Quiero compartir este librito precioso que salió en una edición limitada como regalo de 8 de marzo para las niñas, el año 2014, desde el ministerio de la Mujer en últimos días de la gestión de la ministra Loreto Seguel.
A quienes quieran conocer la historia de su gestación y lo que hace seis años años compartimos de su sentido -de promoción de derechos de las niñas, de aliento de sus sueños y talentos, y de prevención de violencias contra ellas- , les invito a leer esta columna que relata los encuentros entre mujeres muy diversas, de avenidas políticas distantes, de generaciones más “viejas” y “jóvenes”, como Omayra Toro y Naomi Estay, alumnas recién egresadas del Liceo 1 y destacadas internacionalmente por su aporte a la ciencia y la ecología (guiadas por su mentora, Roxana Nahuelcura).
Nuestros oficios también eran diferentes, todos necesarios, y desde cada uno dedicamos los tiempos de todo un verano, con intenso entusiasmo (todas trabajando ad honorem, la ilustradora Marianela Frank, diseñadoras, Rocío Brizuela, la propia ministra) junto a nuestras hijas pequeñas que se hicieron parte de la aventura como “críticas” de las historias y sus dibujos. Pablo Simonetti ayudó con el nombre. Marilen Wood, de ediciones B, permitió generosamente que se compartiera material que debía ir para otro libro, antes de su publicación. Todos y todas, de manera amorosa y vital -en frecuencia de niños y niñas que juegan y crean algo juntos-, fuimos parte de un proyecto quizás pequeño pero muy entrañable que me alegra subir en este sitio, y durante este período de cuarentena escolar, donde siempre puede ser bienvenida su lectura en familia. Si se animan, sugiero ir dentro del sitio a la guia de TodosJuntos (para prescolares y básica inicial), pues ahi hay preguntas interesantes para seguir conversando, por ejemplo: ¿quiénes cuidan en esta historia? ¿quién o qué es lo que se cuida?, junto a otras relacionadas con derechos de las niñas, los buenos tratos y el cuidado, los talentos y la creatividad, la diversidad e inclusión, etc.
Los sueños y propósito de las niñas de distintas edades y latitudes, alentadas por al menos una persona adulta -imaginar cómo sería si fueran miles-, logran incidir en cambios para sus vidas, sus comunidades y a veces, un mundo entero. Las historias de “Niñas hoy, mujeres mañana”, siguen escribiéndose tal vez ahora mismo, en las bitácoras de cuarentena de más de alguna pequeña que forja horizontes en su imaginación, esperando verlos dibujados a trazo firme en la realidad de un futuro ojalá muy cercano. Depende de todas y todos nosotros, el aliento inicial se recibe en la niñez, es la etapa más importante para la construcción de cada persona, y necesita del cuidado y acompañamiento incondicional de familias, comunidades, países completos.
Necesitamos recordar que todavía en este milenio -con mil millones de niñas en el mundo- debemos hablar de horrores como el matrimonio infantil y las mutilaciones genitales, o de impedimentos para millones de niñas en el ejercicio de sus derechos de educación, salud y participación. Las víctimas de abusos sexuales y tráfico sexual infantil siguen siendo mayoritariamente niñas. Por supuesto, cada año más, crecen los esfuerzos por erradicar estas realidades, y colectivamente, se han logrado progresos, significativos o más pequeños, pero sostenidos. Quizás, poco a poco, los movimientos de mujeres y por mayo democracia a nivel mundial alumbrarán con mayor fuerza, y se comprometerán realmente con la defensa de las niñas y los niños, que son, lejos, los seres humanos que más necesitan de ciudadanías sensibles y generosas capaces de traer sus necesidades y voces al frente, y cuidar sus vidas como primera prioridad.
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Con mucho cariño aquí compartimos el enlace a pdf para descarga, impresión, y así compartirlo con otras niñas (y niños también, que les debemos su libro). Al final del cuadernillo hay una sección por si las lectoras pequeñas quisieran dejar escritos algun sueño, idea o proyecto (si no saben todavia escribir, sus papás, mamás, y profesores/as pueden darles una mano 🙂
Gracias por leer, y gracias siempre por estar en el cuidado. <3
“Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma, nuestros rencores y nuestro porvenir. Por eso nos parece que son de goma, y que les bastan nuestros cuentos para dormir.” Joan Manuel Serrat
Nunca he terminado de escuchar Esos Locos Bajitos sin bordear ese llanto de “no sé por qué”: alegría, nostalgia, amor y maternidades, la memoria de las hijas o las propias infancias que en nuestros cuerpos adultos, si los imaginamos como Matrioshkas, no serán necesariamente la última muñequita casi irreconocible (un poroto colorido) de la secuencia.
No sería capaz de escuchar a Serrat en estos días. Tampoco sé cómo he sido capaz de hacer lo mínimo. Confinamientos prolongados en la biografía y contrapuntos entre fragilidades y resiliencias –junto a un par de epidemias que me encontraron en los lugares menos indicados estos últimos 15 años- pensé serían un pedazo de suelo razonable desde el cual hacer frente a lo que venía. No sé si lo ha sido.
Fui de las que, al escuchar las primeras noticias sobre coronavirus, alzó orejas de ciervo, algo que confieso me cuesta poco (la hiper/atención es mi copilota). Mi marido se divirtió un poco a costa de mi alarma en febrero, pero pronto se sumó a los esfuerzos de salud: ambos somos grupo de riesgo, y la pequeña siempre, sólo por ser niña. Tres de tres en un solo hogar.
Cada semana transcurrida sin que un estornudo alérgico termine en fiebre y tos o más, ha sido un alivio, pero desgarrador. Es primera vez que lo verbalizo.
He sentido miedo cada vez que mi compañero debió salir a trabajar, y como muchas mamás con las que hablamos seguido, podría repetir en piano, nota por nota, la frecuencia respiratoria de la más chica. He disimulado, también, sentimientos jodidos (viva la bodega, el closet o la ducha donde desahogarse), y he agradecido de estas semanas el acurruque que, frente a la adversidad y lo incierto, puede afirmarnos tanto.
En el silencio de la ciudad, he escuchado más claramente la desafección. Queda en mi aire, lo ennegrece y agita, cada vez de repasar mensajes de las autoridades sanitarias. No necesito descifrar nada: las sanas alertas aprendidas en años, se han encendido con razón. Es tan insoslayable el conflicto de prioridades –y la derrota más frecuente es del cuidado cuando se trata del modelo-, tan inhóspito el trato, que no hay cómo ablandar la realidad. Me anima al menos no dejar de verla, no perderme, ser testigo.
Dibujar todos los días, si es preciso, el límite fiero de nuestro amor frente a quienes tratan de correrlo a punta de miedos y gaslighting para empujarnos a hacer lo que en todo el cuerpo sabemos que no debemos hacer: enviar a hijos e hijas hacia el virus, trasgredir el cuidado, traicionar los afectos. Y hasta la cordura.
La presión constante con los niños, los “regresos graduales, seguros”, etc., al trabajo de antes, a la vida de siempre (o parecida) es agobiadora, e irreal. Gaslighting, nada más. Con los niños, el corazón frío del adultocentrismo. El escaso respeto por sus tiempos, su trayectoria de cachorros.
El tiempo no camina hacia atrás; no está disponible para piruetas extrañas ni estancamientos, y menos para ser cómplice de negligencias de nadie. Tampoco de un gobierno, en ningún lugar del mundo (da para posteo aparte la diferencia entre liderazgos femeninos y masculinas durante esta pandemia).
Entre las incertidumbres que abundan, si una certeza tengo es que con la vida no se juega, y no voy a obedecer instrucciones que arriesguen daños o pérdidas deliberadas de salud y de vidas.
“Cruce la calle con el semáforo en verde, use cinturón de seguridad”, etc., ningún problema. Considere que pronto enviará a su hija junto a miles de niños, profesores, auxiliares, a las escuelas, en pleno peak de una pandemia que se proyecta hasta fines de este 2020: de ninguna manera. No quiero usar palabras más duras que me rondan. Pero las macero.
La protección de la integridad es un principio consagrado para todos, también para los niños. Primero los recursos legales. Luego no sé. Hoy finalmente tres ministros o ex ministros en Brasil se querellaron contra el presidente por negligencia genocida. Me deja pensando.
Por lo pronto tropiezo cada ciertas horas con este NO que ha sido el más rotundo y enfurecido que recuerdo en años, décadas incluso. La activación de la leona interior es decir poco. Son todas las madres del reino animal, los padres también, metidos en este cuerpo ni tan grande pero capaz de volverse estampida de cuidado ético y responsabilidad, cada vez que oye “regreso a….” y otras tonterías irresponsables, o lisa y llanamente criminales.
No puedo olvidar lo que ha registrado la memoria a un mes y algo de cuarentena en Chile. Tampoco los recuerdos recientes del 2019. La palabra mutilación es imborrable y lo será mientras viva. Las ausencias imperdonables, también, mientras viva.
Una siempre espera que, ante una situación desconocida o intimidante, que afecta a un planeta completo y las vidas de todos, podamos levantar la vista buscando a quienes más saben o más experiencia tienen, o más poder de decisión en pos del bien común. Sin ceder razón ni corazón, dejarnos guiar era una necesidad, sigue siendo.
Sin embargo, pese a toda buena disposición, me ha sido casi imposible confiar consistentemente en quienes no hablan con la verdad, y ocultan o ignoran lo que señalan los expertos, o bien lo incorporan de forma intermitente, lenta y confusa en decisiones donde lo que se juega es literalmente la vida o la muerte.
Trauma, oportunidades de cuidado
Qué oportunidad de construcción comunitaria, hasta aquí, tirada por la ventana. La relación cívica en Chile venía lastimada en lo más profundo, y lo que tocaba era -sigue siendo- mitigar desconfianzas para poder cuidar unos con otros, y no continuar reforzando separaciones ni abusos. Tantas tensiones a la sanidad que intentamos salvaguardar desde nuestras preguntas del cuidado humano, muy claras.
¿Cuida a la población, por ejemplo, el ocultamiento de datos en medio de una pandemia? No. Eso basta para desconfiar. Aunque la gestión del Estado hoy o sus resultados mañana, fueran satisfactorios en un número de aspectos –y algunos lo son- o así el ministro de salud fuera nobel de medicina, la falta de transparencia no puede pasarse por alto. Es autodestructivo hacerlo.
Sí puedo confiar todavía en epidemiólogos, profesionales de salud, y algunos organismos nacionales e internacionales que nos guían en base a datos y evidencias. Su constancia vigilante frente a la trayectoria de contagio, su disposición a sumar esfuerzos (aunque hayan debido interrumpirse por razones de consciencia que entiendo plenamente), son un factor tranquilizador y lo agradezco.
Prefiero la inteligencia y emoción bien equilibradas, las ciencias y el amor llevando las riendas, sin descartar a nadie. Lejos de manipulaciones que van siendo cada día más estridentes, y de la frivolidad que ha derivado en que miles de personas sientan -contra toda racionalidad, y justamente porque el momento es traumático- que es posible salir a tomar café, ir al mall o a la peluquería, o a paseos fuera de las ciudades, porque autoridades así lo han habilitado.
Las indolencias que se dejan sentir en el discurso público y las decisiones, u omisiones de la autoridad, nos fragilizan, física y mentalmente. No son un “detalle” para nuestra salud. Quiero tomar un momento para compartir que un sentimiento y un relato que se repite en sobrevivientes de maltrato físico grave y de abuso sexual infantil, es el de dispensabilidad. La vida devaluada en la violación, la golpiza, la humillación: fuera de la órbita del cuidado, llega un punto en que el sufrimiento es tanto, que hasta la muerte querría morir de pena acurrucada a un cachorro humano que siente que “no da más”.
Vidas, no vectores : “Hasta que se trata de nuestros niños”
Lo dispensable nos ha rondado este tiempo, no sólo a sobrevivientes, sino a todos. Necesitamos saber que nadie sobra, de ninguna edad. Que la vida se cuida porque eso es lo único digno y humano de hacer. Dejar de insistir en enfermedades previas o ancianidades para minimizar duelos; cansarse de una buena vez con la referencia a los niños como “vectores” y no como personas, solamente. Personas que pueden enfermar. Morir también.
Los índices de contagio y mortalidad infantiles pueden ser muy bajos, y un 1, 2, o 3% parecen tan invisibles como los propios niños en nuestras sociedades. Pero la CDC señaló muy recientemente que “niños y niñas de TODAS las edades están riesgo de contagio, si bien las complicaciones parecen ser algo más suaves en la población infantil que en la adulta, eso, según los limitados reportes disponibles en China y EEUU”, por cierto, dos países que distan de ser un ejemplo cuando el primero ha ocultado datos al resto de la humanidad, y el segundo ha diseminado información aberrante y arengado a su población a repeler medidas sanitarias a toda costa. De ahí el acto terrorista del pasado jueves 30 de abril en el Capitolio de Michigan. Menos mal nadie salió herido.
Pero pensaba en la policía,protegiendo la sede de gobierno, a los civiles y a la Gobernadora retenidos en el primer piso del edificio, en tanto desde el segundo un grupo delirante apuntaba sus armas al hall central. Oficiales arriesgando sus vidas por esos ciudadanos también -que no quieren ser protegidos-, y por ellos llevando más riesgo toavía a sus hogares, a sus niños. Justamente, el 19 de abril recién pasado, murió la única hija de una policía y un bombero de Michigan, ambos servidores públicos y trabajadores esenciales.
Skylar era una niñita sana y llena de energía. Tenía 4 años al momento del contagio de covid 19 al que siguió una meningitis, la conexión a un ventilador -cumplió 5 años sin saber- y luego de casi un mes hospitalizada, su cuerpo no pudo más.
Su abuela reflexionaba en la partida: “te dicen que los números son bajos”, y casi creemos que es menor el peligro, que no va a tocarnos, “hasta que se trata de tus niños”.
No es la primera muerte infantil por covid 19 ni será la última en EEUU ni en el mundo. En Chile no ha ocurrido ninguna todavía, y ruego que siga siendo así. Los adultos resistimos muchas cosas, pero el límite más delicado y más intenso suelen ser nuestros hijos e hijas. No llegaremos a verlos como “vectores” o vectores bajitos, solamente, cuando vamos entendiendo mejor la magnitud y alcance de la pandemia.
La CDC ha dejado muy en claro que los niños pueden no sólo contagiarse y ser asintomáticos, sino que pueden también sufrir las peores consecuencias. También desde el Reino Unido, el llamado es a no bajar la guardia. La Soc. de Cuidado Pediátrico Intensivo (PICS, en inglés) y el NHS han advertido –y alertado- el incremento de un número pequeño de casos durante ya tres semanas, de niños con covid19 que presentan cuadros inflamatorios multi-sistémicos. ¿Cómo evolucionarán? ¿No merecen máxima atención?
En Chile, mientras tanto, un presidente, ministros de salud, de educación, siguen con la venda en el alma. “Hasta que se trate de nuestros niños”.
Elecciones y acciones urgentes en pos del cuidado y sostén de la vida
Nos hablan desde el futuro, quienes han vivido la peor parte de esta experiencia en otras latitudes. Nos piden cuidar. Los niños son vulnerables por su etapa simplemente; siguen estando expuestos a diversos contagios –coronavirus no es lo único-, y a enfermedades como el sarampión frente al cual la cual podrían no contar con mínimas defensas debido a la alteración de los calendarios de vacunación. También su salud mental sufre con el encierro, con la preocupación por seres queridos y abuelos, con el estrés por la escuela -en la nostalgia por sus compañeros, o la lid con las clases a distancia- o la angustia que perciben de sus padres, y en un entorno que se pregunta o teme por el futuro, mucho más, si el presente se siente a duras penas sostenido.
Tampoco las violencias se detienen en nombre de ninguna calamidad ni virus.
Los abusos sexuales continúan, el consumo de pornografía infantil (en video y streaming con niños que han sido secuestrados o son traficados y explotados por redes siniestras) se ha triplicado en países como Filipinas, Tailandia y Cambodia. No tenemos otros datos, pero números hórridos o no, sabemos de estos horrores y los vivimos aquí también. Tuvo que existir Hualpén para recordar, una vez más, el voto de cuidado y no abandono que continuamente incumplimos como sociedad.
