Vinka
Posts by Vinka Jackson :
Comunidad y el imperativo de cuidar (#derechoaltiempo)
Intermitentemente, esa sensación de que ahora sí es tiempo, y luego no. La estridencia, luego el silencio. La diligencia aparente, y la capitulación después. La tragedia seguida del remordimiento colectivo. Las buenas intenciones versus la ausencia. ¿Y sí sostenemos el corazón a firme en otra posibilidad de presente, de futuro?
No se detienen las nuevas generaciones, mis hijas crecen, los suyos, los nuestros. Los vemos dormir mientras sabemos que no tan lejos de nosotros sufren niñas y niños que también son hijos e hijas. ¿Qué palabras pueden resumir la pérdida de una niña, un niño, miles de ellos ya? ¿Cómo evitamos más sufrimientos, o muertes, y construimos lo que sí deseamos para niños, niñas, y jóvenes que viven en nuestro país?
Vuelta avalancha, la fragilidad: solos. Solos los niños, o solos nosotros: nada. Juntos, sí podríamos. Los pactos de solidaridad –no de caridad-, la determinación, la obcecación vital en el cuidado mutuo, pueden hacernos mucho más fuertes. No me atrevo a decir invencibles, pero sí más fuertes.
Basta un adulto sensible, lúcido, estimulante para cambiar completamente el destino de un niño o una niña. No es únicamente en la adversidad, el dolor o el desamparo que nos volvemos más resilientes. Es en el cuidado, la comunidad, la compañía de otros. El respeto incondicional. El afecto diáfano, gentil. Sin violencia. CERO.
A merced de. Al cuidado de. La distancia entre uno y otro lugar. La pendiente borrascosa del primero. La bocanada de vida, de amor posible, sólo en el cuidado.
Me cuesta escribir, pero la voz toma su lugar a empellones inevitables. El lápiz atravesado en la cabeza. Una flecha de grafito que hace doler y que podría partir en dos para que se calle, pero no. No hay tiempo que ceder.
Hemos vivido un inicio de 2018 marcado por historias de abuso sexual. Otro año más.
Casi un 9% de todas las niñas, niños y adolescentes en Chile, viven abusos sexuales. Todavía, cada día, un niño o niña sufre abusos sexuales cada 33 minutos. Seis de cada siete no podrán develar hasta entrada la adultez. Algunos morirán a manos de sus victimarios y jamás podrán contar lo vivido.
De las víctimas de delitos sexuales total país, casi un 80% son menores de edad. Los números son generaciones completas atravesadas por estos crímenes que organismos internacionales han sido categóricos en definir como violaciones de DDHH.
El comité de derechos del niño y de la tortura de ONU han exigido al Estado de Chile –por convenciones suscritas que tienen valor de ley- que junto a las políticas de prevención, el ASI sea efectivamente sancionado por ley y declarado imprescriptible. ¿Cuándo responderá el Estado a estas exigencias? Casi 28 años de democracia. No quiero repetir lo dicho ya cientos de veces.
Crímenes contra los más indefensos de todos. El derecho comparado nos muestra que esto es posible en muchos países civilizados. Para quienes no somos expertos en derecho, se hace difícil entender demoras y objeciones cuando un sentido de humanidad nos basta como motivo. Los niños dependen inexorablemente del mundo adulto, de sus disposiciones, sus actos. Ojalá fueran de amor y cuidado, de regocijo, de puro aprender. Pero la historia de miles, es de violencia sexual. ¿Qué posibilidades podrían tener infantes, niños pequeños, inclusive adolescentes, de sortear la descomunal confusión entre cuidador-abusador para develar, pedir auxilio? ¿Qué oportunidad de protegerse a sí mismos?
Qué recursos podría tener un niño, o un joven inclusive, para acudir –o renunciar-a la justicia cuando ni siquiera es posible entender los abusos sexuales como crímenes, o entenderse a sí mismos no como hijo o hija de, nieto, alumna, discípulo de, sino como “víctimas de”.
En el abuso sexual, siendo niños, no es posible entender, ni escapar, ni elegir ni renunciar a nada. Se necesita tiempo –décadas- para poder elaborar, verbalizar el trauma, y tal vez, recién ahí, iniciar el camino de la justicia y reparación. Para una mayoría no será posible porque los tiempos de la ley, en Chile, no coinciden con los tiempos humanos.
Uno pensaría que en un Estado garante de derechos importa asegurar el igual acceso a justicia de todos, y de toda víctima, sin distinciones. En Chile no es así para los sobrevivientes de abuso sexual infantil que cruzaron el umbral de la mayoría de edad, y que como adultos enfrentan la prescripción como una valla insalvable sin importar importa cuántos de sus derechos hayan sido vulnerados; o cuántos daños deban sobrellevar a lo largo de la vida.
Crimen perdurable, permanente: el abuso sexual infantil.
Para muchas víctimas las secuelas de los abusos serán ininterrumpidas. La reparación es posible, pero en la negación de justicia, también recibe un golpe. “Lo siento: esto ha prescrito”. “No denunciaron a tiempo” dice la ley, como si hubiese habido alguna posibilidad de ejercer control sobre ese tiempo.
Cuesta entender que existan países donde todavía, de manera “legal” se cometan trasgresiones como las descritas. Cuesta entender que un argumento sea “la prescripción no se toca, no se altera, no se cuestiona siquiera”. Uno no puede evitar pensar ¿y qué es “la prescripción”: tiene cuerpo, órganos, sentimientos, guarda huellas de violaciones, sufre, vive, lucha? ¿Cómo puede ser más importante la defensa de un principio o plazo legal, que seres humanos de carne y hueso?
En una sociedad democrática no es posible que se extinga la posibilidad de justicia para víctimas que nunca renunciaron a su derecho a denuncia ni a prosecución de acciones legales. Simplemente no podían: eran niños, niñas, adolescentes.
La denuncia se sustenta en un relato, y la acción de la justicia comienza en la denuncia. Pero cuando muchas víctimas por fin sienten que pueden realizar ese relato en un contexto seguro y protegido (alejado del abusador), ya ha operado la prescripción. Frente a esta realidad, las personas no sólo deberán procesar el impedimento de justicia, sino que además, arriesgan ahondar ese sentimiento de culpa (que no debe ser, pero es frecuente, doy fe) por no haber logrado ayudar a proteger, mediante su denuncia, a otras potenciales víctimas de sus abusadores.
A ciudadanos comunes y corrientes nos es difícil –y hasta violento- intentar comprender la lógica distante de la justicia frente al mínimo ético –porque es un mínimo- como el respeto al tiempo del trauma. Sabemos cuán pocos abusadores sexuales y violadores llegan realmente a ser juzgados y sancionados; y cuántos simplemente esperan a que se cumplan los plazos de prescripción (fuera de Chile, o dentro, imposibles de localizar) para evitar asumir sus responsabilidades.
El tiempo transcurrido es un blindaje aberrante, un aval de la violencia sexual, al fin y al cabo. Esta violencia que no es esporádica ni atípica ni un “asunto de interés privado de cada víctima, no de interés público” como dijo alguna vez un penalista. Y uno entiende por qué, incluso dentro de los míseros plazos existentes, muchas víctimas temen acudir a la justicia, mucho más si no es posible reconocerla como una herramienta de cuidado y no como un dispositivo de poder abusivo (o de habilitación de la impunidad); y necesitamos reconocer en abogados, jueces, el sistema judicial, un lugar de verdad y restitución posibles, sin riesgo de mayores daños y profundización del trauma.
Pienso en el abogado que llevó los casos de los denunciantes de la iglesia en Boston (encarnado magistralmente por Stanley Tucci en Spotlight), y en quienes actúan así en Chile. Cada día son más, como asimismo van siendo más los profesores, médicos y profesionales de la salud que ya recién egresados o titulados se involucran en la esfera de prevención, detección temprana y reparación en abuso sexual infantil.
Cuidado ético, inseparable de la justicia. Cordura. Sentido común.
JAMAS será justo ni cuerdo que alguien que viole a un niño, sea exonerado en razón del tiempo transcurrido; ni que como sociedad abandonemos a otros niños y jóvenes que pueden terminar siendo vulnerados, o muertos, por agresores reincidentes amparados por la prescripción.
¿Cómo podemos prevenir abusos o validarnos como un mundo adulto confiable y que cuida, si en nuestro país la señal es que hay sufrimientos de los niños que no importan? Y esto es igual para todo sufrimiento evitable que pueda experimentar la infancia que hayamos fallado en evitar o socorrer. Años rogando por un plan nacional mandatario de prevención de abusos, erradicación de la violencia, y cuidado ético para el consentimiento. Años pidiendo , proponiendo, apelando, poniendo recursos a disposición del estado -muchos colegas- para un plan nacional de educación sexual integral (prek a educ superior) entendiendo que es un factor de prevención mayor, y sobre todo, un pilar para el desarrollo humano en algo vital como la sexualidad.
A pesar de todo, si nos detenemos y hacemos memoria, en relación a muchos temas, podemos ver que hemos crecido en consciencia y solidaridad (no hablo de caridad, sino de empatía, apoyo, cuidado y acompañamiento entre prójimos), y que hemos podido, entre todos, desde distintos lugares y regiones, lograr metas inimaginables, conversaciones que no podrían haber llegado ni a musitarse en el Chile de hace veinte o diez años.
En relación a la ley #derechoaltiempo, el respaldo ciudadano ha sido tremendo; en cada ciudad hay personas trabajando con amor y ahínco, y nos sentimos infinitamente agradecidos y esperanzados.
Son más de doce mil apoyos en la carta ciudadana (www.abusosexualimprescriptible.cl); y ciudades como Concepción y Punta Arenas han liderado importantes campañas de difusión, reflexión y suma de adhesiones. Hay partidos y movimientos cuyos integrantes han querido aprender de prevención ASI, de adversidades en la infancia y ética del cuidado; colegios profesionales apoyan la ley desde sus comisiones de infancia, DDHH. Los materiales que hemos compartido durante esta travesía, han sido recogidos por líderes comunitarios, dirigentes vecinales, y por toda persona que quiera y pueda liderar la conversación y apoyo a la ley desde sus espacios; de ésta y otras leyes por la niñez. De cambios que son mucho más vastos en la relación de este país, de nuestro Estado, con los niños.
Nos necesitamos atentos, unidos, para proteger, para sanar, y para evitar a las nuevas generaciones heridas horribles como las que inflige el abuso. “Para criar a un niño, se necesita de toda una aldea, todo un pueblo”. Cada acción de cuidado, cada persona, cada comunidad. No nos rindamos ante “esto no sirve, no es crucial, no es radical, ¿qué diferencia podría hacer?”. Para el amor, la hace.
Lo pequeño, lo tímido inclusive, y hasta lo intermitente: nada se pierde: el mundo, la tierra, siguen queriendo sernos familiares, fraternales, que lo seamos entre nosotros, también. Lo más tenue y amable refulge en la maravilla. Que en la pena o desastre no pasen desapercibidos; que nos aligeren, así sea por un instante (como la escena en Three billboards outside Ebbing, Missouri, donde Mildred usa sus zapatillas de descanso, rosadas y peludas, como si fueran títeres; una inflexión en el ahogo dolorido, omnipresente, pero distinto por unos segundos), para poder seguir amando, cuidando
A cuatro días de finalizar el período 2014-2018, el Ejecutivo confirió suma urgencia al Proyecto de ley por la imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra menores de edad (#derechoaltiempo), que ya fuera aprobado en su primer trámite, el 21 de marzo de 2017 en el Senado (y qué alegría radiante fue).
En la suma urgencia otorgada por el gobierno saliente y en su ratificación –ojalá- por el gobierno que recién asume, se abre una GRAN oportunidad que no podemos dejar pasar, para que #derechoaltiempo se convierta en ley de la república y gracias a un esmero de todos (qué bien nos haría): dos presidentes, parlamentarios antiguos y nuevos, ciudadanos sobrevivientes ASI y de todas las avenidas de la vida. Países hermanos lo han logrado, y Chile también puede. Es tiempo. Por favor que ya lo sea.
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Proyecto de ley #derechoaltiempo
(extracto del Documento presentado al congreso para discusión de Proyecto Ley por la imprescriptibilidad de los delitos sexuales contra niños, niñas y adolescentes menores de edad. Versión completa para descarga a pie de página).
