Fue un embarazo imprevisto, precoz. Para ella, como futura abuela involuntaria, difícil desde la tradición, sus expectativas para el hijo menor y favorito, la nuera que hubiese preferido (no de izquierda, no hippie, no agnóstica), las explicaciones que tendría que dar en su círculo. Todo sumamente inconveniente.
Las familias tensionadas, los futuros padres adolescentes muy asustados, un matrimonio organizado a presión y todas las predicciones nefastas en el aire. Su expresión de suegra desencantada en las fotografías de la ceremonia civil, no fue tan distinta de la cara de su nuera que sólo accedió al compromiso por el argumento del “hijo ilegítimo”. La hija, sería. La nieta.
No fue al hospital, no escribió tarjetas, no envió ajuares. Con su hijo, padre de la pequeña, apenas se hablaban. Con su nuera, nada. Persona non grata. La niña crece, la mamá piensa que las mujeres de su árbol no pueden faltar y un buen día decide llamar. Miente (quizás la mentira más blanca y justificada de toda su vida). Inventa una cita al médico en el mismo barrio en que vive su suegra.
Sé que no hemos hablado desde hace mucho pero ¿cree usted que podría cuidarla hoy una media hora, o una hora? Y la aprovecha de conocer. No tengo con quién más dejarla.
Va con su guagua a la universidad, a todos lados, la suegra sabe, le han contado. Pero no pregunta más y accede. “Sí claro, una hora puedo”. La mamá deja a su niña, y querría sentirse menos insegura de lo que hace, pero con la intuición que la mueve por ahora tiene que bastar. Se queda esperando a media cuadra, sentada en una banca de la calle. Deja pasar algo más de una hora y regresa. La suegra la recibe muy seria pero con un brillo hermoso que la traiciona. Miran a la niña, las dos, con igual ternura. “Puedes traerla de nuevo, si necesitas. Cualquier día menos los jueves que voy a la peluquería (sagradamente)”. Una semana después del reencuentro, una abuela, con voluntad y esmero de abuela, llama a la nuera y le da las gracias por haber cruzado los muros que ella no habría podido vencer.
Fue el comienzo de un vínculo férreo, de afectos muy leales, y cuidado. La misma niña, indivisible el amor, los esfuerzos de abuela y madre, sus complicidades y confabulaciones también. ¿Qué querrá para el cumpleaños, o navidad? ¿Cómo la ayudamos con las tablas de multiplicar? ¿Qué consejos o consuelos pueden ayudar en este primer amor?
La nieta tenía un año cuando sus padres se separaron. La única que escuchó a su mamá y le creyó, fue la suegra, o ex. El divorcio fue de la pareja, no de los abuelos. Los lazos siguen intactos en años de cuidado de la niña, y más adelante, en visitas, llamados, cartas de uno a otro lado del Ecuador, videos, grabaciones, dibujos. La madre le cuenta a la hija historias de principios de siglo, de cada década, acompaña a las generaciones y ayuda a explicar posturas de la abuela cuando su nieta podría reprochar algo, o no entender (otras personas, siempre interrumpiendo con sus juicios). Esa relación se cuida, sin pausa, sin distancias, cada día. No habrá lecciones de tejido ni cocina, pero sí cientos de conversaciones de poesía, de literatura, de humanidad.
Poco a poco será su propio esmero, autónomo: la nieta es ya una adolescente, una mujer joven. Los años pasan tibios y llenos de sorpresas. Mi abuela es poeta, mi abuela quería estudiar leyes -y estudia sola y sabe mucho, aunque nadie tenga idea-, no la dejaron “en esos tiempos”. Mi abuela habla de pasiones, de amor, de deseo, de misterios no resueltos, de su cuerpo que baila, que quiere reír, tocar, atreverse. No me gusta su postura política pero jamás ha justificado una atrocidad ni una guerra. Ella me anima a pensar en voz alta, con ustedes no fue así, en dictadura tenía miedo, yo la entiendo. Pero a mí me apoya en mis sueños, mis activismos, mis historias y penas de amor. “Yo la apoyo a ella también, en todo lo que pueda. Somos mujeres las dos”.
Desde un lugar más distante, atestiguo el albedrío, el lazo inviolable. Un amor que podría disipar toda niebla resentida, toda palabra aterrada u odiosa en este mundo. Menos una. Alzheimer.
Cuando el diagnóstico fue definitivo, no hubo cómo forzar la esperanza. En el tiempo que siguió no aparecería la cura mágica o capaz de revertir lo ya doblegado en la memoria. La abuela pide a la nieta no ausentarse, ayudarla a recordar todo lo que pueda. La nieta no falta. No habrá duelos más suaves que otros, ni impotencia menos bestial, pero se afirma de su dulzura y de decenas de fotografías, escritos, todo lo que pueda servirle para robar días al olvido.
La pregunta esencial de una vida, desde el cuidado, la resolvieron ambas mujeres con simpleza, sin complicaciones. Nunca hubo un cambio en la dignidad, en el respeto a los derechos, la integridad de una mujer que cuando iba olvidando quiénes eran todos, todavía podía decir “no” o “prefiero” en relación a algunas cotidianeidades que la nieta defendió como si en ello se jugara la supervivencia del planeta. Derecho a cuidar, a ser cuidada. Derecho a ser en paz, hasta la última vez de atarse los zapatos, la última de pedir los aros azules. El último aliento.
“No sabe quién soy, pero cuando me toca el huesito de la nariz igual al suyo, sabe que soy alguien familiar, al menos”, cuenta la nieta con amor, con regocijo que sí, es posible, en medio de la inclemencia del olvido. Mientras la peina, la ayuda a vestirse (así fuera con una camisa de dormir, solamente), sigue contándole mil veces y cada vez que puede la historia de quién es ella, Eliana, cómo era de niña, de joven, qué países visitó, cómo se enamoró del abuelo, cómo se convirtió ella en abuela, o “Catita”, qué travesuras hicieron sus hijos que luego replicaron sus nietos y bisnietos. La película famosa sobre el tema, de la pareja que le cuenta su vida a su señora enferma, se me hace hasta pequeña viendo a estas dos mujeres.
Cuando ya no podía controlar esfínteres, ni alimentarse, ni hablar más que con un puñado de palabras muy cortas, la nieta consiguió libros de poesía y todavía, al leer ella en voz alta, algo podía sentirse a salvo frente a un mundo evaporado, en lo más profundo de la abuela. Un libro que la hacía reaccionar especialmente –una frescura en los ojos, un amago de sonrisa, las cejas más altas- fue la antología de Cecilia Casanova (QEPD) de Adriana Valdés (qué ganas de agradecerles a ambas). Podrían haber gozado ese libro una eternidad.
Pero se va apagando el tiempo, y con él las opciones, los colores, los santos (por si acaso) a quienes suplicar. La pérdida se instala, titubea, pero no deja de expropiar conforme a un itinerario decretado por los médicos desde el inicio. Nadie imaginó, pese a todas las advertencias, cuán doloroso sería cada dos, tres meses, escuchar “ahora sí hay que prepararse para decir adiós”, “es lo mejor para ella”. Proponen muchas veces delegar su cuidado, llevarla a “un lugar especializado”. El abuelo y la nieta insisten en el propio hogar, la vida todavía en su espacio conocido. Todo se va vendiendo y destinando al cuidado de la abuela. ¿Cómo lo hacen otras familias? Al sistema no le importa. Ni el enfermo, ni su humanidad, ni sus seres queridos. Nada. (Me rondan los “méritos”, lo que cada uno merecería, meritocracia, ¿en serio?, váyanse a la mierda y perdón por el francés).
Algo se quema en todos lados: una hoja seca, arboledas completas, las casas y vecinos, toda la ciudad. El corazón de la nieta pasa por estas brasas muchas más veces, creo, de las que puede resistir en buena salud un cuerpo humano por joven que sea. My darling, hija mía, cómo aliviar este pulmón a la vista que eres; tu ahogo día por medio, la agonía de tu abuela. Qué daría por evitarte todo esto, y por otro lado, cuánto agradezco y te admiro y respeto, mi pleno respeto, porque no hagas nada para eximirte. El duelo se vive, el adiós, con todo amor, ni una pizca menos. Y qué amor, el tuyo. La mujer que eres y refulge (no sólo en la última noche, de acompañar la partida).
Siempre dijo tu abuela que fuiste la hija que no pudo tener. Seguirás siendo.
Trato de pensar en estos días, recordar otras palabras para la muerte, tu consuelo mi niña, la inmortalidad del afecto. Las metáforas todas en algún escondrijo; la música y sus silencios, sus llaves soleadas. No quieren arriesgarse, auxiliarnos. Serán de carne y hueso, quizás; o saben que hay lágrimas que luego no será fácil detener. No puedo culparlas. Pero me faltan voces, algún idioma. Ninguno de los que conozco me ayuda a expresar mis condolencias, mi luto, la mezcla de reverencia y angustia que siento cuando veo cómo dos mujeres crecidas hasta donde el horizonte no alcanza, casi cien años ella, y treinta contigo, enfrentan este tiempo indefenso, desvanecido ahora sí, casi en todo, pero jamás en su amor. Ni en el mío por ustedes. En esta vida y todas.
Para Eliana (QEPD) y para Diamela, y para todas las nietas, nietos, hijas e hijos que han vivido estas despedidas.