No se trata de alarmar ni ser pesimista. Estamos dotados de razón y pensamiento precisamente para momentos como el que atravesamos, donde de pura ansia de vivir necesitamos también reconocer el peligro y actuar con realismos y sin temor de hacernos preguntas, ni de expresar consensos y disensos respetuosa y asertivamente, cuidando, aun en lo inhóspito, valores comunitarios y democráticos.
Ojalá llegue el momento de no necesitar volver continuamente a visibilizar la grieta donde se nos sueltan de las manos miles de niños y niñas, y los perdemos también. Por eso antes, el círculo de cuidado, todo el tiempo, pandemias o no, que no haga diferencia. Cuidando entre todos (palabras antiguas y entrañables, aunque sean usadas hoy en esloganes vacíos de agencias estatales escasamente activas o éticas en el cuidado).
El cuidado, los apegos, los afectos, los vinculos de respeto, la incondicionalidad, el consuelo, el aliento y apoyos mientras crecen niños y niñas, son factores de salud, de resiliencia, y necesitan de cultivo, tiempo, desprendimientos, la atención continua de los adultos cercanos y de la comunidad.
Confundimos tal vez resiliencias, con resistencias al maltrato y a cualquier adversidad. Niños y niñas son dúctiles, vitales, quieren jugar, seguir adelante, y puede hasta parecer que son de goma como canta Serrat. Pero no lo son. Considerarlos sólo como transmisores o vectores de covid19, lentamente los deshumaniza y permite que se haga más fácil descuidarlos durante la pandemia. Las tasas de covid 19 y mortalidad en la infancia pueden ser bajas, pero por favor, no lleguemos ni por un segundo a verlas como insignificantes. No esperemos a comprender la magnitud de esta pandemia, la responsabilidad irrecusable de los Estados -o la negligencia criminal de algunos, rasante en lo eugenésico-, ni sigamos perdiendo tiempo precioso para responder con la urgencia de cuidado que necesitamos fortalecer, “hasta que se trate de nuestros niños”.
En la actual pandemia, con períodos de cuarentena en distintos países, la preocupación por la situación de víctimas que debido al confinamiento, están hoy mucho más vulnerables a sufrir abuso sexual infantil (ASI) encendió las alarmas prontamente.
Los incrementos mayores de ASI, en la pandemia, se han registrado en los hogares de las víctimas –donde ocurre la inmensa mayoría de estos delitos-, en sistemas de protección, y a través de internet.
Chile, covid 19 y abuso
En Chile, la emergencia nos encontró muy poco, o nada preparados. La cuarentena escolar se anunció el último domingo de marzo y al día siguiente niños y niñas estudiantes ya no fueron más a la escuela, no salieron a jugar, no acompañaron a nadie al almacén.
La ausencia de los niños se ha dejado sentir en muchos lugares del país, mucho más que la de los adultos. Nosotros contamos con salvoconductos para salir a la calle por períodos de 4 horas por necesidades impostergables (atenciones de salud, compra de medicamentos en farmacias, abastecimiento), y estos períodos en el exterior ya han permitido en otros países, por ejemplo, que algunas víctimas de VIF, asimismo confinadas junto a sus agresores –e impedidas de usar el teléfono-, pidan auxilio en sus salidas. Un aprendizaje desolador, necesario, que nos orienta, y ya Chile ha iniciado la campaña #Mascarilla19, palabra clave para activar el protocolo de denuncia y apoyo, cuando las víctimas de VIF la usen en las farmacias.
Los niños y niñas no van a la farmacia.
El anuncio de la cuarentena escolar, a muchos nos detuvo el corazón. Sabemos que, para una mayoría de las víctimas de abuso sexual infantil e incesto, es fuera de los confines de sus familias y hogares donde encuentran refugio y regazo emocional. Muchas/os sobrevivientes no habríamos llegado a adultos de no ser por el afecto y aliento de nuestros educadores, inclusive sin conocer nuestras historias. Pero si hubiese sido posible develar, muy probablemente habría sido junto a ellos.
En Chile, los números hablan alto y claro: unos 50 (basado en denuncias) a 75 (cifra negra estimada) niños, niñas y adolescentes son vulnerados cada día. A lo menos, segun datos de Ministerio Público, un niño o niña cada 30 minutos y fracción. En cuarentena estos abusos sexuales no quedan congelados. Es más: podrían aumentar dramáticamente.
Si lo inescapable marca a fuego la experiencia del ASI, con mayor razón en condiciones de confinamiento mandatario, con estresores como la incertidumbre, temor (presente y futuro), junto al aumento del consumo de alcohol que es un detonante mayor de violencias físicas, psicológicas, y sexuales contra los niños. Con toda esta información a la mano, podríamos habernos preparado mejor. Todavía podríamos.
De otros países, hemos conocido información relevante en relación a cómo se está expresando la denuncia del ASI durante cuarentenas. Por ejemplo, en EEUU, en Texas y Pennsylvania, durante el primer mes, éstas se redujeron drásticamente en un 50%, no porque hubiera menos casos, sino porque los niños y niñas estaban en casa y los adultos que habitualmente realizan la denuncia –profesores, personal de salud, etc.- no tenían mayor interacción con ellos.
Por otro lado, desde RAINN (Rape, Abuse and Incest National Network, USA) se compartía que, por primera vez desde su fundación, entre marzo-abril de 2020, más de la mitad de los llamados de S.O.S. fueron realizados directamente por niños y niñas en cuarentena. Un 79% de las víctimas denunció abusos cometidos por un adulto viviendo con ellas en su hogar, y un 67% identificó a un familiar directo, sanguíneo (padres, abuelos, tíos, hermanos, primos) como responsable de las agresiones. Incesto. Posiblemente la clase de ASI más compleja de conversar, más resistida. El espejo más desfigurado a enfrentar.
En el discurso público es ensordecedora la ausencia de diálogos significativos y no-revictimizantes en relación al incesto. Hemos escuchado a lo largo de los años a personalidades destacadas, en ciencias inclusive, descalificando a las víctimas o banalizando la problemática. Peor es el endoso o justificación velada y no tanto al incesto -emocional, físico- que se desliza en diálogos supuestamente intelectuales (entrevistas, conferencias, hasta libros) que quizás por presentarse así, son recibidos sin mayor cuestionamiento ni objeción. Otro riesgo del gaslighting que nos asuela. Pero existen algunos espacios colectivos seguros donde sostener conversaciones significativas. Y necesitamos más, muchos más.
De lo que sí tendemos a hablar y encontramos en los medios frecuentes referencias y condenas, es sobre delitos sexuales extrafamiliares: la pedofilia, noticias durante décadas sobre abusos crónicos de la Iglesia, sistemas de protección, el deporte, las más diversas instituciones expuestas en sus violaciones a la infancia, el abuso sexual y los predadores que habitan la internet.
Internet: mayores riesgos de abuso sexual para infancias y adolescencias
La internet ha estado presente, hoy más que nunca: en el desafío de la educación (y las fascinantes oportunidades que ha abierto la web), de la conectividad como derecho humano de todo niño y niña –una prioridad, hemos aprendido en esta crisis-, junto al potencial de daño asociado al mundo digital. Fake news, manipulación de consciencias, cyberbullying, acoso sexual, producción, distribución y difusión de pornografía infantil, tráfico de niñas y niños, abusos sexuales y explotación comercial infantil, todo vía internet.
En 1998, hubo más de 3,000 reportes de imágenes de abuso sexual infantil en internet que al 2008, habían superado los 100,000.
En 2014, los reportes superan el millón por primera vez.
En 2018 hubo 18 millones de reportes que incluían más de 45 millones de imágenes y vídeos marcados (tags) como abuso sexual infantil (datos compartidos por el National Center for Missing and Exploited Children, EEUU).
Un 9% de niños, niñas y adolescentes entre los 10 y 17 años reciben requerimientos sexuales en internet (algunos incluyen proposiciones de encuentros en persona), y al menos un 23% es interrumpido por pornografía mientras navegan la web (Darkness to Light Foundation).
La IWF (Internet WorldFoundation), reportó en 2017 que cada 7 minutos se difundían en internet imágenes y/o videos (a veces transmisión en vivo) de niños y niñas siendo abusados sexualmente. En dos años, al 2019: cada 1 minuto y fracción.
La internet oscura tiene sitios de pornografia infantil con millones de seguidores y algunos exigen membrecías anuales (con pagos adicionales por acceso a contenidos específicos, o especiales). Los buscadores de internet como google, o RRSS tienen el deber de reportar si encuentran imágenes, videos o enlaces peligrosos, pero no están obligados a buscar o realizar esfuerzos activos por detectar contenidos que salvarían a más de un niño.
La situación se agrava a tal velocidad que ni legislaciones, ni esfuerzos de las policías ni agencias de inteligencia dan abasto.
En la investigación del NYTimes, un agente de Seguridad Nacional –la agencia que se ocupa de todo tipo de amenazas, incluido el terrorismo- señala que hoy en día uno de cada diez agentes ha sido asignado a investigar exclusivamente, tiempo completo, casos de abusos/explotación infantil, pero incluso con más apoyos, “seguimos siendo aplastados”. Se necesitan muchas más manos, energías, más recursos.
Esta verdadera plaga de horrores excede nuestras capacidades, pero aunque erradicarla prezca casi imposible, mientras más colaboraciones se establezcan entre Estados, compañías de tecnología y telecomunicaciones, policías y agencias de inteligencia (sí, suena terrible pero se necesita su involucramiento en esto), y organizaciones de la sociedad civil que están recibiendo denuncias, se pueden lograr resultados como, por ejemplo, la eliminación de un cuarto de millón de imágenes (dato de IWF) de niños y niñas. Puede parecer diminuto triunfo, pero son vidas que llevarán un poco menos de carga, de terror, un poco menos de inseguridad, sólo un poco, pero importa. Claro que importa.
Volver a pedirnos, unos a los otros, no sólo atención y disposición a denunciar, sino algo tan accesible, tan simple, como evitar subir imágenes de nuestros hijos, hijas, estudiantes (y si se comparten, cubrir los rostros, cuidar de que no puedan ser identificados lugares de residencia o escuelas de los niños/as y adolescentes, no compartir nombres, edades, etc.).
Las precauciones no son excesivas y organismos expertos insisten en que se requiere una actitud todavía más responsable, adulta y realista en asumir estas realidades para amplificar los esfuerzos por transformarlas a favor del cuidado, y la resistencia contumaz a los abusos sexuales infantiles vía universo digital.
En el contexto actual, países como Filipinas, Tailandia, Cambodia, han denunciado un aumento de la demanda de streaming y/o videos de ASI que exhiban “mayor acción, mayor violencia” (torturas), debido a reclamos de usuarios “por aburrimiento y desgaste de contenidos antiguos o repetidos”. Solo en Filipinas se calcula que la distribución y consumo de pornografía infantil se ha triplicado en 3 meses de pandemia por covid 19.
Estando en Chile, todo parece lejano, pero también somos parte del cauce que permite que imágenes y videos de niños y niñas llegue a manos de abusadores y sus redes. Perdón la dureza, pero vamos contra el tiempo hace mucho ya, y una mayor agilidad y atención, una mayor madurez -individual y social- son urgentes. Mil veces por favor.
En la actualidad, sería irresponsable omitir que mucho del material compartido en internet provisto por las propias familias, no se limita a las miles y miles de imágenes de sus hijos que padres suben a la web y pederastas acopian en archivos personales (“candid shots”). Existen familias que abusan y explotan sexualmente a sus niños, y comercializan filmaciones de estos abusos.
De acuerdo a datos de Darkness to Light Foundation (EEUU), alrededor de un 75% de las víctimas de pornografía infantil viven en su casa al momento de ser retratadas/filmadas por sus padres y madres, o por terceros que cuentan con autorización parental. También estas vulneraciones se denuncian en residencias de los sistemas de protección infantil y en “hogares de acogida” (foster homes, foster families, que reciben a niños para cuidado transitorio, con apoyo económico estatal).
Existen ya miles de sobrevivientes que han alcanzado la adultez, sumando a las secuelas del trauma sexual de la infancia, la angustia constante de saber que las atrocidades que sufrieron y fueron capturadas en fotografías y filmaciones, aún circulan en el universo digital. He compartido camino, a lo largo de mis años, con mujeres que de niñas fueron filmadas en formato Betamax, luego VHS, cintas jamás recuperadas.
Con la irrupción de internet y luego de los smartphones -5 billones de usuarios, más que personas con acceso a agua potable- es casi imposible dimensionar el alcance digital de crímenes sexuales contra niños que representan “ una parte en realidad muy pequeña, si bien significativa, del problema mayor”. Sigue siendo el abuso sexual intrafamiliar -y entre sus números sombríos, 30 a 40% es entre menores de edad de una familia- , en mundos cercanos y de confianza de los niños y niñas, el de mayor prevalencia.
Desafíos y necesidades
Necesitamos una tregua, un claro de luz imperdonable, algún lugar desde dónde poder hablar de cómo el respeto, cómo el cuidado puede mutar y malversarse en abuso de poder, abuso de poder sexual, estallido de vidas y cuerpos pequeños, su tejido perforado por cuerpos adultos, la propia sangre muda, inconmovible, totalmente desencajada, ¿qué lugar es éste, estos cuerpos, este hogar, y el afecto por qué araña, y rompe, no tenía que ser de otro modo, sin gritos ni llantos callados, otra blandura, otra risa como de plaza y pajarito?, cómo puede ser, cómo llegamos ahí, cómo desacatamos esa orfandad que termina siendo mucho más derrumbe y más ruinas que sólo para sus victimas y victimarios. Levantamos ciudades y países sobre esa destrucción, cavamos un poquito de tierra, y ahí estan las fosas de generaciones y generaciones. Otros seguimos vivos y no queremos que los cachorros deban caminar sobre deshechos, desdichas. Es otro deseo para ellos. Vital, infinita y apasionadamente vital
La pandemia por covid 19 ha expuesto no sólo la urgencia de actualizar la educación de este milenio, sino también el abordaje de estrategias formativas y de prevención-denuncia-intervención y reparación de violencias contra niñas y niños, particularmente las violencias sexuales.
Pasar de un día para otro del aula física al aula virtual, durante la crisis por corona virus, ha sido un enorme desafío para cuerpos docentes, familias y estudiantes. Sin embargo, este tránsito, según he podido constatar en estas semanas, no ha sido mayormente acompañado por la necesaria orientación sobre qué hacer si una víctima de ASI pide SOS (Save Our Souls) a los profesores en el chat privado o por whatsapp, durante clases a distancia.
¿Usaremos los mismos protocolos de siempre, o se ha pensado o explicitado alguna variación adecuada a este contexto? Carabineros de Chile continúa con sus números 147 (para llamadas de niños y niñas) y 149 (fono familia), y existen otras líneas de ayuda, pero es urgente pensar en una mayor variedad de formas de denuncia, entendiendo que es difícil e improbable que las víctimas, aun con acceso a telefonía móvil, lleguen a marcar un número antes de ser sorprendidas por sus abusadores, quizás con qué consecuencias para esas niñas y niños.
Por otro lado, actores fundamentales como deberían ser los medios de comunicación, sobre todo la televisión, tampoco han asumido un rol como sería esperable (pensemos solamente cuánto demoró la adhesión de los canales a la urgencia de contar con una TV educativa). No se trata de saturar la conversación en torno a abuso sexual infantil en clave sórdida o morbosa como suele darse en algunos matinales. Tampoco sirve y menos perdura, el interés súbito en estas tragedias para valerse de ellas como argumento de regreso apresurado a trabajos y escuelas (en pos de la economía, el consumo, y consumismo también) en pleno peak del virus, cuando durante años no se han desplegado mayores agencias en la tarea de prevención y educación comunitaria.
Lo que sí necesitamos de los medios, y en todo ámbito, son conversaciones articuladas, serenas, qu.e se valgan de evidencias disponibles para compartir conocimientos y favorecer un aprendizaje colectivo que nos permita sostener el cuidado, el auxilio, la denuncia, y la prevención del ASI en toda época, y hoy, durante esta pandemia. Un pequeño subtítulo o anuncio en una esquina de la pantalla con números telefónicos de denuncia, o un mensaje favorable al cuidado de la niñez, los buenos tratos, la no-violencia, ya sería un aporte. Algo así de sencillo, podría hasta salvar una vida.