1.- En primer lugar, en cuanto al argumento de que el conflicto penal pierde intensidad en el tiempo ello es, de por sí cuestionable en este tipo de casos, en que la víctima, en una etapa inicial bloquea el episodio o no es consciente de que ha sido víctima de un ataque debido a su edad y a procesos incompletos de desarrollo (y como resultado de la experiencia traumática y su impacto en la memoria). Así, el conflicto producirá sus impactos solo años más tarde cuando –con mayor madurez y capacidad de discernimiento- las víctimas comprenden que fueron víctimas, que lo vivido se trató de un delito y que el/la responsable de los abusos, cometió un crimen. por lo que el conflicto no perdería intensidad con el tiempo, sino todo lo contrario.
En efecto, la gravedad de estos delitos, la intensidad las secuelas que éstos dejan en las víctimas y el creciente número de los mismos, hacen dudoso el argumento de que con el tiempo se reduzca el conflicto penal en estos casos.
Por lo demás, señalamos que aun si el conflicto perdiese intensidad, la pretensión punitiva seguirá intacta y los eventuales problemas de proporcionalidad que esto pudiese generar justificarían, a lo más, una rebaja en la condena, mas no la renuncia a la aplicación de una pena.
2.- En cuanto al segundo argumento, referido a que se pierden pruebas en el transcurso del tiempo –lo que dificultaría la verificación de los hechos-, cabe señalar que este es un problema procesal que no justifica el renunciar a la posibilidad de demostrar el hecho, aun cuando ello resulte en una tarea más dificultosa. En cuanto a la desventaja que ello supondría para la defensa, recordemos que el estándar para condenar seguirá siendo el de “más allá de toda duda razonable” (y no el de mera preponderancia de prueba: 50% + X). La satisfacción de ese estándar sería garantía suficiente para situar de modo adecuado el riesgo de error fuera del ámbito del imputado. Es más, podría pensarse que el paso del tiempo aumentará las posibilidades del imputado de esgrimir una duda razonable que lo libere de una condena.
Por lo demás, existen numerosos grupos de delitos en que la prueba de los hechos es difícil y, sin embargo, nadie ha pensado siquiera en eliminar la pretensión punitiva respecto de ellos. Así, por ejemplo, en los casos de colusión o casos de negocios clandestinos (como el tráfico de drogas) casos que son de difícil prueba. La ley, lejos de la idea de renunciar a la pretensión punitiva estatal, confiere herramientas especiales a los organismos encargados de llevar adelante la persecución estatal para lograr la tarea que se les encomienda (por ejemplo, escuchas telefónicas), conforme al principio de legalidad sistémico (el programa punitivo del legislador debe ser cumplido y ello, por exigencias del principio democrático).[1]
Por lo demás, diversas disciplinas (la psicología, la psiquiatría, la medicina, la radiología, o imagenología que ha evidenciado, vía resonancias magnéticas, los daños neurobiológicos más frecuentes en víctimas de abuso sexual infantil[2]; daños que afectan estructuras cerebrales y su fisiología) podrían proporcionar las herramientas para poder probar, de modo aceptable conforme a los estándares del sistema, un delito sexual cometido hace años atrás pero develado recién después de mucho tiempo. De ese modo, en el caso de delitos sexuales contra menores, el riesgo de error originado por el paso del tiempo, puede ser conjurado a partir de los avances de las herramientas que permiten evaluar la veracidad de un relato.
3.- Respecto al argumento de que el Estado debe ser forzado a ejercer su actividad persecutora dentro de un tiempo acotado, podemos acotar el tiempo en que la acción penal sea pública, pero mantener a la víctima la posibilidad de activar la persecución penal. El riesgo que se buscar conjurar bajo este argumento es que el Estado instrumentalice estratégicamente el ejercicio de la acción penal. Si el ejercicio de la acción penal depende de la actividad de la víctima, el riesgo de manipulación estatal se conjura a este respecto.
Finalmente, cabe tener en consideración que 74% del total de los delitos sexuales en Chile afecta a niños/as y adolescentes menores de 18 años, y que por cada caso que se denuncia, 6 no lo harán[3] (Fuente: Carabineros de Chile, “Propuesta de estrategias en el control y la prevención para el delito de abuso sexual en niños, niñas menores de 14 años”, año 2012). La no-develación (y no detección de los abusos), o su demora hasta entrada la adultez, se debe a una multiplicidad de factores: primero, la edad e inmadurez neurobiológica de las víctimas (a quienes llevará años comprender que el abuso sexual es un delito), su dependencia vital del mundo adulto que incluye al abusador (en su inmensa mayoría, miembros de la familia y de entornos cercanos y significativos de los niños/as y adolescentes), las dinámicas de sometimiento y silenciamiento impuestas por el abusador, fenómenos de bloqueo y disociación debidos a la experiencia (sobrecarga emocional, cognitiva, física), miedo, vergüenza, estrés post traumático, ausencia de un espacio seguro (y suficiente distanciamiento del abusador) para verbalizar la experiencia, preocupación por las consecuencias de la develación para familias y seres queridos, entre otros.
En diversas fuentes, la tasa de develación durante la niñez (accidental o intencionada) se estima del orden de 20-30%. Un estudio reciente sobre develación de abuso sexual infantil en Chile, publicado por el Centro de Estudios en Infancia, Adolescencia y Familia Paicabí[4] en la Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, concluye algo semejante: “sólo un tercio de las niñas y niños revela de forma temprana. Esto es coherente con lo encontrado en estudios previos –e investigaciones internacionales- que describen que los niños y niñas tienden a revelar el abuso de forma tardía o incompleta, o revelar y retractarse, o revelar de manera progresiva”[5].
En términos generales, las conclusiones indican que a mayor complejidad del abuso sexual (intrafamiliar, crónico, con penetración y polivictimización, es decir, acompañado de otras vulneraciones, especialmente maltrato físico), la revelación será menos frecuente y más tardía. Por su parte, Fundación Previf, en Chile, comparte un promedio de 17-20 años en pacientes mujeres adultas (mayor prevalencia del ASI es en niñas, una de cada tres) para comenzar a verbalizar el abuso vivido en la niñez y/o adolescencia. Este dato es consistente con la literatura especializada (y lo que reportan organizaciones internacionales) que señala un promedio de 15 a 20 años de demora (independientemente de intentos de develación en distintos momentos de la niñez o adolescencia, desoídos o ignorados), tomando a algunas víctimas 30 años poder verbalizarlo –especialmente si incluyó violación-, y a otras hasta el final de sus vidas.
Para la inmensa mayoría de las víctimas la demora en develar y denunciar los hechos obedece a que se encuentran inmersas en procesos complejos que no es posible acelerar en base a reglas que injustificada y arbitrariamente hemos impuesto a estos delitos y a sus víctimas. Esto resulta del todo relevante puesto que, teniendo en consideración que por regla general estos procesos se originan por el relato de las víctimas y éstas demorarán años en sólo darse cuenta o comprender que se vieron involucrada en un ataque a su autodeterminación sexual, entonces, con anterioridad a que la víctima del delito complete su proceso psicológico, sencillamente no existen las condiciones requeridas para punir tales conductas.
Por ende, si la sociedad tiene pretensiones de que los delitos sexuales contra menores sean efectivamente penados, debemos asegurarnos de que existan las condiciones que aseguren que ello sea posible y ello será únicamente en la medida en que permitamos a las víctimas completar los procesos necesarios para que puedan comunicar lo vivido. Solo así, la pretensión de punición contra tales delitos tendrá una posibilidad de efectuarse en la realidad.
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[1] Este principio no debe ser confundido con el principio de legalidad en cuanto derecho fundamental del imputado a, entre otras cosas, a ser condenado solo por conductas que se encuentren expresa y completamente descritas en al ley.
[2] Un muy buen trabajo es el de Noemi Pereda y David Gallardo-Pujol de la Universidad de Barcelona, “Revisión sistemática de las consecuencias neurobiológicas del abuso sexual infantil” (2011). Lecturas recomendadas: “El cuerpo violado” de Maurizio Stupiggia (Cuatro Vientos, 2011) y “The body Keeps the score”, de Bessel Van der Kolk, (Penguin Random House, 2014).
[3] “¨Propuesta de estrategias en el control y la prevención para el delito de abuso sexual en niños, niñas menores de 14 años”, Carabineros de Chile, 2012.
[4] En Chile, las dos organizaciones pioneras (a partir de los noventa) en intervención ASI son Paicabí, en la V región, y Previf en la R. Metropolitana. Son dos espacios donde recurrir por información valiosa y actualizada.
[5] Arredondo, V., Saavedra, C., Troncoso, C. & Guerra, C. (2016). Develación del abuso sexual en niños y niñas atendidos en la Corporación Paicabi. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud, 14 (1), pp. 385-399.
Descargar PDF: “IMPRESCRIPTIBILIDAD DE LOS DELITOS SEXUALES CONTRA MENORES EN CHILE”
Transporte escolar y el cuidado
Descargar PDF: “TRANSPORTE ESCOLAR Y EL CUIDADO”
No es a propósito de las tragedias que hemos atestiguado este verano, sino una preocupación, u ocupación necesaria y entrañable y constante del cuidado, el poder plantearse una serie de preguntas y revisar o compartir, también, los estándares que como adultos queremos a ver que sean respetados en materia de transporte escolar y la relación con nuestros niños.
Es la época del regreso a clases y muchas familias necesitan recurrir a apoyos como el transporte escolar (T.E.), por exigencias de sus horarios, o de localidades donde los tiempos de traslado o características del territorio así lo exigen. Esta necesidad puede darse en relación a niños y adolescentes de diversas edades, y pensando en los más pequeños, especialmente –por su menor desarrollo-, es muy importante poder establecer o al menos estar informados de algunos criterios y recomendaciones de forma de poder realizar decisiones informadas al respecto de empresas de transporte, y/o de los conductores/as que trabajan de manera independiente, a quienes confiaremos el traslado de nuestros hijos al colegio o el jardín.
El ejercicio del cuidado en esta esfera, considera las normativas de seguridad, pero es mucho más vasto y requiere considerar otros estándares de cuidado ético, de protección de derechos, de prevención y contención de una serie de situaciones o eventualidades.
No sólo en el inicio del año escolar podemos consultar o evaluar estándares de cuidado en el T.E.. En cualquier momento de la relación de una familia con una empresa o conductor independiente –antes de la contratación, cada vez que se renueva el contrato, o durante el año-, es y seguirá siendo una prerrogativa preguntar y acceder a información acerca de diversos aspectos del servicio. Nuestras inquietudes y atención ininterrumpida son un tremendo factor de protección en la prioridad de procurar la integridad, bienestar y salud de nuestros niños, y también, para prevenir malos tratos, omisiones, o abusos que puedan darse en la esfera del transporte.
Es importante señalar que Chile cuenta con un registro nacional del transporte escolar (ver enlace por favor, y si no funciona, informar al ministerio vía RRSS) para consultar antecedentes. Es un punto de partida mínimo. Existen países, y municipios en diversas ciudades del mundo, donde existen protocolos muy exactos de seguridad, cuidado y prevención de abusos infantiles, relativos a servicios de T.E. provistos ya sea por los estados o por particulares.
Aquí reunimos algunas sugerencias que son parte de actividades, guías, y capacitaciones que ya llevamos a cabo en algunos establecimientos (y con responsables del transporte escolar). Ojalá sean útiles, y muchas seguramente ya han sido consideradas por familias y apoderados, pero cada año se suman pequeños que usan por primera vez el transporte, o padres y madres que también son primerizos y se hacen una serie de preguntas (como una se las hizo la primera vez también). No está de más 🙂 :
EN RELACION A LOS ESTABLECIMIENTOS EDUCATIVOS (escuelas, jardines, instituciones deportivas, etc.):
A diferencia de otros países, en Chile son pocos los establecimientos de los cuales depende directamente el servicio de T.E. y éste generalmente es externo (con algunas excepciones donde se da que el colegio o institución deportiva, por ejemplo, se responsabiliza de contratar los buses para traslado de los niños y jóvenes a ciertos eventos o estadios o lugares de paseo).
