando chica, para hacerme fuerte.  No es la metáfora más poética, pero es la más vital y certera que puedo encontrar: vitamina zanahoria-naranja, tornasol, alba como esas luces que recomiendan visualizar para sanar. Y de tantos otros colores.

Hace poco, fui invitada al lanzamiento de una adorable línea de “guateros” (en bolsitas de semillas) para niños. Tenían una original forma de osos –y nombre también “Calurososos”, si recuerdo bien-, todos en colores pasteles y brillantes. Estábamos comprando uno para Emilia, cuando una mujer joven y muy linda, me dice “te conozco”. Me aclara –para el alivio de mi memoria borderline senil- que me vio o leyó en algún lado, y acto seguido, antes de que yo pudiera agregar nada, dice en tono firme y suave “yo también soy de la tribu”.

Mi marido –parado junto a mí, y escuchando todo- me apretó fuerte el brazo, en gesto amoroso de sostén, porque en verdad me tembló algo fuerte, dentro (como si el alma tuviera rodillas). Si no hubiese estado en un evento público, me largo a llorar no más y de alegría, pura alegría. Porque es tan cierto que las palabras construyen realidades; las hacen girar frente a ojos humanos o de ángeles, y ponen el acento en paisajes nuevos.

Hay un paso delicado y sutil, apenas perceptible o apenas diferente, inclusive, entre “viví lo mismo” y “soy de la tribu”, un desplazamiento majestuoso entre el pasado y el presente, entre el abandono y el sentido de pertenencia, entre la confusión sobre el valor propio y la certidumbre sobre la dignidad de lo que somos, junto a lo que fuimos alguna vez (en el lugar menos elegido de todos), y todo aquello que todavía nos queda por ser y hacer en todas las pequeñas o grandes tribus de la que somos parte… Y de todas esas otras tribus que nos habrán de recibir más adelante (de las madres –quienes no lo han sido-, de las abuelas, de las mujeres de más de 40 o 50 o 70, de las activistas por una y otra causa, en fin) y que nos seguirán encontrando.

Gracias  a las Claudias, Andreas, Fernandas, Catalinas, Nicoles, Alexandras, Patricias, Loretos, Jennys, que han hecho a esta #tribu llenarse de luz. Que seamos nosotras las últimas y más viejas porque, a pesar del amor de este encuentro, nuestro horizonte soñado debe ser el de nuestra absoluta extinción. Que las niñas que vienen, que los niños, sean por favor, parte de otros clanes. Nunca de éste.


Fotograia del título: Ethiopia, Mursi tribe