Son tiempos de incertidumbre en muchos sentidos, de sentirnos frágiles. Quizás una oportunidad de este ciclo sea cultivar otros corajes y resistencias amorosas. Por ejemplo contra el abuso infantil. “No tengas miedo” (su vínculo entrañable con Agua Fresca en los Espejos) es el film del director español Montxo Armendariz sobre la tragedia del incesto. Es más un llamado, un pedido amable, que una conminación. No tengas miedo. Una invocación a decir, con la confianza de que alguien escuchará del otro lado. Una persona, o una sociedad completa.
No tengamos miedo de hablar, ahora que lo necesitamos más que nunca. Si sentimos temor, tratemos de todos modos. Llevemos el miedo en nuestros brazos, ayudémosle a respirar, mientras nosotros tratamos de sacar algo de voz.
Hablar con otro u otros de tema horribles nos cuesta, claro que sí. Podemos sentir temor a no ser escuchados, no ser acogidos, o ser juzgados de distintas maneras. No es un lugar cómodo, pero si pensamos en el servicio que puede prestar una palabra o un diálogo con vecinos o familiares acerca del abuso sexual infantil, en la semilla de consciencia o de cambio de actitud, o en que, de alguna forma, incluso un niño o una niña, así fuera sólo uno, vea su sufrimiento interrumpido, quizás el temor pasa a segundo o último plano, y la próxima vez nuestra voz tendrá un poco más de aplomo, y otro poco cada vez, hasta casi olvidar que alguna vez el silencio pudo parecernos más albergue que el cuidado.
Desde el conocimiento científico, el cuidado ético, se pueden tener presentes algunas consideraciones y énfasis -conexión y vínculos humanos, flexibilidad, predictibilidad, aliento/empoderamiento, entre otras- , o prácticas sensibles al trauma NNA, tanto en el aula real como virtual.
Durante esta pandemia, la mayoría de los niños y niñas está teniendo clases a distancia, y en su planificación e implementación pueden sumarse estas prácticas, sin mayor dificultad ni agregando carga a docentes ni familias, (no es la idea, nos tenemos que cuidar). Aquí compartimos algunas:
Partimos de dos hechos imprescindibles de recordar:
la pandemia es ya una situación anómala, de interrupción, con eventos abrumadores que pueden provocar estrés, temor, mucha incertidumbre. Entre las circunstancias o eventos que provocan trauma colectivo, están las pandemias.
el factor de desigualdad que afecta a nuestro sistema educacional, se replica en la educación a distancia de diversas formas: acceso a tecnologías y conectividad (más de la mitad de los hogares en Chile no tiene internet, por ejemplo), posibilidad de apoyo adulto en actividades que lo requieran (estudiantes sin sus familias, o familias en momento de mucha fragilidad, precariedad contagios, o padres y madres que trabajan en funciones críticas y no pueden teletrabajar, y aun a aquellos con teletrabajo puede serles difícil apoyar las tele-clases), disponibilidad de tiempo de los propios niños, niñas y adolescentes que en muchos casos están apoyando en el cuidado de hermanos menores o integrantes de la familia enfermos en casa, entre otros.
El covid19 ha generado temor y ansiedad, y sabemos que las pandemias son consideradas como situaciones traumatizantes tanto en lo individual como en lo colectivo. Sin embargo, no podemos asumir de antemano lo que un niño, niña y adolescente (NNA) experimente o no como trauma en una situación determinada. Eltrauma es la respuesta, no la circunstancia, y cada niño, niña y adolescente responde en función de sus características, historias, contexto, apoyos disponibles, estado de salud previo, etc.
Cuidar la continuidad en lo posible, de rutinas y la educación, incluido el aprendizaje social-emocional, puede ayudar a los estudiantes durante este período, pero este criterio necesita complementarse con la consideración de factores de estrés y trauma que afectan a la población infantil y juvenil, a incluirse en la planeación de actividades escolares durante este tiempo. No estar en la escuela tiene distintas significaciones para diversos niños y niñas.
Incluir el trauma como un lente que ayuda a cuidar/educar, es recordar, por ejemplo, que hay niños y niñas para quienes no ir a la escuela puede ser un alivio o un descanso de sufrimientos ligados a experiencias como bullying, acoso (de pares y/o adultos también), sentimientos de soledad, dificultades de aprendizaje, problemas de rendimiento, fobia escolar, entre otros.
Por otro lado, el lente del trauma para cuidar/educar, nos recuerda que para un número de niños y niñas, no ir a la escuela se vive como un estrés y un dolor por la pérdida de un espacio de refugio o pausa en vivencias traumáticas como abusos intrafamiliares -incesto, abuso sexual, físico, psicológico-, violencia intrafamiliar (VIF), entre otros.
De entre las vivencias compartidas en general, por una mayoría de estudiantes y desde los primeros días de confinamiento: la nostalgia de compañeros y profesores. Se habla de conservar el contacto con familiares y amigos, pero también la conexión humana con maestras/os es vital de mantener en el distanciamiento, y una tele-clase por sí sola, no cubre la necesidad de esa conexión. Una conversación al inicio de una sesión, sobre cómo están, cómo van, etc; tener espacio para no sólo cubrir contenidos, también para reir, para enviarse dibujos, o memes, nutrir otra linea de comunicación que es afectiva.
Si no vemos a los estudiantes a diario, una breve línea y emoji al comienzo/fin de un ejercicio puede significar mucho: “los echo de menos, los recuerdo, ¿cómo han estado?, etc.” no es sentimentalismo ni está fuera de lugar. El afecto, las muestras de aprecio, las “gracias”, el gesto de cuidado, hacen bien, e inciden además en la reducción de sentimientos de soledad e indefensión, pudiendo ayudar a muchos NNA.
Los afectos, los lazos, la solidaridad, la expresión de gratitudes, contienen emocionalmente y fortalecen resiliencias. Las actividades escolares pueden ayudar a mantener relación de NNA -y sentimientos de pertenencia- con sus pares, sus familias (por ejemplo escritura de cartas, dibujos, etc.), la tierra (la vida…aww). A veces más que “trabajos” y proyectos, una bitácora con reflexiones del día puede ser la más útil actividad.
Trauma o no -y peor si ya existen experiencias previas o estrés postraumático-, los niños y niñas perciben el elemento impredecible de este tiempo. Junto a la conexión humana, lo predecible ayuda: subir información siempre a la misma hora, si es teleclases tener al inicio un rato para respirar , leer en voz alta uno o más niños (o cantar), contar con pequeños breaks (mejores que uno o dos largos), escuchar música unos segundos incluso en medio de la clase, para permitir un respiro a la atención.
La pérdida de control, lo “inescapable” como sensación, son algunos elementos de la experiencia traumática (abuso sexual infantil, ASI) y de su memoria también. Actividades escolares rígidas -abrumadoras en cantidad- más confinamiento actual, podrían ser gatilladores de relapso traumático, crisis de angustia-pánico, hiperalerta, funcionamiento en modo-supervivencia.
La rigidez y sobrecarga, para NNA víctimas de trauma causará más sufrimiento, mientras en la población infantil en general, pueden aumentar sensación de indefensión, agobio, estar “a merced de”, e impactar negativamente cómo experimentan y navegan este ciclo, y cómo quedará registrado en la memoria (siendo una limitación hacia adelante, vs un aprendizaje resiliente). La flexibilidad es clave.
Un pedido especial pensando en NNA víctimas de ASI (y nunca olvidemos a los sobrevivivientes adultos), la erosión -o desarrollo interrumpido- de bases para el consentimiento, hace aún más necesario y valioso que las actividades escolares atiendan a la inclusión de pequeñas elecciones -“puede ser para hoy o después, mañana”; actividad A o B, etc, e instancias de expresión de preferencias (qué te gusta más de esta materia, obra de arte, ¿3 grupos de musica favoritos?, u otros Top3 breves sencillos de hacer, etc).
Esto es tan importante como no pueden imaginar. Tanto que hasta para convenir horas en consulta con sobrevivientes, no corre sólo la pregunta de si tienen algún horario más conveniente, sino que aun teniendo pocas alternativas, una se vale de cualquier margen para favorecer el ejercicio de elecciones que son reparadoras: ¿prefieres a las 10 o 10.15? no es igual a decir “tengo la hora de las …. o las ….”, o ¿puedes a las …? El verbo PREFERIR es el elemento que marca la diferencia.
Toda materia, toda unidad, permite margenes de elección u oportunidades para que NNA expresen preferencias -sin alterar el programa- por ejemplo bajo la forma de preguntas en esta línea: ¿si pudieras conocer a un cientifico/escritor/pintor, a quién preferirías (proponer alternativas y por qué fueron importantes)?, ¿si te pidieran elegir un color/estilo para pintar la ciudad/escuela/sala,etc, cuál preferirías?, ¿pensando en el libro/la etapa histórica, a qué personaje preferirías como amigo, a cuál no?, etc. Este tipo de preguntas son muy relevantes pensando en NNA que han sido víctimas ASI, pero también lo son en cualquier marco de educación que valoriza la formación para la libertad, el consentimiento y la responsabilidad, partiendo desde muy pequeños
LO CORPORAL ES FUNDAMENTAL: el cuerpo necesita estar presente todos los dias ojalá, para todo NNA, pero con mayor razón pensando en víctimas de abuso infantil (que aunque no sepamos, están en nuestras aulas) que han vivido su cuerpo como ajeno, vulnerable. Además de las actividades de ejercicio que se recomiendan para niños en casa, o las que se puedan realizar como parte de sesiones de educación física en clases online, pueden incluirse otras muy simples y breves.
El estrés y la angustia de niños que viven abusos -o el cansancio solamente de estar mucho rato sentados al computador- pueden beneficiarse de pequeñas pausas para estirar los brazos, pararse, saltar, zapatear en el suelo de donde esten, bailar un pedacito de canción (estudiantes y profesor/a, o solo estudiantes), etc.
Importante cifra a tener presente: 6/7 víctimas aproximadamente, no devela en la niñez el ASI vivido (y en Chile lo sufren entre 50 a 75 victimas cada dia). Ojalá tele-clases contemplen protocolos por si se dan develaciones y pedidos auxilio de niñxs a profes. Asimismo, para continuar educando y fortaleciendo la prevención y la posibilidad de detección temprana y develación, ayudaría mucho que no sólo asignaturas como ciencias naturales/biología, sino toda asignatura, incluya puntos, temas, diálogos en torno a la prevención de violencias, la promoción de buenos tratos, cuidado, etc.
Asimismo, es recomendable compartir memes y recursos gráficos sobre prevención de abusos en clases, mails y/o en plataformas online -donde niños y familias las verán, incluidos adultos que abusan y sabrán que hay una comunidad atenta-, junto a teléfonos de ayuda.
Más que nunca insistir y repasar con NNA medidas de autocuidado online, y recordar que en aulas virtuales corren iguales premisas que en el aula física, en relación a fotografías de estudiantes (evitar o si son necesarias, debe ser con autorización apoderados, cubiertos rostros, etc), no compartir sus trabajos sin permiso, etc.
La educación sensible al trauma es recordar también que estímulos neutrales, como un mail genérico o instrucciones para la guía equis, se pueden sentir como negativos para víctimas de abuso (¿se habrá enojado la profesora, qué hice mal?). Profesores/as son figuras muy significativas en el cuidado, si es posible, ojalá personalizar mensajes (nombre NNA) o bien agregar, como ya decía, un emoji o frase breve amable.
Empoderar, alentar, es parte del cuidado: la pregunta acerca de qué cuida más, qué sirve más ahora, ¿cómo animar a NNA a pensar, expresar, seguir curiosos (creatividad, solución de problemas, etc)? es más necesaria y útil que nunca en este tiempo de clases a distancia. Las nuevas generaciones tienen preocupaciones, sueños -también niñxs víctimas de trauma- donde el aliento de sus profesores/as es determinante y deja huella.
Para NNA, más si ya viven situaciones traumáticas, la angustia de los adultos -en sus actos y sus dichos- en relación a distintos aspectos de la vida distinta de este tiempo (desempeño autoridades, gestión sanitaria, realidad mundial, etc), es percibida por niños y niñas, y resulta contagiosa. Pero también la calma es contagiosa, las palabras en clave de cuidado: “ahora la salud es primero, ya sortearemos qué pasa con año escolar”.
Durante esta pandemia, las y los docentes han concurrido por sus estudiantes, de un dia para otro asumieron clases a distancia, plataformas nuevas, haciendo lo mejor por enseñar a sus alumnos y alumnas, junto al cuidado y preocupación por sus propias familias (y muchos profesores tienen además hijos/as que estudian), y papás y mamás tratamos de ir a la par, haciendo nuestro mejor esfuerzo. No sabemos qué decidirá autoridad educativa, pero lo principal es el cuidado y la salud de los niños y niñas.
Antes de terminar, a modo de resumen, Educar/Cuidar durante esta pandemia es una invitación a recordar continuamente diversidad de niños y niñas y de sus realidades, necesidades, condiciones de acceso (a tecnología/internet/tv educativa, etc, que pueden ser muy desiguales), junto a experiencias traumáticas que pueden ser previas (ASI, VIF, cyberbullying) y que no necesariamente se interrumpen en contexto de pandemia, sino que aumentan.
La fragilidad del momento podría sumar otros eventos de estrés, violencia o trauma relacionados a contextos familiares o sociales en que viven NNA durante esta pandemia en curso. Chile ni siquiera ha atravesado el período de peak en contagios, y falta tiempo para conocer qué efectos ha tenido la actual cuarentena educativa que podría prolongarse (información sobre regresos a clases todavía es muy volátil y no definitiva).
Por último, GRACIAS TOTALES al magisterio en Chile. Las/los docentes desde el jardín infantil y hasta la enseñanza media (también la educación superior) ejercen tremenda labor, y muchos son grandes aliados -doy fe- en el apoyo a niñas, niños y adolescentes víctimas de trauma (ASI, VIF, bullying, etc). Pero nuestro sistema educacional no ha incluido, no todavía, un enfoque y prácticas sensibles al trauma de manera universal; sólo algunos establecimientos y docentes por cuenta propia, los han ido incorporando. Quizás esta crisis nos ayuda por fin a avanzar en este sentido.
Comparto este recurso luego de muchas dudas y mucha espera, para no abrumar, y respetar el tiempo de asimilar esto nuevo y difícil que nos toca vivir como humanidad.
Como todos, he sido testigo y receptora del alud de información, primero sanitaria, indispensable, para la prevención del contagio por coronavirus, y luego, un constante flujo de tips, recursos y actividades para sobrellevar períodos de confinamiento que nos está tocando enfrentar de distintas maneras, compartiendo un hilo común en la preocupación por el cuidado
Hay una minoría de personas -por distintos motivos: tipo de actividad, condiciones contractuales, etc- que pueden quedarse efectivamente en sus hogares. Otras no pueden hacerlo y entre ellas están quienes trabajan en salud, funciones críticas, fuerzas armadas, etc. Para los NNA que son hijos e hijas, nietos, sobrinos, de adultos que salen a cuidar a la comunidad, “allá afuera” -trabajadores municipales, de la salud, transporte, científicos, bomberos, carabineros, docentes, incluso autoridades, entre otros-, la pandemia se vive distinta desde la preocupación por sus seres queridos y ayuda mucho que puedan sentir o ser testigos de expresiones colectivas de aprecio y gratitud por esa entrega.
La gratitud es fuente de resiliencia. Los niños y niñas en general se benefician -y aprenden- viendo nuestros actos de gratitud, y esos actos pueden ir dedicados a ellos también, en cada hogar, cada espacio. Ojalá las autoridades, asimismo, destinaran tiempo para enviar mensajes de aprecio a los niños y niñas, y/o para recibir sus preguntas y sugerencias (han salido ideas muy buenas durante el confinamiento). En algunas instancias -desde la defensoria de la niñez, colegio médico- se ha dado este ejercicio del cuidado. Se necesitan MAS. 🙂
Desde las familias, papás, mamás o terceros al cuidado de los niños, estamos tratando de hacer lo mejor que podemos para responder al desafío de estos días. A las necesidades de cuidado habituales, se ha sumado apoyar sesiones de clases a distancia (con todo lo que eso ha implicado en presiones para docentes, niños y familias, considerando además, las desigualdades que también aquí nos alcanzan), contener, animar, ayudar al reemplazo de juegos que antes eran con amigos y en el exterior por otras actividades. Se sugieren muchas “para aprovechar”, he leído, “la oportunidad de recreación y de hacer cosas nuevas” en el confinamiento. Una invitación que puede volverse, a veces, hasta una presión.