Los acuerdos se toman entre familias y empresas de transporte o bien directamente con conductores/as que operan de forma independiente (y con la venia del jardín o colegio, por supuesto). Pero hay que ser muy claros en que aunque la prestación y los contratos se realicen de forma externa, los establecimientos e instituciones son responsables a lo menos, de definir inequívocamente cuáles son los criterios para autorizar qué transportes operan, de qué manera, qué requisitos deben cumplir vehículos y conductores, qué información deben compartir con familias y escuelas y en qué plazos, y un conjunto de otras responsabilidades y criterios que no pueden ser dejados al azar porque involucran el trato y cuidado de nuestros hijos.
El año pasado, una profesora de una escuela vio por casualidad, como a cuadras del establecimiento, se realizaba el intercambio y trasbordo de niños pasajeros entre dos liebres, de la forma más insegura. La mayoría de las familias no sabía de ésto, y muchas no vieron mayor problema, pero la dirección fue categórica en defender un criterio de cuidado y seguridad, estableciendo que aunque los apoderados no tuvieran objeciones, no se autorizaría a servicios que recurrieran al trasbordo de niños (y menos en plena calle o avenida, estacionados en áreas no autorizadas donde el día menos pensado podría un niño terminar atropellado).
El involucramiento de la escuela es fundamental así cómo a colaboración más estrecha entre familias y colegio, y con los propios conductores y empresas de transporte. Como papás y mamás, es importante conocer los criterios de la escuela para autorizar y trabajar con ciertos transportes (y otros no), y si éstos no existen o no han sido todavía definidos, vale la pena enfatizar cuán necesarios son para que sean precisados en el menor plazo posible.
EN RELACION A LAS EMPRESAS DE TRANSPORTE:
Ssi el conductor/a está vinculado con una empresa, es muy importante conocer al dueño o responsable, y si tiene oficinas no está de más visitarlas. Es fundamental no sólo consultar sino, comprobar la vigencia de los seguros con los cuales cuentan los vehículos, el estado de éstos, y la idoneidad y antecedentes de los conductores. Ya la actitud y disposición de la empresa a compartir transparentemente la información es informativa de su ejercicio de responsabilidad y del compromiso con el cuidado. Adicionalmente, puede ser muy útil pedir referencias a alguna familia que conozca el servicio (y a sus conductores), antes de decidir la contratación.
EN RELACION A LOS VEHICULOS (liebres, buses, etc):
es importante contar con información acerca del estado de los vehículos, años de uso o kilómetros recorridos, certificados de revisión técnica y patente al día, pólizas vigentes, partes y multas (indagar si ha estado involucrado en accidentes, etc.). Verificar correcta identificación del vehículo como furgón escolar (de equis establecimiento, si corresponde), y verificar estado de asientos, cinturones de seguridad, ventanas, lugar para las mochilas, etc. Algunos servicios permiten (y hasta promueven) realizar al menos un viaje con el apoderado/a acompañando al niño/a; es una buena opción a considerar, la recomiendo mucho. Con mi hija mayor, el conductor me permitió ir sola, primero (y pude hacerme una idea de cómo conducía y sobre todo, cómo se relacionaba con los niños), y luego con ella durante una semana. Él mismo lo consideraba una forma de propiciar la serenidad de niños y apoderados, y eso se agradece.
También es importante conocer cupo máximo de niños por vehículo, criterios de edad para organizar grupos, condiciones que permiten traslado cómodo y seguro de niños con discapacidad o capacidades diferentes; y consultar de antemano por itinerarios, rutas, si están contemplados o no trasbordos (y si eso es algo que los apoderados quieran autorizar y en qué condiciones), y si se utilizan bitácoras que efectivamente se actualicen a diario y sean de acceso público (donde se reportan incidentes o situaciones especiales ocurridas durante los viajes). Como ya señalaba, se ha dado que servicios de transporte cambian niños de buses en algún tramo del recorrido –de forma ocasional, o a diario- sin registrar el evento en la bitácora que algunos jardines y colegios exigen), y con la agravante de que estos intercambios pueden ser realizados en plena calle, a veces en segunda fila, con tráfico en ambas direcciones, asumiendo riesgos para los niños de los cuales los apoderados no están conscientes (pues no fueron informados ni consultados con antelación)
Por último, hay servicios de transporte escolar cuyos vehículos cuentan con sistemas de georreferencia, favoreciendo la ubicuidad y el cuidado. Si el T.E. en nuestro jardín o escuela no cuenta con ello, puede ser un aporte indagar si lo tienen considerado, para cuándo, o si estiman que es necesario o no y los motivos de esas elecciones. Toda información –independientemente de nuestras preferencias y exigencias- nos ayuda a tomar mejores decisiones, o a sentir que hicimos lo mejor de nuestra parte no solamente en el proceso de decidir y elegir –acorde a nuestras realidades-, sino de contribuir en la mirada del cuidado y en formas de materializarlo que si bien pueden no alcanzar a beneficiar a nuestros hijos, sí lo harán con generaciones y familias que vengan después. Todo suma. Todo ayuda a ir construyendo una cultura de cuidado donde tal vez, algún día, ni siquiera sea necesario realizar una serie de preguntas o precisiones, porque estás ya habrán sido consideradas.
EN RELACION A LAS/LOS CONDUCTORES:
En primer lugar, contar con antecedentes y estar seguros de que nunca será ofensivo ni invasivo consultar por éstos. Es sólo responsable y se trata de información que debería siempre ser accesible (y compartida por iniciativa, ojalá, de los propios conductores).
Por una parte, es importante saber si los conductores/as cuentan no sólo con cursos de conducción general, sino además con experiencia probada en conducción de T.E., específicamente. No es igual haber manejado un auto –o camiones, si así fuera- por equis cantidad de años, que llevar diez o más niños en cada recorrido.
Empresas de transporte y establecimientos escolares, en sus procesos de contratación y/o establecimiento de convenios de T.E., deberían requerir siempre antecedentes y certificados que demuestren que no existe inhabilidad para trabajar con niños. Aunque el registro de ofensores sexuales en Chile adolezca todavía de problemas de actualización (y es impresentable), es necesario habituarnos a solicitar esa información (y de paso estar muy atentos como ciudadanos a que jueces y registro civil mejoren significativamente su gestión para que los registros estén al día). Para algunos padres/madres puede ser suficiente la respuesta afirmativa, y para otros será indispensable ver el documento que acredita la consulta al registro civil. Lo esencial es contar con la seguridad de que esa exigencia existe y que las contrataciones de adultos que trabajan con niños cumplen y se guían por ella (tanto dentro del jardín o escuela, en relación a todo su personal, como en servicios externos). No se trata de alarmas, sino de un criterio realista y protector en base a información ya disponible y denuncias por abuso sexual infantil en transportes escolares, de responsabilidad directa del conductor/a (particularmente en tramos donde niños pueden viajar solos, sin el grupo completo, en compañía del adulto) o por fallar en interceder cuando el abuso sexual (incluidas situaciones de acoso sexual) se da entre niños/as o adolescentes menores de edad, durante los trayectos en la liebre o el bus de turismo (utilizado en muchos establecimientos para paseos, actividades deportivas, o viajes en la enseñanza media).
Un tema a considerar, que no es todavía práctica habitual, es el de las evaluaciones psicológicas y médicas que informen sobre condiciones de salud de los conductores para el adecuado ejercicio de su trabajo, y en la interacción y trato exigibles (trato ético, no violento, no abusivo) para con los niños bajo su responsabilidad. En la medida que realizamos la consulta sobre estas evaluaciones de salud –aunque sean infrecuentes y nos digan que no cuentan con ellas-, vamos estableciendo y alentando un estándar de cuidado que debería ser requerido. Se trata de nuestros niños. La salud física y mental de quien conduce un transporte escolar, problemas de adicción o consumo de sustancias, etc., no son aspectos menores sino fundamentales a considerar, que pueden hacer toda la diferencia en la seguridad de nuestros niños.
Consultar por estos aspectos, y esperar una respuesta satisfactoria al respecto, no es histeria, paranoia o sobreprotección. Es cuidado. En establecimientos donde ya hemos trabajado con transportistas escolares, esperanza ver cómo estas reflexiones o recomendaciones protectoras son bien recibidas, entendidas. Aun considerando que la implementación de estos cambios sea pausada (o directamente muy lenta) o dificultosa, ya es un buen signo de cambios en curso.
Si la ley no exige monitores, acompañantes o copilotos para todas las edades, podemos consultar si es posible contar con un acompañante adulto para el conductor, ya sea como una preferencia o bien, como una condición o exigencia de los padres, especialmente con niños pequeños.
Las familias tienen derecho a conocer currículum de los conductores, referencias, antecedentes legales, etc. y también programas o cursos de actualización periódicos (anuales, semestrales) a los que asistan, ya sea por requerimiento de la empresa y/o por motivación profesional/personal de cada conductor/a. Esta sola pregunta va creando consciencia sobre la necesidad de capacitar continuamente para la prestación del mejor servicio posible, y el más seguro, sobre todo, para los niños y niñas.
No podemos olvidar por un momento que muchos conductores/as conocen a los niños por largos períodos, quizás se establecen vínculos de aprecio y confianza, y si un niño/a comparte con el adulto algo que lo hace sufrir es indispensable como adultos contar con algunas herramientas básicas para responder. Por ejemplo, si un niño o niña menciona o le cuenta al conductor/a, durante un trayecto, que está viviendo una situación de violencia física o sexual en su hogar o de bullying en la escuela que no se ha atrevido a contar a sus papás ni profesores todavía ¿qué puede/debe decir el conductor/a en ese momento? (fuera de obviamente reportar la situación a su superior y al colegio), ¿cómo responde si el niño/a le pide que “no le diga a nadie”?, ¿se sienten preparados los/las conductores/as para hacer frente a este tipo de situaciones? Estas preguntas no pueden quedar irresueltas. Es una responsabilidad contar con respuestas, y para eso sirve que las propias empresas de transporte, y/o desde las escuelas y jardines, los directivos y administradores se compartan estos contenidos, o se invite e incluya periódicamente a los conductores de transporte escolar a actividades formativas que tocan los temas de cuidado infantil, educación para la sexualidad/afectividad/relaciones humanas, y sobre todo aquellas que informan sobre prevención, respuesta y denuncia de abusos infantiles.
COMPROMISOS FAMILIA Y ESCUELA:
Es indispensable conocer como familia los propios deberes y derechos, junto a los protocolos y reglamentos definidos por cada escuela (y/o estándares para selección, licitación, desvinculación, etc.) para las empresas de T.E. y las/los conductores que se vinculen con sus estudiantes. Por ejemplo: deber de llevar bitácora, reportar situaciones (cuáles, en qué plazo, etc.), derecho del colegio a especificar tipos de respuesta y márgenes de acción/autoridad dentro del transporte escolar para cuando el conductor debe intervenir en alguna situación. El colegio debería tener derecho, asimismo, a solicitar suspensión (pendiente revisión de reclamos o denuncias) y/o desvinculación permanente de conductores, junto a sanciones y criterios de prescindencia de alguna empresa por incumplimiento, faltas, etc.
Derechos y deberes: consultar con servicio de transporte si se prepara a los conductores y si cuentan ellos/as con información relativa a
- Derechos de los niños, en general; estándares de protección y prevención de abusos, acoso escolar, etc.
- Derechos específicos de los niños en el transporte escolar: por ejemplo: los niños tienen derecho a un asiento cómodo, seguro, con espacio para la mochila; derecho a protección y buenos tratos, etc.
- Deberes: por ejemplo, los niños tienen el deber de subir y bajar con cuidado del furgón; no botar basura; tratarse bien entre compañeros/as; hacer caso a instrucciones del conductor como por ej. abrocharse el cinturón, permanecer sentados, etc. ¿Se comparten estos criterios en algún documento o instancia de orientación a las familias que contratan el servicio? ¿Se comparten derechos-deberes con los niños/as, ya sea de manera verbal, escrita, o contando con algún afiche visible en el bus como recordatorio permanente?
- Términos de relación conductores-niños: además de la mutualidad del respeto, conocer normas específicas sobre relación física, psicológica, social, entre adultos-niños. Obviamente no habrá nunca golpes, gritos y/o cualquier forma de trato violenta al niño/a. Se espera adecuación del trato del adulto/a a las edades, etapas del desarrollo del niño/a, y siempre en marco de protección de derechos infantiles. Con adolescentes, ser muy claros en criterio acerca de celulares o emails (no debería el conductor compartirlos con los alumnos: relación contractual de empresa es con apoderados y por ende coordinaciones regulares o excepcionales).