Un niño es forzado a desnudarse. Le ordenan quedarse quieto sobre una cama, en posición de Cristo crucificado. Está a merced de sus abusadores que lo fotografían, y luego guardan esas imágenes, las coleccionan. Las comparten con otros. Quizás qué más habrán hecho con esos retratos. Quizás qué preguntas habrán consumido a ese niño. Al hombre en que se convirtió. Qué recuerda su cuerpo del frío y terror sobre esas sábanas (y puede haber sudarios horribles, sin sangre).
Este relato es parte del reporte más completo sobre abusos sexuales en la Iglesia Católica de EEUU, liberado muy recientemente en el estado de Pennsylvania. Son 884 páginas, seis diócesis investigadas, más de mil víctimas y 301 sacerdotes abusadores denunciados de los cuales sólo 2 pueden ser llevados a la justicia. En la mayoría de los casos, la prescripción es el impedimento y esto en un estado donde los plazos permiten a las personas iniciar acciones penales hasta los 50 años de edad, y civiles hasta los 30.
Francisco I, desde Irlanda, y podría ser cualquier lugar del mundo, pide perdón en nombre de la iglesia y habla de penitencia (mas no de justicia). No será el último acto de contrición, seguramente. Pero habría que preguntarle a cada niña y niño, sólo a ellos, si pueden perdonar. Si su frío. Su terror.
Hoy, como antes otros reportes lo fueron, el de Pennsylvania es devastador. Las medidas recomendadas, muy pocas y muy rotundas: fin de toda prescripción para crímenes sexuales contra niños y adolescentes; regla retroactiva que permita acceso a justicia a todos los sobrevivientes; aumento drástico de sanciones y penas de cárcel a quienes encubran o fallen en denunciar oportunamente. Se habla de reparación, restitución, prevención; de transformaciones radicales, y muy humanas, en la ley y la justicia. Quizás después, podamos hablar de perdón. Pero sin saltarnos pasos, ni voces.
Es una marea que ya no se detiene. Faltan miles de voces todavía, pero cada una que cuenta lo vivido, ayuda a otras a bracear y llegar a puerto. A la deriva, cada día más, el silencio. Sin saber qué hacer. Flaquea. Se va hundiendo. Habría que hacer más para asegurar su total naufragio. Y más, mucho más, para que las víctimas que todavía no pueden hablar, lleguen a hacerlo. Seguirán siendo, aun en timbre adulto, voces de niños, de niñas, y necesitamos escucharlas todas.
“Este es el mar que se despierta como el llanto de un niño/ El mar abriendo los ojos y buscando el sol con sus pequeñas manos temblorosas/ El mar empujando las olas/ Sus olas que barajan los destinos”. Vicente Huidobro
Sabemos de cientos de miles de abusos sexuales de niños amparados y encubiertos por instituciones religiosas –de todas las denominaciones-, sus autoridades y representantes. No se eximen instituciones educativas, deportivas; los sistemas de protección de los estados. Sabemos también que la inmensa mayoría de los abusos, del orden del 90%, ocurre en el entorno familiar, pero no porque en los contextos institucionales sea “un porcentaje menor” o “apenas un dígito” –argumentos que escuchamos una y otra vez como si fuera posible atenuar horrores-, cambia en algo su gravedad, sus despojos. Nuestra ausencia, todavía, en la prevención.
Una forma de prevenir a la que no podemos y sería irresponsable renunciar es la eliminación de todo límite de tiempo para la denuncia y acceso a justicia de los sobrevivientes de abuso sexual infantil (ASI). La imprescriptibilidad es hace mucho, un imperativo. Una rectificación justa (ojalá amorosa, vital), congruente con el cuidado ético, y el autocuidado. Los plazos han sido arbitrarios y lesivos para las víctimas, y negligentes, o autodestructivos directamente, para nuestras sociedades. Desde la sanidad, el desacato.
Si realmente estamos de acuerdo en que a los niños no se los abusa ni se los viola, y en que debemos detener estas transgresiones antes de que sea demasiado tarde (en violencia infantil, el ASI se asocia a la tasa de suicidalidad más alta), no podemos seguir caminando a tientas e inmersos en la impunidad, sin saber qué personas han sido responsables de abusar de niños, y quiénes han encubierto estos abusos, obstruyendo la justicia y nuestros esfuerzos de protección, siempre incompletos si no contamos con el relato de las víctimas. Todas ellas.
En la actualidad, en Chile, cada día viven abusos 50 niños y niñas. Esas son las denuncias, pero muchos casos se sobreseen, las penas son remitidas “por irreprochable conducta anterior” (daría para otra columna comentar esto), el registro de ofensores sexuales no está actualizado, y una inmensa mayoría de abusos sexuales -seis de cada siete- serán develados en la adultez (debido a tiempos del trauma) y encontrarán ahí el muro de la prescripción. Ese círculo vicioso donde la prescripción inhabilita a los sobrevivientes, pero habilita a los abusadores, nos ha inmovilizado y fragilizado por demasiado tiempo, y debe terminar.
“Creí que ya habíamos comprendido —gracias a sobrados ejemplos— que las huellas de la humillación y del trauma no tienen fecha de vencimiento. Y que no se habla cuando se quiere: se habla cuando se puede. A veces, incluso, no se puede nunca”. Leila Guerriero
Víctimas y sobrevivientes de ASI jamás renunciaron al derecho a denunciar. Nunca hubo elección de nada. Siendo niños o adolescentes –secuestrados en la dinámica perversa del abuso sexual y la dependencia inexorable del mundo adulto- sencillamente no tenían cómo comprenderse en tanto víctimas de un crimen encima perpetrado por personas que debían cuidarlos, no vejarlos.
Para poder comprender, procesar, verbalizar lo vivido se necesita tiempo. En muchos países democráticos se ha escuchado la voz de los sobrevivientes y valorado la evidencia científica –médica, neurobiológica, psicológica- que explica lo imprescindible de ese tiempo en experiencias que quizás todavía no podemos dimensionar completamente.
El tiempo sometido, devorado por el abuso: niños y niñas de 8 años que desde los 4 han sido abusados, la mitad de sus vidas. O durante infancias y adolescencias completas, hasta poder escapar de la tutela del abusador. Otras víctimas murieron o se suicidaron luego de una violación (y decir “una, uno” es decir todo). No hay métrica, no hay calendarios exactos aquí. Sobre todo, porque la historia de abuso sexual nunca comienza con la primera vulneración, ni termina con la última. Su tiempo es difícil de definir con exactitud (y dolorosamente infinito para los niños); siempre más largo que la suma de transgresiones y/o períodos durante los cuales el daño gobierna el cotidiano de las víctimas.
El silencio, la intimidación, sociedades ausentes, la prescripción. El perpetrador siempre ha contado con tiempo. Afila su energía, la voluntad de daño. Para los niños, mucho antes, el paisaje se tiñe de una carga vulneradora, confusa. El peligro establece su presencia, se abstiene, agita, espera. Todo ese tiempo ya le pertenece al abuso que ha comenzado a robarse la vida. Sin un final exacto. Sin que las víctimas, por años, puedan dictaminar con certeza que el último evento abusivo haya sido en efecto “el último”. La última violación. Pero ningún “último” aquí, sirve.
El trauma del ASI tiene otros ciclos; el dolor no tiene vencimiento, se ha repetido hasta el cansancio. Durante meses, años, incluso décadas, mujeres y hombres sobrevivientes reportan vivir con la sensación de que no pueden “cantar victoria”; ni desprenderse de un sentimiento de sombra, temor, de asalto posible (siempre más profundo en la impunidad de sus abusadores, y hasta su permanencia en redes cercanas). Para muchas víctimas, nunca llega a existir un “a salvo”, y “a merced de” siempre serán las tres palabras más tristes del mundo.
Derecho al tiempo nunca fue, nunca será demasiado pedir. Tampoco que ese derecho sea igual para todos los sobrevivientes de ASI, sin dejar a nadie fuera. No podemos prolongar tanto sufrimiento. Y seguir negando pleno acceso a justicia es negar también la posibilidad de reparación íntegra. Revictimizar. Agravar el estupor cuando al daño del abusador, se suma el daño o el abandono desde la democracia, las leyes, los sistemas y procesos de justicia que siguen actuando en desmedro de las víctimas.
El tiempo es el tiempo. Cancelar sus límites –por justicia, por humanidad- debe ser hacia adelante y hacia atrás. Ésta ha sido la demanda de sobrevivientes de ASI, legisladores, fiscales y la sociedad civil en diversos estados de los EEUU, desde antes del reporte de Pennsylvania, y ahora, con mayor ímpetu y apoyo de autoridades y ciudadanos; con mayor impulso amoroso, sobre todo (y la indignación también viene del amor, no la turba). Al movimiento civil por la reforma del SOL (plazos de prescripción), a quienes lo han liderado en cada estado, a CHILD USA, a Marci Hamilton, todas las gracias del mundo.
El reporte de Pennsylvania ha despertado a muchos en la resolución de garantizar (siempre puede haber una forma) la justicia antes denegada a los sobrevivientes –en la prosecución de las acciones penales y/o civiles que correspondan-, sin exclusión de casos ya prescritos. Es justo y es cuerdo que abusadores asuman la responsabilidad por sus crímenes. Y es justo que los sobrevivientes no sigan llevando la carga completa y el costo de todos los daños sufridos. En lo penal, lo civil, en toda forma posible, la justicia debe abrirse y acoger a todas las víctimas. Pero además las sociedades necesitamos conocer sus denuncias y la información crítica que pueden aportar a las policías, autoridades, instituciones que trabajan con niños, la ciudadanía, para saber quiénes han sido abusadores, cómplices y encubridores. No podemos prescindir de ningún apoyo en el ejercicio del cuidado y el autocuidado social.