El cerebro humano suele inclinarse a actividades que recompensan; si podemos hacer cosas interesantes y entretenidas durante este período, qué bien que existan recursos en cantidades para ello. O sólo darle tiempo a lo más simple, lo más significativo, lazos y afectos, interacciones -en el hogar, por telefono, y otras formas- con familias y amigos. Y podríamos hacer nada también, dejar entrar la pausa, mirar por la ventana, o dejarnos estar aburridos o “chatos”, que también tiene su sentido, sirve, acaso más en sociedades donde el tiempo siempre parece “faltar” cuando en realidad sólo está desbordado -y cansado- intentando hacer caber más de lo que el cuerpo de sus minutos, horas y días, puede contener.
Es un derecho del cuidado, un signo de amor y autogobierno como familia el poder respetar nuestros ritmos y límites frente a agobios de antes y otros nuevos; tratar de protegernos de sentimientos de culpa y reproche que sólo nos minan. Aceptar que algunas cosas podemos hacerlas y otras no, en un período donde no se interrumpen responsabilidades y exigencias de provisión y protección para sostener nuestras vidas y de nuestros seres queridos y comunidades, al tiempo que nos constantamos vulnerables y la pandemia hace surgir miedos muy humanos y diversas preocupaciones -que nos consumen mucha energía también- en función de lo que va ocurriendo con el contagio, la intensificación de esfuerzos para “aplanar la curva”, y lo que se avizora para el tiempo que siga, de recuperación, de replanteamientos.
Chile venía desde octubre de 2019 viviendo un estallido social y un trauma país con pedidos vitales, con duelos de DDHH, con necesidades de transformación y también de reparación, ineludible, de un tejido que es nuestro, pero que es parte de una urdimbre mayo, con la humanidad que hoy enfrenta la pandemia, en todo lugar, con la incertidumbre que también es compartida, sobre cómo se escribe este 2020, el porvenir.
El futuro no es sólo el que imaginamos desde nuestros lentes más angustiados o entusiastas (mirando desde el dolor del planeta hasta la posibilidad de autos voladores y casas idem). Es también la relación con un virus (el actual u otros, siempre han estado en nuestra historia), que nos recuerda que no somos invencibles y que necesitamos y nos fortalecemos en relaciones vitales: con otros humanos, nuestra comunidad, todos los seres vivos.
Interdepedencias y fragilidades, así como necesidades humanas, y resiliencias y colaboraciones, se ven más nítidas junto a cielos, mares, valles, calles en distintas latitudes donde nuestra ausencia ha permitido a la tierra una pausa. Claro de luz, aun en medio de los duelos que junto a los actos de amor y de cuidado, necesitamos honrar también.
Un pedido especial que me gustaría hacer es a la prudencia en la información que sitúa a adultos mayores o personas con enfermedades previas como los más vulnerables o con posibilidad de morir. Todas las personas de todas las edades podrían afectarse con el virus y todos tenemos que cuidarnos. Apena escuchar a autoridades o inclusive médicos apelar a la tranquilidad social señalando que el virus sobre todo es peligroso para los mayores de 80 años. Una cosa es plantear un hecho que ha sido observable, y otra usarlo a modo de paracetamol social. Ese tipo de discurso, que han escuchado fuerte y claro demasiados niños y adolescentes, ha sido generador de mucha angustia (y ha producido descuidos en poblaciones más jóvenes, al sentirse menos expuestas al peligro).
Por cierto, la muerte es siempre una posibilidad, poco hablamos de ella, pero también la salud y la resiliencia lo son y hemos visto a personas de muy distintas edades -y hasta mayores de 90- recuperarse. La conversación principal con los más pequeños no es quiénes morirán o cómo “nos están matando (aludiendo a lideres corruptos, o fuerzas oscuras tras las pandemia)”, sino sobre la vida,
Desde nuestras ventanas no deja de emocionar ver la llegada de la primavera en el norte, o del otoño en el sur, junto a todos los animales que han salido a explorar, en el sosiego de nuestros poblados. Podemos seguir hablando, insistentemente, de la vida. Sin “dorar la píldora”, sin negar la realidad. Vuelvo a lo que E. Fromm decía al terminar la IIGM -y no me imagino lo que puede haber sido asimilar un holocausto que ni siquiera terminaba de revelarse en toda su atrocidad-, que las nuevas generaciones necesitan adultos acompañantes, sobre todo contagiosos del amor de vivir. No adultos maníacos, no hiperventilados ni hiperkinéticos, tampoco románticos, esotéricos, o haciendo de todo una oda o un tratado filosófico. Sólo instalados, un día a la vez, en las ganas o el aprecio por el vivir, la vida en sus distintas manifestaciones (y son tantas menos mal, de las que podemos valernos para poner atención en ella). Me ha llamado la atención escuchar de algunas mamás y papás que viven en departamentos sin patios ni mucha vegetación cercana a la vista, que sus hijos pequeños han pedido “traer más plantitas cuando esto termine”. Mientras tanto, si no hay tierra o una maceta, han recurrido al experimento del algodón húmedo envolviendo un poroto, o bien han pintado árboles y recortado flores de papel, que luego han pegado en las murallas. O visto youtubes de pajaritos e insectos yendo de aquí allá en medio de bosques y llanos floridos. Amor de vivir. Por ejemplo
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Con la mejor intención -porque también soy mamá y humana y esta situación no me deja intacta en lo absoluto- va este material. Los contenidos ya son familiares, seguramente, pero la insistencia va en ayudar a situar nuestra atención en algunas esferas que son clave en el cuidado, con acciones que están a nuestro alcance en general, a las que podemos dedicar ratitos en distintos días, pensando sobre todo en prevenir o disminuir el estrés tóxico y la ansiedad -frente a eventos o circunstancias donde no tenemos mucho control, ni muchos recursos previos para orientarnos- que no sólo pueden impactar nuestro estado emocional o psicológico (e incluso aumentando las posibilidades de estallidos emocionales o agresivos en el hogar), sino de modo inseparable nuestra salud física, y sistema inmune.
Y perdón que insista, pero es muy difícil comprender que todavía en la respuesta de los Estados a la emergencia, no se incluya como un pilar determinante, la salud mental de la población y de los trabajadores de salud y de apoyo en funciones críticas. Entre los traumas colectivos de mayor impacto están las pandemias, lo hemos leído en los textos y no nos había tocado vivirlo, pero es tiempo de preparar la respuesta para ahora ya, y para el tiempo venidero.
Por lo pronto, cada comunidad, cada país, y cada familia están tratando de hacer sus mejores esfuerzos. Como familias, además, conocemos a nuestros seres queridos, lo suficiente al menos -desde la pregunta de ¿qué cuida más, en este momento?- como para ir tomando el pulso y desplegando acciones conocidas y otras nuevas para apoyar y contener a los más pequeños y los adolescentes.
Con o sin pandemia, a veces tenemos instancias familiares para “botar el estrés” que serán aun más necesarias en el encierro, desde ejercicios de respiración, hasta bailar y cantar, saltar sobre un cojin, gritar fuerte unos segundos (a ver quién dura más) 🙂 , etc. En la cuarentena de estos días, la hora de los aplausos para agradecer a quienes están en la primera línea del cuidado puede ser de gran apoyo. En esta familia, nos ha servido mucho con la más pequeña: salir al balcón, aplaudir fuerte, silbar, gritar braaaaavoooo. Es duro el encierro para los niños, hay casas sin patio, departamentos sin balcón, y el juego al aire libre -el ir a la plaza- no es sustuible fácilmente por alternativas entre 4 paredes. El movimiento necesita su cauce y conforme pasan los días, quizás se deberá pensar alguna medida especial pensando en las nuevas generaciones (que no fueron consideradas por la autoridad, cuando sí se pudo hacer para las mascotas).
No sabemos cuánto puede durar este tránsito pero sabemos que no será eterno, y para los niños es fundamental la regulación de noticias justamente para evitar esa sensación de no-final que se refuerza con el flujo ininterrumpido de información. Explicitar la noción de lo temporal, lo transitorio, contribuye además a que, una vez superado un evento o ciclo traumático (las pandemias lo son), los niños se recobren mejor.
Todavía estamos aprendiendo; entendiendo esta experiencia, las evidencias que son dinámicas, en Chile, y otros países. Por ahora nuestros pilares son las ciencias, el conocimiento, la corresponsabilidad y la solidaridad. Y sabemos que dependemos de las decisiones y experticias de otras personas, autoridades, científicos, médicos, etc (y ojo con lo que comentamos sobre estas figuras, porque las denostaciones o expresiones de desconfianza pueden aumentar la angustia de los más pequeños), en la respuesta a la pandemia o el logro por ejemplo, de una vacuna. Pero aunque nuestro radio de acción como ciudadanos comunes y corrientes sea más acotado, sí tenemos poderes.
El poder de actuar pensando en el bienestar y cuidado de unos y otros; de respetar las recomendaciones sanitarias que nos han entregado, y de favorecer y compartir disposiciones en el apoyo a los niños y niñas, mientras vamos encontrando la forma de adaptarnos, día a día, manteniendo lazos de afecto, de comunidad; dando espacio a lo que sentimos, sin negar abatimientos ni alegrías esperanzadas (un factor de salud, como también el humor resiliente), hasta terminar de navegar este tiempo. #JuntosnosCuidamos
“Todavía hay que exigirle esto a la angustia: no querer nunca que el niño se calle”. Georges Bataille.
El año pasado se promulgó en nuestro pais, la ley de imprescriptibilidad del abuso sexual infantil. Contando con el apoyo transversal de sobrevivientes, sociedad civil, del Ejecutivo y el Congreso Nacional, este hito –el cambio más importante en el derecho penal chileno, en años- fue y sigue siendo histórico y significativo en el reconocimiento del derecho a justicia de las víctimas de abusos.
A partir de 2019 y en adelante, no corren más plazos que además de inhumanos a la luz del tiempo del trauma, habían asegurado la impunidad de los abusadores, y la revictimización y abandono de los sobrevivientes. Y de todos. Porque no es sólo en materia de justicia que tiene valor una ley como la imprescriptibilidad. También declara una voluntad de autocuidado social, de protección de las nuevas generaciones, y de prevención de abusos que hace mucho son una emergencia de cuidado humano y de salud pública en Chile.
Por eso más cuesta entender qué motiva la propuesta de indicación en el proyecto de garantías integrales para la niñez, sobre “deberes de obediencia y respeto” de los niños a los padres, que por lo demás, y por opinable que sea, existe en el código civil desde su origen (siglo XIX) en disposiciones relativas a potestades y cuidado personal.
El problema con dicha indicación, en primer lugar, es que arriesga confundir premisas que ya han sido consensuadas en relación a la garantía y no sujeción de los derechos de seres humanos niñas y niños a ningún tipo de condicionamiento. Es incomprensible que en una discusión parlamentaria todavía tengan cabida distorsiones al respecto; y peor aún, cuando éstas pueden impactar gravemente la protección de la niñez frente a abusos de todo tipo.
Ojalá quienes, así sea por un segundo, lleguen a contemplar la moción de obediencia debida como viable, recuerden que bajo ese argumento, miles de víctimas infantiles han vivido vejámenes físicos, emocionales, de consciencia, sexuales, y los siguen viviendo.
A diario, unos cincuenta niños, niñas y adolescentes sufren abuso sexual en Chile; uno cada media hora aproximadamente (hasta cuándo debemos repetirlo). Por favor escuchemos las historias de mujeres y hombres sobrevivientes y reflexionemos a tiempo, el legislador y como sociedad, sobre el peso que pueden tener ciertas decisiones.
Cuántos perpetradores de incesto, cuántos líderes religiosos o de sectas, y sacerdotes que se hacen llamar “padre” todavía, o cuántas figuras de autoridad en los más diversos espacios (educación, salud, deportes, escultismo, etc.), podrían valerse, reforzadamente, del argumento de la indicación señalada para continuar violando vidas, obligando silenciamientos o exigiendo a los más indefensos -que no pueden reconocer la perversión de ciertos mandatos de “obediencia y respeto”- someterse a lo que impone el adulto abusador sexual.
De Agua Fresca en los Espejos, abuso sexual infantil y resiliencia, en “Primeros encuentro bàrbaros”
Georges Bataille dijo “Todavía hay que exigirle esto a la angustia: no querer nunca que el niño se calle”. Nunca. Los silencios aterrados, la aquiescencia, las sumisiones, desamparan. Otras herramientas son las que cuidan: la escucha, el diálogo, las preguntas, las preferencias y límites que pueden vocalizarse. La adhesión a una ética de responsabilidad donde el respeto es incondicional, de la mano de la protección. La ternura, de la mano de la dignidad.
Retrocesos o avances, abusos o cuidado, ¿qué vamos a elegir propiciar?
Más que nunca hoy es necesario contar con programas contundentes de prevención de abusos y promoción de buenos tratos–que sumen a familias, escuelas, comunidades-, y con educación comprensiva en sexualidad, afectividad y relaciones humanas en todo ciclo escolar (desde prekinder). Ésta ha demostrado una y otra vez ser un tremendo factor protector: en prevención, y en la detección temprana o develación de abusos sexuales (aquí una experiencia cercana y reciente ), así como para la salud y bienestar de niños y adolescentes en doble tiempo, presente y futuro.
En Chile, las ausencias formativas en sexualidad humana se han reflejado, por ejemplo, en un aumento alarmante del VIH en la última década. Afortunadamente, al fin se está discutiendo un proyecto de ley para establecer bases comunes en la materia, pensando en todos los establecimientos educacionales. Algo que sin duda deberíamos recibir como una buena noticia.
El derecho a información vital para la salud, bienestar, autocuidado y cuidado, desarrollo del consentimiento, etc., es un derecho de los niños, niñas y adolescentes, y desde nosotros, un acto de cuidado ético, de amor, de celebración de sus vidas, de transmisión de un sentido de maravilla, también.
La relación dependiente de la infancia-adolescencia con el mundo adulto es inexorable, y también lo es la asimetría de poder y disparidad que entraña. No necesitamos propuestas regresivas ni opresivas que arriesguen aumentar peligros, desventajas, trasgresiones y soledades para los niños y los jóvenes.
Lo que sí necesitamos es observar, decidir cómo podemos habitar las asimetrías inevitables, en nuestros vínculos de cuidado, para que además de honrar imperativos de protección, podamos acompañar y apoyar el crecimiento y desarrollo pleno de cada humano niño, niña. Una trayectoria que, por supuesto, integra aprendizajes progresivos –según cada edad- en responsabilidades, autonomías, deberes, mutualidades en el respeto, cuidado relacional, que son indispensables en la construcción de nuestra humana convivencia.
Mi cuerpo es un regalo, de V. Jackson Ilustraciones de Marianela Frank.
Violaciones de derechos humanos a niños, niñas y adolescentes.
Comenzando estas letras no sé qué más habrán mostrado las noticias, y podría cada palabra terminar siendo en vano. Lejos del país la voz se repliega, se desvela enmudecida, como si la ausencia limitara su derecho a decir, a sentir la desgarradura, o la esperanza en un Chile que esperábamos conocer desde el retorno de la democracia -y lo hemos hecho, pero muy poco todavía. Lo que falta no puede ser más a costa de seguir vulnerando a los más indefensos (y a nadie). Ni a costa de más carencias.
No eran 30 pesos, sino 30 años.
La misma edad de tantos jóvenes que hoy están pidiendo una transformación profunda. La misma edad de mi hija mayor que se suma en lo que nunca imaginamos: explicar a la más pequeña de la familia, en el nuevo milenio, la historia en verbo presente de una rotura del pais. Esta historia de estos días, de sus orígenes, o los muchos años vividos con sensación de “no puede ser” -para mí, comienzos de los noventa- ante formas de ir haciendo las cosas que hacían avizorar una avalancha en “el futuro”.
Ese futuro que es hoy, finalmente, y del que duele hablar, con nuestros fracasos, desigualdades bestiales, nuestras heridas viejas y todas las nuevas que hemos sumado en menos de un mes. Esa llaga que ojalá nunca logre ser más fuerte que el deseo de una vida buena, digna como la democracia debió desde un comienzo, sembrar para todos. Como aún podría hacerlo.
Quisiera ser más vieja o más sabia o más arrojada. En medio del trauma que se está viviendo -sin saber todavía cuánto deberemos reparar y por cuántos años- no he podido esbozar más que algunas proposiciones e insistencias que dicen relación con la niñez. La de hoy y la de antes; lo persistente, lo íntimo, lo delicado del vínculo que siento las úne, o debería, en los esfuerzos por responder a este tiempo y el venidero.