- ¿Cuál es el criterio en relación al uso de teléfonos celulares para el conductor y para los niños durante trayectos? Es importante que se especifique. Evidentemente quien conduce, no puede distraerse con llamados ni mensajes. En relación a los niños, perfectamente podría ser una regla del transporte escolar –lo es en algunos- el no uso de dispositivos electrónicos durante los viajes. Cuando en una misma liebre van niños desde prekinder a octavo o enseñanza media, se ha dado que los más chicos son expuestos a contenidos inapropiados para su edad, sólo por exposición casual a las pantallas de los adolescentes. Cuando los niños más chicos replican en su hogar o en el aula palabras e interacciones (de alto contenido sexual adulto) que observaron en los trayectos –y asimismo esto puede ocurrir en sus casas u otras que visitan-, no siempre hay un relato que permita entender el origen de la conducta y más de una vez se ha dado una denuncia por sospecha de abuso a propósito de esto. Muy recomendable, una vez más, ver la película The Hunt, o La cacería, La caza, Jagten (título original, 2013) de Thomas Vinterberg. En realidad, creo que debería hace años ser un recurso imprescindible en todos los colegios, y en cátedras de educación en las universidades e institutos.
- Conocer qué criterio existe, y también precisar y explicitar el criterio como familia en relación a cuestiones como uso de nombres (el conductor no es un “tío”, los niños no son “m’hijito”, “mi niña”, todos tienen sus nombres propios), los saludos (cordialidad de “buenos días-tardes” que no fuerza ni es equivalente a besos, abrazos, etc.), formas de llamar la atención o amonestar, y otras interacciones físicas, sociales, que se puedan dar.
- Derechos y deberes de las familias: más allá de lo que defina la relación contractual, conversar de antemano con empresa y conductor sobre tips o reglamento para la familia (ojalá por escrito), y precisar con exactitud qué pueden solicitar o no las familias, a qué información pueden o no tener acceso, qué tipo de solicitudes o exigencias son posibles y cuáles no, etc., junto a qué actitud o responsabilidades se esperan de las familias (ser puntuales en la mañana, avisar con xxx tiempo de anticipación que niño no asistirá a colegio, o indicar alguna situación especial como estar enfermo de la guatita, por ejemplo).
- Cuidado-autocuidado: si empresas de transporte o los propios conductores/as no han considerado algunos de los puntos antes señalados, es una gran oportunidad como familias poder sugerir que lo sean. En primer lugar, por una orientación al cuidado y la excelencia, al bienestar de todos. Pero asimismo porque los adultos que trabajan con niños están especialmente expuestos: ya sea como receptores de relatos de abuso o sufrimiento infantil, o bien, siendo sujetos de denuncia por vulneración de derechos, negligencia, abusos, etc. A mayor precisión en la definición de estándares de cuidado y de los términos de relación con niños y niñas, en el ejercicio de medidas de autocuidado de los propios conductores, con el reforzamiento de buenas prácticas, la educación continua (incluido el conocimiento de las leyes relativas a infancia), la comunicación y colaboración mutua, etc., mejor preparados estaremos todos.
Gracias por concurrir en esta lectura. Por cierto, es solo un resumen, y todavía más información podría ser considerada. Pero es al menos un punto de partida. Sabemos que en materia de cuidado –y de la relación ética entre mundo adulto e infancia- todo está en constante movimiento y actualización; continuamente aumenta y/o cambia la información, y mantenernos actualizados –junto a otros padres, madres, con quienes nos podemos ayudar entre sí para ir al día- nos provee de mejores herramientas (aprendizajes sumados, inclusive de nuestros errores u omisiones) que serán puestas al servicio del cuidado. Todo esto necesita reflejarse y ser integrado periódicamente en protocolos de protección, en formas de hacer las cosas, y de habitar (y cuidar, valga la redundancia) las relaciones entre familias, comunidades educativas y prestadores de servicios diversos para poder cuidar mejor.
VJ
Cordura y rebeldía
En clave mamífera, humana, protectora, dispuesta a prevenir y detener daños, a reconocer vulnerabilidades, es casi imposible no notar el aire enrarecido en estos días.
A cierta edad tenemos la capacidad de distinguir entre claridades –seguridad, riesgo, buen trato, maltrato, amor, no amor- que nos ayudan a orientarnos, a decidir cómo querríamos vivir, y cómo no querríamos.
A cierta edad, también, podríamos tener la capacidad de distinguir entre heridas accidentales y deliberadas. La indiferencia, la negligencia, la omisión de otros que sufren, son formas de herir y son deliberadas.
Desde que se anunció la visita del máximo líder del Estado Vaticano –entre confusiones acerca del carácter político o pastoral del evento- el malestar ha mutado semana a semana. Ciudadanos, felibreses, pacientes, sobrevivientes. Tanto sufrimiento que ha sido ignorado deliberadamente. Barrido bajo la alfombra que recibirá a Francisco I. Corresponsable de abusos sexuales.
Evitar sufrimientos que sí sean evitables. ¿Es acaso tan difícil situarse desde esa disposición, tan sacrificado pensar en las víctimas de abuso sexual?
Aunque desconocemos las cifras completas de abuso infantil –sexual, psicológico, moral– a nivel mundial y por denominación religiosa (ni monjes budistas ni hindúes se eximen, y la propia Madre Teresa jamás intuyó los abusos cometidos por su consejero espiritual, el sacerdote Donald McGuire), sobrecoge y escandaliza su alcance en la Iglesia Católica, así como la feroz indiferencia que ésta ha demostrado. ¿Cómo puede hablar del amor de Cristo, o de nadie? Aquí no. Quizás en otras esferas. Pero aquí NO
No quiero volver a lo que ya sabemos: las estadísticas inasimilables de cientos de miles de niños, niñas y jóvenes abusados sexualmente por miles de religiosas y sacerdotes (en Australia, durante 2017 se compartió un informe que cubre 90 años de abusos y señala, por ejemplo, que las víctimas demoran un promedio de 33 años para poder verbalizar lo vivido, y que uno de cada catorce religiosas/os ha cometido abusos).
Tampoco debería hacer falta repasar las incontables y vergonzosas estrategias de silenciamiento y ocultamiento de información en las que han incurrido integrantes de diversas diócesis y de las más altas autoridades eclesiales (en Bélgica, el 2010l, la policía llegó al extremo, muy desesperado, de buscar documentos en tumbas y ataúdes de obispos). Los datos –aunque incompletos- ya están disponibles hace mucho, han sido validados, reconocidos hasta por el propio Vaticano ante las Naciones Unidas, y a contrapelo, por autoridades locales también.
Pocos podrían decir que no saben. Es una manada de elefantes en medio de toda habitación. Nos aplastan.
Si algo he aprendido del trabajo de dos décadas ya en la esfera del abuso sexual infantil, es que la distracción, el desconocimiento, son una desventaja tanto en nuestra experiencia reverente ante la vida, como en nuestra capacidad de respuesta ante el horror. No querer ver, no poder ver, desistir de ver, “hacer la vista gorda”, invalidar lo visto: conjuguemos de mil formas las ausencias pero al final del día, no olvidemos que siempre habrán sido ellas las responsables de tanta salvaje y triste herida en cuerpos inocentes.
“No saber” ya no es el problema, sino qué hacer con lo sabido. La claridad no es sólo una secuela del abuso sexual (luego de años de aprender a distinguir qué, quién cuida, y quién abusa). La claridad es asimismo una secuela cuando escuchamos –a otro, a nosotros mismos- y nos abrimos a verdades cruciales, transformadoras. No quedamos intactos. Podríamos auto engañarnos después, elegir conscientemente negar aquello conocido, escuchado, pero intactos: ya no.
¿Cómo respondemos en presencia de esas verdades? ¿Damos crédito y apoyo a quienes han rendido testimonio? ¿Solidarizamos? ¿Seguimos como si nada? ¿Qué nos está pasando? No se entiende. Quizás no quiero entender
Los estragos insoportables, el consenso en torno a violaciones de derechos humanos graves, como el abuso sexual infantil: ¿qué insumisión y qué amor por la vida desentrañan en medio de tanta mentira y confusión con que se intenta desdibujar estos delitos? ¿Qué contradicciones maravillosas, y hasta dolorosas, movilizan nuestros cuerpos en defensa de lo cuerdo, lo vital?
No basta condenar esporádicamente los hechos y luego dejar la carne ciega, la piel, el alma vendada. Fugarse, y más tarde condonar nuestras ausencias. Veo los afiches por la ciudad “mi paz les doy” y no puedo mirar hacia el lado ni permanecer indiferente. No es un estímulo neutro. No son palabras ligeras. ¿De qué paz me hablan?
No hay paz cuando un país festeja haciendo “como si” desaparecieran víctimas, abusadores y cómplices (en su mayoría libres). Tantas consecuencias de un daño no asumido todavía, y que por momentos pareciera flotar en el espacio –como si sus agentes fueran fuerzas sobrenaturales, o habitantes de otra dimensión-, ajeno a la Iglesia y las manos que lo perpetraron.
Francisco habla de coherencia, pero puede desdoblarse, negar abusos, decir una cosa y hacer otra, velar u homenajear a perpetradores y encubridores de crímenes, mientras abandona o desprecia a las víctimas. Es confuso. Es demasiada disociación. Hace mal.
Nos confunden, como en tantas historias de violencia y perversión psicológica donde se termina convenciendo a las víctimas de ser “culpables de algo”. Algo que las hizo “merecer” uno o más vejámenes por los que “reclaman” injustamente, “majaderas, quejosas, inestables”. Por estos días no faltan quienes acusan resentimientos, actitudes profanas o desquiciadas en sobrevivientes de ASI eclesiástico y ciudadanos -católicos también- que se resisten a participar acríticamente de la visita papal; que no pueden dejar de resonar con el espanto que sigue develándose.
En Chile estamos recién conociendo los testimonios de víctimas de los maristas. Francisco I insultó a feligreses de Osorno –mil veces gracias por no sucumbir, por insistir- quienes desde un comienzo rechazaron el nombramiento de un obispo involucrado en abusos. El Papa defendió su inocencia y hoy sabemos -gracias a una carta filtrada por la prensa- que estaba en pleno conocimiento de sus faltas (ver nota).
Los acontecimientos se van tomando las calles (que sigo añorando vacías y llenas de cercos blancos sin propósito), las ciudades, la prensa, el ánimo de una parte importante del colectivo. Mientras todo esto acontece, mujeres, hombres, jóvenes, sufren y recuerdan lo que padecieron de niños y adolescentes a manos de “representantes de Dios”, o de cualquier abusador/a.
Alguien me dijo hace unas semanas “ustedes –víctimas y profesionales de la esfera del abuso- están arruinando el momento, despertando odiosidades, por último si la gente no quiere ver es su prerrogativa”. Pero la resistencia no es caprichosa ni malintencionada, ni es contra un papa, una religión o una visita de Estado simplemente.
La resistencia es contra el abuso sexual infantil crónico, organizado, avalado por instituciones (y podrían ser religiosas, políticas, del Estado, como el caso de Sename) que siguen ignorando y descuidando a quienes ya vulneraron, mientras sí protegen a sus abusadores. Participar de esa energía, así fuera por una hora, me parece no menos que colusión, que endoso. No podría. Y duele ver que todavía tanta disociación sea posible en nuestro país.
Un país que cuida necesitaría considerar –para evitar- las posibles heridas que la negación de justicia inflige a sus ciudadanos. Un país que quiere actuar justamente, debería considerar las necesidades y demandas del cuidado como un asunto central de su vida y de su democracia. No hay justicia, trato justo, sin cuidado.
“Que los niños vengan a mí”, pero no para abusarlos. Esas palabras que vuelven y vuelven
Me sirve mirar con ojos de cotidiano, casi domésticos, para cuidar, para no perderme. Si supiéramos de un vecino que ha sido responsable, cómplice o encubridor de abusos sexuales a niños y jóvenes, ¿lo invitaríamos a comer a nuestro hogar, con nuestros hijos?, ¿le permitiríamos salir con ellos sin nosotros, medio día, o media hora? NO. Sería descabellado.