(Dónde preferimos vivir: el abismo o un hogar, bajo desperdicios y cenizas o en la aldea de todos).
“No gracias señores de la Onemi, no queremos saber que se avecina un terremoto ni un tsunami ni la erupción de un volcán, aunque nuestra ignorancia nos cueste la vida”. Impedir la denuncia del ASI mediante la prescripción ha sido el equivalente a un “no gracias, no queremos saber de abusos ni víctimas ni de agresores sexuales de niños que viven entre nosotros, porque en realidad no tenemos mucho interés en proteger a nadie”. Suena descabellado, pero no encuentro otra manera de traducir la disonancia. La borrasca del corazón, del instinto mamífero. De la racionalidad. Racional habría sido protegernos antes. Racional es no perder más tiempo para que leyes protectoras completen su trámite y entren en vigencia.
En Chile, vivimos un momento histórico. La ley de #derechoaltiempo, apoyada por el gobierno y aprobada en lo general y por unanimidad en el Senado de la República el pasado mes de julio, se encuentra en la fase de revisión de indicaciones durante septiembre, muy cerca de completar su paso por el congreso y ser promulgada.
La imprescriptibilidad ya fue reconocida como un valor y una urgencia. Necesita ahora expresarse de forma íntegra, sin restricciones o sujeciones perversas (como hace algunos años, en el estado de Ohio, en EEUU, donde se intentó condicionar la acción civil a los resultados de la acción penal, y el rechazo social fue unánime). Las respuestas a las preguntas y puntos pendientes deberían ser sencillas si ya se ha establecido lo fundamental. Si ya hemos tomado posición como país en favor de las víctimas y sobrevivientes, y no del abuso. En favor del cuidado de las nuevas generaciones, no de su desprotección (y una vez más, por favor: plan nacional de cuidado y prevención ASI en todas las comunidades educativas. Podemos hacerlo pero concertadamente, familias más escuelas más barrios más instituciones….y así).
¿Qué nos cuida más, qué nos descuida? Que esas distinciones lúcidas guíen las voluntades de nuestros legisladores en este tramo final para poder contar con la mejor ley de #derechoaltiempo. Otros países han demostrado que es posible (recordemos las ventanas penales y civiles de retroactividad para casos de ASI, en EEUU). Las leyes pueden respirar, crecer. Pueden transformarse para no disociar más el ejercicio de derechos humanos, del cuidado ético. O del amor, el deseo profundo por una existencia vivible, buena. Cualquiera su definición, es con esa energía que llegamos hasta aquí. Con ella, capaz de dar alas a las rocas y hacer que les brillen los ojos: los pasos que nos quedan. El tiempo de la vida. Y la vida entera.
“He ahí el mar/ El mar abierto de par en par/ He ahí el mar quebrado de repente/ Para que el ojo vea el comienzo del mundo/ He ahí el mar/De una ola a la otra hay el tiempo de la vida”. Vicente Huidobro.
Hace unos años conocí a una joven en cuyo instituto de educación superior pasaban lista como cuando éramos chicos: el profesor leía cada nombre y apellido, y los estudiantes respondían, uno por uno, “presente”. Ese acto, para muchos insignificante, era el gatillo de las peores sensaciones: nauseas, taquicardia, niebla mental. Desde niña, ese sonido empecinado, cruel; y un apellido del que sólo quería desertar.
Algunas veces se cubría los oídos, con y sin disimulo dependiendo de su desesperación. “Es una niña extraña, insolente”, decían de ella. Nadie entendía en su escuela. Nadie secaba sus lágrimas. Años de incesto y abusos sexuales durante la niñez y adolescencia. De poco sirvió crecer. Vivía sola en la capital por sus estudios y juró jamás regresar a su pueblo, pero daba igual donde estuviera. Bordeando la adultez, la memoria era forzada, ahora en otra aula, a escuchar un apellido infame y su vínculo tétrico, pesado, tan pesado, con el padre-violador. “No soy su hija”. “Hija significa nada”. “Mis hijos, si llego a tenerlos, no pueden llevar su apellido” (conozco ese juramento también). Si iba en segundo o vigésimo lugar, no le importaba, sólo necesitaba podarlo, sacarlo de raíz. Lo que a ella la definía y le daba identidad era su determinación de escribir otra historia, ahora en sus términos, con un cuerpo propio, y un nombre también.
En tanto pudiera tramitar legalmente el cambio, su preferencia era usar el apellido de su madre. Realizó esa solicitud al instituto, y fue rechazada sólo en virtud de argumentos burocráticos. No hubo de nadie voluntad de acoger, de entender. Recordaba, mientras me contaba su historia, que en algún momento se había discutido en el congreso de Chile, un proyecto de ley que permitiría el cambio de apellido a víctimas de incesto. Quedó en el olvido hasta ahora (la moción se incluye en el proyecto de aumento de penas para ofensores sexuales). Una indemnización magra.
En otra historia, la misma muralla inclemente. Una niñita de siete años en proceso de adopción por su padrastro, quería ser nombrada con su apellido en presente, no cuando el proceso finalizara. Por más que la madre solicitó al colegio que al menos ella pudiera escribir ese apellido del afecto en trabajos o pruebas –sin alterar actas, certificados de notas, ni documentos oficiales- no hubo caso. Tampoco sirvió la apelación de psicólogo, pediatra, ni de otros apoderados solidarios. La burocracia, nuevamente por encima de la humanidad.
Nadie mira a la niña, nadie soba su corazón. Cada comienzo de día, cuando las profesoras abren el libro de clases, ella se angustia. Quiere faltar a clases, o llegar tarde sólo para saltarse la lista. Simula dolores de estómago, y en muchas ocasiones sí le duele y mucho, y rompe en lágrimas intentando explicar una historia compleja, además de privada, a algún compañero de curso. Ya los niños iban notando la discrepancia de apellidos entre la niña y el papá que todos reconocían como suyo; una discrepancia que no cabía en retratos familiares, en la certeza de nido, o cada vez que la pequeña llegaba o salía del colegio con una mano tomada de su mamá, y la otra de su padrastro. Ojalá hubiera una palabra para describir esa sensación de las manos que se acurrucan, “conversan”, juegan, expresan afectos, nervios, o temor, que descansan y se serenan una en la otra. Ese hilo intraducible, quedaba interrumpido, “como si nos soltaran de las manos por las malas”, decía la niña. El colegio no quiso escuchar.
He recordado estas historias de ausencias deliberadas y negaciones de cuidado, a propósito de la discusión de la ley de identidad de género en Chile y el cambio de nombre y sexo registral para niños y niñas transgénero menores de 14 años. Los argumentos en contra cuestionan la capacidad infantil de deliberar y decidir. Pero ser pequeño no equivale a no sentir o no saber. Concedamos que “me duele” o “esto me hace sufrir” no admite margen para interpretaciones. No si estamos escuchando, radical, profundamente, la voz de los niños. O de cualquier persona qué sabe quién es y espera ser respetada en su identidad, su derecho a ser en paz.
La RAE define identidad como la “conciencia que una persona tiene de ser ella misma y distinta a las demás”. Haz de luz que no se detiene ante la grieta ni el escombro ni la roca ni el corazón de hielo. No entiendo cómo se puede negar ese derecho humano a una niña de 7 años o a una joven universitaria que, por distintos motivos, necesitaban hacer coincidir su nombre con sus genealogías: una para sentirse parte, y la otra para dejar atrás y levantar un nuevo árbol, sólo suyo. Las dos, sobre todo, querían preservar un vínculo primordial con quiénes ellas sentían y sabían que eran (y no eran).
Alineación de cuerpo, sentimiento, lugar en el mundo, y el nombre que los refleja, sin disociaciones; sin tener que subordinar la propia historia a asignaciones de identidad que hagan doler, desdoblarse. Las historias con que inicio este escrito, y tantas otras, me han ayudado a comprender el imperativo de cuidado para niños, niñas y adolescentes trans que necesitan también el pleno reconocimiento de su ser, su nombre, su identidad. Antes de los 14 años, o después. Cuando sea necesario. Derecho a ese tiempo. Como todos. Tiempo para construirnos, para reconocernos cada uno, consigo, desde el nombre y hasta nuestros límites humanos más hondos. Mirarnos con y sin velos, con o sin espejos; pasar por ventanas y charcos de lluvia y agradecer por igual el reflejo lleno de vida de nuestro ser.
El nombre importa, importa tanto. Cada uno recibe uno al nacer, aunque no sepamos cuál es, ni qué significa ser niño o niña, o persona, y nada en realidad. Sin embargo, la identidad comienza a construirse y expresarse muy temprano, de maneras distintas y únicas, mediante experiencias cotidianas, simples, complejas, maravillosas, misteriosas, en presencia del amor, el cuidado (y también entre carencias y sombras). No hay una sola forma de ser niño o niña. No hay una regla, una forma seriada, previsible, para las identidades humanas.