Como muchos, crecí en el Chile de la dictadura. Aun sin saber de sus torturas y silencios, se sentía poco cercano ese país para los niños. No invitaba cualquier día a celebrar algo a la plaza, sin miedo, sin pasar por el kiosko del barrio leyendo titulares sobre “enemigos” y una guerra que parecía no terminar nunca. Recuerdo mirar con pena y rabia los jardines del Congreso donde solía ir a jugar, antes del golpe, y la reja que nos separaba. Tantos otros símbolos -la bandera, el escudo, el himno, cosas que recién aprendía- iban imprimiéndose a pulso marcial, tan ajeno al latido de la infancia. Los actos cívicos de cada lunes eran una rutina forzada y desprovista de emoción; sólo sentía calor, o frío parada en el patio, y muchas ganas de irme a clases. Ni en el aula ni en ninguna parte se hablaba mucho del país ni de sus niños.
Muchos crecían en Chile, y otros fuera, en países donde llegaron a refugiarse con papás y mamás aterrados después de haber logrado salvar la vida de los suyos en el contexto del golpe militar. Tantos niños perdieron a sus personas más amadas; o aprendieron una palabra horrífica como “desaparecido”, primero en español, y luego, quizás con cuánto esfuerzo, en los idiomas del exilio. Eso si se animaban a contar algo de sus vidas, olvidando los ruegos de sus padres: mejor callar, cuidarse, no confiar. El aire donde lo dicho y lo no dicho espesaban todo. Una palabra podía costar la vida. Cómo respiraban esos niños y niñas, nunca sabré.
Otros niños eran hijos de familias adherentes a la dictadura, o de funcionarios de las fuerzas armadas. No todos crecieron “como si nada”. Hubo hijos cuyos padres, aun contrarios al golpe, por miedo continuaron trabajando en empresas estatales o en carabineros, el ejército, la Fach. En esos hogares, el imperativo de callar también se hizo parte de infancias y dinámicas familiares donde la autopreservación y el tratar de llevar una vida “lo más normal posible” –en la anormalidad absoluta de una dictadura- escribieron las biografías de cientos de niños y adolescentes.
Más difícil imaginar las vidas de niños hijos de agentes de la DINA y la CNI. ¿Cómo los abrazaban esos padres, o madres, de vuelta de una sesión de tortura. o los abrazaban siquiera, alguna vez? Alguna idea tengo de expresiones de supuesto afecto de padres disociados, capaces de atormentar y vejar, y luego comer, dormir y hacer muchas otras cosas sobre ruinas y sangres cotidianas. En el equipo DITT de Codepu, no olvido la historia de un ex agente de la Dina que convulsionaba ante cualquier tacto de sus hijos, su mujer. La piel se volvió su enemiga (lo mínimo pensará más de alguien), la memoria de otros niños vivía ahí, pero Sus hijos no sabían; sólo sintieron de sus padres rechazo y descariño.
¿Cómo crecieron esos hijos, qué esfuerzos enormes hicieron para alzar sus identidades, diferenciarse, cuestionar sus vínculos, o asimilar que a pesar de todo, querían sostener el cariño o algun vinculo con esos padres? Como psicólogos hemos conocido a esos adultos cuyas infancias fueron también marcadas por la dictadura aunque poco y nada se las incluya en el examen de ese tiempo y del trauma que a todos –de distintas maneras- nos alcanzó.
En CHile y lejos del país, hubo experiencias infantiles que seguramente fueron determinantes en cuánta indefensión o resiliencia haya acompañado el tránsito a la juventud y adultez de generaciones que además de un país en dictadura, debieron vivir abusos sexuales infantiles -que continuaban como hasta el día de hoy-, y maltratos físicos en tiempos en que el castigo corporal era naturalizado como “disciplina” (sólo hace 2 años se promulgó la ley que sanciona esa violencia), o devastamientos psicológicos, y tantos otros sufrimientos enormes en cuerpos pequeños.
En el trabajo de la esfera ASI, hemos podido escuchar relatos del trauma sexual infantil de mujeres y hombres que aman que sus hijos crezcan en democracia y que no obstante todavía hablan como pidiendo perdón por las vidas de sus progenitores (no abusadores) durante años de la dictadura: familias que no quisieron saber nada y siguieron con sus vidas, otras ausentes en el cuidado y dedicadas a la resistencia en clandestinidad, madres y padres de movimientos de extrema derecha e izquierda, agentes del terror del Estado, integrantes de las FFAA, personas que profitaron del dolor de esos años. Por más que estemos claros en que no podemos ser condenados por los actos de nuestros ancestros (yo ni siquiera podría estar escribiendo aquí si así fuera), no es fácil llevar esas historias en los cuerpos y sus amores, o no amores.
Hijos e hijas de adultos en un país herido, madres y padres que vivieron daños, que los sufrieron, los infligieron -o ambos-, que pudieron cuidar, que no pudieron, que se involucraron o se distanciaron de la realidad (o trataron), que abrieron la conversación acerca de esos años, o esperaron a la democracia, o nunca lo hablaron. Parte del despertar de Chile es también dando cuenta del pasado de las infancias que puede enseñarnos a no omitir ninguna en el presente, y hacia el futuro.
En estos días de estrés agudo, de trauma y retraumatización severa, he pensado mucho en los niños que desde distintos hogares, regiones del país, y vidas de sus familias y propias, están siendo testigos de este ciclo. Hay niños que ya han sufrido adversidades terribles y trauma- en la pobreza, la precariedad, el abandono social- mucho antes, y niños que por primera vez han sentido miedo viendo tanques por las calles -consistentes con el anuncio de posible “guerra” del propio presidente del país donde ellos crecen-, o la represión de carabineros contra personas desarmadas, incluyendo a niños, o bien la desafección de esos mismos funcionarios en saqueos e incendios en muchos barrios.
Pienso en adolescentes cuyas familias sufrieron terriblemente en dictadura, y cuyos padres y madres y abuelos recuerdan en tiempo real, sus pérdidas y duelos, o el terror de esos años. Niños y niñas de distintas familias, con padres y madres que trabajamos en distintos oficios, también en el gobierno, las fuerzas armadas, organismos de derechos humanos, empresas, almacenes, hospitales, la misma casa, tantas labores distintas.
Hijas e hijos niños que aman a adultos cuidadores y significativos entre quienes también se cuentan los muertos y heridos que llora Chile en estos días, y las casi doscientas personas que han sufrido la pérdida de un ojo, o ambos, en traumatismos que sólo pudieron ocurrir porque los disparos fueron directo a sus caras, como si no nos perdonaran el despertar, el abrir los ojos como sociedad. Es mutilación (advertencia preventiva antes de abrir enlace a NYT), no es sólo de una parte del cuerpo, sino de vidas enteras. La violación que se repite, asaltos sexuales denunciados donde no cabe ninguna consideración que no sea la del daño deliberado, criminal, de integrantes de la policía -que no son todos, pero como si lo fueran- contra niños, jóvenes, y mujeres (y terror de estado son tres palabras que cuesta pronunciar, volver a pronunciar, pero no encuentro otras).
Quizás los niños no entienden conceptos como tortura, derechos humanos, abusos de poder, desigualdad, humillaciones sostenidas. Pero los cuerpos sí sienten, vivencian, no pueden evitar estar atentos a otros cuerpos –de sus familias, del país lastimado, incendiado, tratando de transformarse- y por eso ha sido constante y loable el esfuerzo de muchos trabajadores de salud y educación, en compartir sus saberes, sus tiempos de atención, acompañar de distintas formas. Análisis desde distintas disciplinas, testimonios de vida, son un apoyo para navegar esta tormenta cerca de tanto roquerío.
¿Cómo acoger, escuchar, conversar, explicar? Hay tantas maneras. Sin embargo lo primero a cuidar son los límites que distinguen los mundos adultos e infantil, las experiencias de unos y otros, y el derecho de los más pequeños y jóvenes a ser protegidos desde el respeto, inseparable, a su psiquismo, sus procesos, su tiempo de crecer, según cada etapa y lo que necesita.
Como familias y docentes en el fondo sabemos cómo, desde el el afecto, orientar nuestras interacciones y nuestros dichos. Podemos hacerlo bien y siempre la pregunta de ¿qué cuida más? aporta precisiones. En medio de lo violento se siente sobrehumano pedirnos más, pero los más chicos nos miran, dependen de nuestro aplomo durante y después. Todo el tiempo.
Parte de nuestro cuidado y de la distinción de límites entre mundos y edades, se refleja en en el pedido, por ejemplo, de no llevar niños a marchas ni manifestaciones -no sólo en contexto de toque de queda corre esta apelación- en las cuales la sola multitud puede resultar angustiante, sofocante (es verano casi) y agotadora para los niños, y donde objetivamente se corren peligros. La violencia desbordada de fuerzas policiales, y civiles también (desde saqueos hasta delirantes vestidos de amarillo disparando a los vecinos), no distingue entre cuerpos adultos y de niños. La decisión de cuidar recae sobre nosotros.
En la primera marcha de millones, hubo “performances” que movilizaron a la defensoría de la niñez a presentar denuncias por abuso infantil (exponer a niños a presenciar actos sexuales entre adultos). A los disparos, lacrimógenas, golpes, se suman otras situaciones en las que no siempre podremos cuidar. Ha habido niños heridos, adolescentes detenidos, abusados sexualmente. La defensoria de la niñez ha realizado un trabajo tremendo y al límite de las capacidades humanas (no hay cómo agradecer lo suficiente). La soledad ha sido estremecedora porque ante violaciones de DDHH de niños, las autoridades de gobierno no han estado todavìa a la altura esperada. Añoro ver junto a la defensora, a ministras, subsecretarias, a parlamentarias/os del lado que sean, que deberían más que nunca estar llamando a proteger a todas las personas, a la democracia que juraron servir desde el Congreso. Durante días de días no hubo voces para pedir el fin de las mutilaciones o condenas a abusos sexuales (aunque sí a la represión en Hong Kong), ni intercesiones de cuidado que hubiesen sido vitales. Palabras que lo habrían sido, tambièn.
En casi un mes, las palabras capaces de levantar o consolar, vinieron de otros lugares. En el casa, la escuela, donde los niños pasan mucho tiempo en general, aunque actualmente las jornadas puedan haber variado. ¿Qué se habla en la sala, el patio, qué guía han prodigado los adultos, cómo acogen los relatos de los niños, qué contrapuntos es posible compartir, qué ejerciciosde cuidado?
Hay niños y niñas en cada aula que son hijos de papás y mamás y familias muy diversas. Estarán las que apoyan la movilización social, y habrá otras que no, que la viven con temor. Hay familias esperanzadas en cambios posibles, otras familias muy afectadas por sus seres queridos, porque han sido heridos, o detenidos, o porque perdieron su trabajo en el contexto de esta crisis. Familias que votaron o no por el actual gobierno, que trabajan en salud (con todo el estupor de lo que han asistido en las urgencias), que tienen integrantes que son militares o carabineros/as, o funcionarios del estado, o líderes políticos (con toda la distancia, el descrédito, y la indignación que transversalmente ha expresado la ciudadanía). Seguro olvido ejemplos, pero el empeño de no perder atención es contumaz.
Para los profesores es una situación muy desafiante, ardua, hay escuelas que han sido agredidas, otras que en medio de esta crisis han enfrentado además experiencias que hacen todo más doloroso (como la muerte de un compañero con cáncer, o de un profesor querido). La vida no tiene pausa, el calendario llega casi al final del año escolar, en tanto ha habido que sumar sesiones especiales de contención, reflexión, etc, en muchas escuelas, a instancias de los propios docentes preocupados. Pero asimismo hemos conocido de jardines infantiles donde niños juegan a “el que no salta es equis…” o repiten consignas como “el pueblo unido jamás será vencido” que han suscitado legítima preocupación (como puede generarla, y mucho mas, el adoctrinamiento religioso de los más pequeños). Afuera el país sangra y esto puede parecer menor, pero cada acto de cuidado desde el más modesto, excepcional, al más cotidiano o valiente y solidario -como los profesores del Manuel de Salas que hicieron un cerco de cuidado para evitar la agresión policial a sus estudiantes, y son tantos más- suma.
En el terremoto del 2010, Jorge BArudy nos hizo pensar en las hijas e hijos de personas que robaron televisores y fueron identificadas, y en cómo lo vivieron esos niños. Saqueadores, policías, derecha-izquierda-centro, lo que digamos sobre los adultos no deja indemnes a los niños. Entre adultos podemos decir tantas cosas, pero ¿qué cuida más cuando se trata de cachorros humanos que están creciendo?
Sabemos que hay niños y niñas que han vivido desde más cerca o bien, con menos información los sucesos de este tiempo; que han atestiguado y participado de los caceroleos con ánimo alegre o con temor (el sonido es ensordecedor para algunos), que han visto u olido el humo de bombas lacrimógenas y/o de atentados incendiarios; niños que pasaron días y noches del toque de queda encerrados porque en sus barrios saqueaban y los adultos no querían dejar sus casas solas ni siquiera para ir a comprar pan en la mañana; niños que desde que recuerdan viven entre disparos; niños que hoy ven que los carabineros disparan hacia sus hogares (¿cómo volvemos a enseñarles que si se pierden deben pedir ayuda a esas personas?). Niñas y niños que llegaron a llegaron a Chile escapando de realidades traumáticas en sus países. Niños y adolescentes que viven en residencias de Sename. Son tantas historias niños y familias. Son tantos lugares.
Los niños se mueven, transitan, escuchan lo que se conversa en cada espacio (aunque la televisión esté limitada y no lean noticias, esas conversaciones cotidianas de otros, sin querer, informan). Bromas, denostaciones violentas, predicciones horrorosas, relatos sobre un país que ha dañado, sigue dañando y que tendrá mucho por reparar. Si los adultos sentimos el agotamiento, físico y mental, así como las alertas del cuerpo amplificadas en la protección de nuestros seres queridos ahora y mañana, ojalá podamos recordar que cuando comentamos o nos desahogamos con niños cerca, estamos incidiendo también en sus sentimientos de mayor o menor indefensión y en cómo se vive y registra la experiencia actual en la memoria.
No se trata de mentir ni negar nuestro sentir. Hay días en que el bramido nos supera, en que hay que esperar el sueño de todos para llorar sin que los niños nos vean. Pero si vamos a conversar y debemos realizar un reproche ético podemos hacerlo en clave de acciones, conductas. En terapia de trauma por abusos sexuales, por ejemplo, es diferente conversar en torno a una afirmación acerca del abuso cometido “es un acto deplorable, inhumano, criminal” y todos los adjetivos imaginables, a centrarse en el abusador o los abusadores como “unos miserables, animales, depravados, etc.
Las violencias ocurren en relaciones, no en el aire. Las víctimas no son impermeables a lo que se diga de quien abusa, porque en una mayoría de los casos, se trata de personas significativas -y por quienes se ha sentido, siente cariño- y aunque las víctimas no tengan ninguna culpa, nunca, ronda la pregunta dañina de ¿por qué a mí?, ¿pude hacer algo para salvarme, pedir ayuda, o evitarlo? No querríamos pasar a llevar esa herida. Ni impedir la posibilidad de ese espacio donde la falibilidad y la fragilidad de la condición humana, luego de quiebres mayores, todavía nos permita seguir escribiendo la historia, en compañía de otros, en términos propios (consentidos, y ya no impuestos por la fuerza). Si todo se tiñe de lo violento y lo perverso, ¿cómo seguir adelante, en qué mundo?
Llevado a las circunstancias actuales es distinto decir “la violación a derechos humanos es inaceptable, el Estado no puede dañar, asesinar, vulnerar a sus ciudadanos, a las personas, etc” que decir “el presidente es desde un inepto a un criminal, los parlamentarios unos infelices aprovechadores y cómplices, los militares y carabineros todos asesinos, los saqueadores unos delincuentes que ojalá terminen muertos mientras hacen destrozos, los cuicos tal o cual, los flaites esto o lo otro”: todos ejemplos de cosas que una ha escuchado o leído en estos días, pero no sólo en estos días.
La carga de las palabras y definiciones adultas de la realidad no tenemos cómo medirla, cómo observarla en psiquismos todavía en desarrollo –ojalá contáramos con visión de rayos equis- pero en el contexto de la relación inexorable de dependencia infantil, los cachorros humanos registran la indefensión de estar no “al cuidado de” sino “a merced de” un mundo adulto peligroso e inescapable con personas a cargo a quienes temer y solo temer.