Tampoco incurriríamos en gastos millonarios para un festejo equis, si tenemos otras deudas, o imperativos como gastos médicos de nuestros hijos, de padres ancianos, en nuestras familias. El desembolso para la visita papal pudo venir del Estado (laico) o sólo depender de aportes de privados. Cualquiera su procedencia, el hecho es que se han destinado miles de millones de pesos a la realización de una sola actividad, sin segundas consideraciones frente a necesidades vitales que tenemos como país: la situación infernal en Sename, la salud de la niñez, el suicidio infantil, la pobreza y hacinamiento en la infancia temprana. No sería insensato haber esperado que el propio Francisco I, ejemplarmente, nos hubiese propuesto, o emplazado como país, a destinar lo que cuesta su visita en favor de los más pequeños o los más necesitados.
Aunque sean excesivos, los costos materiales siguen siendo muy inferiores a los costos morales de esta visita. Ahí no hay cómo realizar estimaciones (y es inconcebible que no haya cruzado por la mente de ninguno de los creativos que organizaron esta actividad). ¿Importa?
Sigo preguntándome, como muchos, si era la visita del Papa algo constructivo a propiciar, lo más saludable cívicamente. ¿Una necesidad nacional?. La presidenta señala que es un honor para ella presentar a Francisco un Chile más justo e inclusivo. ¿Es que olvida a Sename? ¿A las víctimas de ASI eclesiástico? ¿A los 53 niños y niñas que diariamente viven abusos sexuales en nuestro país, todavía? Tanto el Estado Vaticano como CHile suscribieron -el mismo año- la Convención Internacional de derechos del niño. Ambos son imputables, de ambos es exigible el cumplimiento de compromisos de justicia y cuidado, indivisiblemente.
Mientras más envejezco, más respeto me provocan las palabras, más asombro, más pudor en mis intentos por valerme de su ayuda. No entiendo de qué “honor” hablan nuestras autoridades, menos cuando muchas de ellas han construido sus trayectorias políticas y de vida en torno a “la defensa de los DDHH”. ¿Dónde está aquí esa defensa?, ¿su consistencia?
Nada en relación al abuso sexual da para celebraciones en un país donde una y otra vez hay que sobreponerse a la frustración de que los mayores dolores infantiles sean tratados con una negligencia que se ha ido volviendo patéticamente esperable.
Sumando tensiones a nuestro sentido común, se ha publicado esta semana un registro nacional de 80 sacerdotes, religiosas/os (no más “hermanas”, “hermanos”, por favor) y diáconos denunciados por abusos sexuales (ver aquí la nómina y las fotografías). No están todos los nombres, pero nos debería permitir dimensionar –así sea en una mínima parte- la magnitud de los daños, y de nuestras omisiones, todavía (de otro modo nadie estaría en ánimo de festejo).
Espero que como cualquier registro de ofensores sexuales, el de la Bishop Accountability permita a tantas víctimas que aún no pueden hablar, reconocer a sus abusadores en la lista y encontrar la fortaleza y el apoyo para realizar sus denuncias. Espero, asimismo, que no sigamos leyendo equívocamente estas trasgresiones como “debilidad” sino como delitos resultantes de patrones de conducta que se han perpetuado en la Iglesia Católica. Espero, sobre todo, que nosotros adultos pongamos grabemos esos rostros y protejamos a nuestros niños y niñas con la mayor atención. ¿Qué ha dicho el Estado de Chile ahora que esta nómina es nuevamente pública? Nada.
El aire enrarecido del que hablaba al comienzo, es más que la soledad de muchos en el país que nos vio nacer: es la constancia sofocante de tanta impunidad en relación al abuso sexual infantil. Esta impunidad en tiempo pasado y presente que parece ser siempre menos importante que otras que sí se declaman “intolerables”. ¿Cuánto ha demorado, cuántas objeciones insidiosas ha enfrentado el proyecto de ley #derechoaltiempo, por ejemplo? Los plazos de prescripción del ASI sólo benefician a los abusadores y su impunidad.
La impunidad es la segunda pluma con que se escriben innumerables historias de abuso sexual infantil (la pluma principal es el horror). Miles recordamos años de años siendo testigos del afecto, admiración y confianza ciega que se prodigaba a nuestros abusadores: “qué buen padre/madre, qué abuelo/a más tierno, qué excelente marido, qué apoderado más colaborador, qué profesor más destacado, qué sacerdote más bondadoso”. Desde un código intraducible, intentábamos dar señas de una historia distinta de la oficial; desenmascarar la contradicción espeluznante: esa capacidad de lastimar, tan desmedida, de personas de quienes dependíamos y que contaban con nuestro afecto (más allá de cuán sórdidas y crueles se hubiesen revelado ante nosotros).
“No es quién ustedes creen”, “no es cómo ustedes dicen”. Esa rebelión íntima, cinco palabras repetidas al infinito, en tantos lugares y situaciones (silentes, pero a todo volumen en lo más profundo del cuerpo), son las mismas palabras que podrían describir una sensación visceral, abrumadora, que se reactiva viendo cómo se despliegan homenajes o agasajos a personas o grupos que han ocasionado daños inenarrables.
Aferrarse a la cordura a como dé lugar. Entender que esto no tiene nada que ver con “el amor al prójimo”. Nada.
Una paciente, muchos años atrás, enfrentó uno de sus más graves relapsos traumáticos con ocasión de la muerte de su abusador y de la concurrencia de toda la familia a su funeral. Y sí: todos sabían de los abusos. Traición del amor, del cuidado. Ni de niña ni de adulta hubo solidaridad. Ella fue la única que se restó de la despedida. El abusador, jamás pasó un día en la cárcel, o en tribunales siquiera. Después de la develación, nadie lo encaró, nadie le quitó el saludo ni dejaron de invitarlo o de permitir que otros niños pasaran tiempo con él. Nadie…nada. A la víctima, en cambio, le reprocharon su “falta de perdón”, su “quedarse pegada” en el tiempo. Después del funeral, ella rompió con su familia extendida. “Puedo perdonar, pero no puedo seguir con ellos”. Cómo no entenderla.
Una puede abrirse al perdón no como sinónimo de exoneración, olvido, o reconciliación, sino como una forma de liberación. Pero una cosa es la reflexión sobre lo inexpiable, o el perdón a nuestra condición humana inescapable, o la contemplación de diversas versiones de una persona (quien para algunos fue verdugo, para otros fue “ser querido”, capaz de “buenas obras” inclusive), y otra muy distinta es la renuncia a la consciencia personal, al autocuidado.
Si alguien sufrió de cáncer, no va de paseo a Chernobyl. Y Si alguien sobrevivió un terrible accidente automovilístico, no le regalamos entradas para ver carreras de fórmula uno o cuatro o mil (soy una ignorante en materia de autos). El sentido común nos ayuda a protegernos, a prevenir daños, a mitigar secuelas con afán de repararnos, de ayudar a restablecer equilibrios, lograr justicia, no olvidar a otros.
Conozco a una señora en EEUU que tenía una foto de Juan Pablo II autografiada (lo conoció en persona) en la entrada de su casa. Cuando Francisco I visitó el país, me contó que el retrato estaba en bodega. “Son demasiadas las víctimas”, demasiada la ignominia. Gesto pacífico de reproche, de cuidado ético.
Luego de los abusos que comenzaron a develarse desde fines de la década de los ochenta, en EEUU se han cerrado capillas, colegios, el diezmo se redujo a niveles siderales y se dejó sentir la mengua en la feligresía así como el reproche ciudadano a una Iglesia que todavía parece más empeñada en ocultar y negar sus patrones de conducta más destructivos (ver “El abuso nuestro de cada día”). Quizás no le importa, o no lo suficiente, que la continuemos asociando con “abuso sexual”, “redes de pedofilia”, “perversión”, y “peligro”. Porque es un peligro convivir con instituciones que habilitan abusos y a abusadores (que mayoritariamente siguen en el sacerdocio o bien gozando de prolongados períodos de “retiro espiritual”).
¿Qué consecuencias ha enfrentado la iglesia Chilena, los abusadores, sus encubridores? ¿Qué cambios radicales ha vivido en su ética del cuidado para con las nuevas generaciones? Todavía no existe obligación de denunciar los abusos definidos como “debilidad”, “pecado o acto impuro” y no como el crimen y vulneración de DDHH infantiles que son.
No es toda la Iglesia, por cierto. Pero aunque reconozcamos un trabajo que sí refleja los valores de la compasión, el auxilio, el amor al prójimo, y valoremos a comunidades de personas justas y lúcidas –sacerdotes y religiosas también-, todas ellas no alcanzan para revertir los daños ni para devolver la confianza, o para impedir nuevos abusos. No alcanzan.
“Se necesita de toda una aldea, todo un pueblo, para criar a un niño”. Para abusarlo también: inolvidable el refrán africano y las líneas del film Spotlight. Podríamos agregar, todo el tiempo, “para hacer justicia, para ayudar a reparar, también se necesita de todo un pueblo”.

Lucha sorda entre las heridas y el peligro, estos días. Las células vivas, la vida, su compañía infatigable. La rebelión, el disenso, la desobediencia con una realidad imposiblemente festiva: no es amargura, no es resentimiento, sino todo lo contrario. Se lo he dicho a varios pacientes y sobrevivientes con quienes hemos conversado estas semanas: el ruido interno es una invocación de amor a la vida, a la vida vivible, a la restauración del orden después del daño. Al autocuidado.
La reparación pasa por restituir un sentido de eficacia o agencia personal, de poder (autogobierno, autocuidado, una vida preferida), de seguridad consigo y en relación a los otros y al entorno. Un principio o cometido ineludible de las intervenciones terapéuticas en violencia sexual es que el cuerpo pueda aprender que el peligro ha pasado y vivir en la realidad presente, sin la constante sensación de indefensión, de “a merced de”, o de que el abuso sexual poco y nada importa. Ni sus heridas.
La herida moral del abuso sexual y otros traumas no necesita ser escarbada ni puede ser borrada a punta de papel lija o ácido. No por su carácter “moral” o “psicológico” se puede descuidar: rasmillarla, pasarla a llevar, se siente en todo el cuerpo (que codifica el ataque, ineludiblemente, en clave física). Ahí la memoria.
Un neurobiólogo escribió “recordar no es menos que re-encarnar”. Para sobrevivientes de trauma severo, las señales de peligro –que para otros hasta pasarían desapercibidas o pueden ser irrelevantes- pueden desencadenar estrés tóxico, irrupciones dolorosas de la memoria, sin que la señal necesite ser semejante o comparable a algún dato o detalle de la propia historia: basta que algo se sienta amenazante para la integridad (rota muchas veces, reconstruida otras tantas).
El sufrimiento psicológico activado -una vez más- no cederá hasta que el riesgo de desintegración desaparezca; hasta que un sentimiento de seguridad pueda ser recobrado de alguna manera. ¿Necesitamos explicar más?
Seis mil millones de palabras dicen que existen en el mundo y todavía faltan tantas (para el amor, la belleza, el tormento, las pérdidas). No habrá jamás cómo explicar todo; cómo anticiparnos o contener todo. Nunca contaremos con relatos realmente completos del abuso sexual. Nadie quiere escucharse, ni en el fondo de su alma, detallando todo lo vivido, y las versiones, de alguna forma, siempre rasarán lo telegráfico (en comparación al volumen real de la experiencia). No hay un idioma para traducir el cuerpo violado. No hay cómo describir lo que es vivir en ese cuerpo algunos días.
Me cuesta escribir, decir. Son días rasantes en la alexitimia, el silencio, el desconcierto de una memoria que rechaza procesar la imagen y presencia de un pontífice, obispos, tantos otros que acompañarán sin mayor contrición. Podrían encarnar a todas, todos los abusadores en esta hora.
Querría equivocarme, sorprenderme, y alegrarnos juntas en unos días por la noticia de algún gesto verosímil -y con soporte en actos concretos- que comience a dar cuenta de una sensibilidad y voluntad por fin diferentes e ininterrumpidas, de parte de la Iglesia en relación al abuso sexual. La esperanza es cauta. Escasa. Pero si no hay gestos de la Iglesia o de su líder, entonces sueño que ojalá seamos nosotros los que contribuyamos a escribir un guión más conectado con la realidad, sin disociaciones, sin negaciones, durante estos días.
Las presencias, los gestos, los actos de apoyo a las y los sobrevivientes -no creamos que nada es pequeño o demasiado modesto-, una palabra, todo suma. Todo puede ayudar a sanar, a reescribir este tiempo, a desacatar tanto daño, con ojos claros, con amor a firme.