Las convenciones de DDHH reconocen el derecho a la identidad y no obstante como sociedad, aún en este siglo, limitamos su ejercicio. Por cierto ha habido avances en relación al uso del nombre social para las personas transgénero en la educación superior y también en las escuelas (aunque no tendrían que ser necesarios tantos reglamentos escritos para cuidar de todas las infancias). Sin desconocer nuestros progresos como país, por insuficientes que sean todavía, o por ilógica que nos resulte, por ejemplo, la entrega de protocolos y documentos para guiar la relación con la niñez trans cuando carecemos de un suelo en la educación para la sexualidad, afectividad, relaciones humanas, cuidado ético y prevención de abusos, lo fundamental es que sí estamos dando pasos. Por eso más cuesta entender que demoremos frente a necesidades que podrían resolverse de manera expedita y sencilla, cuidando y previniendo heridas provocadas, por ejemplo, por la obcecación y el abuso de poder que se expresa en “sé mejor que tú lo que necesitas, lo que DEBES necesitar, lo que debes ser”. Es violento.
Aun con todo lo que no sabemos en relación a la identidad transgénero y su vivencia en distintas etapas de la vida, al menos sí sabemos que lo primero es el respeto; y que el no-apoyo y el rechazo y la soledad en seres humanos niños pueden tener consecuencias devastadoras (los índices de suicidio en adolescentes trans son por todos conocidos). Un piso mínimo de confirmación es poder contar con un nombre y sus coincidencias obvias y cuerdas en el sexo registral.
Mi hija mayor, adulta, me sorprendió hace un año, quizás dos, marcando en un formulario “otro”, en la consulta por su sexo. Pudo haber puesto un ticket en “femenino”, simplemente. “Pero me rebela todo esto”, la falta de corazón, de sentido común. Ella se define como cisgénero y punto, y lo dice con una naturalidad que admiro. El prefijo cis significa “de este lado” o “del mismo lado”, y cisgénero alude a la coincidencia (o conformidad) entre la identidad de género y el sexo de nacimiento. Trans, entraña un tránsito, significa “del otro lado”. Quizás quienes leen ya saben, pero no está de más dedicar unas líneas a estos conceptos que muchos aprendemos junto a las nuevas generaciones. En ellas no vemos nuestras trabas y demoras; y las distinciones no se registran como motivo de separación o diferencia en derechos de ningún orden. Personas distintas, igual dignidad, sólo eso. Ver “con ojos de niños”.
Como otros niños de su edad, mi hija menor leyó el libro de Jazz Jennings (nacida niño, Jaron era su nombre) y cree que podrían ser las mejores amigas porque “a las dos nos gustan las sirenas”. Ella no ve en ser transgénero una distinción que cambie nada de lo esencial: la infancia es un tiempo de amparo, amor, juegos, sueños, para todas las niñas, niños, o niñes (otra palabra que admito me ha costado incorporar). También así lo conciben, afortunadamente, docentes, familias y comunidades educativas que se comprometen emprendiendo hermosos procesos de transformación en escuelas donde no cabe la pregunta de por qué cambiar un uniforme deportivo, o los baños, o las formas de hacer muchas cosas, solo por un niño o una niña cuyo bienestar está en juego.
Entendemos lo vitales que resultan estos respaldos cuando sabemos de niñas que han cortado su pelo o su ropa como una forma de conminar al mundo adulto a tratarlas como el niño que se sienten y son, o a niñitos que han herido su pene como una súplica para ser reconocidos con su nombre, pronombres, presencias de niña. ¿No han sido suficientes congojas? Podríamos garantizar reconocimiento, trato digno y amoroso, como el colectivo humano y civilizado que se supone somos, así se tratara de un solo niño o niña entre 3 mil de un colegio, o entre cientos de miles en una ciudad, o millones de un país. “Los niños primero” es TODAS las infancias. La niñez trans, también. Algunos pensarán que hay urgencias mayores que un nombre, pero con mayor razón, si está a nuestro alcance poder resolver pronto un pedido de cuidado como éste y otros que entraña la ley de identidad de género, por qué no hacerlo a la brevedad posible, con todo el afecto posible.
Muchos de nosotros no llegamos a tener que preguntarnos qué trazas dejan nuestros nombres al decirlos, escribirlos, o cuando los escuchamos, o leemos. Pero podríamos estar de acuerdo en que algo como un nombre debería estar libre de temores, pesadumbres. Escribir “Emilia, masculino”, “Vicente, femenino”, no me lo imagino, y no sé lo que es vivir una trayectoria con mis hijas donde deba luchar por algo que me parece tan elemental como su identidad, pero otras madres y padres sí saben. Viven con sus hijos e hijas transiciones que ya exigen suficiente de ellos -y cuánto camino han abierto para toda la niñez- como para encima agregar esperas donde algo justo se trata como si fuera una concesión, un favor, y no como un derecho. Nos ha costado comprender.
El rol de los padres y madres es el más importante (por favor leer esta maravillosa reflexión y carta de Matias Carrasco, y el reportaje Infancia en Tránsito) , pero solos no se puede. Se necesita de todos, todo un pueblo, nuestras instituciones, nuestras leyes. It takes a village, mil veces. La ley de identidad de género no completa su trámite en el Congreso Nacional. Queda revisar indicaciones o precisiones que no siempre nos resultan sencillas de entender (recomiendo leer a la abogada Constanza Valdés), y quizás son muchas más las preguntas que se abren, conforme reflexionamos sobre este tema. Existen organizaciones orientadoras a las cuales siempre es posible recurrir, cada uno o en familia o como escuelas (OTD Chile ha publicado recientemente una edición especial, e imperdible, de su revista Le Trans dedicada a la niñez). La activista Alessia Injoque, de quien mucho hemos aprendido también, acoge en sus escritos, con humanidad e inteligencia, muchas de nuestras inquietudes (y las dudas sean siempre bienvenidas, no el prejuicio, no el encono). Como nunca antes tenemos acceso a información, pero si aun así sentimos que apoyar o interceder nos cuesta, recordemos qué se siente recorrer territorios no siempre transparentes o inequívocos mientras acompañamos el crecimiento de nuestros hijos, y cómo, cuando las circunstancias nos sobrepasan, cuando el desconcierto o el agobio nos paralizan, volvemos a la confianza mayor del amor para desde ahí buscar respuestas. En esa sola disposición de búsqueda, ya hay un acto rotundo de cuidado.
Desconozco el calendario exacto en lo que sigue. Pero el viernes recién pasado tuve la suerte de escuchar a la jueza y mamá Luisa Hernández, y salí de la biblioteca de Santiago llena de esperanza en este tiempo de cambios, repitiéndome, cuadra tras cuadra, ¿Y si fuera mi hija, mi hijo?, ¿qué desearía, qué pediría a nuestros legisladores en toda ley que involucre a la niñez? Que respondan a esa misma pregunta que vuelve sobre los hijos de todos, antes de tomar las decisiones indispensables hoy, y las únicas que creo caben aquí: decisiones de amor.
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Imágenes:
“Ma vie en Rose”, film belga, 1997, que nos acerca de la forma más gentil y accesible, a la comprensión y reflexión sobre experiencias de reconocimiento de la propia identidad, desde la no conformidad con el sexo de nacimiento. En lo personal, me ha ayudado muchísimo con mis hijas, y también en comunidades educativas. Vale la pena verla.
“Jacob’s new dress”, by Sarah Hoffman, Albert Whitman Company, 2014
Realidades alternativas, cyber espacio, sociedad digital. Hogares, escuelas, la tierra. El cuerpo. Tan real.
Sentir el cuerpo, tocarlo, afirmar los pies contra el suelo. Recordar que somos, crecemos, envejecemos y morimos en un cuerpo que es nuestro hogar primario en el hogar mayor que es nuestro mundo. Palpable, maravilloso. Frágil también.
Nuestras experiencias humanas son reales. Las muertes de niños, niñas y adolescentes lo son. Muchas de estas muertes –y sus agonías a veces de años- son debidas a ejercicios de violencia como el bullying y cyber bullying.
En Chile, el primer estudio de acoso escolar (psicológico y físico) realizado por la Superintendencia de Educación de Mineduc –establecimientos públicos y privados- revela que los lugares donde éste ocurre mayormente son el aula y el patio; que el nivel con mayores denuncias es de niños de 8 y 9 años, tercero básico (corresponden a un 21% del total de casos) y que el promedio aproximado del resto de los cursos es de un 12%.
En cuanto al cyberbullying, un estudio liberado en Mayo pasado (ver documento), señala que un 39% de los Chilenos conoce al menos a un niño, niña o adolescente menor de edad que lo ha sufrido (sobre 80% vía RRSS y 59% vía teléfono celular) y un 85% de las personas consultadas señala que es un fenómeno nuevo frente al que se requiere atención mayor y muchos apoyos.
¿Y si fuera mi hijo, mi hija, la víctima del acoso de sus pares? ¿Y si fuera mi hijo, mi hija, quien acosa? En ambas preguntas -por impensables que nos resulten, una o la otra- hay un pedido de cuidado, examen y responsabilidad, insoslayable para cada uno de nosotros.
El abuso mental y emocional que involucra el cyberbullying desdibuja los límites entre mundos virtual y real con enorme facilidad, y en esa confusión, los adultos continuamos sin entender la gravedad del problema ni el sufrimiento y desesperación que provoca en seres humanos niños.
Cuántas vidas destrozadas por un arsenal que es de fácil acceso, y que ininterrumpidamente puede ensombrecer días, semanas, años enteros de niños acosados.
El mundo digital ha habilitado la posibilidad de atormentar sin feriados, sin fines de semana, sin separación entre día y noche siquiera. De madrugada pueden aparecer mensajes; en medio de un almuerzo familiar; o partiendo al colegio cualquier día, encontrarse con que fotos o videos humillantes han sido difundidos con la intención –porque es intencional- de causar daño.