En el posteo anterior (El cuidado no tiene pausa) señalamos que el factor determinante en cómo se experimenta y recuerda una vivencia traumática es el sentimiento de indefensión –la percepción, emoción- que la acompañe. La neurobiología es clara al respecto y los conocimientos que aporta son indispensables como guía. También los saberes que vamos gestando y compartiendo en comunidad.
Relatos de cuidado mutuo, de posibilidades, de intentos colectivos -fallidos, insistentes, opinables, descartables algunos, promisorios, todos los intentos- para encontrar soluciones. La apelación no es a valerse de optimismos delirantes y menos de invocaciones a “seguir adelante” al fragor de impunidades y olvidos que sólo agregarán daño. El sostén de la vida sólo pide cuidado responsable: de la generación que está creciendo, en tiempos que no dejan de ser percibidos en extremo vulnerables -a nivel planetario y de las comunidades y países donde crecen los niños, hoy el nuestro- y que afectan a niños y niñas de distintas maneras.
Hemos llegado tarde en muchos sentidos, y es imposible dimensionar cómo y cuántas generaciones han vivido las escaseces y desamparos que no detuvimos en treinta años o que hicimos más graves, más crueles.
Establecer responsabilidades no necesita de comparaciones cargadas de odio, o muy faltas de amor. Se puede recordar qué hizo y no cada quien, y a la vez buscar cómo acoger y responder a todas las carencias -sin dejar de respetarlas todas, sin hacerlas competir- en tanto nos disponemos a hacerlo mejor, no como un acto de humanidad mínimo, sino como una urgencia hoy de vida o muerte que no se puede evadir. Como un acto soberano de amor por el vivir, también.
Como colectivo la indefensión también nos hiere y paraliza, nos confunde. En el desconcierto o la precipitación adulta (bienintencionada o egomaníaca) podemos dañar el momento que ofrece una oportunidad de cambios hace mucho necesarios, de bien común, de bienes para la vida, voluntades de cuidar y de evitar sufrimientos que sí son evitables y que se han dado por aceptables porque un crecimiento en código económico terminó siendo más importante que el crecimiento de seres humanos cachorros, y de seres humanos adultos (que no paran de crecer) en una comunidad de casi veinte millones de personas.
Reventaron las carencias, la falta de cordura que detectamos en el condicionamiento de necesidades humanas vitales al lucro, al “mérito” (perverso), y definidas como una carga (un “gasto” más que una inversión, una siembra, una actividad de cuidado que beneficia a toda la comunidad). Los seres humanos no somos un lastre. Nuestras vidas, las de nuestros niños, no lo son. Chile puede despertar pero el Estado no sale de su letargo, su hechizo ante el modelo. ¿Qué teme tanto, qué ambición lo enferma al punto de abandonar el cuidado del modo en que lo ha hecho? ¿Sería muy descabellado pensar en animarlo a otro coraje, entre todos?
No sé si alguien está escuchando, radicalmente escuchando esa voz que ya venía elevando su volumen hace mucho, por décadas. Pero desde la distancia, y con las ignorancias que todavía me limitan (lo que me falta por aprender, lo que nunca me ha tocado vivir), no olvido que la pasión por sobrevivir y por vivir son la fuente primordial, y una energía presente más que nadie en los niños. Si estuviéramos actuando como ellos, pensando realmente en ellos, quizás ya iríamos encaminados en salidas a esta crisis.
Necesitamos escuchar siempre, pero hoy de modo más intenso, más deliberado, lo que tienen para decirnos los niños y adolescentes. Mi hija menor me contaba que hablando con su mejor amiga en Chile, había aprendido una nueva palabra en español: “Vandalismo”. Según ella lo entiende, es lo que hacen las personas que están rompiendo robando, incendiando, y también los militares que disparan, y el presidente y el congreso “who are totally careless”. Completamente descuidados, en el momento en qué más habría que cuidar a la gente. Me pregunta si no hay una entidad mayor a la cual presidente y congreso respondan (también pregunta por impeachments y otros mecanismos que son parte de su realidad acá). Se adelanta y se responde sola, “es la gente ¿cierto?, y también los niños”. Quiero decir que sí con más convicción, pero un sí con suficiente amor espero baste por ahora.
Adrienne Rich, pensadora norteamericana (QEPD) decía que si realmente queríamos transformar una sociedad brutalizada en una donde las personas vivieran con dignidad y esperanza, debíamos comenzar por empoderar a los más indefensos y carentes de poder. Inevitable pensar en cada paso de los niños. Violaciones a sus derechos humanos han sido sistemáticas en años de democracia, niños en Puchuncaví, niños mapuche, todo el tiempo la historia desolada de niños y niñas en Sename, decenas de informes y las denuncias de los propios funcionarios y los niños que no han llegado, no realmente, al corazón adulto en 30 años, con 7 gobiernos, 2 de una coalición, y 5 de la que, abriendo el retorno democrático, suscribe la Convencion de derechos del niño, en 1990, y que sola suma 24 años de nuestros treinta. Casi un lustro, un cuarto de siglo, cuántas generaciones de niños. Se habla de nuevo pacto social. Partamos por ahí.
Ante lo que hoy están viviendo todos los niños en nuestro país, lo que atestiguan y no pueden controlar, ¿cómo cuidamos la trayectoria que no se interrumpe, el ser que sigue gestándose? Con todo lo que podamos: con presencia, con diálogo, con políticas públicas, acelerando leyes que pueden proteger, con gestos cada uno y cada comunidad, con afecto, con empeño, aun cuando muchas veces debamos admitir que no tenemos todas las respuestas ni certezas, pero nos abrimos a la posibilidad de buscarlas, de encontrarlas, junto a todos, junto a otros aun en el disenso.
Si logramos desde el cuidado coincidir en unos centimetros de aspiración, de deseos de mejor vida, me la juego por atesorar esos centímetros y partir desde ahí construyendo más. Separados no se puede. Y me ronda y ronda cuánto tiempo sobre estos treinta años, deberemos sumar ahora para sanar el trauma de este tiempo.
Todavía no comenzamos a enmendar siquiera lo ilegítimo que no dejó de ser al volver a la democracia; en salud, educación, en un sistema de pensiones que para muchos fue impuesto con amenaza de despido, y que hoy sigue condenando a miles de adultos mayores a vivir a duras penas (mientras otros gastan y derrochan y hasta se divierten a costa de esos esfuerzos honrados, y no, no es rencor, es memoria, nada más).
Si nuestro país,nuestra democracia fueran un cuerpo, qué llagas nos mostrarían, qué huesos adoloridos. Los índices del país a ras de OCDE no cuentan vidas, infancias truncadas, desesperanzas letales, estallidos desesperados de niños y jóvenes cuyos cuerpos no podrían siquiera levantar la primera piedra o el primer fósforo si sintieran que tienen un presente o futuro vivible, digno, que habitar (y no, no es exonerar violencias ni responsabilidades, de ninguna manera, tampoco las nuestras).
La vida en comunidad, el amparo mutuo, la fraternidad, la interdependencia del cuidado, se han estrellado por demasiados años contra la desidia, la codicia, los abusos de poder y privilegios, todo aquello que termina ahondando la sensación de vidas dispensables, de un prójimo que casi ha terminado sintiéndose, en muchos sentidos, tan lejano como quisieron hacernos sentir en dictadura (y claro, si el modelo sigue siendo el mismo). Pero no es así, y ya algo se ovilla de tristeza o vergüenza esa indolencia en clave de “algunos por sobre los otros”, “nosotros vs los otros”, “los buenos y los malos, los deplorables, los jamás redimibles”, que ha dejado a nuestra democracia tan frágil como la hemos visto. Tan ávida de cuidados que no sólo no pueden esperar, sino que piden mucha generosidad y será difícil en la trizadura que sentimos, claro que sí, pero qué hacemos entonces, cómo seguimos un día más si no podemos detener la edad, la vida de cada uno, y sobre todo de los más pequeños (que siguen naciendo en estos días, siguen yendo a la escuela, siguen tratando de encontrar o dibujar su lugar en el mundo).
Podemos poner nuestro ser a disposición de lo que exigirá el cuidado a partir de este ciclo, eso se deja sentir, quiero creer que no habría los millones de personas que han expresado su deseo de cambio, si no fuera por esa energía tan llena de deseo de vivir, la única vida que se tiene, sin que nuestras vulnerabilidades sean motivo de temor, de angustia por no poder cuidar, cuidarnos.
Los niños de hoy no vivieron los tránsitos -no es uno sino muchos, y diversos, y dolorosos- que muchos de nosotros sí atestiguamos, entre dictadura y democracia. Tampoco conocen de procesos, de puentes entre una y otra época, puentes que no terminamos de cruzar (o de honrar, llorar, recorrer con pasos y no a saltos) quizás porque antes de darnos cuenta ya los habíamos dado por inservibles, o hasta derrumbables. Pero sin ellos hay trayectorias que sencillamente no se pueden realizar. Y si no podemos volver a tenderlos todavía, tal vez podamos al menos persistir, aun entre tantos duelos, desconsuelos y ojalá esperanzas, en la pregunta de cu[antos puentes necesitaremos, cuánta falta nos harán ahora si de nuestro cuidar juntos -no separados, si hemos aprendido algo- siguen dependiendo las nuevas generaciones. Creo que toda la falta del mundo.
En momentos difíciles, de mucho miedo, de sentimientos en clave de montaña rusa –tanta alternancia entre dolor, miedo, esperanza, desesperanza-, de estrés agudo y de trauma y re-traumatización, han sido innumerables los aportes que desde profesionales de la salud mental se han compartido (usémoslos) para poder navegar esta etapa que no se gestó de un día para otro, y que no sabemos cuánto puede durar. De ahí que continuemos en las reflexiones y proposiciones –que no son estáticas, sino dúctiles- para poder acompañar a los niños y niñas, sin olvidar nuestras propias emociones, y la necesidad de cuidar nuestra integridad y nuestras energías para poder seguir respondiendo a quienes más nos necesitan.
Algunas sugerencias que complementan las ya que ya compartimos en días previos (junto al grupo Miradas en este enlace, muy bueno):
Aunque pueda estar de más, vale explicitarlo: guagüitas, infantes, y en general niños y niñas, no deberían participar de manifestaciones públicas a las que deciden asistir sus padres/madres, en un de consentimiento, que los niños no tienen. A condiciones de peligro, se suman estresores como el ruido, el calor, la multitud, y la posibilidad de perderse. Si no hay con quien dejarlos, pueden tomar turnos en las familias (como en tiempos del No, recuerdo) para que algunos asistan en nombre de los otros, y siempre haya quien se quede en casa con los niños.
En todo este periodo -durante y posterior al fin del estado de excepción- examinar cotidianamente el influjo e impacto de los medios (radios, televisión, redes sociales) y las noticias que ahí se difunden, así como las interpretaciones que se intencionan o refuerzan (mostrar saqueos, heridos), ahondando sentimientos de temor e impotencia. No tenemos control sobre muchos aspectos del momento fragilizado que vivimos, pero definitivamente sí podemos modular el acceso y exposición a medios de los niños. Niños pequeños (0-6) no deberían ver noticias del todo. Estas no se diseñan ni se piensan, en general, desde el cuidado de la población adulta, y menos consideran las necesidades de la población infantil. Aun tratándose de adolescentes, y más si están interesados en su realidad, es distinta la conversación con sus adultos queridos que nutre, vs el monólogo muchas veces abrumador de una TV encendida todo el día, que termina siendo un factor considerable de estrés –ya agudo- y fatiga psicológica y emocional. Lo mismo corre para los adultos, por ejemplo en relación a redes sociales. Examinar ese impacto también en nosotros, y autocuidarnos -no es indulgencia, es responsabilidad con la propia salud y supervivencia-, por ej. modulando horarios, seleccionando cuentas, bloquear otras,etc.
No es indolencia social, ni un motivo para autocastigarse, el intentar continuar con actividades de la vida cotidiana o que son importantes para los niños cuando se pueda (entendiendo que hay días en que será difícil o imposible), adaptándose a las condiciones presentes. Por ejemplo, en este estado de excepción, una familia me compartió imágenes del cumpleaños de su hija adolescente que estaban en desarrollo cuando se informó el primer toque de queda con menos de una hora de anticipación. Los invitados se quedaron a dormir e incluyeron un tiempo de tocar cacerolas (con permiso de sus respectivas familias y familia anfitriona) y de conversar sobre lo que pasaba.
Del mismo modo, puede ser un factor de angustia el que desaparezcan otros temas de conversación. Temas que tienen un lugar en la vida cotidiana de niños y adolescentes. Justamente los jóvenes nos han dado una hermosa lección de resiliencia, cuando en manifestaciones pacíficas levantan carteles que no dejan fuera la alegría, el ingenio, la crítica social con ironía o humor. Los sentimientos de culpa paralizan, deprimen, y hacen sufrir. Muchos adultos recordamos el “tú no te comes la comida, y en Africa [eran los 80, Etiopìa indeleble] hay niños muriéndose de hambre”, a lo que seguía la sensación terrible de no poder tragar, o a duras penas, con la culpa múltiple de tener alimento, de no comer, de no poder salvar a nadie en Africa, de ser un niño que vive mientras otros morían. Es hermoso enseñar en cada experiencia, y una crisis social como la actual también abre ese espacio de diálogo ético, cívico. Pero en la pregunta de qué cuida más –en un país con nuestros índices de depresión y crisis de salud mental- tal vez podemos encontrar formas de hablar con los niños de cuidado del prójimo, justicia, solidaridad, etc, que no necesiten recurrir a la culpa (que también a los adultos nos puede demoler y enfermar) ni a sentencias o afirmaciones que sojuzgan, y en cambio nos valgamos de proposiciones, preguntas, datos, conocimientos sobre otras realidades, en clave de “te invito a conversar” y te escucho (y de aprendemos juntos).
Si es posible, ayuda valerse de anécdotas o historias que se van conociendo en la comunidad, de signo positivo, es decir que reflejen afectos, apoyos mutuos, creatividades, disposiciones de cuidado (y no olvidar compartir, también, con hijos adolescentes, canales e info crítica para pedir ayuda si la necesitan). Lo comunitario, el sentimiento de pertenencias, solidaridades, apoyos mutuos, es un gran factor de apoyo y resiliencia para adultos y niños. Debió bastar la historia evolutiva, el saber acumulado por nosotros en el vivir, pero qué bueno que vino la evidencia científica a recordárnoslo y ponerle su timbre de “verdadero, ergo atendible”: sin involucramiento del colectivo –en el cuidado, las colaboraciones, la responsabilidad compartida de unos por otros (los hijos de todos), el respeto a iguales dignidades y derechos de las personas, aun en condiciones de disparidad inclusive-, no hay iniciativa (programa) de prevención de violencias contra la infancia, de prevención del abuso sexual infantil, como ejemplo muy concreto, que pueda aspirar a ser exitoso.
En sintonía con lo anterior, se recomienda la lectura de cuentos con los más pequeños, y priorizar por aquellos con relatos interesantes/estimulantes/tranquilizadores, y ojalá donde sean protagónicos personajes niños, niñas –de la vida real o ficticios- que están haciendo algo (énfasis en el hacer): desde mirar flores, jugar, compartir con seres queridos, pintar, hacer travesuras, ayudar, hacer amigos (humanos y animales), etc, conectados con un presente que vitalice, no que desespere (aqui un enlace que puede ser util, TodosJuntos). Contar cuentos sirve también para que los niños puedan hablar libremente, y nosotros escucharlos con toda atención, o bien para sentirse cómodos si no necesitan hablar ni quieren, pero sí pueden contar con la voz de sus papás y mamás que acuna, contiene, seguriza, “hace cariño”.
La música, las artes, formas de expresión como el dibujo y/o la escritura, por ejemplo, pueden ayudar a los niños y niñas a comunicar lo que sienten, o simplemente agregan regocijo y/o reducen el estrés. Esto corre también para los adultos, si nos permitimos participar de estas actividades junto a los niños que además disfrutan y hasta se sorprenden de ver que podemos hacer cosas como ellos (y de paso, puede hacernos bien), o aprender de instrumentos, canciones, corrientes musicales (unas magníficas, y otras, bueno, nos plegamos no más J). En palabras de un neurobiólogo cuyo nombre no recuerdo, lo opuesto a la depresión no es la felicidad sino el juego.