Soy pésima para recordar autores (desde joven), pero no olvido versos, frases radicales, capaces de cambiar un momento o la vida de ahí en adelante. Alguien dijo, una mujer estoy casi segura, que si bien no podíamos “causar” la luz, al menos podíamos tratar de situarnos en la trayectoria de su haz. La rebeldía estos días, es cuidar ese lugar: en medio de la luz…en medio de nuestra cordura
(inconcluso)
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Lecturas complementarias, abuso sexual infantil e iglesia
1. La mala espera , 2014 (patrones de conducta y dinámica ASI eclesiástico)
2. Guiar pero en serio, 2015 (crítica a protocolos de denuncia de abuso sexual, iglesia de Chile)
3. Vaticano y abuso sexual, 2016 (compromisos incumplidos, injusticia)
4. El abuso nuestro de cada día, 2017 (abuso crónico, encubrimiento sistemático, fracaso del cuidado, estadísticas ASI eclesiástico)
olvidos fatales
Gracias archivo elpostCL, Olvidos fatales, originalmente publicado en 2010
Perplejos, enmudecidos, conocemos las historias de niños y niñas que cayeron a piscinas, se quemaron en sus casas o agonizaron encerrados en un auto, como el pequeño de un jardín infantil en Huechuraba, en Chile.
Algunos podríamos atrevernos a decir “eso jamás me pasaría a mí”. Y otra voz, asustada, muy bajita, desde lo profundo de nuestro ser, replica “pero ¿y si llegara a pasarme?”. Mejor ni pensar. No alcanzo a imaginar una pérdida de esa magnitud. Cómo poder sobrevivirla.
No conozco los números para Chile pero en Estados Unidos se reportan entre 25-37 niños (de 0 a 3 años de edad) fallecidos dentro de automóviles durante veranos (también en primavera y otoño, y hasta en invierno). Un número absurdo y horroroso en apenas 6 ó 7 meses de un año. Cada año.
Algunos expertos señalan que desde los cambios en la ley que puso a los pequeños en el asiento trasero para protegerlos, las muertes aumentaron. Es por ello que compañías como GMC, por ejemplo, desarrollaron e incorporaron dispositivos para recordar, antes de cerrar el auto, que en el asiento trasero va un niño. Muchos dirán que esto no tiene nada que ver; que no es posible que padres y madres sean capaces de decidir dejar a un niño solo y menos todavía, olvidar a sus hijos por horas, abandonándolos a una de las más muertes más trágicas imaginables. En EEUU, justamente, encontraron a una chiquita que arrancó su propio pelo y cuero cabelludo en la desesperación por el calor, la asfixia y, seguramente, la angustia de encontrarse sola mientras moría. Otros pequeños sufren “menos”, dicen; pero ese “menos” no hace diferencia alguna. En media hora, en un día caluroso, el calor al interior de un automóvil puede aumentar veinte grados, y en unas dos horas, doblar la temperatura del exterior. Para la soledad y angustia de ese encierro, no hay métrica disponible.
Este último verano en Atlanta, GA, la comunidad fue golpeada por la muerte de un pequeño, mientras su padre asistía a una fiesta con amigos. El hombre estacionó el automóvil frente a la casa, “con la ventana entreabierta” para dejar a su niño durmiendo solo, “confiado”, eso dijo, en que la frescura del atardecer no entrañaba mayor riesgo. Una asunción letal semejante atraviesa decisiones de padres y madres que, sin apoyos en el cuidado, excedidos por estreses, precariedades, condiciones traumáticas, debiendo responder en empleos o actividades obligatorias donde no siempre existe un espacio pensado para bebés o infantes, han dejado a sus hijos solos por “treinta minutos o una hora, eso era lo máximo”. Negligencia fatal. Igualmente en casos donde cuidadores se bajan del vehículo “a comprar algo rápido” y dejan a los niños solos, o donde padres/madres adictos, ebrios, los olvidan, y otros usan el encierro en el auto como “castigo” por hacer pataletas. En EEUU (donde se lleva un seguimiento), los abandonos intencionales -e ignorantes del peligro que corre el niño de morir por hipertemia- corresponden a un 17% de los casos (ver articulo). Otro 29% corresponde a niños que juegan sin supervisión adulta, y se encierran accidentalmente en los vehículos (incluido el portamaletas). La mayoría de estas muertes (54%) suelen ser responsabilidad de adultos comunes y corrientes donde se cuentan médicos, electricistas, soldados, educadores, dueñas de casa, psicólogos, transportistas, y hasta un genio de la NASA. Seres humanos que amaban a sus hijos, y que olvidaron del modo más horrífico e incomprensible. No uso la palabra “olvido” porque quiero. Es parte de un fenómeno que han explicado especialistas en el tema de la memoria.
Se trata del fenómeno de “piloto automático”: existen partes de nuestro cerebro que procesan cantidades de información relevante, mientras otras –menos sofisticadas si se quiere- se encargan de cumplir ciertos cometidos como por ejemplo trasladarnos de un punto A a un punto B, casi sin darnos cuenta. Frente a cambios de rutina o estreses de consideración, el “piloto automático” puede imponerse al extremo de que el cerebro anule la información más importante del mundo, la que no debería ser necesaria de “recordar”: ¿cómo va uno a olvidar que tiene un hijo o el de alguien más, bajo su cuidado? No es imposible. Nuestro programa humano no está libre de esta aberración (ni de muchas otras).
No se trata de exculpar, de justificar (ni un milímetro) muertes horribles de los más indefensos, pero es importante –y una advertencia a tomar seriamente- saber que en muchas de estas tragedias los responsables han sido, en muchos casos, personas comunes y corrientes que en un momento fatídico e inexplicable “olvidaron” a los niños bajo su cuidado, y los dejaron morir.
Me cuesta escribir sobre esto. Pero antes de demonizar precipitadamente, antes de sojuzgar a la distancia, me detengo en el cuidado como una conminación, una invocación. Un alarido que podríamos no escuchar en medio de un desierto donde el eco es solamente una voz de niño, sólo una, contra el silencio sofocante.
El año 2010, cuando murió el pequeño en el jardín infantil de Huechuraba –olvidado en el automóvil de una educadora que además transportaba niños- hubo apoderados/as que declararon haber utilizado el servicio sin conocer mayormente su forma de operar. Otros, sí sabían que muchas veces los niños viajaban en brazos de adultos, sin mayor protección. La pregunta más simple, más obvia, es cómo podría uno recurrir a servicios donde compromete la integridad de su propio hijo/a, sin conocimiento exhaustivo o garantías mínimas; sin haber verificado condiciones mecánicas del vehículo, seguro contra accidentes, antecedentes del conductor (incluido registro de ofensores sexuales). Información que al ser omitida, arriesga que el cuidado y el descuido, la responsabilidad e irresponsabilidad, los buenos y malos tratos a los niños, se intersecten y estallen.
Hay duelos que ninguna familia debería enfrentar. Desde aquí, apenas alcanza el cuerpo para ser testigo, ser persona, condolerse, repetir moralejas desesperadas (o juramentos de protección, que nuestros hijos nunca, nunca), y agachar la cabeza ante una falibilidad que es inseparable de nuestra condición humana.
Errores que pueden llegar a ser irreparables, mortales. Antes de que nos devoren, siempre antes: la vigilia. La atención.
Hay heridas y muertes 100% evitables. El autoexamen es un arañazo doloroso, pero siempre indispensable: sobre nuestra solvencia adulta para cuidar; sobre nuestra voluntad –y desprendimiento-, o la claridad de nuestros criterios y herramientas para proteger a nuestros hijos, y a todo niño. ¿Qué ética del cuidado nos guía, cuál es nuestra forma de abordar y decidir cómo cuidamos?
Niñas y niños solos en ascensores, caminando sin compañía en centros comerciales, cines, o atravesando estadios o canchas enteras para ir al baño. Cuántas historias de intersección con un abusador sexual en segundos. ¿Se pudo evitar? Claro que sí. Y no pienso solamente en posibles predadores sexuales, de hecho no es lo primero en que pienso porque mucha mayor probabilidad existe de un temblor fuerte que detenga ascensores, genere confusión, histeria colectiva, y un niño o niña termine siendo herido. ¿Para qué querríamos exponer a nuestros hijos a situaciones que contando con la presencia de un adulto, podrían ser no sólo más seguras, sino menos intimidantes?
Evitar sufrimientos, abusos, miedos que sí pueden ser evitables no es indulgencia ni sobreprotección sino una forma de fortalecer el cuidado –que es un factor de resiliencia- y una disposición, en nuestros propios hijos, a cuidar de sí, cada vez con más y mejores herramientas (y tal vez un día, convertidos en adultos, cuidar de otros niños también).
Otros ejemplos (perdón, pero no puedo evitarlo): niños colgando de motocicletas o bicicletas (y están también los ciclistas indolentes pasando a toda velocidad casi encima de mamás o papás con coches o de la mano de niños pequeños, en veredas o pasos peatonales), niños viajando en auto sin silla ni cinturón, guagüitas en brazos del copiloto, pequeños viajando en metro a quienes nadie cede el asiento, olvidando que son quienes más rápido podrían perder el equilibrio al frenar los carros. Podría continuar.
A los adolescentes también podemos perderlos en el punto ciego: hay que escuchar las historias de taxistas, administradores de lugares de recreación, centros de salud, para darnos cuenta de cuánta soledad y descuido asuelan. La distracción es consuetudinaria. Una forma de olvido también, de vulnerabilidad, de sopor en el que todos podemos caer y donde nos necesitamos alertas y asertivos, sin temor a expresar pedidos de cuidado para los niños, tantas veces como sea necesario, hasta que vayan quedándose, volviéndose estándar compartido.
Que los niños no tengan que pagar las consecuencias de nuestros agobios, historias rotas o desasosiegos. Que no corran nunca el riesgo de ser olvidados.
El olvido me da vueltas esta noche, quizás como a muchos, en colaciones que se me quedaron, comunicaciones que no firmé en la libreta, listas de útiles que se me perdieron, horarios traspapelados. No ha llegado a más, pero ha sido suficiente como para entender que el error va de la mano conmigo a diario, que el tráfago puede mordernos en cualquier momento, y que una pena o un mal rato pueden perturbar la precisión necesaria para cruzar una calle, o para tomar muchas otras decisiones en torno a qué cuida más o menos. Es mucho más difícil de lo que querría admitir, salir bien parada de las autoevaluaciones en esta esfera, y es más duro todavía si tomo en cuenta el lugar en que vivimos y del cual dependemos para poder ejercer bien nuestro rol como padres y madres.
Vale la pena plantearse una y otra vez la pregunta acerca del valor que la sociedad chilena confiere al cuidado, bienestar y felicidad de los niños/as, sus vidas. Nos damos cuenta de que hay una indiferencia y desafección que nos rondan hace mucho. El olvido, también. Apenas un puñado de ejemplos, pero de la mayor gravedad: todavía la pobreza infantil es una sombra siniestra en nuestro país, el acceso a la mejor salud disponible (un derecho humano inalienable) sigue condicionado al dinero, 53 niños viven abusos sexuales cada día (sin que represente una urgencia de salud pública ni para nuestros legisladores), y Sename, inenarrable. El Estado no ha demostrado ser garante, ni sensible ni competente (dos atributos imprescindibles del cuidado ético). No con los más desvalidos.
Padres y madres sabemos que no basta saber de derechos, desarrollo infantil, ni basta tener determinación y todo el amor del mundo para responder adecuadamente a las necesidades de cuidado de nuestros hijos. Dependemos de recursos personales y también colectivos. Solos no se puede.
La parentalidad es exigente, intensiva, a veces, angustiante (tan frágil ante la culpa), y hasta desmoralizante, todo al mismo tiempo en que resulta maravillosa y conmovedora. Y aunque existan instituciones y programas destinados a apoyar la actividad del cuidado, la realidad es que madres/padres e hijos estamos más solos que acompañados. Nuestra sociedad se ha vuelto muy indolente, y hasta absurda, y continúa esperando o simplemente da por descontado el aporte de adolescentes bien ajustados, adultos productivos, ciudadanos integrales, sin invertir todo lo que se requiere, material y moralmente, desde la infancia temprana y durante todo el tiempo que toma el desarrollo de un ser humano niño, niña.