Para quienes somos de generaciones más antiguas, el acoso entre niños y adolescentes podía al menos tener tardes de descanso (lejos de la escuela, la plaza, los lugares donde se daba el acoso). Un respiro –insuficiente, pero respiro al fin- y un momento en que las víctimas podían sentirse a alguna distancia segura de sus acosadores, reponer energía, o jurarse a sí mismas que “la próxima vez” sería distinto, o que pedirían ayuda finalmente.
Hoy pedir ayuda, saboteando toda cordura, se entiende por una mayoría de niños y muchos adultos como una forma de riesgo y casi una “debilidad”. Enseñarles a nuestros hijos a verbalizar malos tratos de sus compañeros/as, o bien a interceder para que otro niño o niña no sea acosado, también es difícil. “Después se van a desquitar conmigo, me voy a quedar sin jugar, fuera, etc”., escuchamos, y reconocemos un temor muy humano, más en edades en que el sentimiento de conexión o pertenencia con los pares es vital para niños y adolescentes.
Son múltiples los factores que pueden explicar dificultades para concurrir, pero mientras demoramos, el acoso escolar y cyberbullying continúan rampantes, resguardándose en miedos de los más pequeños, y de los grandes también. Tantos papás y mamás que dudan sobre cómo intervenir por no exponer a sus niños a más penas ni represalias de sus pares que los hostilizan, o a conflictos con otras familias, o con el colegio. Punto para la violencia.
Tal como en otros abusos, los silencios nos desprotegen. Por más que algunos niños, niñas y adolescentes confíen en sus padres o en un docente, o amiga/o, es frecuente que adviertan que “no quieren hablarlo mucho”, que no buscan que castiguen a quien los acosa, que no quieren más problemas, siempre disculpándose un poco, o incluso justificando a quienes los hacen sufrir. A cuántos niños pequeños –o a sus padres y madres de buena voluntad- hemos escuchado tratando de disculpar el bullying que padecen: “es que mi compañero/a es así porque la pasa mal, porque sus papás se separaron, etc.”.
Esfuerzos por explicar y exculpar, con humanidad, con compasión. Y es encomiable que niños y adultos queramos ser empáticos y pacientes, comprensivos con el niño o niña que acosa (y preguntarse qué lo lleva a actuar así), mientras intentamos lidiar con nuestras propias inseguridades sobre cómo conducirnos frente a fenómenos que nos duelen y nos quedan enormes (especialmente frente a lo que significa el mundo digital), sin respuestas a firme para las preguntas más urgentes: ¿Còmo detenemos y prevenimos esta violencia? y ¿Quién protege a las víctimas, y cómo?
Reaccionamos frente a tragedias que llegan a la prensa. Las condolencias colectivas, luego el olvido, la conformidad. Pero el acoso no termina con la muerte, y continuará de otras formas, con otros niños y niñas, en edades cada vez más tempranas, con efectos cada vez más perniciosos, y sin respuestas adecuadas a nivel nacional.
En otros países la desazón y dolor han llevado a sobrevivientes, familias, comunidades y expertos a demandar respuestas judiciales cada vez más severas –aun reconociendo que las más efectivas son la educación y prevención– y penas de cárcel mayores para adolescentes que resulten responsables o corresponsables de los acosos, la coparticipación, encubrimiento, y negligencia en detenerlos. Legislaciones como Grace 2.0 (EEUU, Maryland, entrará en vigencia a fines de 2018) considera como base el “estrés emocional” causado y la asunción de “intención”, de modo inapelable. Porque no hay nada de accidental -ni nada, absolutamente nada que lo justifique- en atormentar a otro, ridiculizarlo, o exponerlo a miles y millones de extraños vía internet. O a contemplar la muerte y el suicidio.
Si extremar los recursos judiciales es el último resorte –desesperado- para responder al bullying y cyberbullying, es porque los casos aumentan y a la par, el suicidio infantojuvenil. En EEUU entre 2007-2015 se duplicó el suicidio de niñas como resultado de acosos infligidos por otras niñas (casi 40% según datos NCHS, Centro Nacional de Estadísticas de Salud).
¿Qué esta pasando en Chile en las escuelas, en los hogares, que el bullying se ha convertido en la pandemia que es entre adolescentes y hasta niños pequeños? ¿Qué ocurre, específicamente, en relación a nuestras niñas y adolescentes mujeres? ¿Cómo hilamos los relatos de la reciente ola feminista, con lo que reportan vivir alumnas de distintas edades en relación a sus compañeras mujeres que las hostilizan (sobre el 80% del ciberacoso es entre niñas, datos Mineduc)? ¿Cómo estamos enseñando de solidaridad, toda solidaridad, entre generaciones, de género, o simplemente humana, desde la educación inicial? ¿Cómo hablamos de autocuidado, de intercesión, de corresponsabilidad? Pido perdón por estas preguntas pero no puedo acallarlas en semanas recientes.
Violencia de adultos hacia los niños, y entre los propios niños. ¿Qué estamos mostrando con nuestros ejemplos en el trato, el respeto, nuestra actitud frente a cualquier violencia? ¿Por qué familias y escuelas no somos, no todavía, los aliados que necesitamos ser?
La escuela debería prodigar un espacio seguro y libre de acosos, donde poder ser en paz, conocerse, descubrir talentos. Si el uso de internet también se aprende ahí -en conjunto con el hogar- cómo vamos a prevenir errores dolorosos y daños. Me lo pregunto. Si en muchos colegios los alumnos pueden usar el teléfono para apoyar aprendizajes en el aula, pero también en el recreo y a toda hora ¿qué límites y estándares de cuidado se han considerado? ¿Existen expertos a cargo de estos temas en cada escuela?
Internet no da tregua. Los teléfonos celulares. Tablets, computadores son entregados desde pequeños sin conversaciones en torno a reglas de uso, precauciones, límites y condiciones. Mismo caso el de las redes sociales a las que niños y adolescentes acceden muy tempranamente no obstante sus creadores recomiendan edades de uso casi nunca respetadas (mayores de 14). Juegos de video hieren o matan (a animales, personas) sin que adultos conversen y refuercen en los niños distinciones mínimas entre virtualidad o fantasía, y realidad. “Deberia ser obvio” podríamos pensar. Pero no lo es, y EL ACOMPAÑAMIENTO, LA PRESENCIA ADULTA y los diálogos en torno a internet, TIC, videojuegos (así como la revisión de expertos, orientaciones de usuarios, y el ajuste a criterios de edad) siguen siendo indispensables como factor protector.
No es el afán demonizar o prohibir la tecnología que puede tener maravillosos usos, pero sí hacernos las preguntas necesarias. Cuidar, pararnos desde nuestra cordura; desde distinciones clarísimas, radicales, entre lo que protege y lo que no.
Tal cual no llegamos y dejamos un sencillo martillo en manos de niños pequeños, o un taladro eléctrico, al crecer, ni les confiaríamos un helicóptero al llegar la pubertad, de la misma forma podríamos detenernos como sociedad a pensar con mucho cuidado y sensatez de qué maneras, y a qué edades, podemos acompañar el acercamiento de niños y niñas a tecnologías y al mundo de internet que es un planeta casi independiente en lo que a derechos y deberes se refiere, sin importar cuántos protocolos y legislaciones intenten velar por nuestra seguridad.
En el mundo virtual, cualquiera puede operar desde el anonimato, por distintos motivos, algunos por timidez, tal vez ; otros por cobardía; y para ejercer violencias, predar y acosar sin ser reconocibles, otros tantos.
No existen consecuencias para muchos daños u ofensas que se despliegan en las redes, pero que sí serían sancionados en otros entornos y tendrían costos personales, académicos, laborales, etc. La exigencia de responsabilidad es un problema y un desafío enorme. Y las herramientas de autocuidado, el ejercicio de criterios protectores, requiere de tiempos, progresiones, constantes recordatorios durante infancia y adolescencia.
En casa, al menos podemos partir desde muy chicos, por enseñar de derechos en esta era digital. Es un pequeño pero decisivo punto de partida que debe darse paralelamente en familias y comunidades educativas:
También necesitamos saber -tal cual en el abuso sexual infantil y cualquier violencia contra los niños, así quienes la ejerzan sean otros niños- cómo responder a las develaciones de bullying, y los pedidos de ayuda.
Si un niño o niña nos cuenta que vive acosos (humillaciones, golpes, via RRSS) necesitamos escuchar-dar crédito y proteger e intervenir a la brevedad, sin dilaciones: ” El adulto/a debe intervenir cuando crea que un niño o niña padece una situación de acoso a través de TIC, de abuso, de desamparo; debe propiciar su confianza, escucharlo, ayudarlo a hablar del tema y hacer que se sienta orgulloso de haberlo hecho. Hablar de lo que le sucede, para ese niño o niña, es una manera de comenzar a defenderse. El adulto no debe cuestionar la veracidad de los hechos relatados; cuando los niños refieren acoso o abuso, casi nunca mienten. Se debe desculpabilizar al niño o niña y decirle que no es responsable de lo que le pasó o le pasa; sí lo es el agresor/a”. (Manual Por un uso seguro y responsable de las TIC, 2010, Unicef)
Lamentablemente, se repiten testimonios sobre la indiferencia que prima en muchas comunidades educativas. Una excusa común, y muy opinable, se refiere a los límites para sancionar lo que hacen los estudiantes fuera del colegio. Pero recuerdo años en que vecinos que reconocían los uniformes, podían informar a un colegio de estudiantes peleando a combos en la plaza cercana, y se tomaba acción.