Recordar que las emociones habitan un cuerpo, que las vivencias influyen en la forma en que se registra la experiencia y encarnarán los recuerdos en este cuerpo. Es importante en momentos y períodos estresantes, que niños y niñas puedan realizar con mayor razón actividades que involucren lo corporal pues ayudan a templar, conectar, apropiar, reducir el estrés. También son presencia, y diálogo desde el cuidado, actividades tales como bailar con ellos, cantar en voz alta juntos, jugar en familia, dibujar con ellos, ver monitos o series sentados juntos, abrazarse, el descanso compartido también, esencial, o si es posible realizar ejercicios de respiración (y yoga, con un tutorial de unos minutos en el celular).
Hay diversas interacciones donde los cuerpos “conversan” por nosotros, que son muy necesarias para los niños, y también para los adultos. Frente al estrés agudo, y la vivencia traumática nuestros cuerpos también se alteran, se desregulan, se ven expuestos a sentimientos de temor, fatiga, dolor, rabia, que pueden ser muy intensos y abrumadores. Las actividades con nuestros hijos, y también por cuenta propia, ayudan a mitigar. Y además “comunican” a nuestros cuerpos que no están desamparados, que no necesitan quedar paralizados.
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Trauma y autocuidado/cuidado:
El contrapunto de cuidado y autocuidado, su danza, es una y es cotidiana. El cuidado de hijos, padres ancianos, seres queridos, no tiene pausas, pero sin autocuidado es tan sencillo como que no podemos cuidar. Lo primero es lo primero. La situación es muy demandante, en lo físico, lo anímico, y el reciclaje de energias se hace dificil en el sobresalto de este período. Si en condiciones de relativa normalidad, la tarea de cuidar es grande, en condiciones anormales, sostenerla -y sostenerse uno, mientras contiene a los niños- nos puede hacer sentir excedidos.
El autocuidado cobra especial relevancia en momentos como el actual, traumatizante para la mayoría de la población, y particularmente para adultos que vivieron y sufrieron en dictadura; o que son sobrevivientes de violencias como el abuso sexual infantil, maltrato físico, abusos de consciencia, violación, VIF: o que han vivido otras experiencias devastadoras, o de duelo reciente.. Y es toda la población quien siente la perturbación de estos días en los cuales hemos vivido duelos por personas muertas, heridas, abusadas, violentadas.
Cuando a la preocupación por el presente que nos embarga, se agrega el peso de experiencias pasadas, historias traumáticas personales/familiares, de generaciones completas, hay dolores que pueden reactivarse al hablar con niños y adolescentes, y generar resistencia o mucha ansiedad sobre cómo abordar el diáologo sin traspasarles nuestro peso, y a la vez, sin quedar debilitado uno. En general, con los niños, una distinción que ayuda y que no nos elude es el límite entre vidas, entre historias y etapas de los adultos y aquellas de los niños y niñas que tienen su bitácora, su transcurso, sus identidades y su camino propio en el siglo y milenio en que les toca vivir, con las personas y la comunidad que acompañan sus años de crecimiento.
Sin embargo, si sentimos que por nuestra historia no podremos contenerlo bien, lo que mas cuida entonces es pedir apoyo para sí, y/o para con los niños. No dudemos en hacerlo: hay personas que han sobrellevado situaciones límites –crisis de panico, o bien no salir de la casa por temor al saqueo a algunas horas, y a las balas de militares en otras- sin llamar a nadie. Pedir apoyo puede costar, compartir carencias -y cada uno tiene las propias y no nos quitan dignidad- y sabiendo que es difícil, ojalá podamos poner mayor atención cada uno en sus vecinos, amigos, conocidos, que quizás con un llamado o visita nuestros, se abren a contar lo que están viviendo y salir del ahogo y la soledad, junto con resolver situaciones concretas.
Palabras, dialogo y cuidado:
¿Qué cuida más, a cada uno? ¿Qué necesita cada niño, cada niña y adolescente? La relación de amor y de cuidado toma en cuenta etapas del desarrollo, aprendizajes, repasos constantes de lo ya aprendido en períodos recientes junto a la aventura de lo nuevo que incesantemente. La oportunidad de crecimiento es para nosotros también.
En el amor, todo es cuerpos y palabras, escribió Joyce Carol Oates y es la frase que me acompañará hasta el último día. Quiero dedicar unas líneas a las palabras que no son “algo abstracto”, o accesorio, sino determinantes en el registro de la experiencia y lo que llegue a ser la memoria de este período para los niños.
Cómo nos referimos a otros es muy distinto en el espacio adulto del diálogo, que frente a los niños o en conversaciones con ellos. Las palabras pueden agregar agitación, miedo, odios, o ayudar a serenar, sentirse menos nervioso, más cobijados. ¿Qué palabras usamos? para expresar emociones, u opiniones, para calificar conductas de otras personas -o para describir a esas personas, a veces de modos encarnizados e inmutables quizás-, son elecciones que van a propender al cuidado también, o bien favorecer el estrés.
Es importante señalar que no se trata sólo de explicar en palabras de niños, que ellos puedan comprender (poeque perfectamente pueden relacionarse con definiciones tales como “el más malo/mala de todos”, “asesino”, “no les importa nada la gente”, etc.), sino de apoyarnos en aquellos nombres que comuniquen sin tensión, con intención de evitar sustos o angustia en nuestros niños. y aunque no lo notemos incluso, también en nostros.
Como papás y mamás -y los docentes también- sabemos que la dimensión educativa es indivisible de nuestros actos en años de crecimiento, pero en períodos de crisis como la actual (con alto potencial y/o efecto traumatizante) es importante detenerse a pensar cómo juega un rol esa dimensión, con el centro puesto en cada humano niño y niña, y lo que ellos necesitan, las formas en que ellos pueden procesarlo. Aquí, lo formativo, incluso más que los contenidos específicos-, es la vivencia de cómo se navega un momento difícil, acompañado de presencias cariñosas, seguras e incondicionales.
Con los más pequeños, generalmente conversaremos en una clave distinta, con palabras simples y frases más breves, en respuestas acordes a su edad, ánimo y capacidad de comprensión (y atención, en lapsos muy cortos). Entonces, no recurriremos a referencias históricas o explicaciones –por simples que sean- que sabemos no están en condiciones de procesar todavía, ni en lo cognitivo ni en lo emocional (vale preguntarnos. “¿es necesario qué sepa tanto detalle?”). Con niños de más edad, o adolescentes, las conversaciones serán distintas y es útil el cuestionamiento acerca del qué, el cómo y/o si el relato de la historia pasada –del país y/o personal- contribuye a gestionar el estrés, o bien a exacerbar la angustia (y muchos otros sentimientos) en este momento presente de exceso y agitación. Suficiente es saber que un presidente realiza afirmaciones –así sean corregidas luego- como “estamos en una guerra”, y ver militares estan en las calles, para sentirse en completo peligro.
Más allá de las elecciones de cada familia en el contenido -y de inseguridades que sintamos o de nuestros errores e imprecisiones-, lo que más influye y lo que más recordarán los niños, es la emoción y el afecto que acompañan nuestros dichos, el tono que se deja traslucir en nuestras palabras –cuáles elegimos, qué fortalecen- y hasta en nuestra voz. La confianza en el cuidado que transmitimos y deja huella más gentil en la memoria (incluso cuando se trata de eventos dolorosos o traumáticos).
Acerca de la memoria
El momento fragilizado y anormal que estamos viviendo tendrá un término aunque no sepamos cuando exactamente. Pero la experiencia de estos días que ya suman una semana, dejará algún registro en la memoria de semanas, meses y tal vez años por venir. Han sido días anormales, de toque de queda, de helicópteros nocturnos (nadie puede dormir), de presencia de tanques en las calles, de saqueos (recordemos lo traumático que fue en el terremoto del 2010, para los niños que atestiguaron estos eventos), incendios, balas disparadas cerca del hogar (o hacia su interior, como ha ocurrido en muchos barrios). También han sido días de no ir al colegio –o muy pocas horas- de ver a los papás y mamás llegar más temprano, etc.
La vivencia actual de trauma, junto a las emociones que acompañan, serán parte de la menoria, pero la experiencia será vivida y grabada y recordada de maneras distintas, y aquí un factor determinante serán los sentimientos de indefensión.
Ssoledad, impotencia, fragilidad, la sensación de no tener escapatoria ni auxilio posible, o en tres palabras, “a merced de” el daño y el peligro. La indefensión. Quizás esta historia lo explique mejor: un reconocido neuropsiquiatra, Bessel Van der Kolk, que ha dedicado su vida a estudiar y atender a pacientes traumatizados (y con TEPT) cuenta que luego del desastre de las torres gemelas, un niño de 5 años testigo de la tragedia, dibujó una réplica exacta del derrumbe, pero agrega una cama elástica para que las personas pudieran saltar de los edificios contando con un lugar donde aterrizar a salvo, por si llegaba a ocurrir algo así otra vez.
Vemos que la experiencia traumatizante existió y el niño tiene un registro vívido de lo que atestiguó. Pero le da un sentido, desde su mirada, su creatividad si quieren, y ese sentido es que si llega a repetirse no será igual porque agregando una cama elástica se salvará la gente. Así puede seguir adelante. ¿Cómo?, nos preguntaremos. De partida, los niños tienden naturalmente a seguir siendo niños (en medio de catástrofes naturales, es sobrecogedor ver cómo los más pequeños quieren a pesar de todo, jugar), porque el cerebro humano, funciona desde la prioridad de la supervivencia. Y de forma muy resumida, esta prioridad lo orienta a buscar la forma de satisfacer necesidades vitales (alimento, cobijo, descanso, protección, etc.) y a generar la energía para lograrlo, mientras en paralelo, sostiene y gestiona un sistema de alerta que le advierte de peligros que deben ser enfrentados mientras comanda las acciones necesarias para alcanzar sus objetivos. Pero el quiebre se produce cuando se vive una discrepancia entre necesidades y acciones (por ej, si un niño necesita cobijo, su llanto es el pedido, y le responden con golpes).
Es tremendo y delicado trabajo (maravilloso, también) el que realiza el cerebro, el cuerpo humano, para sostenerse en la vida. Pero en eventos de trauma, no podemos dejar a la naturaleza sola. Estamos cuidando. Nuestras intercesiones, cariño, presencias, pueden cambiar completamente la historia para un niño.
Para el niño de las torres gemelas, por ejemplo, poder dibujar lo ocurrido con una nueva alternativa (espontáneamente o ayudado por la pregunta o proposición de agregar algo distinto, suyo, al registro), favorece que su cuerpo, su psiquismo, no quede paralizado –con sensación inescapable- en el trauma. Con niños más grandes y adolescentes, quizás ayudará la expresión escrita o el diálogo contenedor que pueda dar espacio a ciertas preguntas –cuando nos compartan sus preocupaciones y quejas sentidas frente a lo que se vive-, sin forzarlas, pero en clave de:
¿te parece dedicar un minuto a pensar cómo _ _ _ _ podría haber sido/ser distinto, cómo podría hacerse mejor?,
¿si pudieras hablar con _ _ _ , qué le dirías?, etc.
Escuchemos, porque en estas respuestas –el ejercicio de articularlas, independientemente del contenido- hay un movimiento que propicia en el cuerpo, una sensación de menor indefensión. Adicionalmente, los juegos de roles –con muñecos, o actuando en familia-, pueden ser útiles. No olvidemos que el juego es, para los niños, su herramienta principal para aprender, y para crear y re-crear su mundo y hacerlo una vivencia. Su vivencia.
Si pudiera proponer una sola premisa para recordar en estos días, de forma constante, contumaz ojalá, es que a mayor sentimiento de indefensión mayores serán el estrés tóxico y el sufrimiento en el presente, así como su impacto hacia el futuro, en la memoria, y nosotros podemos ayudar a que ese impacto sea menor. Se puede recordar un momento o período estresante y traumático –los terremotos, por ejemplo- como una parte de la historia de vida de la niñez (no es TODA la historia), pero es muy distinto quedar atrapado en un pasado que vuelve una y otra vez, y provoca en cada regreso dolor, y la sensación abrumadora de que no puede quedar atrás y estará ahí siempre.
Por eso es tan importante poder ofrecer presencias, acogida, escucha, cariño, etc. Por amor, humanidad, y porque es lo que corresponde hacer en relaciones de cuidado, y también, para reducir la indefensión que el cuerpo vive y podría seguir viviendo después. Todos nuestros actos de cuidado, de la forma más deliberada y hermosa, contravienen y desobedecen para transformar, el destino de una fractura (que puede luego sanar, o trizarse hasta el último límite imaginable) y su memoria viva.
Las recomendaciones compartidas, vale insistir mil veces, son muy generales, y cada niño es único, sus historias de vida, los contextos. En casos de trauma previo, el desafío será mayor. Pienso también, en niños con necesidades especiales (ojalá los especialistas puedan también orientarnos pronto). En niños que están en Sename y que pueden estar viviendo muy complejas experiencias –que se suman historias precias de traumas y vulneraciones- a la par de la preocupación por sus seres queridos. Y en niños que están por nacer, o han nacido en estos días, o tienen apenas meses de vida, y no están exentos del estrés agudo que se está viviendo, como tampoco se eximen sus madres. Las necesidades de cuidado siempre han sido las mismas –y lo que vivimos como país tristemente refleja cuántos vacíos de respuesta han horadado vidas en treinta años de democracia- pero ahora en crisis, nos piden más.
No sé cómo terminar este escrito, la voz estos días no es fácil sacarla, el cuidado guía, pero las emociones son muchas y no quiero tropezar con palabras (o acciones) que debiliten lo que amo, lo que creo, o que alimenten lo que no quiero, lo que me indigna. Llevo años conversando –en cursos, escritos, libros, medios- sobre fracasos del cuidado que son colectivos, y oportunidades que asimismo necesitan, inexorablemente, de todos en la enmienda. Juntos podemos hacer mucho más, una y otra vez volvemos sobre ese aprendizaje (la misma ley de imprescriptibilidad del abuso sexual infantil, promulgada este año, fue un ejemplo de ello). La esperanza es saber acumulado de siglos de especie (sabiendo que es posible transformar realidades), y una energía que vitaliza, que mueve. ¿A quién le sirve que renunciermos a ella, o la dejemos palidecer? Es nuestra para usarla, para ponerla al servicio del vivir, del cuidado que se vuelve rebelión cuando todo lo que nos han dicho es que prioricemos producir, acumular, salvarnos solos.
Me afirmo en la esperanza de que al fin estamos entendiendo en Chile, y tal como dice Bernardo Toro, que estos son tiempos donde o nos cuidamos, nos salvamos juntos -seres humanos, la naturaleza, todo lo que vive-, o nada (el habla de perecer, pero ese verbo no me gusta). Gracias por estar.
(pensando en Luciano, especialmente, que llegó al mundo justo en estos días 🙂 ).
Gracias especiales, en el crecimiento y el aporte a mis reflexiones, a colegas ps. Ignacio Fuentes, Constanza Quintanilla y Rodrigo Venegas. A Criando Contigo
*advertencia preventiva para sobrevivientes de abuso y personas sensibles
“El abuso es una traición atroz del amor. Mi corazón está con las víctimas de esta injusticia terrible”. Mary McAleese, presidenta de Irlanda (1997-2011)
En 2009, la presidenta de Irlanda expresó su solidaridad con las víctimas de abuso sexual infantil, “la traición más atroz del amor”, dijo. “Agravada por los sufrimientos que en silencio debieron soportar”, por el más largo de los tiempos.
Sus palabras acompañaron la entrega del reporte de la Comisión de Investigación de Abuso infantil (CICA, Commission to Inquire into Child Abuse), constituida por el Estado Irlandés en 1999. El reporte final, luego de nueve años, fue definido por algunos como un recuento de inhumanidades que pueden sólo entenderse como una versión irlandesa del holocausto. Habrá quienes lo consideren una exageración, tal vez, pero más de treinta mil niños y niñas que pasaron por “residential institutions” – noción que en CICA alude a hospitales, orfanatos, centros de “protección”, reformatorios, escuelas industriales, operadas en su mayoría por la Iglesia Católica y financiadas por el departamento de educación-, fueron tratados como prisioneros, esclavos, y sometidos a los tratos más crueles y violentos.