Los primeros cuidados, a partir del nacimiento, son determinantes. Sin embargo el postnatal ya es un desafío. Y aunque fuera un logro haber llegado a seis meses (y falta todavía incluir a madres trabajadoras independientes, estudiantes, etc.), es sólo sensato convenir que un semestre de vida no es suficiente como para delegar a una guagüita al cuidado de terceros, por sensibles y competentes que estos puedan ser. En otros países existen postnatales de hasta dos años (en Alemania pueden llegar a ser tres). Son períodos obligatorios, inclusivos de madres y padres, que cubren un tiempo vital del desarrollo (recordemos que entre los 0-3 años se produce el mayor crecimiento cerebral y de la red neuronal). En Chile, pasados los 6 meses, el derecho a cuidar se vuelve cuesta arriba y la conciliación es, cotidianamente, una añoranza.
Programas de apoyo en infancia temprana y todo lo que se ha crecido en educación inicial (un logro a destacar y del cual sí sentirnos orgullosos como país) no serán suficientes si por ejemplo, al egresar del jardín, los cuerpos docentes en escuelas e instituciones de educación superior no cuentan con apoyos o no se perciben a sí mismos como responsables de la educación-cuidado de sus estudiantes como un imperativo (indivisible) de su profesión. Lo triste es que muchos apoderados atestiguan esa disociación y dudan no sólo cuando se trata de interceder por otros niños (por ejemplo en casos de bullying), sino por sus propios hijos.
Por otro lado, las redes familiares se han reducido, y otras redes -amistades, vecinos- pasan a ser todavía más necesarias. Sin embargo, en muchos edificios o barrios, no nos detenemos a conocernos y conversar, y no es extraño que pocos vecinos se pregunten o se inquieten si luego de 2, 3 días no se sabe nada de una persona anciana que vive sola, o si se escuchan llantos que no paran en departamentos o casas donde los más pequeños (que no hablan aún) están bajo el cuidado de terceros. La concurrencia de otros, un solo vecino/a que toca el timbre y se queda en la puerta preguntando simplemente “¿están bien?, está todo bien?”, entrega el mensaje de muchas presencias atentas. Un mensaje que nutre, amorosa, silenciosamente; que podría ser advertencia también, y en casos extremos, una posibilidad de auxilio “caído del cielo” para más de algún niño.
“Se necesita de toda una aldea, de todo un pueblo, para criar a un niño”…una y otra y otra vez.
Se necesita que seamos capaces no sólo de compromisos de protección, sino también de resistir disociaciones donde tragedias, distintas tragedias que viven los niños y niñas, lleguen a parecer como hechos desconectados de vínculos que debieron ser de cuidado, o de un contexto social donde las vidas y salvaguarda de la niñez –y de todas las personas- lejos de ser relevado es dificultado, muchas veces ignorado, sancionado, desincentivado, inclusive mirado en menos, pese a que cada día encontramos esperanza en la consciencia y lealtad de proteger a los más chicos que sí se deja sentir y crece desde muchas familias, comunidades y regiones del país.
Para poder cuidar necesitamos unos de otros, neceistamos a nuestras comunidades, a toda institución, empresas, gobiernos (cualquiera sea, no debería hacer la diferencia). Es muy alto el costo humano de abandonar esta actividad que dudo jamás haya sido imaginada por la naturaleza como algo solitario, a lo que responder individualmente, o entre dos personas cuando mucho.
Ser indiferentes, no apoyar socialmente, o menospreciar la actividad de cuidar, va sumando a la grieta, y restando en realidad. Basta observar la cotidianeidad para empatizar con padres y madres que corren el día entero, sujetos a horarios irracionales, dependientes de un sistema de transporte público brutal, preocupados por sus empleos, agobiados por demandas –racionales o no- sobre lo que deben hacer o tener para satisfacer las necesidades de sus familias. Los costos de la sobreexigencia y el estrés en la atención ya sabemos que pueden ser fatales. Pero para poner atención, para estar centrados, bien afinados, no sólo se requiere de cualidades o compromisos personales, sino también de algún grado de contención, de complicidad virtuosa con otros. De mutualidad en el cuidado.
“Se necesita de toda una aldea, de todo un pueblo, para criar a un niño”…
Sigue siendo una pregunta de la mayor importancia el cómo propiciar, desde cada entorno y desde la política pública, una parentalidad templada, atenta, bien informada, e inserta en comunidades –escuelas, barrios, gobiernos locales- donde podamos contar con más manos, más miradas, más intercesiones para cuidar a todos nuestros niños. ¿En qué puedo ayudar, cómo me hago parte? podría ser una disposición y un antídoto contra la soledad y el fracaso del cuidado; un punto de partida tal vez, siempre necesario, para prevenir negligencias, violencias, muertes de niños que resultan (y nuevamente: tratar de explicar no es exonerar) de la impotencia, de la fatiga. Y del olvido.
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Gracias archivo ElPost.cl 2010 (Editora Mónica Stipicic)
Una maravillosa mujer (derechos del niño)
Muchos la reconocen como fundadora de Save the Children (ONG comprometida con los derechos de los niños y la superación de la pobreza, en más de 50 países) pero menos personas saben que ella es responsable de la primera Declaración de derechos de los Niños que, en sucesivas versiones, terminó gestando la Convención de Derechos del Niño que hoy conocemos (aprobada por Naciones Unidas en 1959, y convertida en ley internacional en 1989), y con la que nuestro país también está comprometido.
Es inspiradora la vida de Eglantyne. Nació en 1876 y murió 52 años después, vencida por una salud siempre débil (debido a problemas a la tiroides que no fueron diagnosticados sino hasta demasiado tarde). Se sentía continuamente cansada y se autocondenaba por “floja”. Pero su voluntad y resiliencia compensaron con creces sus restricciones, y jamás sintió impedimento para abrazar su vida y su causa con la mayor intensidad.
A Eglantyne le gustaba bailar, escalar, compartir con otros, crear. Escribió novelas de amor -que nunca fueron publicadas y que nacieron de varios desencantos- y otra serie de diarios y cartas donde hablaba de la búsqueda de intimidad en la adultez, de las contradicciones entre las demandas ordinarias y extraordinarias de las relaciones familiares, del deseo por tener un trabajo significativo. Jamás se casó y no tuvo hijos (y no constituyó un deseo incumplido para ella), pero apostó su vida adulta a la causa del cuidado y protección de los niños.
Venía de una familia excepcional, y no es de extrañar que el compromiso social y el servicio público la hayan capturado con la mayor pasión. Su madre fundó la Asociación de Home Arts and Industries, para promover oficios artesanos en jóvenes de áreas rurales; una de sus hermanas fue activista por las mujeres durante la Primera Guerra Mundial y otra abogó intensivamente por la no-demonización del pueblo alemán una vez terminada la guerra. Buenas personas, mujeres lúcidas. Las imagino caminando sobre escombros, heridas y fuegos (la cabellera roja de Eglantyne, uno más), íntegras y fraternales, imposibles de desesperanzar.
Gracias a la insistencia de una tía, Eglantyne pudo ir a la universidad. En Oxford estudió historia; luego se tituló como profesora básica. Ejerció poco tiempo, escribió un libro de preguntas sobre la pobreza y luego se dedicó al trabajo social. La guerra de los Balcanes la llevó como voluntaria a Macedonia desde donde regresó completamente descorazonada. Entonces decidió hacer algo. “Un bebé hambriento en una canasta, abandonado en nuestra manzana es el responsable”: responsable de que ella se volcara a repartir panfletos en Trafalgar Square, llamando la atención sobre las pérdidas, sufrimientos y muertes de niños a causa del hambre y las guerras.
La arrestaron, pero un juez pronto la absolvió de todo cargo y donó las primeras cinco libras para su causa. Cientos más responderían de inmediato a esta activista “persistente y encantadora”, capaz de lograr donaciones de ciudadanos, la realeza, las industrias, y hasta el Vaticano. Los fondos que iba sumando para “salvar a los niños” permitieron ayudar a huérfanos, refugiados, niños abatidos por el hambre y la tuberculosis en Europa, durante y siguiendo al término de la guerra. Eglantyne estableció que todo apoyo a los niños (y muchas familias) se daría sin distinciones de nacionalidad, o religión.
Junto a su hermana fundó Save the Children, UK, el año 1919 (en 1920 ya sería internacional). Y muy pronto, en 1923, Eglantyne redactó el primer documento sobre derechos del niño, convencida de que debían explicitarse y difundirse para facilitar su protección y fortalecimiento en un mundo donde todavía los más pequeños eran casi invisibles. Su escrito original estipulaba lo siguiente:
- El niño debe ser provisto de los medios necesarios para su desarrollo normal, tanto material como espiritualmente.
- El niño con hambre debe ser alimentado, el niño enfermo debe ser atendido, el niño que demora debe ser ayudado, el niño delincuente debe ser recobrado, y el huérfano, o abandonado (los niños de la calle), debe ser socorrido y provisto de refugio.
- El niño debe ser el primero en recibir alivio en tiempos de aflicción.
- El niño debe estar en condiciones de obtener su sustento, y debe ser protegido de toda forma de explotación
- El niño debe crecer con consciencia de que sus talentos deben ser puestos al servicio de sus hermanos humanos.
La Convención actual de Derechos del Niño de la ONU, se articuló alrededor de cuatro principios esenciales que reflejan lealmente esa primera sencilla y clara declaración redactada por una mujer consciente. Estos principios son: de no-discriminación; devoción a los intereses del niño; derecho a la vida, la sobrevivencia y el desarrollo de los niños; y respeto por sus visiones.
Hasta su despedida, Eglantyne estuvo comprometida con el alivio y amparo de los niños. Cinco cirugías, y la extenuación y deterioro que la llevaron a la muerte, no bastaron para detenerla ni disminuir su voto de fe en un mundo capaz de erradicar abusos, hambre y pobrezas para los niños, sobre todo.
Una recuerda a personas como ella en momentos de desazón, de autoexamen, de contemplación del país, o los países en que vive, sus deliberaciones, las confianzas que se confieren a liderazgos que no siempre son los que priorizan el cuidado, ni una relación ética con la infancia.
Una recuerda a personas como Eglantyne, y las confusiones desaparecen, los espejismos que imperan, los “hechizos” de autoridades que cumplen con el mínimo ético apenas (priorizar el cuidado inicial, la infancia temprana, algo que el mundo desarrollado ha comprendido y relevado hace mucho), mientras omiten en discursos ante en foros nacionales o internacionales, su indefendible negligencia con la niñez más vulnerable y vulnerada. A pesar de todo, agradezco de los territorios del abuso cuando niña, y de todos los aprendizajes que siguieron en la adultez, haber agudizado los sentidos, el autocuidado, la vigilia para no perderme, no dejarme seducir y aun a riesgo de ser antipática, insistir en esa consistencia imprescindible entre lo que se dice y se hace, al menos, en lo que concierne a la niñez, su dignidad, los derechos que no por suscribirse en una convención aparte, deben ser malentendidos como un anexo a los declaración de derechos humanos universales.
El trabajo en derechos de la niñez, o en abuso infantil, lo he dicho en ocasiones anteriores, muchas veces se siente como estar sacando agüita con las manos de un bote en altamar. Una nave constantemente expuesta a marejadas e inundaciones, cansancios y dudas. La tentación de ceder nos ronda, muchas veces. Pero no podemos. Se han realizado incontables promesas (con globos y encuestas y actos en plazas y jardines, pero no nos perdamos por favor). Se han presentado proyectos de ley en pos de la niñez. Se declaran muchas cosas.
Sin embargo, terminando 2017, a 27 años del retorno democrático –liderado, en 5 de 6 periodos, por una sola coalición-, no contamos con garantías integrales, ni defensor del niño, ni la mínima certeza en la protección de los niños entregados (ya no puedo decir “confiados”) al Estado. Donde más espeluznante ha sido el abandono de ese “adulto superlativo” ha sido con los niños en Sename y es una gran paradoja que un gobierno donde la educación inicial sí ha recibido la atención que merece, por otro lado haya sido tan insensible con la niñez más vulnerada.
La violencia es un monstruo inmenso, los abusos de poder, pero casi más duele la indiferencia ante sufrimientos que pudieron y pueden todavía ser evitables. Suicidios, heridas, abusos sexuales, y la violencia mayor de la pobreza infantil siguen sin ser urgencia. Pedidos razonables, ajustados a exigencias y estándares internacionales en materia de justicia y protección de víctimas, son completamente desoídos en nuestro Estado que tanto declara su compromiso con los DDHH. No de los niños.