Hoy por hoy, es frustrante la desidia cuando se reportan situaciones de acoso presencial o cyberbullying a algunos establecimientos, y abisman las respuestas que dan, muchas del estilo de “vamos a averiguar”, “trabajaremos más en habilidades sociales”, “no hay que darle tanta importancia, no hay que hacer caso al que molesta”, “son cosas de niños/adolescentes, lo van a superar, dejemos que desarrollen repertorios propios”. ¿Qué tienen en el corazón estas personas?
A los 8, 12, 15 años de edad, ¿cómo justificamos ante un ser humano que parte de su “educación” es desarrollar respuestas para sobrellevar el tormento deliberado y que esta violencia puede caber en la categoría de “cosas de niños”? Escribo y me duele y da rabia lo descabellado de todo esto.
Creo que tenemos que rebelarnos contra excusas y sugerencias que son parches inútiles, por no decir idiotas (perdón la dureza, pero ya BASTA). Si en realidad el objetivo fuera cuidar a los estudiantes y que se fortalezcan repertorios virtuosos, sería necesario otro tipo de intervenciones con mirada sistémica y sistemática, además, donde las comunidades se involucren completas: administradores, docentes, familias, y los propios estudiantes que necesitan ser protagónicos -en cada ciclo- en definir qué funciona y qué no en materia de autocuidado y cuidado mutuo, y de recursos para detener el bullying y reprocharlo categóricamente.
Estoy cansada, angustiada –no hay aquí nada profesional, soy sólo humana en mi invocación- de escuchar razonamientos crueles, francamente: “por algo le hacían bullying, quizás tenía perfil de víctima esa niña, niño, habría que llevarlo al psicólogo para evaluar por qué lo acosan”, etc. NO. Categóricamente no: basta de endosarle a las víctimas responsabilidad en la violencia que sufren, y peor si son niños, niñas y adolescentes.Escuchemos a las víctimas adultas de acoso laboral, moral o sexual. Y ahora imaginemos esas angustias y temores cotidianos, pero vividos en cuerpos pequeños, psiquis en proceso de maduración, identidades que se están construyendo. ¿Dónde pueden encontrar fuerza? ¿Dónde estamos nosotros?
Las respuestas–de escuelas o familias- a situaciones puntuales de maltrato entre niños no sirven de mucho sin estrategias integrales de prevención, detección temprana, respuesta y auxilio oportuno. Y para sanar heridas que sí deja el acoso y que pueden ser tan profundas que llevan a niños y adolescentes al suicidio.
No nos escondamos tras la excusa de “algún otro problema tenía, ¿cómo se va a haber suicidado por bullying?” para no hacernos cargo de que hubo sufrimientos que pudieron ser evitables y no lo fueron porque no actuamos y así perdimos a otro niño, niña, que tenía toda su vida por delante.
Se siente, como sociedad, una resignación de ruleta rusa. “Ojalá a nuestros hijos no les toque”, decimos, pero esas plegarias ligeras y al paso eso no rescatan, no transforman, no evitan muertes. Intercedamos por favor. ¿Cómo? Hablemos con nuestros hijos, empoderemos en el buen trato, y unámonos con otras familias, pidamos consejo a profesionales, solicitemos a colegios buenos protocolos (que hagan exigible a TODA la comunidad reportar acosos, interceder, y colaborar en soluciones).
Las historias llegan a nuestros hogares y más de una vez, si no nos afectan directamente, no decimos nada, o bien tememos hacerlo, incluso si se trata de nuestros hijos, por evitarles más pesares o porque es muy difícil llegar a tomar la decisión de cambiar de escuela -por su actuación pasiva y no protectora- porque sobre todo, se siente como una injusticia para el niño/a ya victimizado , mientras sus pares agresores permanecen en el colegio, igualmente desprotegidos porque aprenderán que no existen consecuencias, ni tendrán contención o guía en cuestiones en que seguramente las necesitan y están solos, ni tendrán la posibilidad de reforzar distinciones entre lo que cuida y lo daña (a ellos, a otros), o seguirán creciendo en la ilusión de que es posible actuar de una forma frente a profesores y otros adultos, y de otra, lesiva, con los niños o niñas que son víctimas de su acoso. ¿Cómo se conducirán quienes acosan, a futuro, con otros seres humanos? No son imposibles los cambios, pero sin mayor apoyo, las posibilidades sobrecogen.
Actuemos en favor de cualquier niño, niña que sea acosado. Ser testigos pasivos nos convierte en cómplices de alguna forma. No nos censuremos por “exagerados”, o “problemáticos”. Y es preferible eso, a ser corresponsables de más daños y más pérdidas de vidas.
Compartamos ánimo e información. Que ningún estudiante ni familia se sientan solos, que no duden en pedir ayuda y reportar, o en recurrrir a la Superintendencia de Educación. Cuestionemos consejos tales como “mejor no crear conflicto”, “mejor veánlo directamente entre afectados, no se hagan mala sangre ni mala fama, van a a salir perdiendo”, pues sólo perpetúan el problema. Punto para la intimidación. Y para el acoso.
No más miedos. Lo cuerdo es abogar por la no violencia, la convivencia respetuosa, y combatir el silenciamiento. Supe de un colegio donde a los niños les dieron un hashtag para que todos se animen a reportar de inmediato malos tratos y acosos a compañeros de cualquier curso, sean presenciales o detectados en redes: #elbullyingnoessecreto. Y claro que no debe ser. Tiene que saberse, necesitamos ser vocales, conversar, apoyarnos, tomar posición frente a cada acoso, de cada niño o niña. Es la única forma en que se entienda que no es condonable y que se necesita actuar de inmediato. No callemos más.
¿Cómo van a denunciar o pedir ayuda las víctimas niños, niñas y adolescentes, si los adultos guardamos silencio? ¿Qué enseñamos sobre la indiferencia ante el tormento de otro?
Yo no quiero vivir con esa carga en mi consciencia, y creo que ningún papá o mamá querría. Aunque no sea nuestra hija o hijo, es importante reflexionar en familia, y dedicar 10 o 15 minutos y escribir al colegio al menos expresando “sabemos que esto ha ocurrido, ¿qué acciones piensan tomar, qué podemos hacer?”. Que nuestra omisión o espera a que alguien más haga algo, no sea parte ni en un 0.00000001 % del abandono, soledad o dolor de algún niño o niña que está viviendo estas situaciones.
Tenemos una voz, una presencia que pueden hacer toda la diferencia aunque demore todavía nuestra sociedad, ministerio de educación, escuelas y colegios, centros de padres, etc., en reaccionar. Insistamos. Busquemos, compartamos información para poder actuar antes de, a tiempo, de manera efectiva. Enfrentemos la posibilidad realista de que estos malos destinos podemos aplastarlos mucho antes de que tomen cuerpo. A puro cuidado.
Hemos leído, escuchado, compartido suficientes historias difíciles, y otras horribles e irreparables. Sobran cartas desgarradoras dejadas a las familias, mensajes en redes sociales, videos de youtube, explicando el abismo que vivieron antes de sus muertes, muchos niños, niñas y adolescentes en distintos lugares del mundo. Y en Chile.
Al año 2020 enfrentaremos un suicidio diario de niño, niña o adolescente. Las advertencias no ceden desde 2010, pero ¿qué ha cambiado? ¿No debería ser ésta una prioridad nacional? Cuántos pedidos van a ministerios de educación de gobiernos recientes para que temas del cuidado y la erradicación de la violencia infantil fueran prioritarios, y continuamos sin contar con planes nacionales para prevención de bullying, abuso sexual infantil, suicidio, en todo establecimiento (¿abordará esto la mesa por la educación constituida recientemente? DEBERIA) . Las familias tenemos una responsabilidad primordial, pero solos, sin la escuela, sin toda la sociedad, no se puede.
No hay más tiempo que perder ni hay excusa, la indolencia se alimenta de excusas, a ella solamente le sirven, pero no al amor, no al cuidado, no a las vidas de niños y niñas que hoy sufren ciberacoso.
Para cambiar radicalmente esta realidad, aprendamos y enseñemos a nuestros hijos de seguridad digital, autocuidado y cuidado mutuo, de responsabilidad, de no consentimiento con el daño. Es urgente hoy tomar las riendas hasta que del mismo modo que ocurrió con el abuso sexual infantil –recordemos cuánto costaba, hace apenas 10 años, incluirlo en nuestros diálogos-, nos encontremos una mayoría despiertos, muy unidos, y muy activos frente a esta violencia. No podemos perdernos en lo “virtual” de sus manifestaciones. No son virtuales sus daños ni sus muertes.
TED talk “Los jóvenes tienen la respuesta”, expone Andrea Henriquez, estudiante chilena. Ojalá puedan verlo y compartirlo en todo establecimiento educativo.
Después de participar de una actividad en una plaza, al atardecer (con luz de verano todavía), una familia llega a un restaurant. Desde la recepción se deja sentir una disposición amigable para con los niños, y al momento de tomar la orden, una joven escucha atenta –y paciente- las preferencias de una niña que más que pizza, describe una versión gigante de pan con queso (sin salsa de tomates, ni orégano, ni ajo, ni albahaca, etc.).
Mientras esperan, la niña, de unos 9, 10 años, pide permiso a sus padres para ir al mesón desde el cual es posible observar cómo se prepara la pizza. La cocina abierta está a unos 3 metros de donde se encuentra la familia, y la niña quiere ir sola. “Pero ustedes me miran desde aquí”, dice, y parte feliz.