Abusos y explotación sexual, abusos corporales, psicológicos. Algunos sobrevivientes reportaron no haber conocido siquiera sus nombres ni procedencias durante años pues muchos llegaron ahí simplemente por decisión de familias que querían evitar la “humillación” de hijos o nietos ilegítimos (y el sistema se hizo cómplice en el ocultamiento de sus identidades). Otros niños llegaron por el “delito” de haber robado por hambre, o de no haber cumplido con un deber escolar. Existen reportes de ensayos médicos y experimentación de vacunas en niños y niñas. No eran infrecuentes las golpizas públicas –“ejemplarizadoras”- de niños desnudos, muchos de ellos por haber resistido acosos sexuales. Otros fueron atormentados, colgando de ganchos en las paredes, para “corregir” su conducta indócil. Las niñas eran violadas con habitualidad por uno o más hombres en las residencias, o bien llevadas a otros lugares como sacristías, centros de retiro espiritual, casas de “padrinos”. En una escuela industrial del reporte (Goldenbridge), se describe cómo niñas de apenas siete años eran forzadas a trabajar hilando cuentas de rosario (para vender), 600 en días hábiles de la semana, y 900 los sábados y domingos.
Son 2,600 páginas de infierno y sólo infierno; historias de niños y niñas que recién en la adultez –50 a 80 años de edad al momento de compartir sus testimonios con la comisión, en distintas modalidades- pudieron sentirse escuchados, dignos de credibilidad (y de alguna reparación que el Estado asumiría, en términos económicos), para que luego les negaran, completamente, la posibilidad de acceso a justicia.
En 1999, el Primer Ministro Irlandés Bertie Ahern fue uno de los primeros líderes de Estado en pedir disculpas públicas a los sobrevivientes: “ el gobierno presenta sus disculpas sinceras y por mucho tiempo adeudadas, a las víctimas de abuso infantil, por nuestro fracaso colectivo en interceder, en detectar su sufrimiento, y en concurrir en su auxilio”. Nada pudo prevenir la decepción y dolor que vivirían esas mismas víctimas cuando en 2003, la jueza a cargo de la investigacion, Mary Eleanor Laffoy presentó su renuncia acusando obstáculos y falta de apoyos a un trabajo que ya anticipaba no poder garantizar su efectividad ni independencia.
En Chile, donde sigue siendo nuestra aspiración contar con una comisión similar, necesitamos aprender y tomar nota de las experiencias en otros países, estableciendo límites muy claros que nos protejan de la intervención de la Iglesia, y eviten restricciones en la verdad.
En el caso de CICA, desde el inicio sus tareas se vieron entorpecidas por congregaciones católicas y por el propio Departamento de educación irlandés. Pero el mayor desgaste lo impuso una querella de Christian Brothers cuyo objetivo -como el de otras órdenes, en otros países donde el lobby católico influencia decisiones de estado- era lograr un compromiso de impunidad mediante la omisión de los nombres de los abusadores en el reporte, con excepción de aquellos que ya hubiesen sido juzgados y condenados anteriormente.
En 2005, ante el estupor de sobrevivientes y ciudadanos, se formalizó la prohibición de compartir quiénes eran los victimarios identificados por las víctimas en CICA, anulando toda posibilidad de perseguir acciones penales, y de ejercer el derecho de autocuidado como sociedad. Más de 800 abusadores de más de 200 congregaciones jamás enfrentarían sanciones de la justicia ni de la iglesia. Consistente con un patrón de conducta histórico en la perpetración de abusos como en el encubrimiento y obstrucción, el Vaticano adoptaría una actitud distante, “lamentando” vagamente los hechos, sin asumir mayor responsabilidad.
Hace unos meses, James Carroll, periodista del Boston Globe (y uno de los protagonistas de la historia documentada en el film Spotlight), escribió una columna magistral –Abolish the Priesthood, vía The Atlantic- en la que concluye que la Iglesia hasta hoy continúa fracasando en comprender la gravedad de las atrocidades cometidas bajo su alero. Un ejemplo es el encuentro de obispos “La protección de los menores en la Iglesia”, convocado por Francisco I en febrero recién pasado, del cual Carroll comentó: “Es como designar a los líderes del crimen organizado, como responsables de una comisión de justicia”.
No entienden, o bien hacen como que no entienden. En Irlanda, una vez conocido el Reporte Ryan, no pasó desapercibida la expresión casi simultánea de disculpas de diversas órdenes católicas y sus líderes, todos en clave monocorde y desafectada. La más alta autoridad eclesiástica, el Cardenal Sean Brady, declaró: “Tengo esperanza en que la publicación de este informe ayudará a sanar heridas de las víctimas y abordar los errores del pasado” (NYT, mayo 2009). Nada más.
Cataplasma de relaciones públicas en reemplazo de la verdad, de la justicia. “Demos esto por reparado o en vías de, y miremos hacia adelante”, para que así, deberíamos traducir, podamos olvidar a quienes viven con las secuelas imborrables del trauma, y de paso a los perpetradores, encubridores y cómplices.
Amnesia general, eso querrían. Amnistía ojalá, me imagino siempre mascullando a la impunidad. Hasta que la memoria sale a su paso y saca la voz como puede: con valentía, temblando, desbordada de angustia y furia, como sea, pero la saca. La voz de los vivos, de los muertos.
El holocausto irlandés no terminaría de conocer la historia de sus niños, niñas, mujeres, no todavía.
En 2017 se descubren 800 cadáveres de bebés –quizás cuántos más fueron rutinariamente desechados- en fosas y pozos sépticos del Hogar Bon Secours (conocido también como Hogar St Mary para Madres y Bebés, que operó entre 1925-1961). Mujeres embarazadas eran enviadas ahí para dar a luz y luego ser separadas de sus niños por la fuerza (la adopción ilegal fue en Irlanda y hacia otros países, entre ellos EEUU). Muchos de los niños que no fueron adoptados y no podían continuar en el hogar en razón de su edad o por ser “problemáticos” para las religiosas, terminaron en reformatorios y escuelas industriales donde con toda seguridad estuvieron expuestos a los abusos descritos en el Reporte Ryan. El destino de sus madres no fue mejor.
Las mujeres “penitentes”, luego de trabajar gratis para las monjas de St. Mary (en “retribución” por recibirlas embarazadas y robarles sus guaguas), si no mostraban signos de “redención”, eran derivadas a las Magdalene Laundries donde podían permanecer meses o la vida entera generando utilidades para los conventos y sufriendo toda clase de abusos. La red de tráfico y explotación laboral operó durante los siglos 19 y 20, y sólo en 1996 se cerró la última lavandería. Todavía hay víctimas entregando sus testimonios, y todavía, en 2018, la Iglesia negaba conocimiento de las crueldades cometidas: muertes de mujeres, infanticidios. Hablar de “monstruosidad” es poco.
Francisco I, en su visita a Irlanda del año pasado -gallardas e inolvidables esas calles semivacías-, se comprometió a estudiar un memorándum sobre el hogar de St Mary entregado por la ministra de Infancia, en tanto se declaraba ignorante de los hechos reportados. Pudo mentir, o no. Pero sigue siendo responsable.
Nunca, desde el inicio de su período, he conferido credibilidad al sr Bergoglio, y todavía no encuentro las palabras ni el estómago para explicar lo que sentí escuchándolo hablar de “cuidar el corazón de los niños” en un viral de agosto pasado filmado para Chile (convenio PUC-CECH-CUIDA). Pero en relación a St. Mary, y llevando el beneficio de la duda a un extremo casi autodestructivo, podría uno llegar a contemplar la falta de información, y aun así, sería igualmente inexcusable la desconexión y negligencia de la máxima autoridad de la Iglesia y de un Estado de la UE, frente a crímenes cuyas denuncias suman décadas.
Existen registros de vulneraciones ya en los años cuarenta, tanto en documentos de estado como de la iglesia. Pero cerca del fin de siglo, nadie hablaba de ello, no públicamente. Hasta que Sinead O’Connor dio un grito, un primer bramido desde la herida profunda que atravesaba a Irlanda. En otros países, tampoco sabíamos de abusos todavía, ni quisimos escuchar.
Nos quedamos en el reproche de la forma, a tal nivel, que el fondo ni siquiera llegó a ser tema. Cuando la cantante, en un programa estadounidense rasgó en 8 pedazos la fotografía del Papa Juan Pablo II, las reacciones se centraron en el irrespeto a la autoridad y a los católicos del mundo, y en la inestabilidad emocional o extremismo político de la artista. No hubo la pregunta antes de qué pudo empujar a una persona a realizar un acto que entrañaba riesgos para la propia integridad, la propia carrera (justo en la cima). Qué consciencia insobornable, qué desesperación, qué urgencia podía movilizarla. La turba impidió reflexionar. Pero no impidió escuchar el silencio de tantos, con todo su dolor.
En aquellos años, no conocía a sobrevivientes de mi edad. Tampoco tenía con quién conversar mucho de temas que ni siquiera yo estaba segura de querer enfrentar todavía. Pero recuerdo mi tristeza frente a las omisiones de lo esencial, y también recuerdo mi certeza; el cuerpo entero avisando el reconocimiento instántaneo de una semejante, una hermana de experiencia, tenía que ser, aunque no la viera, aunque viviera en otro continente, había un universo, un incendio común, una cantidad de cenizas inconcebible para los restos de niñas que nos quedaron dentro. Años después conversaríamos de esas intuiciones con otras sobrevivientes que habíamos reconocido en Sinead O’Connor, Tori Amos, Dolores O’Riorden, un detalle o dos, un enjambre, un susurro, una forma de puntuar, de informar entre semejantes una rotura que compartíamos, indecible todavía.
No era tiempo, no entonces. En los noventa, la mayor conmiseración en mi círculo cercano llegó a contemplar de O’Connor “quizás qué cuadro, qué crisis atraviesa, pero nada excusa esa actuación”. Confieso haber callado por cobardía, por no herir a amigas y amigos cristianos –que más que enojo, sentían confusión-, y cuando mucho haber comenzado una frase y luego atenuado a niveles inaudibles la defensa que no era de la artista que me encantaba, sino mucho más. Lo que yo necesitaba vocalizar era una pregunta que podría haber sido válida para cientos de mujeres y hombres, niños, niñas, tantas personas. ¿Te imaginas qué devastación puede haber vivido ella, o alguien amado por ella, o miles de sus prójimos, para responder así?
A la luz de todo lo que sabemos hoy de Irlanda, no sólo de Sinead O’Connor, del abuso físico y sexual que vivió en su hogar, del horror que vivió instucionalizada como “menor de edad problemática” a sus 14 años, en una de las lavanderías magdalenas en Dublin, (y no: nada, ni su salud mental, ni su conversión religiosa, la invalidan como persona y menos deslegitiman su advertencia desgarradora sobre el abuso sexual de niños y niñas), no entiendo cómo podríamos reprochar la rasgadura de la fotografía de un hombre, o de miles si así hubiese sido, representante de una institución cómplice de la tortura de niños y mujeres. Crímenes de lesa humanidad.
No sé si mi amor, si su rabia, serían capaces alguna vez de romper algo, o todo a mi paso, pero sí sé que me gustaría y querría recordar por siempre, a la Sinead O’Connor de ese 3 de octubre de 1992. Como un ejercicio de cuidado, de autocuidado. Para evitar traiciones atroces del amor. Deslealtades. Revictimizaciones, y todo lo que en el fondo endosan o excusan: la continuidad insoportable del abuso sexual de niños y niñas.
Todavía es cotidiana en el mundo, y también en Chile, la revictimización de sobrevivientes, en tanto las sociedades no terminan de hacer todo lo necesario para asegurar su acceso a justicia y salud; el fin de la impunidad. Sobre todo, para garantizar el cuidado de nuevas generaciones, en sus propias familias, y en toda institución.
No bastan leyes y protocolos si no hay formación ciudadana, trabajo permanente y colectivo, amparados por una política pública de prevención en jardines,escuelas e instituciones de la educación superior. No termina la indefensión, y nada evoluciona sin garantías máximas (no mínimas) para niños en sistemas de protección donde se violan sistemáticamente sus derechos humanos.
El mundo del deporte, de las artes, del escultismo: no hay entorno humano donde no se estén abriendo historias y denuncias que conminan a cambios radicales en las relaciones de poder, y en las relaciones de cuidado ético entre adultos y la infancia. De las instituciones religiosas, aunque en todas se han cometido abusos, sigue siendo la iglesia católica la que más ha entorpecido la justicia, protegido a abusadores, y demorado la implementación de cambios que permitan alguna confianza reducida, y se sostengan en el tiempo (sin más excusas; sin comisiones inútiles ni convenios distractores, en tanto desactivan a sobrevivientes y movimientos sociales en vez de volcarse a la reparación de las víctimas). Basta.
Frente a engaños y disociaciones, es sólo humana la impotencia, el cansancio de años de sortear silencios y pesadillas. Pero a pulso de agua, de gotas diminutas de agua, es posible horadar piedras (dice el sabio refrán), así lleve siglos, como en Irlanda. Siglos para desenterrar, para nombrar un holocausto que quizás sólo usando esa palabra nos permita dimensionar la magnitud del desgarro, y entender al prójimo, al propio corazón, o a una mujer como Sinead O’Connor en su duelo por el abuso de todos, y el suyo, y por la historia que fue escribiéndose a partir de ese 3 de octubre de 1992.
Una querida amiga, también sobreviviente de ASI por años, me manda hoy un mensaje “It’s been 7 hours and 27 years, since we took our love away”, junto al video de Nothing Compares 2U, una canción que se quedó como hoja seca marcadora de página, en el diario de vida de la juventud y de nuestros primeros años de adultez.
Me deja pensando en las gratitudes que no fueron a tiempo, el perdón que deberíamos declarar. O en que ni siquiera fue lo más doloroso para Sinead O’Connor, el linchamiento público posterior a su performance en Saturday Night Live, sino el abandono de años que se fue instalando poco a poco. La soledad que quizás agudizó los daños, o llevó a la voz a buscar refugio en otras otras lenguas para cantar (este tema es hermoso) u orar; para rearmarse una y otra vez y no darse por vencida. No lo sé. Pero sí he conocido de cerca cómo la soledad se vuelve castigo y cerco para más de una víctima mujer u hombre –y para sus hijas e hijos, muchas veces- luego de juzgarlos por sus actuaciones consideradas “excesivas”: contar su verdad inesperadamente en una reunión familiar, o detener la mano artrítica de un tío o un abuelo que fue el violador, y que a duras penas se levanta de su silla para saludar con sobajeos invasivos de espalda y caderas, a niñitas y adolescentes que resisten el acoso con expresión temerosa y el cuerpo tensionado. Antes de ver coraje, o cuidado, se elige el lente del desajuste, de la adecuación fallida, para dictaminar a más de una víctima, interdicta. Marginable.
Qué distinto sería si antes del dictamen de excesos y desvaríos, existiera una pregunta. ¿Qué pudo haber vivido este niño, niña, esta persona? En voz baja o alta; una pregunta con ánimo humano, de entender, de esperar al menos, unos segundos, antes de la condena, del juicio moral o psiquiátrico (con su dureza, también).
¿Qué puede estar viviendo ahora? Una pregunta podría articularse de tantas formas frente a un dolor que no conocemos, y abrirnos sino a la solidaridad y la compasión (tan reparadoras), al menos a considerar la herida posible y nada más. ¿Y si se tratara de un tormento mayor, un duelo antiguo del cuerpo arrasado?
Una pregunta puede evitar injusticias, y el frío. Dar tiempo de un respiro, una duda acogedora. Servir a una voz: para que hable, o pierda algo de miedo. Tal vez ganar un poco de firmeza para más adelante: una pregunta podría servir tanto.
¿Cómo despierta cada día un cuerpo humano con una vivencia intolerable inscrita en lo más profundo, cómo se agita el silencio pasado, presente, en presencia de lo que sigue siendo esencialmente inenarrable?
Cambiar la mirada, un poco más de pupila, sin encandilar, sin llanto, sin homenaje, solo cambiar el ángulo. Y preguntar para disminuir el ahogo, un poco, o mucho, en adultos, en niños y niñas, en quien quiera esté viviendo y sobreviviendo años en espera de auxilio. De un trino. De una historia desobediente, con otro final. O de una pregunta capaz de salvar vidas.
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*Horo, welcome home (traduccion del galés irlandés).
Imagen: Sinead O’Connor cuando niña, via Angeline Squirrelson (wordpress)