Voluntades aparte, el hecho es que solicitudes como la urgencia o una muestra de apoyo explícito del Ejecutivo a la discusión por el proyecto de ley de abuso sexual infantil imprescriptible, por ejemplo, terminan sintiéndose como una apelación a la caridad más que como una conminación republicana a resolver el conflicto de la discriminación y desprotección de las víctimas, y la imperdonable impunidad que se continúa alimentando.
Pero no, no es caridad: el problema es un Estado que se posiciona así frente a estas materias; el problema es que autoridades o partidos olvidan que no son los “dueños de casa”, que no nos hacen un favor, porque la casa es de todos y en ella vivimos seres humanos y no una masa informe y servil de la cual hay que recobrar memoria en períodos previos a elecciones. Al amparo de un optimismo contumaz –y lo cuido como fuente como resistencia, sabiendo que la desazón es lo más funcional que hay a la parálisis del sistema-, no puedo dejar de sentir indignación ante la arrogancia de una generación que detenta el poder (años ya), demasiadas veces más ocupada de sí, que del bien común y el cuidado del colectivo.
Chile es el único país latinoamericano que aún no cuenta con una Ley o Código de derechos del niño y adolescente; ni garantías integrales para sus DDHH. Hay avances, sí, lentos pero los hay. Sin embargo, no olvido que el Proyecto para una Ley de Protección Integral de la Niñez y Adolescencia, fue presentado por primera vez en noviembre de 2011, y desechado para adjudicar la responsabilidad de su redacción (segunda y prescrindible, si el PL en el congreso podía ser mejorado) a un consejo adhoc creado por la presidenta actual, al comenzar su gobierno en 2014. Muchas personas –en un país dado al olvido- celebraban la creación de Coninfancia porque “al fin” se redactaría esa ley para la infancia. Nada que agregar.
La amnesia, la disociación, el autoengaño, no sé qué macabra sombra nos nubla el entendimiento, pero el hecho es que dejamos pasar el destello y aquí estamos, casi 4 años después, con un proyecto de ley recién discutiéndose en el congreso, Sename en un naufragio todavía más profundo que al comienzo de este período, y nada hay que haga avizorar transformaciones de raíz en plazos que da para definir con palabras como “corto” o “mediano” cuando son urgentemente humanos y nada más.
Las elecciones presidenciales de este 2017 fueron inesperadas en sus resultados, en más de un sentido. Dos grandes mujeres -comprometidas con la niñez- nos sorprendieron con alegría y angustia: Beatriz Sanchez, y Carolina Goic (ninguna estará en segunda vuelta, lamentablemente). Ignoro si en la votación de segunda vuelta será tema la niñez en presente-futuro, más allá de sus necesidades o zozobras más apremiantes. Posiblemente no (aunque espero que las nuevas generaciones y presencias en el parlamento realmente se tomen en serio esta prioridad).
No me atrevería a anticipar tampoco, qué horizonte espera para después de marzo 2018. Sólo sé que por tentador y humano que sea no querer saber ni enfrentar esos espejos que nos muestran la cara más deplorable y triste de nuestra historia actual (en el trato a los niños), habrá que continuar atentos, sin rendirse, disolviendo olvidos y silencios. La sola voz, a veces, es una pequeña o gran revolución: podemos con ella pedir más que el mínimo (jamás limosna) e invocar, exigir también, con todo el deseo que nos devora, que nos mueve, el país incondicional y gentil en que nos gustaría que vivan nuestros niños. Recordemos a Eglantyne, su confianza insobornable en la generosidad de las personas comunes y corrientes, y aun en medio del tráfago, la imaginación sólo suspendida, esperando ponerse a disposición. Nada es imposible.
“The world is not ungenerous, but unimaginative and very busy”, 1920, Eglantyne Jebb (Profesora, Activista, Voluntaria, Fundadora de SAVE THE CHILDREN).
Develación ASI y recepción del relato: algunas claves
La voz tiende el puente entre nuestro interior y el mundo que habitamos; nos confirma existentes, autores de nuestra propia historia. Sin ese puente, quedamos aislados; ateridos ante experiencias como el abuso sexual infantil. Como si tuviéramos por delante un enorme precipicio que quisiéramos, pero resulta imposible de cruzar en tanto no se cuente con voz, con un cuerpo capaz de escucharse a sí mismo contar lo vivido, con prójimos dispuestos a dar crédito y responder a ese relato.
Del otro lado de ese abismo, después del relato, de la resignificación de lo vivido, se vislumbra la posibilidad de una vida preferida, de una autoría al fin propia sobre el propio devenir. Pero sólo después de esa primera vez; ese salto desde lo indecible (sin importar la duración del silencio, siempre demasiado largo).
Para un niño, una niña -o para los adultos que una vez lo fueron- comprenderse en tanto víctimas de un crimen atroz, a manos de alguien querido o cercano –el “victimario” que únicamente, como cualquier adulto, debió ser “cuidador”-, y poder elaborar el daño y trasgresión que exceden por lejos las vejaciones sexuales (la herida es masiva, no exonera esfera vital alguna), es un proceso descomunal y como tal, requiere de una variedad de pilares: recursos personales, hitos del desarrollo, capacidades cognitivas, resiliencias, madurez biopsicosocial, una distancia protectora en relación al abusador, un entorno a salvo con alguien digno de confianza que ayude a verbalizar el trauma, o que sea al menos alguien capaz de sólo escuchar incondicionalmente la historia. Esa historia que fue arrebatada -en el mandato de secreto, en la profecía de “nadie va a creerte”, o en la indiferencia y desprotección de los alrededores- junto a todo lo demás que el abuso sexual roba de vida.
La evidencia existente en relación al ASI –aunque se desoiga o se la ignore deliberadamente- ha establecido que por cada víctima que devela durante su infancia (o cuyo abuso es detectado e interrumpido por la intercesión de un tercero, aun sin haber contado con su relato), otras seis a siete no hablarán de lo vivido sino hasta mucho después, entrada la adultez. Quizás, cerca de la ancianidad, o la muerte. Quizás nunca.
Que cada vez sean más los niños, niñas, adolescentes que puedan pedir ayuda y contar su historia, depende de diversas condiciones y presencias (que asimismo serán de ayuda para sobrevivientes adultos que constatando entornos más propicios, quizás puedan abrir su relato por fin): familias incondicionales, figuras de apego seguro, o bien docentes bien dispuestos y prístinos en su rol de cuidadores (indivisible del rol de educadores), y servicios de salud donde existe el espacio para que los niños sean escuchados –y no sean sólo los adultos acompañantes quienes respondan por ellos-, y donde se realicen las preguntas que permitan relatos sobre toda posible adversidad de la niñez.
También son importantes las actitudes de los medios –y las palabras y forma en que tratan temáticas de vulneración de la niñez-, el comportamiento y sensibilidad de la autoridad y líderes políticos, los diálogos cotidianos y los que abren las artes (libros, películas, etc) en torno al abuso de poder y la vulneración de la niñez, y de cada uno, cómo se expresa nuestra atención y buen trato hacia los niños en nuestro barrio, en los medios de transporte, las plazas, las salas de espera de hospitales, oficinas públicas, etc. Todo puede convertirse en signo de cuidado y de disposición a acoger, o bien, de intemperie y soledad en cuyos confines (o confinamiento) se perpetúa el silencio. En la dependencia vital, y en la inexorable asimetría de poder y desventaja de los niños en relación al mundo adulto (aun en la familia más amorosa, la escuela más respetuosa, la sociedad más protectora de la dignidad de sus ciudadanos menores de edad), necesitamos explicitar una y otra vez que estamos disponibles, despiertos, presentes en la trayectoria, con actos y palabras, con escucha incondicional, cuidando.
Hemos compartido información sobre las dificultades de los niños y niñas víctimas para poder develar (ver “Denuncia y actos de cuidado“) y de esta forma, poder propiciar entre todos, una mayor empatía y entendimiento de la experiencia infantil del abuso en la restricción de la voz. Pero si contra todo obstáculo e indiferencia, con miedo y confusión, sin contar siquiera con todas las palabras necesarias, un niño o niña logra expresar de alguna forma el abuso que están viviendo, es importante que nosotros podamos responder de la mejor manera posible a ese testimonio: escuchando, dando crédito, comprometiéndonos a hacer lo que esté a nuestro alcance (sin imprecisiones ni exageraciones ni promesas que no podamos cumplir) para proteger a ese niño o niña.
Hace dos semanas, nos conmovió profundamente la historia de dos niñas de 10 años quienes, luego de varios intentos, filmaron el abuso del padre de una de ellas como na forma de denunciarlo y evitar que no les creyeran. El fiscal a cargo del caso en Uruguay, dijo “deberíamos avergonzarnos todos” y en ese “todos”, no habita sólo la sociedad de un país, sino todos los adultos, de distintas latitudes, que todavía no reflejan una disposición de apertura y acogida incondicionales a las vivencias de los niños; y muy específicamente, a sus sufrimientos en el abuso sexual. ¿No dejaremos más alternativa a los niños que la de defenderse solos, exponiéndose a más peligros y heridas con tal de probar ellos mismos la violencia a la que son sometidos? Podemos hacerlo de otra forma.
Es difícil resumir en unos pocos párrafos, la complejidad y detalle de procesos tan delicados como la develación del abuso sexual. Hoy es más accesible la información y muchos de nosotros nos estamos actualizando constantemente en temáticas relativas al cuidado y la evitación de daños evitables –como el ASI- a nuestros hijos. Sin embargo, sabemos que es una tarea mucho más inclusiva, de resorte colectivo, y necesitamos a muchas personas en el círculo de cuidado. Para expandirlo, y para contar con muchas más presencias cuidadoras –considerando incluso al Estado, en nuestras interpelaciones y activismos también- es importante compartir todos los conocimientos y herramientas posibles, ojalá de manera expedita, con nuestras familias, compañeros de trabajo, diversas redes y comunidades de las cuales formamos parte y a las que querríamos sentir en sintonía, muy cerca nuestro, en el cometido de cuidar y prevenir abusos.
Un rol protagónico, además de las figuras de cuidado más cercanas a quienes los niños puedan recurrir –mamás, abuelas, papás, hermanos mayores, etc.-, es el que tienen los/las docentes y en diversos ciclos educativos. Esto, tanto en la detección (sobre todo con los más pequeños) como en la recepción de relatos, de manera creciente, a partir de la pubertad (11, 12 años) y de forma coincidente, muchas veces, con el aumento de conocimientos y acceso a información sobre sexualidad humana y/o la oportunidad de dialogar al respecto de éste y otros temas afines –en clases de biología, educación sexual, o en actividades de orientación y consejo de curso, entre otras. Las carreras de pedagogía han demorado en incorporar este tema, no existe capacitación obligatoria al respecto en un enorme número de escuelas, y la política pública va muy demorada en materia de prevención e intervención ASI, quedando todavía a criterio de cada establecimiento –o sujeto a las posibilidades e iniciativa personal de cada docente- el cómo se verifica la respuesta ante el abuso sexual infantil, más allá de contar con protocolos de denuncia mandatarios por ley.
La mayor esperanza está, no obstante, en la motivación que he percibido en diversas comunidades educativas -profesores y familias- y también centros de alumnos y estudiantes de pedagogía –de manera independiente y muchas veces solitaria, en relación a sus casas de estudio-, y en cuerpos docentes de jardines infantiles y colegios (en distintas regiones) quienes por su cuenta organizan actividades formativas o de perfeccionamiento, tanto para su gremio como para familias y comunidades a quienes puedan comprometer en el cuidado de sus alumnos, quienes hoy por hoy, pasan mucho más tiempo en sus escuelas que en sus propios hogares (por las jornadas escolares extendidas), con la cercanía que ello implica en el vínculo con sus maestros.
Quedan aquí para descarga, tres recursos que espero sean de utilidad: dos de ellos informativos, en lo general, sobre el proceso de develación y la respuesta siempre necesaria –ESCUCHAR, CREER, PROTEGER- para ayudar a ese proceso y lo que siga, y adicionalmente, un listado más específico de claves para la recepción del relato de abuso (que cada uno podrá adecuar a la situación y contexto, y sobre todo, de forma sensible en relación a la edad, estado físico y emocional, capacidad de comprensión, vivencia, etc de cada niño al momento de contar su historia). Muchas gracias, como siempre, por estar juntos en esto.