Conversa con el chef quien le advierte, de manera amable y didáctica, que debe guardar prudente distancia del mesón para evitar quemarse. La niña mira a sus padres en distintos momentos, le sonríen de ida y vuelta, y al volver a su mesa pregunta si después de comer puede repetir el ejercicio, “cuidando las manos, eso sí”.
En la segunda oportunidad, no alcanza a detenerse frente al mesón cuando un comensal (de unos cuarenta años) que parece dirigirse al baño, se detiene y le habla a la niña, muy cerca de su cara. Su cuerpo macizo y muy alto no permite verla. Los padres alzan la cabeza, cuerpos de ciervo, oídos (recuerdo un estudio reciente que leí en NatGeo donde mamás ciervas respondían a señales de estrés no sólo de sus crías, sino de muchos otros cachorros, incluidos bebés humanos), listos para dejar sus sillas. Las dejan.
El hombre era parte de un grupo de turistas, todos adultos, se veían afables. No se escuchaba bien en qué idioma hablaban, pero no era español (luego alguien contaría que venían de Brasil). A la niña el hombre le habla en inglés, y el intercambio impuesto –de segundos, un minuto o dos cuando mucho- desencadena una secuencia de pedidos y concurrencias desde el cuidado: la mirada de auxilio que cruza la hija con su madre y ésta con el padre cuya mejor ubicación le permite llegar en 4 pasos al mesón.
Cualquiera pudo haber pensado que el adulto reiteraba la advertencia en relación al mesón caliente, quizás de forma demasiado severa, o intimidante. El turista –que no advierte el avance de los padres-, agrava la situación tratando de tomar el brazo de la niña con una de sus manos enormes, mientras la otra se desliza sobre su cabellera, muy larga. De inmediato ella muestra su incomodidad, zafa su brazo, aleja su cabeza y todo su cuerpo, y susurra algo con expresión siempre asustada en tanto el padre ya está ahí, hablando con el tipo que se deshace en disculpas con él, y luego con la madre, con las palabras arrastradas por efecto del alcohol.
Una oscuridad adelgaza todo, lenta primero, brusca y atropellada con el paso de los minutos.
Los padres reciben las disculpas del extraño –“I meant no harm, I swear”- asumiendo todavía que los eventos giraban en torno a la prevención de quemaduras. Pero no dejaron de expresar que como familia propiciaban el respeto a los límites corporales, que el autocuidado, que los niños no se tocan, que estuvo mal lo que él hizo y que lo tuviera presente a futuro, con TODO niño, para que nunca más. Desahogarse, mover un florero de lugar, ¿cambiará algo? ¿Qué puede extinguirse, y qué levantarse de otra forma en la relación adultos-infancia?
El hombre no deja de repetir “I’m sorry, so sorry” con lengua traposa. La reiteración ebria de sus excusas tensiona el ambiente y al instinto primario de acudir y proteger se va sumando una expresión de angustia y enojo de los padres. La niña, abrazada a su mamá, no dice nada hasta que el grupo de turistas se retira. Sólo entonces, salen todas las palabras. Con alivio. Con urgencia. Nunca fue el esmero, cuidar; nunca, la advertencia para no quemarse.
El adulto se acercó a ella y sólo repetía que era hermosa, tan hermosa, que no se imaginaba, que su pelo “ginger”, que a futuro… da igual: es mi hija. Mi hija. Y somos nosotros, mi familia, y soy yo, y no puedo asimilar bien lo que estoy escuchando (ni dejar de recriminarme, ni de recordar) mientras me repito en silencio que ahora sólo debo estar disponible para mi niña. Nada más.
Sin entrar en mayores detalles de la conversación que sostuvimos como familia, sé que para mi hija generalmente es un desafío la estadía en nuestro país porque aún debe enfrentar, en la interacción adultos-niños, gestos invasivos y demasiado comunes todavía –desde guagüitas e inclusive antes de nacer, cada vez que un total desconocido/a toca la panza de las madres al tiempo que pregunta “para cuándo es”.
Gestos que no son parte de su experiencia en su segundo hogar. Ni una sola vez, hasta aquí al menos. Comentarios, saludos afectuosos, felicitaciones, advertencias protectoras, sí, todo sí, pero sin contacto corporal no autorizado. ¿Puedo darte un abrazo?, no gracias: ésa es la mayor aproximación a la que puede verse expuesta. Y su “no, gracias” es recibido sin cuestionamientos por su hosquedad o “rareza”, y sin reproches velados a nuestras competencias como padres, o a nuestro eventual carácter huraño, paranoide o antisocial, o “sobreprotector” (todas esas cosas que frecuentemente una escucha en Chile cuando mamás o papás son asertivos en establecer límites de cuidado en relación a sus hijos). Nada. Solo un “ok”, está bien, y todo continúa fluidamente. Respeto. Eso se deja sentir.
Por supuesto, no me engaño ni creo que sea tan espléndido un país como EEUU cuando existen peligros horribles como el tema de las armas, no necesito decirlo. Sin embargo, en este aspecto puntual de la convivencia cotidiana entre chicos y grandes –el respeto de los cuerpos y su espacio-, existen formas de interacción hace mucho consensuadas y exigibles. Tanto así que una situación como la ocurrida, y otras en espacios públicos (acoso, gritos desde alguna construcción, etc.) se espera sean reportadas a cualquier policía cercano quien podría –según la falta- amonestar, realizar una citación inmediata al juzgado, extender una multa o proceder al arresto. ¿Excesivo? No lo creo.
Nada puede ser considerado “excesivo” en relación a gestos físicos o palabras que irrumpen y acosan a seres humanos adultos y niños. Niños. Niñas. Durante el mes de febrero pasado, sin ir más lejos, caminando por una calle cercana a Av. Colón en Santiago, nos gritaron algo irrepetible aquí, “a la mamá y la hija”: mi hija de sólo nueve años, que parece de nueve, que piensa y siente y juega como de nueve. Luego a las mujeres nos dicen hipersensibles, radicales. Nunca lo suficiente. No si todavía debemos pensar la protección de nuestra integridad cómo debemos hacerlo; no, si la justicia se viste todavía de negro y hielo y más veces que menos es una pura orfandad; NO, mil veces no, si todavía debemos preparar a nuestras hijas e hijos para protegerse de acosos, abusos, violaciones, mientras continuamos conociendo historias como las que denuncian los movimientos #niunamenos, #Metoo, #yotambien, #standup.
Blasfemar internamente contra la violencia sexual o la perversión del patriarcado (o la relación mil veces advertida pero insuficientemente denunciada entre consumo de alcohol e incesto y abuso sexual infantil), no me absuelve de mi propio reproche y sentimiento de culpa. Rara vez salimos de noche en Santiago y una ocasión que pudo ser sólo grata, termina siendo abducida por esperpentos nuevos y antiguos. Qué impotencia. Qué ganas de salir a perseguir al turista, y darme permiso para esta furia que ni sé cómo podría llegar a expresar, o estallar (porque mi cuerpo sabe exactamente cuántas veces he debido explicar a adultos que no pueden o no quieren ver, que quienes abusan no llevan un letrero ni un disfraz maléfico, y pueden ser simpáticos, generosos, y tener doctorados y laureles, voluntariar en buenas causas, y verse igual que todo el mundo, pero dañar más que nadie).
Primero está mi hija. Primero. Primero. Primero.
La conversación que continúa. El presente. El pasado no existe ahora; no debería. Hay una historia de su familia que mi niña desconoce (e igual que con mi hija mayor, quiero cuidar la los tiempos, y faltan años), aunque algo hemos hablado ya del tema de las adicciones/enfermedades y muy puntualmente del alcohol y algunas drogas (y de cómo pueden afectar la conducta humana). Es importante, e insoslayable además, cuando en su corta vida ha asistido –como muchos niños- a suficientes asados de 18 y otras actividades diurnas donde los adultos beben como si estuviesen solos con sus pares, olvidando que cambios de conducta derivados de una ingesta moderada inclusive, son percibidos por los niños: “los papás hablan más fuerte, las mamás se ríen más, los grandes cuentan chistes ‘de sexo’, terminan peleando, etc.”.
En un colegio, un apoderado me contaba la primera semana de marzo, que decidió no asistir este año a paseos familiares donde a media tarde sólo un grupo pequeño de padres o madres (no más de cinco) están sobrios y cuidando de los niños (de un total de 30 familias). Una historia conocida. Una reflexión pendiente.
Me ha tocado escuchar, por mi trabajo, que niños ya en segundo básico hablan de unos cigarros “más hediondos que los otros” que los papás y mamás o hermanos mayores arman en la casa y fuman con amigos, mientras a los más chicos se les envía a otra área. Otros niños dicen directamente “es marihuana” y más de un adolescente cuenta del cultivo en su hogar “con permiso”. Los relatos en su mayoría aluden a un uso recreativo (hasta aquí sólo uno me ha tocado en la esfera medicinal, de una niña cuya mamá tuvo cáncer) y aunque la prerrogativa y responsabilidad fundamental en la crianza y educación es de las familias, la pregunta del cuidado y las deliberaciones que resultan de su ejercicio siguen siendo necesarias y responsables en relación a nuestros hijos y a su derecho a un tiempo para terminar de crecer, vivir sus etapas, y poder recorrer una trayectoria con nosotros en la cual, también, merece la mayor atención el cómo se abordan temas como el consumo de sustancias.
En cualquier espacio, alguien drogado o ebrio podría desinhibirse al punto de imponer su energía (acosadora, indiferente a límites, en clave sexual, sexual-adulta, tan descomunalmente distinta a lo infantil) y desviar de órbita la experiencia de una niña, niño, adolescente. Hace 4 años supe de una celebración vespertina, relajada, que terminó con todos los asistentes siendo llamados como testigos en un juicio posterior por abuso. El responsable, ebrio y “volado”, frente a todos los asistentes (que se conocían de años), acosó y trató de forzar un beso en la boca a una niña, hija de un papá separado quien por no restarse del festejo para su hermana, llevó a sus niños que estaban con él ese fin de semana. Cómo no rebelarse, cómo no re-pensarnos, ante estas situaciones….
Vuelvo a la historia que inspiró este posteo: Antes de irnos, y mientras esperábamos la cuenta, propuse que pasarámos al baño. Nadie más lo necesita así es que voy sola pero decido aguantarme y aprovechar ese tiempo para conversar con el chef a quien vi, durante el incidente con el turista, en actitud de intercesión. Me cuenta que notó la expresión aterrada de mi hija y sus gestos de zafar, y decido compartir el relato desde la mirada de mi niña. El joven guarda silencio. Luego me dice “lo siento tanto” (en un tono tan profundamente humano, sincero, que jamás podría reproducir con palabras), y me pide considerar una idea: que mi hija participara –con las debidas medidas de seguridad y sanitarias- de un pequeño tour por la cocina. “Porque al partir, ella debe llevarse un mejor recuerdo, el mejor posible”. Tuve que contener las lágrimas. La sensibilidad de este hombre, años luz. La fineza de su cuidado, de su empeño por restituir equilibrios. Ser capaz de contemplar la memoria como un haber a cuidar en todo ser humano y sobre todo en los más chicos. (It takes a village).
Perdón que tome tiempo en estos detalles, pero son reveladores de una danza posible, de otra historia en cada espacio, otra libertad en el aire (la que permite saber que protegemos a los cachorros, sean o no los propios). Poder recordar, más seguido, qué sentíamos de niños al estar “a merced de” la voluntad de cuidado (o de daño) del mundo adulto, o simplemente, qué se sentía ser más bajo, más pequeño y no tener derecho ni a un aviso -menos a una pregunta en torno a formas de acercarse, o de guardar distancia- antes de que personas grandes nos besaran, hicieran cosquillas, os levantaran en vilo (para “volar”). ¿Qué comunicamos ahora, acerca del cuerpo, del respeto, del futuro consentimiento, del autocuidado, cuando forzamos formas de interactuar con los niños, cuando no los respetamos, no intercedemos por ellos?
Paso a paso se aprende todo. Los términos de cercanía, de interacción. El afecto. Las expresiones de simpatía, afinidad, cariño. Hay niños que, por ejemplo, pueden querer abrazar -a papás, abuelas, amiguitos-, y otros menos, y otros nada; y también puede un niño cambiar sus preferencias en relación a una o más personas (no porque “le hicieron algo” o porque es “temperamental”, sino simplemente porque alguien llevaba perfume de más o tenía unos aros o bigostes que clavaban, o porque al niño o la niña simplemente les dolía la guatita) y/o dependiendo del día, semana, o etapa. Nosotros, ya grandes, también podemos preferir y cambiar preferencias, aunque muchas veces todavía no nos reconozcamos siquiera el derecho a decir con tranquilo aplomo “no, gracias”, o “así, sí”.
Derechos. Límites. Preferencias. Las semillas de un ejercicio de la libertad, de la responsabilidad, del autogobierno, que necesitan tiempo para ir desarollándose. Desde la infancia temprana: igual que todo lo demás.
Derecho al tiempo, respeto por el tiempo. ¿Es tanto pedir?
La interacción del chef es a pulso de respeto: primero se agachó para preguntarle a mi hija en qué idioma prefería que le hablara, y luego se presentó. Nombre, oficio, país de origen, y con las manos traza un mapa de otros lugares donde había trabajado. Ella le cuenta de su vida de niña estudiante, ciudadana de norte-sur del continente. Todo es sereno, vivaz.
Antes de ingresar a la cocina, el joven le explica el porqué de la malla para el pelo, la higiene de las manos, el delantal impecable. Lista, con su atuendo especial, extiende la mano al chef –y qué distinto es cuando los niños se sienten seguros- y ahora la secuencia del cuidado es tan diferente: él me mira, yo asiento, y parten los dos tomados de la mano (la quietud es deliciosa, desde donde los contemplo). Recorren el área del refrigerador, los hornos, la mesa gigante donde amasan. Dos asistentes de cocina, malabaristas avezados, hacen girar con sus dedos dos pizzas gigantes y la sonrisa de mi hija, para mí, es la más radiante del planeta a esa hora. Y nuestra gratitud. Oda al cuidado.
“El mejor recuerdo” fue la huella perdurable. Una vez en casa, mi hija no demoró en caer dormida, todavía encantada con su visita a la cocina. Yo dormí poco en el desvelo de un orden necesario, impostergable, entre recuerdos viejos y antiguos desplazados de su lugar habitual, y persuadidos de volver a su descanso gracias a una calma no forzada, una confianza posible en las presencias y el portento de experiencias que no necesitamos sostener solos –padres ni madres, ni nadie- porque siempre habrá otros dispuestos a ser parte del círculo de cuidado. No hay número insignificante en esto. Una persona puede hacer toda la diferencia.
Un joven chef encarna a “la aldea”, la canción y los ritos vitales en torno a los cachorros que vienen llegando. La protección de su memoria no es un asunto menor porque no da igual contra qué fondo de recuerdos vayan sumando experiencias los niños. Todas ellas: y sin duda las habrá de adversidad, de toma de consciencia del sufrimiento, de urgencias de la tierra y sus seres, pero junto a muchas otras que están al servicio de aprender, de maravillarse, de descubrir y descubrirse: un gran “trabajo” y primordial de los años de niñez, creo (si alguna esperanza tenemos como especie de detener o revertir daños en nuestro planeta, y de cansarnos de ir en sentido contrario a la abundancia de la vida). Cerca del amanecer, pensaba en que los milagros son ocurrencias menos mágicas, y mucho más humanas.
Al día siguiente, cuando mi niña compartió lo sucedido con su hermana mayor, el resumen no estuvo centrado en lo más ingrato, sino en que había ido a un restaurant estupendo para niños (con tour a la cocina y todo), y también –“también”, no “pero”- hubo un turista borracho que trató de tomarle el brazo y el pelo. Pero ella se soltó, los papás lo retaron y la defendieron, y todo salió bien. Contó su historia a una profesora del colegio en la misma secuencia, unos días después.
Me quedo en su narrativa, su calma y el timbre firme incluso al declarar “me asustó”: tan distinta esa sensación cuando va acompañada de una solución, de un amparo y socorro posibles, versus haber seguido a merced del miedo o del daño sin mayor esperanza de que alguien ayudara a detenerlos. Esas inflexiones en la voz del temor (tan humano, millones de años con nosotros) pueden hacer toda la diferencia: no quiero dejar de prestar atención.
En madres de niños que han vivido abusos, otras inflexiones: hablar sin “yo” (“uno” haría, uno pensaría, tú creerías que, etc.) hasta que aparecen personas que apoyan, que dan crédito a lo vivido, que se ponen a disposición para evitar sufrimientos evitables (familiares, vecinos, profesores, psicólogos, abogados, etc.). Entonces, tímidamente primero, y luego en toda frase, la conjugación se transforma, y las cuerdas vocales, y el cuerpo entero, en presencia del cuidado, y aparece la primera persona (“yo” creo, “yo” quiero, “yo” estoy haciendo, yo sé, yo recuerdo, etc). Inflexiones. Ser junto a otros. Otra voz. Inmensa.
En la memoria, “el mejor recuerdo” que decretó el joven chef de la pizzería, es también para nosotros. A pesar de saber –siempre, como casi todos los padres- que no está bajo nuestro control el poder evitar, o atenuar siquiera, todo sufrimiento o momento gris de nuestros hijos, todo infortunio (o abuso, y es duro admitirlo cuando uno trabaja en prevención), sí es posible contar con más presencias que sólo las nuestras, para cuidar a los hijos de todos. Podríamos. Mil veces, podríamos.
La evidencia es abundante en estudios que concluyen de modo categórico, por ejemplo, que no existe forma efectiva ni exitosa de prevenir abusos sexuales infantiles ni violencias contra los niños, si ésta no depende fundamental e irrecusablemente, del mundo adulto. Podemos entonces, prevenir, si queremos. Y sin pecar de ingenuidad, claro que se puede: cada vez de mirar hacia la comunidad, los otros, y descubrir un círculo protector, contenedor. Tan f***ing poderoso si está disponible como antídoto, como bálsamo y gasa, sobre todo, como infusión de vitalidad, de reverencia.
Szymborska dijo en algún verso que el mundo no estaba preparado para recibir a un solo niño, pero también que para ellos (y nosotros) lo que sí servía, la necesidad, a lo que tenían derecho, era a “finales felices”. En pequeños pasos, o grandes ojalá (cuando todo un país concurre, por ejemplo), sí: esos son, esos finales queremos. Todos los que se puedan. Esos son.
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(Photo: FB, Outstanding in the Field, an organization that holds dinners on farms and other landscapes. Their goal: “to get folks out to the places where the food comes from and honor the people whose good work brings nourishment to the table”.)